Teknochtitlán: 30 visiones de la ciencia-ficción mexicana, antología a cargo del compilador especializado Federico Schaffler, supone echar un vistazo furtivo a todos lo Méxicos posibles, desde los más inmediatos, incluso familiares, hasta los más improbables. No es una obra fácil de leer, por lo violento, e incluso incomprensible, que son algunos cambios de estilo entre narrador y narrador, por lo que, en conjunto, Teknochtitlán se siente como una nave que sufre turbulencias ocasionales.

Imagen de México si no hubiera sido conquistada por los españoles, según una I. A. extraída, (autor @AlexiRegio en TikTok). Fuente: Infobae

México es el país que Salvador Dalí juró no volver a visitar por surrealista. Allí convergen varios mundos: el del laicismo con el catolicismo, el de la cultura occidental heredada de la Conquista y las tradiciones ancestrales. No es casualidad que grandes narradores, poetas, músicos y artistas en general sean mexicanos o hayan encontrado un campo fértil en México, y eso incluye una ciencia-ficción donde convergen todo tipo de contradicciones tanto en temáticas como en estilos literarios, donde el futuro parece añorar un pasado ya distante.

No hay duda que en muchas obras literarias mexicanas el realismo mágico tiene un eco notorio, que logra reflejar los rasgos identitarios de la sociedad mexicana; de allí que hablar de una variada selección de relatos de ciencia-ficción contemporánea sea una idea más que interesante para cualquier lector, tal y como lo demuestra Teknochtitlán: 30 visiones de la ciencia-ficción mexicana (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, 2015).

Esta variopinta selección de relatos corre a cargo de Federico Schaffler (Nuevo Laredo, 1959), compilador también de varias antologías de género fantástico con México como marco argumental, directo o indirecto; ese México descomunal y variado deja sus huellas en Teknochtitlán, donde los relatos son de lo más diverso, con calidades y temáticas muy dispares, con la cual surge una salsa imaginativa que no a todos los lectores les caerá del todo bien. No es una obra fácil de leer, por lo violento, e incluso incomprensible, que son algunos cambios de estilo entre narrador y narrador, por lo que, en conjunto, Teknochtitlán se siente como una nave que sufre turbulencias ocasionales.

A lo largo del libro, tropezamos con relatos de extraterrestres y robots al mejor estilo de las primeras revistas pulp, a otros en los que la influencia de Estados Unidos es más que notoria, hasta llegar a historias de corte cuasi ciberpunk o a narraciones en forma de ucronías, que si bien desarrollan ideas interesantes, se pierden en la «tropicalización» burda de varios autores, que impregnan sus relatos de la palabra hablada coloquialmente en México, lo que deja una sensación de extrañeza, como si la ciencia-ficción sólo sea un mecanismo para hablar originalmente de temas recurrentes en la literatura mexicana.

En ese ir venir de perspectivas, el lector se puede sentir desorientado, incluso decepcionado con algún relato, pero en general el libro refleja una visión particular del presente y el futuro en México, porque después de todo la cultura mexicana siempre resalta por su folclorismo y crudeza. Abusa de los juegos de palabras por momentos, y la gran mayoría de relatos se perciben impregnados de un marcado pesimismo, derivado de la visión que los intelectuales mexicanos tienen sobre su país, percibido, o descrito, a menudo como una gran posibilidad que nunca se concretó.

De hecho, en algunos relatos, la utopía/ucronía se construye con un mecanismo demasiado sencillo: simplemente construyen una narración con lo contrario a como los mexicanos se perciben y proyectan al mundo. De repente, para una persona ajena a esa personalidad mexicana, los relatos podrían resultar más extraños aún, pero en el contexto de los países influidos por México, estos relatos de gran imaginación rozan el chiste sin gracia o la queja bellamente plasmada.

Es probable que uno de los méritos de esta antología sea la posibilidad de cebar a distintos fanáticos de ciencia-ficción, que a partir de un relato podría interesarse por la obra de un autor determinado, pero tampoco se puede negar que aunque no es un libro fácil, sí es una experiencia interesante, como viajar a través de distintos mundos condimentados con malas palabras, juegos verbales, referencias o críticas chovinistas, y también con una nostalgia extraña, como si en varios de esos universos que se atraviesan en Teknochtitlán palpitara el recuerdo de un México que pudo ser, pero no fue, o mejor dicho, de un México que podría ser, pero no será, en una añoranza de un porvenir improbable.

Entrar a Teknochtitlán es como viajar al México mismo, donde todo lo bueno y lo malo, lo cotidiano y lo extraordinario, coexisten de una manera orgánica, tan natural como imaginar qué hubiera pasado si Pancho Villa hubiera matado a Hitler, o si los Mexicas hubiesen conquistado Europa, o simplemente pensar cómo sería un utópico México comunista donde todos son casi iguales. De esa forma tan peculiar, las distintas tramas extraterrestres, utopías, un nuevo sistemas de castas, ucronías, viajes espaciales, cibernética, robots, clones, nahuales, contactos inesperados, ingeniería genética, distopías, microbuseros marcianos, son pretextos para abordar las obsesiones de los mexicanos con su realidad, la corrupción, la desigualdad social, el machismo, el chovinismo, los vicios sociales, la violencia, así como, de una manera extraordinaria, también el pasado colonial, la fascinación por el imperio Azteca, el folclore y la voz de una sociedad que se alaba y se crítica al mismo tiempo.

Cada puerta que se abre en cada relato de esta singular antología de ciencia-ficción mexicana es como echar un vistazo furtivo a todos lo Méxicos posibles, desde los más inmediatos, incluso familiares, hasta los más improbables.

Una imagen de lo folclórico que puede ser el género en México. Cartel promocional de la película El Santo contra la invasión de los marcianos (1967). Fuente: IMDB