Los Mandible. Una familia (2029-2047) es una valiente distopía económica que se enfrenta con actitud, pero sin mucha idea, a los principales riesgos conocidos de esta línea temática postapocalíptica. Destaca en cuanto intento distópico, sobre todo respecto a la habilidad para describir cómo la más feroz crisis económica de los Estados Unidos va carcomiendo poco a poco los cimientos de la sociedad y, especialmente, la apacible vida burguesa de los acomodados Mandible. En cuanto a su discurso alternativo, no conseguimos percibirlo como serio, por cuanto carece de los elementos de veracidad y credibilidad mínimos exigidos, y porque presenta unos personajes de cartón-piedra, más cercanos al cliché.

Lionel Shriver (seudónimo de Margaret Ann Shriver, Gastonia, Carolina del Norte, 1957) suma la suya a las firmas de la literatura mainstream que se acercan a la ciencia-ficción desde la distopía post-apocalíptica de proximidad espaciotemporal y, por tanto, reconocible e identificable desde la lectura contemporánea. En Fabulantes hemos sido -y prometemos seguir siendo- bastante pródigos en nuestra aproximación a esta tendencia literaria que, por su intensidad y perseverancia, se va ganando ya la consideración de línea de estilo, propiamente dicha, dentro del tema apocalíptico. En esta ocasión, además, la autora de Carolina del Norte intenta dar un paso más allá, al buscar consolidar un nivel contextual a través de una escritura con bastante mayor precisión y viveza de la habitual, apuntando con su dedo acusador a una ciencia económica ineficaz y a un ser humano insensato como la combinación de factores que habrían llevado a los EE.UU. de 2024 a arrostrar su mayor debacle económica y moral desde la Gran Depresión.

Este dedo acusador no se detiene sólo en la imputación de responsabilidades y la búsqueda de culpabilidades generales. En Los Mandible. Una familia (2029-2047) (Anagrama, 2017; publicada originalmente en 2016) se realiza una investigación dentro de lo humano, considerado en toda su diversidad, amplia y heterogénea. El objetivo de este nivel sociológico es investigar los perfiles dominantes y averiguar su conveniencia y/o grado de responsabilidad en todo lo pasado y lo por venir. Para atribuir a estos perfiles una caracterización concreta de valores y actitudes, se los enjuicia a tenor de los hechos que provocaron la devastadora crisis económica, y se sentencia su utilidad para salir de una crisis tan realista como inevitable en lo inmediato, y que la novela describe con perspectiva crítica y tono derrotista general.

Por supuesto, en cuanto al nivel personal o individual, continúa la línea de las demás obras correspondientes a esta nueva forma interpretativa del tema apocalíptico, donde se explora con visión minimalista y precisión máxima en cuanto al detalle, las ideas, las miserias y los sufrimientos de cada uno de los personajes. Aunque aquí se acentúa -en coherencia con una disposición temporal según la cual esta crisis económica va progresivamente recrudeciéndose y empeorando día a día- una muy bien llevada sensación de in crescendo en cuanto a los padecimientos y los dolores, que culmina con una impresionante escena al final de la primera parte (“2029”), para posterior y radicalmente cambiar, en tempo y tono, en una más pausada segunda parte (“2047”) que desarrolla un discurso y estilo más convencional con la narrativa apocalíptica. Por su falta de sorpresas en el tratamiento de este aspecto, ya podemos considerarlo como canónico.

Tanto riesgo, sin embargo, acaba teniendo su coste. Los tres niveles de análisis (contextual, sociológico y personal) no consiguen encajar más que al principio de la novela, cuando la sorpresa de la propuesta consigue cogernos desprevenidos, y por ello la lectura fluye al galope entre una sucesión vertiginosa de acontecimientos críticos y personajes acomodados (los Mandible) expuestos constantemente a situaciones -para ellos- límite.  Pero a medida que la crisis atenúa su velocidad y los personajes se acomodan a ella, van quedando más en evidencia también los esquemas narratológicos utilizados para la construcción del texto; mostrando sus costuras es como la novela pierde realismo y naturalidad, derivando poco a poco en una sucesión previsible de acontecimientos y clichés. Sobre todo, la debilidad se percibe en los niveles del contexto y del retrato psicológico social.

Cuando el contexto es ideología

En el trato del tema post-apocalíptico, el contexto se retrata, habitualmente, bastante de pasada y con trazo grueso: no sólo porque quizás sea la variable menos importante en un tema más volcado en las consecuencias que en las causas, sino también porque meterse en el contexto y las razones que lo motivan exigiría un esfuerzo en la búsqueda de la credibilidad que desequilibraría, posiblemente, a la trama y sus demás hilos argumentales. Al intentarlo, Lionel Shriver ha sido valiente y ha dado un paso adelante con una osadía nada habitual; por desgracia, se ha topado de bruces con las (muchas) dificultades previsibles, a las que, además se añade otra adicional: intentar abordar el contexto desde la perspectiva tan poco sencilla (y a la vez tan simple) de la economía. Al resultarnos increíble el contexto, pero sobre todo al otorgarle una preeminencia fundamental en el sostén de la novela, la grieta de confianza abierta durante la lectura se va agrandando más y más con el paso de las páginas, hasta convertirse en abismo.

En la formación de esta grieta influye el manejo amateur de los conocimientos económicos por parte de Shriver. La autora incurre constantemente en simplificaciones y contradicciones difíciles de resolver. En el marco global, llama la atención el manejo erróneo de conceptos básicos y de teorías económicas, o su opacidad respecto a conceptos clave como “capitalismo”, “financiarización” o “crédito” (aunque mucho se habla de deuda, eso sí), y se incurre también en un constante falso paralelismo entre la economía de las naciones y la economía de las familias. Mientras, a nivel microeconómico, al centrarse en el deterioro de una familia opulenta, se dejan fuera las malas decisiones endógenas de la unidad familiar, reduciéndose en la práctica a su equivocación al invertir en valores presuntamente “seguros” que es, además, un contexto ajeno al de la mayoría del país. En definitiva, Shriver realiza una simplificación excesiva carente de validez, real o imaginaria, que deteriora el fondo de unos personajes asediados por este contexto.

A estas carencias se suma, además, la creciente sensación de que, junto a la evidente crítica social, se intenta construir un discurso ideológico-político alternativo centrado en el individualismo extremo y la desconfianza en las instituciones, propio del anarquismo liberal estadounidense representado por autores como Robert Nozick y seguidores. Ambos objetivos parecen vinculados, pues es el fracaso estrepitoso de las instituciones, y en concreto del Estado, la vía para reivindicar el poder de las personas, vinculando las dos realidades socioeconómicas como equivalentes. Si las instituciones no son capaces de gestionar con la confianza suficiente, deben ser las personas quienes tomen el mando de las decisiones, y ellas solas conseguirán, por arte de birlibirloque, que todo comience a funcionar nuevamente.

Aquí es donde resulta fundamental la caracterización de los personajes, y donde nos encontramos con el segundo gran problema de la novela.

Cuando los personajes son perfiles y no personas

Todos los personajes en esta novela responden, en coherencia con el discurso ideológico-político que Shriver pretende definir aquí, a una motivación funcional previamente definida. Cada uno de ellos tiene la misión de representar, mediante sus valores y actitudes, decisiones y acciones, un rol en la trama y un mensaje para el lector; se intenta decirnos algo con ellos y a través de ellos. Esta decisión expone al personaje a un riesgo no menor: el de quedar tan condicionado y limitado por su función como para resultar incapaz de aportarnos algo más fuera de ese esquema previsto, relegado así al perfil y al cliché previamente diseñado. Tal cual es lo que pasa con la mayor parte del elenco principal.

Las que inicialmente podrían parecer cuitas familiares de clase acomodada (la descendencia rebelde que busca su propia vida, la juventud contestataria capaz de discutir lo establecido y proponer nuevos caminos, la madurez acomodada a la que le resulta imposible criticar los postulados que sirvieron para asentar su visión de la realidad, los hijos que parecen estar próximos a sus padres sólo por las promesas futuras de riqueza a su muerte) pronto quedan absorbidas por el rol asignado a cada personaje en el discurso ideológico-político de Shriver, y por la disposición que hace de la relación de cada uno de ellos respecto a los demás en su intención de acentuar todavía más (si cabe) dicho rol. Tanto es así que nos permite obtener hasta dos visiones distintas de esta disposición de roles: la intergeneracional y la estrictamente personal.

La novela cuida mucho el mensaje positivo que alberga, fundamental en su intención encubierta de realizar una propuesta ideológico-política propia. Para ello traza enlaces intergeneracionales bastante claros entre los personajes caracterizados positivamente, considerados «ejemplarizantes» (Willing, bisnieto de Douglas Mandible y su principal confidente en la familia) o con características positivas dignas de ser reproducidas (el patriarca de la familia Douglas Mandible, su hija Nollie o su nieta Florence), y teje también otros lazos evidentes entre los personajes caracterizados negativamente, cargados con trazos indeseables y reforzados en la trama, como el hijo avaricioso y sin cerebro de Douglas (Carter Mandible), el economista que no vio la crisis venir ni sabe cómo salir de ella (Lowell Stackhouse, marido de Florence), o el bisnieto e igualmente descerebrado que sólo reproduce los inservibles dogmas dominantes de su padre como un loro (Goog Stackhouse).

Estas alianzas intergeneracionales son la consecuencia de un refuerzo del mensaje en cuanto a sus funciones y, con ello, el principal factor debilitador de sus personalidades e individualidades. Willing jamás abandona su papel de infante resabido, visionario en cuanto al riesgo de la crisis e innovador valiente en cuanto a prever y tomar las duras decisiones necesarias para gestionar el apocalipsis financiero e intentar salir lo mejor posible de él. Douglas Mandible responde como un guante al duro financiero del siglo XX que hizo su fortuna en base a tesón y duros cambios en su vida. Florence representa el duro carácter de quien, frente a cualquier adversidad, aprende desde el principio a adaptarse y a luchar contra los vientos en contra. Y así podríamos seguir, describiendo a personajes de cartón-piedra, desentrañando las fichas de los personajes perfectamente representativos de los perfiles sociológicos elegidos, pero lejos (muy lejos) de poseer una vida propia. Y que tampoco consiguen recuperar parte de esa vida arrebatada en la segunda parte de la novela.

Nos ha gustado mucho la portada italiana de Los Mandible (editorial 66thand2nd)

Conclusión

Los Mandible. Una familia (2029-2047) es una valiente distopía económica que, al querer enfrentarse con actitud, pero sin mucha idea, a los principales riesgos conocidos de esta línea temática postapocalíptica, acaba muriendo en la orilla como novela de interés.  Eso sí, nadie puede negarle sus virtudes en cuanto intento distópico, en concreto respecto a la habilidad para describir cómo la más feroz crisis económica de los Estados Unidos va carcomiendo poco a poco los cimientos de la sociedad y, especialmente, la apacible vida burguesa de los acomodados Mandible. Nosotros quizás no seremos capaces de empatizar ni con sus perfiles, acartonados y sin vida, ni con su situación, demasiado alejada de la cotidianidad como para causar estupor o preocupación, pero, igualmente, se nos pondrán los pelos de punta al sentir cómo de frágil es un sistema económico aparentemente seguro pero que, puesto en las manos inadecuadas, puede derrumbarse fácilmente con la presteza de un castillo de naipes.

En cuanto a su discurso alternativo, no conseguimos percibirlo como serio, por cuanto carece de los elementos de veracidad y credibilidad mínimos exigidos; más si tenemos en cuenta el marco general distópico en que nos encontramos.

Al final, de esta novela sólo nos queda esa sensación de fragilidad humana, común a esta línea contemporánea de tratamiento del apocalipsis, que sí se trata aquí con mano firme e inteligencia autoral suficiente. En todo lo demás, podemos quedarnos también con su ejemplo de las precauciones a tomar y de las minas a evitar si se quiere innovar en este tema. No todo está escrito, y es cierto que muchas cosas quedan todavía por analizar. Pero también existen fronteras difícilmente traspasables sin correr el riesgo casi cierto de quemarse las manos, como le ha pasado a Lionel Shriver en esta novela. Otra vez será.