Figuras ocultas es la segunda novela de Jason Rekulak, pero podría ser una película. El autor ha entendido muy bien los códigos del terror cinematográfico y los traslada con eficacia al papel: su novela sabe asustar con su acertada fusión entre narrativa e imágenes, que se complementan y que logran que el lector pase algún que otro mal rato.

Las ilustraciones de este artículo, obra de Will Staehle y Doogie Horner, se publican con el expreso consentimiento de Nocturna Ediciones

Las escuetas biografías sobre Jason Rekulak no inciden en un aspecto fundamental: todas recalcan su experiencia como editor independiente pero soslayan su pasión por el cine de terror. Sin embargo, es un rasgo crucial para comprender Figuras ocultas (2022), su segunda novela, celebrada por Stephen King e hijo, y recientemente publicada por Nocturna Ediciones.

La adscripción terrorífica de la novela es, sin embargo, casual, no premeditada. “Mi idea original fue la de escribir un misterio con pistas ilustradas. Quería que el libro incluyese dibujos que condujeran a la solución de algún tipo de crimen” –explica el autor al ser preguntado por Fabulantes. De pronto, a Rekulak se le ocurrió que los dibujos los hiciese un niño y toda la trama fluyó por sí misma… por derroteros siniestros.

Los dibujos son importantes. Hay de dos tipos, los «más infantiles» y los más maduros. En ambas se introduce un componente siniestro. Los dos ilustradores son conocidos de Rekulak

El recurso de un niño que dibuja cosas atroces que anticipan o recuerdan tragedias es una constante del género de Terror. El cine ha dado innumerables ejemplos al respecto: En El cebo (1958), de Ladislao Vajda, una niña dibuja a su asesino, un gigante que vende “erizos”, y que será la clave del misterio. En Rojo oscuro (Profondo rosso, 1975), la obra más destacada de Dario Argento, un mural infantil, primero, y unos trabajos escolares después, revelan un crimen añejo, que está en la base de todos los asesinatos que se despliegan en pantalla. Los niños poseídos por entidades sobrenaturales, malignas o no, destructoras o peticionarias de ayuda, abundan hasta la saciedad, y podrían dar lugar a una lista tan extensa como complicada de sistematizar. A este último campo pertenece Teddy, el niño que introduce en sus inocentes dibujos infantiles a un fantasma, Anya, a la sazón amiga invisible y compañera de juegos.

Rekulak no inventa la rueda en su novela, pero saber narrar con eficacia, dosificar la tensión y, de cuando en cuando, provocar sustos convincentes.  La combinación texto-ilustración funciona admirablemente; no es raro que el lector se sobresalte en más de una ocasión al confrontar lo que cuenta la narradora, una ex-adicta en rehabilitación que consigue una segunda oportunidad como niñera, y lo que va mostrando Teddy a través de sus dibujitos. Al principio, son todo palitroques y esbozos: un conejito por allí, mamá, papá y el pequeño por allá, un sol… hasta que el trazo empieza a hacerse más inquietante, más adulto, y resulta evidente que un niño de cinco años es incapaz de realizar dibujos con el grado de detalle y perfección como los que empiezan a aparecer en las cuartillas garabateadas.

La idea es buena y la ejecución, mejor, con algún giro de guión notable. Rekulak logra trasladar con destacable aptitud los códigos del cine de terror al papel y hacerlos pasar como propios. Rekulak se empapó de cine de Terror en cuanto tuvo claro el tono. Pasar de aficionado a cultivador de género supone un paso importante, que, casi siempre, suele darse a trompicones; no basta con tener bagaje: hay que comprender los mecanismos de lo que se pretende reverenciar. Un lector apasionado de King, o una enciclopedia andante del slasher, no va a ser capaz, necesariamente y por ósmosis, de producir algo bueno, o genuino, sobre el género si antes no tiene claro qué funciona y por qué. Rekulak hace muy bien dos cosas: jugar con eficacia con una doble voz –narrativa y visual- y saber cómo ir ofreciendo la información. Cuando se tiene todo el puzzle completo –la relación de cada uno de los dibujos de Teddy- se puede intentar resolver el misterio. Rekulak plantea una suerte de enigma a lo Agatha Christie y ofrece al lector la posibilidad de encajar las piezas. La explicación que ofrece es tan válida como la que haya podido alcanzar el lector.

Porque hay una tercera clave en Figuras ocultas: Anya es un fantasma vengativo con motivaciones evidentes, pero no es necesariamente un fantasma maligno. De hecho, la consideración final sobre su condición queda a juicio del lector. Anya es un pretexto en este thriller, pero sobre todo es su razón de ser. El motivo que vuelve muy recomendable Figuras ocultas, y a la vez, una lectura muy evitable en horas nocturnas.