Aristas Martínez publica por primera vez al español las cartas de Lovecraft (1890-1937), selección y edición a cargo del escritor y traductor Javier Calvo, labor destacable, si consideramos que las cartas completas del autor en su idioma nativo conforman una colección de 22 volúmenes: en este trabajo asistiremos a una cuidadosa selección, y acá expondremos los motivos que convierten esta obra en referencia obligatoria para los seguidores del Solitario de Providence.

El estilo no es el hombre, sino la suma de sus incertidumbres.

Enrique Lihn

LA OBRA DE LOVECRAFT FRENTE A LOS OJOS HUMANOS

Existe un desbalance colosal respecto a la obra de Lovecraft, si la pensamos en ámbitos tan distintos como el de la crítica académica y el de los lectores comunes y corrientes. Ahí donde la obra lovecraftiana ha colado profusamente en el imaginario colectivo, ramificándose en una serie de productos culturales extraliterarios, su valoración en la crítica ha sido fría, y de no ser por un puñado de estudiosos, con el riguroso crítico hindú S.T. Joshi a la cabeza, lo más probable es que su obra seguiría vegetando en el cementerio de los escritores olvidados, o bien sería un escritor de culto tipo Harry Stephen Keeler o Abraham Merritt.

Probablemente uno de los motivos principales de su escasa relevancia en el ámbito de los estudios es que exista el prejuicio, la etiqueta, de que se trata de una “lectura para adolescentes”, un producto cultural tipo Harry Potter; puede también que la ideología progresista, que ha colonizado con sendos tentáculos el ámbito estudiantil de las artes, tenga resquemores con la figura de Lovecraft, en especial por las posturas racistas y supremacistas que El recluso de Providence sostuvo en su época. Flaco favor se la ha hecho con algunas publicaciones, como Confesiones de un incrédulo, en las que se desliza un artículo político en la que Lovecraft hace una razonada defensa del fascismo, y decimos desafortunada no porque se esté tergiversando o mintiendo sobre una posición política que realmente tuvo, sino porque este pensamiento sin un contexto histórico, no nos explica por qué el fascismo en sus inicios fue un movimiento de masas con amplia aprobación en los años veinte: aún no estallaba la Segunda Guerra Mundial, ni se producirían las problemáticas que todos conocemos.

La verdad es que Lovecraft no militó en partido alguno, pero ya tildarlo de “facha” o “supremacista blanco” son etiquetas que entorpecen al lector común para ingresar a su mundo literario, y recalcamos lo del prejuicio, pues su obra no guarda ninguna relación con el Ku Klux Klan o el pintor austriaco del bigotito. Y si sacamos a colación esto último, lo hacemos porque no debemos olvidar que hace ocho años atrás, la World Fantasy Award que durante décadas entregó como premio un busto con la efigie de Lovecraft, decidió retirarla por los motivos antes señalados, generando reacciones diversas, ninguna tibia, entre repudio y aplausos.

EL MUNDO EPISTOLAR DE HOWARD PHILIPS LOVECRAFT

Se calcula que Lovecraft podría haber escrito unas cien mil cartas repartidas entre un centenar de corresponsales, lo que, en términos porcentuales, correspondería nada más y nada menos que a un noventa y nueve por ciento de su producción total. Según el mismo Lovecraft, llegó a escribir cartas de ¡80 a 90 páginas! Titánica tarea que descartó —literalmente— en los últimos años de su vida, acaso porque la enfermedad que lo carcomía (un cáncer intestinal), junto a episodios de crisis nerviosas, le restaban las fuerzas y el entusiasmo necesario para tales empresas.

Al margen de estas consideraciones patológicas y matemáticas, el hecho crucial es que el género epistolario, por una ductilidad semejante a los diarios de vida, permite gran libertad a sus cultores, libertad que aprovechó Lovecraft al máximo para ahondar en lo humano y lo mundano, muy al contrario de las restricciones que experimentó al escribir los relatos que mandaba a las publicaciones pulps.

En las cartas tenemos al Lovecraft más desenfrenado, pero también al más familiar y sarcástico, incluso a un Lovecraft que habla de sentimientos y emociones profundas, un Lovecraft que mira a su obra y a sí mismo desde afuera, expresándose con toda la franqueza que le podían permitir sus interlocutores; uno de los aspectos más reveladores que descubrimos del Solitario de Providence, era que exudaba generosidad para sus corresponsales, no dejando nunca cartas sin responder, esforzándose al máximo en crear misivas largas, que a la postre fueron consumiéndole tiempo que pudo haber destinado a otros menesteres.

Sobre sus posturas filosóficas, veremos que era más que un pesimista y ateo que miraba al mundo como un pasajero que vegeta esperando su muerte: también fue un escritor que batalló contra la simplificación de los sistemas literarios que imperaban en la era del Pulp, y que vivió y murió apostando contra la lógica liberal del comercio en el arte, atacando las “bondades” del gran capital: más de una vez confesó que prefería morirse de hambre antes que firmar una obra siguiendo patrones, y lo aseveró aun cuando trabajó obras ajenas como corrector y negro literario. La penúltima carta que recoge el volumen resume de manera magistral su posición:

“El comercialismo (…) se limita a eliminar toda la energía humana del ámbito de la expresión sincera y a encadenarla a una modalidad de charlatanería codiciosa (…) el capitalismo burgués le asestó un golpe mortal a la excelencia y a la sinceridad artísticas a base de entronizar el chabacano valor de entretenimiento a expensas de la excelencia intrínseca de las que sólo pueden disfrutar las personas cultivadas y no codiciosas.”

UN LIBRO QUE REZUMA PERFECCIÓN

Mesa de trabajo, cuaderno de dibujos, confesionario, kit de herramientas narrativas, bosquejo de tramas, ensayo literario, poética de lo sobrenatural, apologética literaria de lo extraño, pequeña biografía, y más, es lo que reúne Escribir contra los hombres. Cartas I (Aristas Martínez, 2022), rebasando los límites de una simple y azarosa colección de cartas.

¿Por qué es un libro perfecto? En primer lugar, porque sirve de modelo para quienes practiquen el cada vez más en retirada género epistolario, siendo un motivo más que suficiente para cualquier amante de los sobres y las estampitas. En segundo lugar, para quienes conozcan su obra literaria será una guía involuntaria de lectura, donde nos enteraremos de sus fracasos y pellejerías, los reiterados rechazos de muchas de sus obras maestras desde las revistas que no le daban visto bueno por no ajustarse a los moldes del relato popular, y también conoceremos qué opinión le merecía la cartera de clientes (la mayoría clasificados entre ambiciosos, torpes y molestos) que tenía para su trabajo de negro literario como corrector, e incluso más allá, como creador nato de historias completas a partir de ideas muy vagas.

Otro aspecto que atraviesa como una constante a lo largo de sus cartas es el elevado estándar que tenía respecto a la literatura, siendo tremendamente crítico con su propia obra, a la que calificaba de poco profesional e insulsa, actitud que más de una vez le llevó a destruir manuscritos porque los consideraba torpes ejecuciones. De manera proyectiva, pensaba que sus cuentos serían leídos apenas unos años después de su muerte, para luego caer en el cementerio de los escritores olvidados. A propósito de muerte, su concepto de la existencia se alejaba de los quiméricos sueños de los que buscan vencer al mundo y a las adversidades en cimas de felicidad ilimitada; para él la plenitud consistía en dejar de tener pensamientos suicidas, en viajar por los alrededores de su querida Providence y en disfrutar lo más posible el hondo placer que entregaba la lectura, en especial sus autores de cabecera, en orden indistinto: Poe, Machen, Dunsany, M. R. James.

Un eje angular, no menor, es que asistiremos como testigos privilegiados a su mesa de trabajo: una suerte de taller literario lovecraftiano donde nos enteraremos de todos sus trucos y aprehensiones con el género, las maneras en que desarrollaba sus tramas, las formas en que encaraba los finales de sus relatos y los consejos directos de qué cosas no había que hacer, consejos que dirigía con frecuencia a sus corresponsales de menor edad, como August Derleth y Frank Belknap Long.

El valor de la manera en que trabajaba su literatura, describe de manera muy detallista, casi de forma antropológica, cómo eran las condiciones materiales de los escritores de aquellos años. Lovecraft redactaba sus relatos a mano, muchas veces en copias a carboncillo, que ni siquiera se molestaba en transcribir a máquina: los enmendaba de puño y letra, y esos mismos originales (aunque no se crea) era los que hacía circular entre sus amigos y dirigía a las revistas, manuscritos que una vez eran rechazados, los pedía de vuelta, los volvía a ensamblar y a parchar, para enviarlos una vez más a otros cercanos sin molestarse en hacer copias, y pidiendo siempre que luego de que los leyesen, se los remitieran de regreso, porque carecía de copias.

El último aspecto destacable es la estructura del libro. Cada capítulo es un año de la vida de nuestro autor, en la que el editor y traductor Javier Calvo nos resume sus principales hitos y su trayecto editorial, en qué trabajos estaba, qué pasaba en su vida íntima, etcétera. Este aspecto es capital para crear un libro de más de quinientas páginas que se lee a la velocidad de la luz, principalmente porque nos entrega un contexto detallado que nos ayuda a situarnos con facilidad en la intimidad de Lovecraft, reduciendo el aparato crítico a cosas muy puntuales, y lo hace de manera tan magistral, que tanto expertos como novatos en Lovecraft podrán sacarle mucho brillo a esta joya.

Vale recalcarlo: las cartas, que ya están cribadas bajo una temática (la de escribir contra los hombres), también fueron depuradas, y este es otro acierto, por la sencilla razón de que al examinar una correspondencia ajena, siempre habrá sobreentendidos, circunstancias y dobles sentidos que a nosotros, observadores lejanos de aquella época, se nos pasará por alto; Calvo, con aquella idea en mente, armoniza el contenido de las cartas, dejando espacio para lo más atingente y depurando lo innecesario.

¿Y POR QUÉ ESCRIBIR CONTRA LOS HOMBRES?

Porque la principal baza de la poética lovecraftiana estriba en la posibilidad de describir situaciones extraterrenas y cósmicas fuera del contexto humano, pero con herramientas humanas (el lenguaje) destinadas para la contemplación de otros seres humanos. Es esa contradicción vital la que busca resolver el Solitario de Providence, y esa fue su mayor apuesta. Al examinar su literatura, notamos rápidamente que en su obra no asistiremos a ninguna clase de representación que se relacione con problemáticas de alguna clase social. Esta interpretación es crucial, porque el elemento humano está velado, difuminado entre nieblas ponzoñosas de procedencia extraterrena. No hay duelos por amor, ni penas económicas que soliviantar, ni soliloquios de personajes que se debaten entre el ser o el no ser. No hay prácticamente mujeres, ni dramas familiares, ni padres e hijos, ni siquiera hay espacio para científicos con ambiciones humanas, quizá a excepción de Herbert West: reanimador, serie de relatos que escribió por petición expresa para la revista Home Brew.

Lo que prima en su narrativa son observadores que a través de los sueños o de la ciencia, por algún azar o búsqueda deliberada, descubren un refilón de la realidad, hecho que los lleva a enfrentarse de manera azarosa o mecánica ante horrores impensados, dando como resultado la enajenación o la locura, acaso la única salida posible, cuando no la muerte, que desnuda e impertérrita, corta con su guadaña los endebles tirantes de sus atormentadas creaciones: ni héroes ni villanos, apenas remedos, suspiros, ficciones desvanecidas como sombras, emanaciones cósmicas surgidas desde vórtices de horror sin explicación racional humana posible.

LOVECRAFT DIJO EN SU CARTAS:

—»No, nunca he leído nada de ese galimatías que es el ocultismo formal, ya que siempre me ha parecido que la escritura extraña es más eficaz cuando evita las supersticiones trilladas y las formulaciones esotéricas populares» (Página 200)

—»Los autores populares no aprecian, ni parecen capaces de apreciar, el hecho de que al arte verdadero solo se llega a base de rechazar de plano la normalidad y la convencionalidad, y de abordar los temas purgándolos de cualquier punto de vista usual o preconcebido» (Página 147)

—»Mi desprecio no se basa en la postura de la moral puritana, sino en el de la independencia estética. Me repugna la idea de que la vida física tenga algún valor o significado» (Página 89)

—»Ansío un mundo de misterios, esplendores y terrores gigantescos, donde no reine más limitación que la de la imaginación sin cortapisas» (Página 142)

—»Sólo el cínico puede crear terror. Porque detrás de toda obra maestra de ese tipo debe residir una fuerza motriz demoníaca que desprecia la especie humana y sus ilusiones y que desea hacerla pedazos y burlarse de ella» (Página 148)

—»La civilización futura de los inventos mecánicos, la concentración urbana y la estandarización científica de la vida y del pensamiento son cosas monstruosas y artificiales que no pueden encontrar encarnación alguna ni en el arte ni en la religión» (Página 240)

—»Ningún relato puede resultar verdaderamente poderoso, a menos que refleje o sugiera segmentos de la existencia más amplios que sus simples personajes» (Página 258)

—»Si los personajes sólo van a poseer emociones y motivaciones vulgares y carentes de imaginación, entonces hay que tratar los acontecimientos de forma tan poética que la vulgaridad misma de la gente constituya un símbolo brillante de su impotencia en las manos del destino» (Página 259)

—»Seré dogmático solo hasta el punto de decir que es Nueva Inglaterra lo que necesito. Bajo una forma u otra, Providence forma parte de mí. Providence soy yo» (Página 214)