En este exhaustivo análisis de Beastars, la obra más destacada de la mangaka Paru Itagaki, ponemos el foco sobre la deconstrucción de los roles de género. En un mundo antropomórfico las relaciones sociales se tamizan a través de la pertenencia a una división entre herbívoros y carnívoros, que condiciona todos los aspectos de sus vidas. Y sobre todo, su relación con la violencia.

La alegoría de la fábula

El ser humano, en los primeros compases de su vida, tiende a la imitación. Aprende de padres o amigos gestos, actitudes y formas de vida. Podría decirse que, como animal social, un adulto desarrollado también imita a otros para encajar en las costumbres de su civilización. Por muchos años que pasen, el ser humano se forma a través de otros; existe tanto como coexiste. Un coexistir sincrónico, pero también diacrónico, con el paso de los siglos como única barrera para el acceso a las culturas de antaño. Para ello se encuentra el arte, un medio por el cual el ser humano descubre nuevas perspectivas sobre los temas más primigenios de la existencia y asimila lecciones de vida. En este diálogo artístico entre el pasado más lejano y el presente hallamos un tipo de literatura oral que, tras numerosos cambios, llega a nuestros días como todo un género literario: la fábula.

Para un niño, el mundo puede ser un lugar aterrador. El cielo está demasiado alto, la Naturaleza es salvaje, los adultos son grandes y fuertes. No es así con los animales más inofensivos: un conejo, un ciervo, una tortuga, un perro. Son reflejos de la inocencia de un niño, cercanos a él. Así, no sorprende que muchas fábulas rechacen la existencia del ser humano y configuren en su lugar un mundo poblado únicamente por animales con rasgos antropomorfos. Hablan, debaten, poseen ambiciones y, en ocasiones, incluso pueden alzarse sobre dos patas. Son simplificaciones de la humanidad traspuestos al sencillo entendimiento infantil del reino animal. Por tanto, un mundo desprovisto de humanos y habitado por animales antropomorfos es siempre una alegoría de nuestro mundo. Social, política o individual, pero siempre reflejo del ser humano y sus circunstancias.

De un tiempo a esta parte, la fábula ha existido en un vacío literario, fuera de un continuum artístico. Las fábulas, como los relatos míticos, son herencia de la Antigüedad, pero mientras los segundos poseen una variabilidad innata (todo mito explora lo más profundo del alma humana), las primeras quedan como simples aprendizajes durante la infancia para relegarse al olvido el resto de nuestras vidas, por lo menos hasta que podemos transmitirlo a las nuevas generaciones para repetir el ciclo. En las últimas décadas, hemos presenciado un cierto renacimiento de estas fábulas olvidadas a través del imaginario Disney, la rica compañía representada también por un animal: el ratón Mickey Mouse. Donde hay un Mowgli, hay un Baloo; donde hay una Ariel, hay un Sebastián, y donde hay un Hamlet de carne y hueso, hay un Simba animalizado. Ninguna de estas transformaciones fabulescas demerita sus lecciones de vida: cuidarse de la Naturaleza inmisericorde, ser fiel a una misma, vivir y dejar vivir. Todas aplicables a la infancia tanto como a la madurez y a la vejez.

La culminación de la fábula en la cultura occidental, no por profundidad, sino por alcance, se halla también en manos del rico ratón: Zootrópolis (Zootopia, Byron Howard, Rich Moore y Jared Bush, 2016), una historia ubicada en un mundo poblado por animales con rasgos antropomorfos y dramas humanos. Mientras Occidente se recreaba en las problemáticas alegorías raciales de aquella película, Oriente vivía casi al mismo tiempo un nuevo resurgir de la fábula en un formato más japonés: el manga. Un manga lejos de las manos del ratón rico y bajo las patas de una gallina humilde. Es la obra que aquí nos ocupa: Beastars (2016-2020; edición en castellano de Milky Way Ediciones).

Paru Itagaki, dibujante de Beastars, enfundada en su icónica máscara de gallina

La experiencia del hogar como influencia artística

La vida de Paru Itagaki (Tokio, 1993) parte de un contacto impresionable con los roles de género. Si bien pudiera parecer baladí, Paru Itagaki es hija de Keisuke Itagaki, otro mangaka de renombre. Como señala la propia Paru en su manga autobiográfico (Paru no Graffiti, 2019-2020), fue el suyo un entorno mayormente femenino, donde los hombres se ausentaban en el hogar por trabajo y eran parcos en palabras. A través de los baños con su padre a temprana edad, asimiló las diferencias entre la fragilidad del cuerpo femenino y la robustez del masculino. En un espacio de sororidad hogareña, de tres hermanas y una madre, las enseñanzas de Keisuke destacaban por su dureza. En palabras de Paru, “no sentía que me tratara como a una niña”; a la larga aprendió a agradecer la combinación entre los rasgos estereotípicos del hombre y la mujer, extrayendo de las experiencias personales un conocimiento profundo sobre los roles de género en la sociedad japonesa.

Partiendo de este historial, no es de extrañar que su obra cumbre, Beastars, sea una exploración de los roles de género. La fábula es el disfraz que ocupa Beastars para tornar accesible un mensaje delicado en una sociedad todavía en proceso de deconstrucción. Para comenzar a establecer su alegoría de género en base a la fábula, acudamos a la premisa de su mundo, una civilización antropomorfa dividida en dos tipos de animales: carnívoros y herbívoros, donde los primeros tienen impulsos de consumir la carne de los segundos. La ley condena la llamada “carnifagia” al tiempo que todos los adultos carnívoros acuden al Mercado Negro, un espacio clandestino, libre de juicios, donde la carne herbívora se vende a precios asequibles. El gobierno, conformado mayormente por carnívoros, pasa por alto los crímenes de una sociedad ingobernable. Como profundizaremos más adelante, este binomio carnívoro-herbívoro supone la base de la historia de Beastars y, a su vez, concentra la alegoría sobre el género.

Encontramos aquí al protagonista absoluto de la obra: Legoshi, un joven lobo gris que, a pesar de su condición como miembro de la especie carnívora más violenta, rechaza sus impulsos carnívoros y trata de ser amable con los herbívoros. Profesa esta amabilidad, en especial, a Hal, una frágil coneja blanca de su misma academia (la Cherryton) a la que saca varias cabezas de altura. Entre ambos hallamos a Rouis, un ciervo rojo, capitán del club de teatro, que se aleja en la medida de lo posible de su condición como herbívoro y busca ser reconocido como un hombre fuerte, capaz de erradicar la «carnifagia» dominando a los carnívoros. Su objetivo: convertirse en el próximo Beastar, un título nebuloso referido al puente entre ambas especies, justiciero y protector del equilibrio racial.

El trío protagonista de Beastars: de izquierda a derecha, el ciervo Rouis, el lobo Legoshi y la coneja Hal

 

De hombres herbívoros (y mujeres carnívoras)

Algunos lectores quizás recordarán de aquella película a la que referimos antes, Zootrópolis, una alegoría francamente problemática. En su mundo, una versión más edulcorada de la violencia de Beastars, los carnívoros eran un paralelo con la negritud. Considerar a la comunidad afroamericana como salvajes y depredadores es, en sí mismo, un mensaje problemático, si bien su conclusión sobre dejar atrás los prejuicios y aproximarse al Otro como una extensión del Yo fuera eminentemente positiva. Itagaki repensaría los problemas inherentes a la distinción carnívoro/herbívoro para hacer de Beastars un compendio de múltiples alegorías. “Carnívoro” se resignifica a “hombre hegemónico”, “heterosexual” o, incluso, “miembro de las altas esferas” dependiendo del personaje y contexto de cada escena. En lugar de llevar a un caos alegórico, Itagaki dispersa la alegoría para explorar todos los matices de una sociedad tan compleja como la nuestra, siempre con cierta moraleja fabulesca subyacente.

Para comprender el uso de las alegorías en Beastars, debemos enfocar la atención en la sociedad japonesa; al fin y al cabo, Itagaki es nipona y su país, un lugar verdaderamente lejano en lo que a cultura y roles de género se refiere para con nuestro ideario occidental. En Japón, las distinciones entre hombre y mujer todavía responden, en su mayoría, a formas arcaicas: la mujer como ama de casa, el hombre como empresario trabajador. En la última década se han producido numerosos cambios, y ya a principios de siglo se vivía una irrupción de los ideales modernos occidentales en el país del sol naciente. La conexión con Beastars se encuentra en un término acuñado en 2006 por la autora Maki Fukasawa y popularizado más adelante, en 2008, por el filósofo Masahiro Morioka (en su libro Sōshokukei danshi no ren’aigaku): el llamado “hombre herbívoro” o sōshokukei danshi. Si bien pronto se convertiría en un término peyorativo, inicialmente se trataba de una definición para la nueva masculinidad. El hombre herbívoro es un hombre amable que no busca de manera voraz relaciones románticas, incapaz de herir o ser herido por otros. Más allá de la utopía de esta última sentencia, la definición del hombre herbívoro supone una inversión total de los rasgos del hombre hegemónico. La proactividad, la asertividad o la violencia son, por tanto, rasgos exentos del hombre herbívoro. Como es natural, el término dio lugar al opuesto femenino: la nikushokukei josei o “mujer carnívora”, una mujer asertiva y proactiva, voraz en las relaciones románticas.

Así, conectamos con Beastars a través de las nuevas masculinidades y feminidades. Los carnívoros de su mundo son, a grandes rasgos, una alegoría del hombre, y los herbívoros, de la mujer. Como ocurría con Zootrópolis, considerar al hombre un salvaje y un depredador es potencialmente ofensivo, pero Itagaki emplea la alegoría con astucia. Muchos de los carnívoros macho de la serie que exhiben rasgos masculinos son tratados de manera positiva, sea por su arco de deconstrucción o por la profunda exploración de las raíces de su masculinidad hegemónica. Pongamos un ejemplo: el tigre de bengala Bill, estudiante en la misma academia que el grupo protagonista, comienza como un hombre violento, iracundo y propenso al dopaje para aumentar su fuerza física. Sin embargo, más adelante descubrimos que su actitud no es tanto un rasgo inherente a su sexo como una defensa contra Rouis, cuya capacidad de dominación para con los carnívoros en su condición de herbívoro empequeñece el ego de Bill. Hacia el final de la serie, Bill aprende a valerse por sí mismo, a refinar su fachada para transformarla en una forma de ser menos iracunda, menos violenta, pero igualmente masculina (proactiva y asertiva, además de con predominancia de la fuerza física).

Como decía antes, la alegoría no es exacta: los carnívoros no son únicamente machos ni los herbívoros hembras; sendos tipos tienen en su haber los dos géneros del binomio normativo. Ello permite una mayor complejidad en la exploración de los entresijos sociales: Bill es un “hombre carnívoro” y Juno, una loba gris alumna de la Academia, una “mujer carnívora”, pero el trío protagonista va más allá de los cuatro tipos. Legoshi es un “hombre herbívoro” en un cuerpo carnívoro, eminentemente masculino, Rouis desea ser un “hombre carnívoro” a pesar de su condición real de herbívoro, y Hal es, en apariencia, una herbívora, pero sus rasgos prototípicamente masculinos la acercan en múltiples ocasiones a la “mujer carnívora” por su proactividad y asertividad.

Ya anuncian las posibles confusiones terminológicas que la cantidad de personajes, tramas y temas presentes en Beastars no permite, en el breve espacio de un artículo, abarcar toda su complejidad. No obstante, el foco en los roles de género nos permite ofrecer un análisis significativo para con los personajes de Legoshi, Juno, Rouis y Hal, el núcleo de la serie en el enfoque seleccionado. Su comentario sociopolítico, su enmarque dentro de la queerness, las teorías de la Otredad concentradas en la existencia de insectos y animales marinos fuera del binomio o la relación psicosexual de la «carnifagia» como modo de habitar en el cuerpo del otro (aquí se enmarcaría el personaje de Rouis) serán, desgraciadamente, temas pasados por alto para llevar el análisis a terrenos algo más concretos.

Para el análisis, acudiremos a la edición española de la serie, licenciada por la siempre interesante Milky Way Ediciones. El uso de “Hal” en lugar de “Haru” o “Rouis” en lugar de “Louis”, fuente de controversias en Internet, se debe a la fidelidad por la edición escogida

La deconstrucción de un lobo

Beastars no existiría sin Rouis, Hal o Juno, pero apenas podríamos comenzar a realizar un análisis sin Legoshi. El lobo protagonista de la obra es la alegoría de un adolescente en proceso de deconstrucción enmarcado en una sociedad hegemónica. Su debate de género corre parejo con un viaje de madurez. Nunca se aproxima a la no binariedad, mas emplea rasgos femeninos del habla japonesa y manierismos difícilmente atribuibles a la masculinidad prototípica. Si bien como alegoría gay resulta algo simple (ningún personaje enmarcado en la nueva masculinidad tiene rasgos prototípicamente masculinos), en materia de roles de género asimila con acierto las perspectivas de la masculinidad “herbívora”. Legoshi es amable, gentil, poco propenso a iniciar relaciones románticas debido a su torpeza, y evita herir incluso a insectos y animales marinos, seres discriminados como Otros por la sociedad carnívora y herbívora al mismo tiempo.

La presentación de Legoshi se enmarca dentro del filtro subjetivo de una herbívora compañera de clase tras el incidente que da inicio a la obra: en la prestigiosa Academia Cherryton, un alumno herbívoro (la alpaca Tem) ha sido devorado por otro carnívoro en horario nocturno y nadie ha visto al agresor. En este contexto, la herbívora sirve de primer contacto con el mundo de Beastars para cualquier lector. Vive atemorizada de cualquier compañero de clase carnívoro. De hecho, observa al inocente Legoshi con terror, como un acosador incapaz de controlar sus impulsos, pero nada más terminar el primer capítulo (“Aprovechando la luna llena para hacer presentaciones”) de los 196 que conforman la obra, personaje y lector confirman las sospechas: Legoshi no es como los demás. Su aspecto rudo es una práctica inevitabilidad de su tipo animal, cuyo terror inherente suple con una actitud desenfadada y siempre altruista. No todos los hombres son carnívoros.

El encuentro de Legoshi con la coneja Hal, ya en el primero de los 22 volúmenes de Beastars, funciona a modo de prueba de fuego para el protagonista. Como carnívoro, siente por primera vez el instinto de su tipo animal al enamorarse de una herbívora. La sustitución de los términos clave (carnívoro, herbívoro, instinto) por el binomio “hombre” “mujer” y “testosterona” permiten crear un paralelo con nuestro mundo. El diminuto tamaño de Hal es símbolo de su aparente fragilidad, a la inversa de Legoshi, pero donde la primera se enfrenta proactivamente a las vicisitudes propias de su género en una sociedad patriarcal, el primero se avergüenza de las suyas propias y las rechaza en favor de una forma de ser más cercana a la feminidad. No cabe duda de la astucia temática de Itagaki: ninguna de las dos actitudes es del todo correcta, ni del todo incorrecta. Legoshi y Hal deben experimentar un proceso de madurez para comprender que sus géneros son los correctos, mas no su forma de vivirlos.

El primer encuentro de Legoshi y Hal (capítulo 4, “Un día bastante malo en la historia de los conejos”) anuncian las complejas dinámicas de depredador y presa, como también la unión psicosexual de herbívoros y carnívoros en una suerte de romance

La amabilidad y gentileza de Legoshi se derivan de un cierto conformismo para con la vida. Inicialmente, su actitud señala despreocupación por su propio bienestar o el del resto. Teme herir a Hal y detiene cualquier avance romántico a pesar del deseo de ambos, apenas comprende el interés de la loba Juno por tener una relación con él y se considera, en sus propias palabras, “un sosaina”. Son dos los eventos que comienzan a redirigir su actitud hacia terrenos positivos: la experiencia cercana a la muerte con el agresor de la alpaca Tem y el enfrentamiento final con este mismo criminal, un compañero del club de teatro: el oso pardo Riz. El primer evento lo lleva a tomar consciencia de su especie, pues como carnívoro con pulsiones violentas (véase, como hombre estereotípico), resulta parte del problema social; descubrir y vencer al carnívoro que asola a los herbívoros de la Academia Cherryton es, a ojos de Legoshi, una expiación de esa culpa biológica. El uso de la fuerza física y la violencia de su especie, de lo masculino, para proteger a los herbívoros (recordemos, muchas veces alegoría de la mujer) es el inicio de un debate ético y de género en el que tanto Itagaki como este artículo profundizan más adelante.

El segundo evento, la batalla contra el criminal Riz, conlleva un punto de inflexión para Legoshi no por el enfrentamiento en sí, sino por la pragmática en que se enmarca: para derrotar al oso pardo, y a pesar de un entrenamiento previo en aras de controlar las pulsiones «carnífagas», Legoshi descubre que solo alimentándose de un herbívoro, cuya carne potencia las habilidades físicas de un carnívoro, puede vencer. Este hecho se consuma a través de la profunda amistad de Legoshi y Rouis, quien sacrifica su pierna para ofrecer la fuerza necesaria al lobo. Ya decía anteriormente que la alegoría herbívoro-carnívoro depende de cada escena y personaje. En este instante, debemos analizar a Legoshi desde una óptica de roles de género, mas Rouis responde antes al tema de la «carnifagia» como acto psicosexual de unión entre seres opuestos; si bien merece una mención, abordar su complejidad conllevaría una extensión y foco distintos al de este artículo.

El acto de «carnifagia» —consentida— de Legoshi lo lleva a asumir la responsabilidad de sus actos y, especialmente, de su género: como carnívoro, como hombre de complexión prototípica, la fuerza física y la violencia desmedida son una parte inescapable de su código hormonal y su contexto social. A lo largo de los 11 tomos que conforman la segunda parte de la obra, Legoshi madura; trata de comprender profundamente a otras especies y sus conflictos para con la sociedad. Es consciente de su propia fortaleza, de sus rasgos masculinos, y no vuelve a consumir carne para proteger a los herbívoros; solo emplea la violencia cuando resulta necesario para defenderse o por un bien mayor, jamás de manera mortal.

El final de Legoshi es un colofón a su proceso de deconstrucción como carnívoro y como hombre a través de dos actitudes: el pacifismo y el compañerismo. Tras comprender las vicisitudes de otras especies y extender su amabilidad a todas ellas, debe enfrentarse al Mercado Negro, el origen de todos los males de la sociedad adulta. Este espacio se encuentra liderado por varios grupos armados: leones, leopardos, dragones de Komodo y zorras. Por circunstancias varias, Legoshi no se enfrenta a los leones ni a los leopardos, pero su contacto con los otros dos grupos es una prueba final de su deconstrucción. Con los dragones de Komodo, emplea tácticas defensivas y obtiene su apoyo en la contienda demostrando empatía por sus problemas en sociedad como seres venenosos. Con el grupo de zorras, Legoshi termina abrazando tanto su masculinidad como su feminidad: el rival es un grupo de mujeres empoderadas, que defienden el uso de tacones y vestidos ajustados como refuerzo orgulloso de su género y no como objetivación masculina; para comprender este hecho, Legoshi decide vestirse como ellas y luchar en sus mismos términos. No hay ridiculización; solo empatía y honestidad. Comprende sus dificultades en una sociedad patriarcal y se convierte en un aliado de su lucha, demostrando las virtudes de lo masculino en el apoyo al feminismo.

En los últimos capítulos de Beastars, Legoshi, siempre ayudado por Rouis, tiende un puente entre carnívoros y herbívoros. El Mercado Negro es destruido por la influencia de sus actos y por la bondad inherente al ser humano, alegorizado en las distintas especies animales. Al fin, Legoshi inicia su relación amorosa interespecie con Hal, esta vez con empatía por los demás seres vivos, un entendimiento profundo de las vicisitudes de los herbívoros (así pues, de las mujeres) y un establecimiento final en su masculinidad; Legoshi no puede ni desea convertirse en herbívoro. Su arco de personaje deviene en un modelo de deconstrucción para el hombre hegemónico de la sociedad actual. No lo emascula ni supedita al género femenino; busca la igualdad entre hombre y mujer a través de un entendimiento diacrónico de los roles de género por parte del hombre —origen histórico de la opresión de la mujer— y, por tanto, también sincrónico, atado a un contexto patriarcal en proceso de cambio. Legoshi termina feliz como carnívoro, como hombre, por retener únicamente las cualidades positivas asociadas al género en una sociedad patriarcal (la fuerza física redirigida hacia la defensa de causas sociales) y haber desechado todas las negativas (la violencia desmedida, la proactividad invasiva) en el proceso de deconstrucción.

Rouis proclama la victoria compartida con Legoshi ante el Mercado Negro (capítulo 190, “Convertíos en estrellas”). El título de “Beastar” no tiene por qué ser concretado en un solo ser; ambos se transforman en Beastars como símbolo de unión entre especies. De hecho, el capítulo se titula originalmente “Be Stars”, juego de palabras entre la victoria compartida de Legoshi y Rouis para el futuro del mundo animal y confirmación de un nuevo uso plural del término “Beastar”

La agencia femenina en un espacio cosificador

En el capítulo 64 (“Bailarina sin zapatillas de ballet”), se nos presenta a un nuevo personaje: la okapi Cosmo, una mujer herbívora que trabaja en el Mercado Negro. Sabedora de la violencia carnívora, potenciada además por el ambiente del lugar, es consciente de la posibilidad de morir devorada en cualquier momento. Su manera de enfrentarse a la inminencia de la muerte: trabajar en un local de striptease. La historia de Cosmo no versa sobre la mirada masculina ni la cosificación femenina en una sociedad patriarcal; es una historia de empoderamiento. Amparada por unos barrotes, baila en una jaula exponiendo su cuerpo a hombres carnívoros. Disfruta del poder que ejerce sobre ellos, pues su baile los cautiva hasta transformarlos en esclavos de sus deseos. Los barrotes no marcan la frontera de su propia jaula, sino la de sus espectadores. Incluso cuando mantiene relaciones sexuales con sus clientes, estas son siempre orales; a través de la boca, Cosmo sigue reteniendo el control de una situación que en cualquier momento puede llevar a su muerte.

Cosmo es la carcelera de los carnívoros en el club del Mercado Negro, no su prisionera (capítulo 64)

Esta es una de las historias que Itagaki introduce casualmente en Beastars, a modo de relatos cortos y unidas siempre a algún personaje principal. Sus objetivos son diversos: ampliar el mundo, introducir espacios desde ópticas diferentes, explorar psicologías concretas o, mayormente, tratar temas sociales. A través de estas historias, Beastars enriquece la alegoría sobre los roles de género. Cosmo no es únicamente un comentario sobre los mayores males del mundo de la obra; es una alegoría a la prostitución del nuestro, a sus problemas inherentes y su raíz en el patriarcado. Encontramos a personajes con funciones similares, de entre las cuales dos se refieren directamente a los roles de género: Utsugi, una chacal hembra, jefa de empresa, que acude a un club clandestino de antifaces donde da rienda suelta a su sexualidad con otras mujeres —en contraste a su estricta normatividad de cara al público—, y Aisha, una tigresa que deja a la alpaca Marilyn dominarla en sus sesiones de masaje a través de complejos juegos de poder semejantes al BDSM[1].

La agencia femenina en Beastars parte del punto de partida de su mundo: aunque haya mujeres herbívoras más fuertes que otras —es el caso de Qüe, coneja belier y maestra de Legoshi—, el cómputo general tiende a cuerpos débiles físicamente desde su biología en comparación con los carnívoros macho. Este hecho encuentra un paralelo en nuestro mundo: donde existe una Qüe, existen decenas de mujeres con una fuerza física menor que muchos hombres, una carencia biológica que se suple con una mayor resistencia al dolor y, generalmente, un proceso de desarrollo más veloz. Las diferencias entre hombres y mujeres, carnívoros y herbívoros, sientan las bases del comentario social en Beastars.

No resulta casual que la co-protagonista de Legoshi sea Hal, una coneja blanca y, por tanto, miembro de la especie más débil físicamente y más frágil por su propensión a la taquicardia. Hechos que no eximen a Hal de ser una mujer fuerte en el contexto de una sociedad patriarcal. Lo poliédrico de su psicología se halla en el cuarto tomo, donde la violencia de un asalto sexual no consumado la sumerge en su propia mente. Mientras el líder del Shishigumi, la banda de leones del Mercado Negro, observa su cuerpo desnudo, Hal reflexiona sobre su relación con el sexo. Para ella, una relación sexual es siempre niveladora: su diminuto tamaño y fragilidad se desvanecen en la cama, cuando se siente capaz de soportar los envites de carnívoros que la cuadriplican en tamaño y toma el control de la situación. En el complejo discurso alegórico en torno a los roles de género, Itagaki introduce con Hal una nueva dimensión: los juegos de poder, algo que ampliaría enormemente con la aparición de Cosmo tomos más tarde.

Como parte inherente al ser humano en tanto se reproduce mediante él, el sexo es una inevitabilidad para el grueso de la población (queda como excepción, por supuesto, la comunidad asexual). Itagaki pone su atención, desde la misma base alegórica de carnívoro/hombre, herbívoro/mujer, en esta unión física y psicológica. Más allá de las alegorías psicosexuales de la «carnifagia», un tema que, pese a su interés, debemos dejar de lado en este análisis en pos de una mayor concreción, el sexo en Beastars no se presenta siempre como un juego de poderes. En ocasiones, sirve a la profunda alegoría de los roles de género enmarcados en una sociedad patriarcal. Acudamos al ciervo co-protagonista para un ejemplo: Rouis, como futuro heredero del Conglomerado Horns, debe intimar con la cierva roja Azuki para producir un primogénito que perpetúe el negocio familiar. Se impone la ley del matrimonio de conveniencia en que la mujer debe estar atada al hombre, pero Azuki acepta este hecho por su beneficio a la empresa familiar, mientras que Rouis lo rechaza por su clara inclinación sexual hacia los carnívoros. Su relación no funciona por los problemas inherentes a su sociedad: las enseñanzas de un sistema patriarcal hacen a Azuki incapaz de disfrutar de su propio placer, y la obligación social de unión entre especies del mismo tipo hace sentir a Rouis como un desviado (sentimiento que comparte también Legoshi en un instante de conexión entre ambos[2]). En la alegoría de género, la relación disfuncional de Azuki y Rouis se adecúa al modelo tradicionalista de nuestro mundo, donde la mujer es arrebatada de cualquier agencia sexual para servir al hombre y este, a su vez, carga con las expectativas sociales de su género: ser fuerte, dominante y cumplir con unas obligaciones sexuales específicas, tres hechos que contrastan con la actitud de Rouis.

La escena de sexo entre Rouis y Azuki se enmarca dentro de un noticiario anticarnívoro en defensa del herbívoro (capítulo 143, “Transparencias que dejan ver los pechos hasta con la luz de la tele”). Si bien la proclama defiende la unión de los herbívoros, Rouis se cuestiona la moralidad del separatismo de tipos animales en tanto él siente predilección por el tipo opuesto

Volviendo a la co-protagonista femenina, el sexo no es el único elemento que define a Hal. También lo hace la búsqueda de sororidad con las plantas que cuida, un símbolo de su frágil complexión. A medida que avanza la obra, se descubre una psicología compleja originada en un autoodio por su especie. A pesar de ser una mujer herbívora, Hal adopta actitudes alejadas del prototipo: es asertiva, proactiva en su relación con Legoshi y trata de alejarse de los manierismos de su género. En el capítulo 79 (“Encuentro furtivo en lencería”), tenemos la oportunidad de observar a Hal desde el punto de vista de Juno, una loba hembra que intenta encajar en los moldes de comportamiento herbívoros, más delicados y estereotípicamente femeninos. De este modo, el capítulo se mueve por contrastes con la visión femenina de Juno: Hal, al modo masculino, se abre de piernas cuando está sentada, se seca el sudor con la camiseta —dejando al descubierto, inadvertidamente, su ropa interior de encaje— y es ruda en su actitud hacia los demás. Itagaki no critica la actitud de Hal; al contrario, es aceptada por Juno, que termina cautivada por ella. El alejamiento de la feminidad prototípica de Hal la hace interesante a ojos de hombres y mujeres por enfrentarse al canon establecido, por enorgullecerse de su rebeldía.

Desgraciadamente, la segunda mitad de la serie abandona la profunda exploración de Hal como mujer y se centra en la deconstrucción de Legoshi. Así, su conclusión entabla una poco agradecida ambigüedad. Acepta su condición como herbívora y desea ser devorada por un carnívoro hasta que Legoshi ofrece una solución medial: no perpetuar el ciclo carnífago y, en lugar de perseguirla como a una presa, caminar junto a ella como iguales. El poco desarrollo de Hal a lo largo de más de cien capítulos provoca que pierda su agencia femenina en el argumento para terminar supeditada al hombre, si bien de una manera positiva para la igualdad.

Como niveladora del problema de desarrollo de Hal, Juno cobra mayor importancia en los capítulos finales. Aun sin compartir protagonismo con Legoshi y Rouis, su conclusión es consecuente con su agencia femenina. Su trama versa sobre un espacio dominado por hombres tan centrados en sí mismos que no tratan de comprenderla como persona. Legoshi es incapaz de negarle una relación por su buenismo y la deja siempre como la segunda opción, por detrás de Hal. Rouis está enamorado de ella únicamente por su cualidad de carnívora y no por su persona. Al final, Juno decide dejar de ser tratada como un objeto, abandonando su interés por Legoshi y castigando a Rouis con un rechazo catártico: grabarle en la mente el recuerdo de sus colmillos carnívoros. Así, ningún beso herbívoro, desprovisto de colmillos, lo satisfará nunca. Esta escena, parcialmente transponible a nuestro mundo, muestra a una mujer atada a los designios de los hombres que descubre su propia agencia y aprende las virtudes de la soledad, abierta a nuevas posibilidades en el futuro.

Juno hace repasar a Rouis su dentadura lobuna (capítulo 194, “La eternidad hasta que todas las ventanas se oscurecen”). Puede argüirse una alegoría homosexual: las pulsiones interespecie de Rouis, vistas como no normativas en su sociedad, se refuerzan con la tentación del cuerpo de Juno, que jamás obtendrá por la necesidad del ciervo por encajar en el engranaje normativo social

La convivencia entre especies como convivencia de género

En su alegoría fabulesca, Paru Itagaki buscaba transmitir dos mensajes. En primer lugar, que la sociedad no puede cambiar de un día para otro; el cambio debe producirse de forma progresiva y con pequeños avances a través del individuo en su contacto con otros individuos. Este hecho, atado a los roles de género, se demostraría con el final de Azuki y Rouis. Ambos terminan encajando en los moldes sociales por un matrimonio de conveniencia, pero bajo un pacto tácito que hace las veces de solución para nuestro mundo: aceptar su condición y tratar de formar una relación cordial donde intimar sea un paso orgánico derivado de una comodidad creciente entre ambos. En segundo lugar, que la convivencia inter e intraespecie, la convivencia entre géneros, es posible si todos ponemos de nuestra parte. Hombres y mujeres deben comprender sus roles sociales poniendo en perspectiva la realidad histórica hasta la actualidad; los primeros se deconstruyen y eliminan las partes más negativas asociadas a su género —aquellas que han provocado guerras, diferencias sociales y sexuales—; las segundas recuperan la agencia perdida en la dominancia masculina. Aquí se hallaría el final de Legoshi y Juno, respectivamente.

En su conjunto, Beastars es una obra compleja donde cohabitan numerosos temas. De lo social a lo político. De la psicología individual al contacto sexual. De lo masculino a lo femenino. El aspecto animalizado de sus personajes, deudor de las fábulas tradicionales, es, en palabras de Itagaki, una manera de reflejar los conflictos de la sociedad humana “de forma más agradable y menos cruda, menos directa”. Parece una solución adecuada en nuestro mundo actual, y es que, durante los últimos años, han surgido sectores cada vez más vocales de la extrema derecha en respuesta al feminismo radical que tiende a reflejarse en los medios de comunicación, a la inclusión forzada de obras de ficción o a otros cambios necesarios para la sociedad, pero redirigidos de manera incorrecta por las compañías ávidas de aumentar su capital y la izquierda más extrema. Todo lo radical es, por definición, problemático, un estado de enajenación en que la defensa de una ideología resulta más relevante que la comprensión del punto de vista contrario, de los beneficios que puede aportar las múltiples perspectivas sobre un mismo tema. Beastars es una fábula porque es menos directa, más agradable y accesible. Los animales conectan con nuestro niño interior, aquel que se atemorizaba de la altura del cielo, las inclemencias de una Naturaleza salvaje o lo grandes y fuertes que parecían todos los adultos. La obra de Paru Itagaki no nos obliga a deconstruirnos ni a cuestionarnos la realidad histórica de los roles de género; nos pide con palabras corteses y trazo agradable que nos sintamos reflejados, que pensemos. Porque nunca es tarde para comprender un punto de vista contrario, pero siempre es pronto para dar nuestra realidad por sentada.

NOTAS:

[1] Esta historia pertenece a Beast Complex, otra obra de Paru Itagaki ambientada en el mismo universo de Beastars con un formato antológico, con el objetivo de ofrecer nuevas historias al modo de Cosmo o Utsugi sin necesidad de atarlas a la historia principal de la obra de origen. Son una ampliación de los temas sociales de Beastars y se tendrán en consideración como tales para este artículo.

[2] Aquí entran las mencionadas alegorías queer de la obra, en este caso centradas en la configuración del armario dentro de una sociedad heteronormativa.