Currículum con monstruos (Gigamesh, 2021) es una de las escasas -pero brillantes- incursiones literarias de William Browning Spencer, aventajado seguidor de Lovecraft que no duda en reírse del maestro. Su novela, profundamente noventera hasta el punto de recordar a las mejores producciones cinematográficas de aquella década, es una crítica a los métodos de esclavitud laboral y a las presuntas dinámicas del éxito social. Los Primigenios, de existir más allá de la mente de este Don Quijote, son «el Sistema».

En un lugar de Texas, de cuyo nombre no quiero acordarme, malvivía Philip Kenan. Se había mudado allí para seguir los pasos de su antigua doncella Amelia, con la que había compartido trabajo en MicroMeg. Kenan, inconstante, inestable, depresivo y, según Lily, su psicoanalista, «realista torturado», acometía entretanto, como George R. R. Martin, una novela inacabable, que ya rozaba las dos mil páginas. Sin cualificación de ninguna clase, había logrado establecerse como teclista en una sórdida empresa, Curriculums al Instante Ralph. Se mantenía aún vigilante, porque los monstruos que le acechabann desde su infancia, innombrables aberraciones de planos exteriores, mantenían intactos sus planes de destrucción de la raza humana. No había un héroe más improbable que él en todo Austin, ni tampoco más atormentado. Lo que sabía no podía compartirlo, y lo que veía prefería olvidarlo. Era un perfecto caballero lovecraftiano. O casi.

Desde que los Mitos de Cthulhu se enunciaran por primera vez, muchos autores han pergeñado pastiches, crossovers o plagios descarados con la esperanza de dejar una pequeña impronta en el más famoso panteón de monstruosidades de la literatura terrorífica. Muy pocos han logrado realizar algo original (ya no digamos duradero); no todos, desde luego, pueden presumir de llamarse William Browning Spencer, ni de estar dotados de tanto talento para la parodia. Currículum con monstruos, una de sus escasas obras publicadas -en el lejano 1995-, es sencillamente brillante. Y lo es por su convergencia de pulp, ironía, crítica social con postulado personal y terror noventero.

Como un grimorio prohibido, su existencia estuvo vedada durante mucho tiempo al lector hispanohablante, hasta que hace pocos meses encontró cobijo en las filas de uno de los mayores cultos españoles al fantástico, Gigamesh. Cual ave fénix, Gigamesh resucitó de las cenizas de Poniente con un catálogo sui generis, autoeditado y autodistribuido, que no puede tener cabida en los grandes sellos ni en los ocasionales que se abisman a escarbar entre las brasas del terror literario. Sus novedades de un tiempo a esta parte son notabilísima y muy cualitativa serie B: títulos que podría haber filmado, para entendernos, el mejor John Carpenter o el más apañado Richard Donner. Currículum con monstruos es la quintaesencia de ese nuevo espíritu con el que la mítica editorial catalana encara el mercado y pide espacio en su nicho. Es imposible leerlo, ni disfrutar su alocada liviandad, sin que se nos vaya representando fotograma a fotograma, o sin que nos recuerde a otras tantas soluciones ingeniosas, disfrutables y simpáticas de aquel cine noventero e ingenuo, pero terriblemente funcional y gozosamente revisitable.

Traviesa fotografía de William Browning Spencer. Parce estar a punto de hacer una broma a costa de Cthulhu. Autor: David Brendan Hall. Fuente: The Austin Chronicle

Browning Spencer toma una decisión genial como punto de partida: quizás existan los monstruos, o quizás sean sólo el fruto de la mente de alguien que ha leído demasiado a Lovecraft, pero lo que es indudable es que éstos se ocultan, ya sea real o metafóricamente, entre las paredes de una gran corporación. En Currículum con monstruos los Primigenios son «el Sistema», y «el Sistema» es, a su vez, esa pesadilla que confiesa el anciano Grodinov, honrado jefe de Kenan en MicroMeg: «Verá, este es trabajo de trabajar, de hacer lo mismo un día y otro, y tirar lo viejo y poner nuevo. No hay nada que terminar, sólo hacer. Esto es el Sistema, y ese es nuestro trabajo». Grodinov también podía estar chalado, pero su lucidez es implacable: el «Sistema» es esclavizador y subyuga toda inteligencia y cualquier atisbo de imaginación. ¿Acaso alguien se siente realizado en su trabajo? Browning Spencer nunca debió estarlo. La crudeza de sus descripciones y de sus diálogos, pavorosamente realistas, inducen a pensar que lo que denuncia -las condiciones de trabajo efímeras, vergonzosas, alegales- le supuso un calvario vital. Puede que Browning Spencer escribiera Currículum con monstruos a modo de catarsis. De ser así, admitimos que puede leerse como una bien urdida venganza. Browning Spencer no deja títere con cabeza al recrear métodos laborales, al implantar horarios, al atisbar sueldos misérrimos, al burlarse de las dinámicas que pretenden conducir al éxito social.

Los personajes están al mismo nivel de mediocridad que las grandes corporaciones que se describen en la novela. Kenan es gris, más perdedor que antihéroe. Enamorado, lucha contra sus propios molinos de viento para recuperar a Amelia, una ex con la que no ha sido capaz de cortar del todo. Currículum con monstruos quiere ser también una historia de amor, porque éste es esperanza, el salvavidas al que aferrarse para no perder totalmente la cordura. Pero para alcanzar este oasis primero hay que jugar a la ruleta rusa. Porque el gris lo permea todo, es el color de lo deprimente, como puede percibirse en estas ilustrativas estampas: «El paisaje estaba sembrado de jugadores de equipos vapuleados, ratones reclutados por gatos para empresas felinas».

Y luego, por supuesto, está Lovecraft. Browning Spencer tiene sentimientos encontrados hacia su maestro de Providence. Indudablemente le idolotra, como se aprecia en los guiños a La sombra sobre Innsmouth, a El ceremonial o La sombra fuera del tiempo (que tanto condiciona la segunda parte del libro), pero también se ríe de él. Las alusiones críticas son constantes, como esta sobre la falta de lógica de los desafortunados protagonistas lovecraftianos: «Irracionales, absurdos, sencillamente estúpidos incluso para las criaturas más rudimentarias, ya fueran unicelulares o pluricelulares…todo eso podría decirse de aquellos descensos al abismo». Kenan es ese cobarde resignado que, ante la presencia de un siniestro pasillo oscuro, prefiere primero buscar un interruptor de la luz o hacerse acompañar en su exploración de lo desconocido que internarse en la penumbra y preguntar si hay alguien ahí. No es tanto Rincewind como un hijo de su tiempo. Porque, tal y como nos hicieron saber, en aquella ficción de los noventa, como en la de la década anterior, héroes, antihéroes y perdedores compartían idéntica iniciativa, poseían un carácter desdenfadado que les permitía enfrentarse a lo ignoto, y contaban con el don de una apertura de miras que aún no se había resentido por tantas imposiciones de lo políticamente correcto. Philip Kenan -al que seguramente su difunto y también atormentado padre bautizara en honor a Lovecraft- es justo ese mismo prototipo de personaje. Aquel que, en el preciso momento de la verdad, sabría cómo demonios combatir a los zombies.