En el reino de la nostalgia ocupa un lugar destacado El rey de Katoren, del físico y político holandés Jan Terlouw, un libro que se mueve noblemente por los vericuetos de la fábula. Se trata de fantástica e imprecedera novela sobre el rito de paso de una edad a otra: la incertidumbre ante el peligro de cada prueba propuesta a su protagonista sigue siendo la incertidumbre ante los cambios, transformaciones y obstáculos que la vida coloca frente a cada cual, y esto es algo que nunca envejece.

Las ilustraciones que acompañan este texto son del ilustrador francés Jean Jacques Vayssières, y corresponden a la edición de El Barco de Vapor de 1983. Su numeración corresponde con el orden de las tareas encomendadas a Stach en su camino al trono de Katoren

Tarea 3: Acabar con el dragón de Humoacre

Resulta atractivo, peligrosamente atractivo y por tanto compañero del vértigo existencial, el echar de vez en cuando un vistazo al pasado -al más propio y personal, no tanto al abstracto- para ver qué permanece de todo aquello que en un momento dado consideramos que queríamos llegar a ser. Los sueños, las grandes ideas, los golpes de la vida y también sus triunfos, aparecen como jalones en nuestro particular retrovisor formando un hilo que bien pudiera ser que sólo exista en la interpretación y orden que esa propia mirada de reojo le otorga. Cabría decir que el presente sigue en marcha y que ahora mismo somos pasado en transformación de un futuro por venir (but what tomorrow brings, it is hard to tell), además de que quien permanece más tiempo del necesario observando el abismo del ayer corre el peligro de quedar fosilizado, cuando no pulverizado, contra el muro de la Historia en una serie de iteraciones nostálgicas, sección atonía para-temporal, de consumo rápido y nula digestión. Bien pudiera ser todo eso posible. No es menos cierto tampoco que entre esos jalones ha ido creciendo de manera natural, a base de añadir y quitar estatuillas, talismanes y ofrendas, ese personal panteón privado al que nos encomendamos cuando la ocasión lo requiere. Y, entre ellos, que de esto trata el tema que aquí nos ocupa, aparecen sin sombra de temor los nombres de la literatura y el tebeo que entretejieron nuestra infancia y adolescencia.

En los ladrillos que componen tal memoria literaria, uno de estos nombres, el del holandés Jan Terlouw, está grabado, ya que uno creció entre algún lugar de los 80 y principio de los dosmiles, en letras negras sobre fondo rojo, el color dedicado por la colección «El Barco de Vapor» a su serie destinada a un público “a partir de 12 años”. Fue ahí, ya no recuerdo exactamente cuándo o dónde, en la biblioteca del colegio o en una librería o en el ejemplar prestado por alguna familiar, donde leí por primera vez aquello de “JAN TERLOUW, además de su dedicación a la literatura juvenil, es físico, especializado en los usos pacíficos de la energía nuclear” junto a listas de lectura recomendada y catálogo editorial (Lucía Baquedano, Mira Lobe o Christine Nöstlinger y sus mil y un correspondientes novelas conservan todavía hoy su brillo en el recuerdo). Había un aire especial de desbordamiento de la imaginación en el libro al que iba adosado, El rey de Katoren (1971; edición en castellano de 1983), poso que todavía hoy permanece, y con justicia.

A lo largo de las páginas de este clásico sancionado por el tiempo, Terlouw compone una literatura que se desarrolla ágil, con ingenio y sencillez, cargada de todo sentido, y que se mueve desde su comienzo por las pautas del cuento popular: nuestro protagonista, Stach, nacido la misma noche en que muere el rey, en un inicio realmente oscuro, de tierra baldía se podría decir (“Cuando muera -había declarado en muchas ocasiones [el rey]-, deseo que la tempestad desgarre las nubes, que el granizo martillee sobre los tejados, que los relámpagos iluminen el cielo y que el huracán desgaje las ramas de los árboles”), tendrá que superar llegado el momento una serie de pruebas -siete y media- para erigirse como soberano legítimo de Katoren. En el camino, el empedrado necesario para hilar la aventura: un joven en pleno proceso de maduración, el coro de ministros estirados que le van sometiendo a las más complicadas tareas temerosos de que Stach acabe con su gobierno, el papel de su tío Gervasio como mentor y compañero, el sueño premonitorio, el aura de predestinación, la chica a la que conocerá en sus viajes y que marcará otro de los hilos de la historia, la melodía de ciudades, personajes y situaciones que en su repetición diferenciada va rimando a lo largo del cuento… En todo ello resuena de manera satisfactoria y agradable el ritmo de un proceso vital, la adolescencia como rito de paso, que se dibuja con las líneas de la fascinación y el descubrimiento.

Tarea 1: Hacer callar a las aves de Decibelio

A su vez, Terlouw hunde sus manos en las brumas del acervo popular narrativo y busca contarnos también la alegoría política del buen gobernante. Stach, contrapuesto al Consejo de Ministros, formado por personajes cuya personalidad queda definida por su nombre (Eskrupul, Impetuoso, Limpito, Laminador, Fraternal, de Seer) y que han hecho durar su regencia más tiempo del esperado, se desenvuelve como un joven de buen ánimo y puros sentimientos que en cada prueba actúa siempre por la misma regla: observación, diálogo, reflexión, colaboración. Así, en cada ciudad katoreniana a la que se tiene que desplazar para ejercer su labor de héroe (casi siempre en tren y siempre parco en equipaje), se junta con el pueblo, pregunta aquí y allí, es alojado en sus casas, nunca juzga y siempre presenta el empuje del optimismo y el trabajo tranquilo ante las tribulaciones de la ciudadanía, acostumbrada en un blando vivir a los males que nuestro protagonista ha de enfrentar: la incomunicación, la militarización, la contaminación, las dificultades del diálogo interreligioso (junto al de la religión con el Estado), la codicia y el engaño de ciertos comportamientos y prácticas médicas o farmacológicas, el utilitarismo ególatra de quienes viven en el más frío mundo del cálculo y el número. Como añadido, un par de pruebas subrayan el carácter popular del sustento jurídico de Stach (el poder recae sobre el pueblo, el pueblo se organiza de una manera determinada mediante una serie de gobernantes) y resaltan la relevancia del periodismo y los medios de comunicación en cuanto «Cuarto poder» (sujeto también a ciertos vaivenes de la profesión). Terlouw añade incluso una frase en palabras del joven por la cual se compromete a superar una prueba cada año renunciando, en caso de derrota, a su título de monarca en una suerte de democracia regia. No obstante esta posible frialdad aparente, El rey de Katoren se mueve noblemente por los vericuetos de la fábula, llegando a alcanzar cotas de gran pathos y misterio sobrecogedor, especialmente en las escenas en que Stach ha de enfrentarse al mago Pantar.

Tarea 6: Terminar con las actividades de Pantar, el mago de Equilibrio

¿Cuál es, a día de hoy, el lugar que ha de ocupar El rey de Katoren en nuestro particular imaginario? ¿Qué queda de él a cincuenta años de su edición en tierras holandesas? Lo que en su momento fue asombro infantil, se amplió en el tiempo, o solapó, con la visión de una alegoría política y social que podría resultar relevante hasta cierto punto para la formación de los valores en sociedad, pero también buenista en exceso y ajena, necesariamente por su edad, a la complejidad de una sociedad post-industrial (¿aunque acaso votamos por el rey Arturo y su Tabla Redonda?). Pero eso no es lo importante: el poso de la novela de Jan Terlouw, más bien, recae en la fascinación que ante nosotros sigue ejerciendo el mito como sistema simbólico coherente dador de una visión del mundo (inconsciente se podría decir) que encuentra su reservorio más claro en la literatura denominada infantil y juvenil. El rito de paso de Stach, si bien imbricado en el relato escrito por un político y físico holandés de los años 70, con su necesaria contextualización a diferentes niveles, se mantiene en su profundidad tendiendo un puente entre aquella y esta época previo paso por nuestra (mi) infancia/adolescencia. La incertidumbre ante el peligro y el modo en el que ha de superar cada prueba sigue siendo la incertidumbre ante los cambios, transformaciones y obstáculos que la vida coloca frente a cada cual, y esto es algo que nunca envejece. Aún más, dentro de mí sigue resonando una fuerte inclinación por hacer acopio de las mañas y respuestas del héroe ante cada faena que le cae en suerte (aunque luego las preguntas sean diferentes, pero uno nunca sabe dónde puede encontrarse a la esfinge de turno). Pruebas, pruebas y más pruebas, al igual que en aquel otro clásico juvenil, El misterio de la isla de Tökland (Joan Manuel Gisbert, Espasa Calpe, 1981), uno más de esos volúmenes en los que se difuminan los contornos borrosos de lo que conocemos como realidad. Y fantasías, en fin, que comparten territorio, por qué no, salvando barones Corvo, Cantacucenos y otras erudiciones con un, digamos, Joan Perucho. Es un mundo mágico a fin de cuentas, así que explorémoslo.

Tengo el ejemplar de El rey de Katoren frente a mí mientras voy tratando de enlazar frase tras frase, idea tras idea. El rojo ya desvaído, anaranjado más bien, los bordes un tanto dados de sí, algún diminuto parche de cartón y plástico borrado por el tiempo. Las hechuras de un libro que ha vivido. En realidad, este libro no es mío. Pertenecía a la pequeña biblioteca de uno de aquellos clubs de instituto que surgieron en algún momento de los 90 (¿antes tal vez?) para que la chavalería tuviera algo con lo que entretenerse más allá del hecho de plantarse delante del televisor (!). Empecé a leerlo por enésima ocasión, ya iban a cerrar el local pasadas pocas páginas después y uno de los profesores que por allí andaban decidió prestármelo a condición de que lo devolviera una vez terminado. Aquí estamos veinte años más tarde. “Libro prestado, perdido o estropeado” decía un anecdotario/libro de curiosidades con olor a naftalina al que era muy aficionado de crío. Quien dice libro, dice discos o tebeos o videojuegos, y a saber dónde se encontrarán en este instante mis, que hace tiempo que no lo son, Astérix y Cleopatra, News of the World (Queen, efectivamente), El sello naranja de un penique (Un caso de Masao Masuto), de E. V. Cunningham, o No One Lives Forever (Monolith Productions, 2000). Recuerdo a qué personas se los presté en su momento, aunque desconozco dónde viven ahora y, desde luego, resultaría bastante absurdo salir en su busca dos décadas más tarde. Tampoco podría devolver El rey de Katoren. Aquel instituto, un edificio de 1927 de un marcado carácter obrero y que ocupaba toda una gran manzana, ya no existe. Derribado hasta los cimientos, su solar será utilizado para levantar viviendas que sobre plano y antes de que entrara la maquinaria a levantar el suelo ya se vendían como de carácter exclusivo. Por el propio devenir histórico, este libro se ha transformado, sin moverse de su estantería, en el pequeño recuerdo tangible de una época y un lugar ya desaparecidos. Acaso sea esta la eterna prueba. All things must pass.