Georges Bess, colaborador habitual de Alejandro Jodorowsky y discípulo de Moebius, aportó en 2019 su propia visión de Drácula. El resultado es un cómic espectacular, narrado muchas veces a vista de pájaro, y en el que las imágenes se desparraman en viñetas generosas y exuberantes. Bess convierto lo decrépito en bello y da una lección magistral de cómo expresar emociones en primeros planos.

A Drácula, como a Rasputín, cuesta matarle. Sus resurrecciones han encontrado en el cómic un nicho acorde a su perversa e imponente presencia, quintaesencia del Mal en estado puro. Los ejemplos son innumerables: Alberto Breccia lo utilizó (¿Drácula, Dracul, Vlad? ¡Bah…!, 1993; ECC Ediciones, 2020) como crítica de las atrocidades del régimen de Videla en los albores de una timorata, y aún asustada, democracia argentina. Marvel Comics le dedicó una serie regular, y DC llegó a enfrentarlo contra Batman. Pascal Croci desarrolló su obsesión por el personaje en una bella obra que funciona como necrológica del paso del tiempo. Ninguno de ellos logra, no obstante, el efecto embriagador de Georges Bess con su monumental Drácula (2019), que Norma Editorial ha publicado en un único volumen integral en marzo de este 2021.

No es difícil intuir la fascinación que debieron despertar en un trotamundos tan dado a levantar mundos fantásticos como Georges Bess los parajes transilvanos de Drácula, o la cripta de Carfax en la que el vampiro se refugia. Nacido en Túnez en 1947, pero crecido y educado en París, posee una multidisciplinar formación artística que le llevó a probar fortuna en la escultura y el cine de animación antes de debutar en la revista Pilote (1959-1989), el campo de entrenamiento de muchas leyendas del cómic europeo (como Moebius, el dibujante de cabecera de Bess). Entre 1970 y 1987 vivió en Suecia, donde se convertió en uno de los dibujantes oficiales de El hombre enmascarado/The Phantom. A su regreso a Francia, colaboró con Alejandro Jodorowsky en las series El lama blanco (1993-98; Literatura Random House para la edición integral, 2019), Juan Solo (1995; Reservoir Books, 2018) o la juvenil Los gemelos mágicos (1987; Norma Editorial, 2005).

Bess es un auténtico virtuoso. Un maestro del dibujo que sueña en imágenes y que hace de cada página un catálogo de arte. Su Drácula tiene mucho de ensoñación insomne: es una obra en la que conviven el horror vacui con la sordidez y la belleza decrépita. Bess convierte lo putrefacto en hermosura; concilia lo exuberante y lo muerto en páginas espectaculares de un muy expresivo blanco y negro que casa de maravilla con sombras, puestas de sol y melancolías del alma. El talentoso dibujante dispone pocas viñetas por página, en las que lo colosal se impone a lo minimalista. Aunque se mantiene leal al texto de Bram Stoker, el cómic introduce las suficientes novedades como para hacer de él una creación única, autóctona, de autor. Bess es un nuevo adjetivo con el que referirse a Drácula.

El dibujante planifica las páginas para dar cabida en ella a vastos paisajes, en los que los personajes se mueven desamparados. La historia se cuenta muchas veces a vista de pájaro, porque el dibujante quiere reforzar la idea de que Drácula es una fuerza elemental que controla la Naturaleza, o que se confunde con ella. El vampiro de Bess es un elemento milenario más del paisaje, como las rocas, los farallones naturales en los que rompen las aguas costeras, o las olas embravecidas de un mar furioso. Stoker hizo que su hijo de la noche pudiera adoptar formas animales; al poner el foco en enormes extensiones que parecen desparramarse de las viñetas, como las raíces de un árbol centenario, Bess lo mimetiza precisamente con la Naturaleza. Su Drácula es un enigma, una fuerza que escapa a lo cabal porque está más emparentado con los lobos, con el viento y la noche.

Las panorámicas de Bess son rituales druídicos o pasos de un antiquísimo aquellarre, parajes salvajes que parecen acechar y observar a los personajes. Una de las características más destacables del cómic son los pormenorizados primeros planos de sus protagonistas, que dicen de ellos casi más que sus pensamientos o palabras. Sus arebatadoras Mina y Lucy rozan lo erótico, y son muestra de la práctica de Bess en este campo (sustituyó a Manara como dibujante de Aphrodite). Van Helsing, con sus largas barbas, es una mistificación que desentona en ese ambiente agreste: sus trazos lo resumen como el humano que intenta -y consigue- vencer a la Naturaleza, y así ser el Prometeo desafiante. Morris, Holmwood y Seward son intercambiables e intrascendentes, de tan parecidos que resultan entre sí. Jonathan Harker queda mejor parado: Bess fomenta el rol de «mirada» que le fuera encomendado por Stoker. Harker es el primer testigo de Drácula: a través de sus ojos se nos presenta el príncipe vampiro. Bess se recreará en su deambular por las ruinas del castillo transilvano, gigantescas naturalezas muertas en las que el sonido del silencio resulta ensordecedor, así como morada de las sensuales, peligrosas (y también monstruosas) concubinas del Conde, cuyo encuentro marca uno de los momentos álgidos de novela y cómic.

En cuanto a Drácula, Bess no se mesura. Se nota que es su personaje favorito, el ideal que guía su mano. Si en la novela, el vampiro era más plaga y amenaza por su ausencia de voz propia (recordemos que el libro está narrado en una -a ratos- defectuosa perspectiva epistolar), en este cómic, al ser poderosa imagen, lo abarca todo. Drácula crece a ojos del espectador, se expresa con los movimientos de sus manos, con el fuego de su mirada muerta. Sus rasgos angulosos se funden con las aristas de piedra de su castillo, y su sombra se perpetúa más allá de los límites de las páginas. Las posibilidades que ofrece su aspecto se evidencian en el hecho de que Bess lo somete a constantes cambios de imagen. Por ejemplo, el dibujante se toma la licencia (que le suponemos deliciosa) de retratarlo como un monstruo, y aproximarlo, en un ejercicio de deleitosa virguería, al Nosferatu de Murnau, con sus orejas puntiagudas, sus colmillos sobresalientes y sus uñas como garras. Lo primigenio al final termina siempre por marchitarse. Es ley natural.

En este Drácula Georges Bess ha rendido un culto excepcional (y espectacular) al príncipe de los vampiros. No es la enésima revisión del mito sino su representación gráfica definitiva. Valgan las imágenes que embellecen esta reseña como argumento.