La nueva novela de Salman Rushdie, Quijote, es una novela gamberra, atrevida, artísticamente orientada a la yugular de los tiempos que corren, además de un artefacto experimental inteligentemente diseñado y muy bien llevado, orientado para usar el arte y la literatura en la observación y el análisis de la contemporaneidad. La ciencia-ficción y la fantasía son meras tretas para introducir al icónico personaje de Cervantes en el siglo XXI.

Lúgubre versión del mito cervantino en Quixote, dell ilustrador turco Mert Genccinar

Es cada vez más frecuente que la fantasía y la ciencia-ficción se encuentren con la metaliteratura con el objetivo de diseccionar y criticar el devenir de nuestra contemporaneidad. Cuando esto ocurre, el análisis inherente a los límites del arte de la escritura se expande hasta convertir en equivalente a la literatura y al mundo, a la ficción y a la realidad. Salman Rushdie (Bombay, India, 1947) se une a esta tendencia literaria en su última novela, Quijote (Seix Barral, 2020), publicada el pasado mes de marzo y a la que el confinamiento relegó de las novedades editoriales de este año. Con la intención de hacerle merecida justicia, os traemos esta reseña hoy, pidiéndoos, además, que le deis una más que merecida oportunidad.


Porque Quijote es, ante todo, una novela gamberra, atrevida, artísticamente orientada a la yugular de los tiempos que corren, y a la que le da igual las referencias de las que tenga que echar mano con tal de decir lo que quiere decir. La matriz resulta ser, claro, Cervantes y su obra magna. Pero, a poco que avancemos en la lectura, pronto nos daremos cuenta de las otras referencias literarias y cinematográficas de las que echa mano: desde el realismo sucio a la literatura moral, pasando por las road movies, las películas neo-noir, o la ciencia-ficción clásica de viajes en el espacio-tiempo. Un heterogéneo conjunto de referencias mezcladas, sin embargo, con la habilidad del maestro que Rushdie es sin duda.

El motor de la narración, como la propia figura literaria principal utilizada nos deja claro, es la mezcla entre realidad y ficción. Quijote representa como nadie el punto de intersección entre ambas dimensiones, que se confunden hasta el punto de volverse indistinguibles. Esta tesitura es aprovechada por el autor anglo-indio para proponernos un juego de caza entre el gato y el ratón donde nuestra misión será movernos entre las dos, sabiendo en cada momento en cual estamos situados, o en plena transición entre ambas; una tarea más laboriosa de lo que debiera. Especialmente por cuanto los personajes, al construirse en ambas dimensiones de forma distinta, nos exigen ya desde el inicio una atenta lectura para distinguir qué aspectos definirán a cada uno.

Una vez superada esta exigencia, inherente a la construcción de la novela, se abre ante nosotros una amplísima panoplia de temas. Todos ellos giran alrededor de las dos “crisis” que la novela identifica: la crisis del individuo y de lo personal, por un lado, y “la crisis de todo” (página 476), por el otro. Estas dos crisis se unen, nuevamente, en un punto de intersección que, esta vez sí, la novela identifica claramente: la identidad. Un tema principal que encaja como un guante con uno de los objetivos principales de todo arte: la interpretación del artista con su obra sobre el mundo en que vive y que, en este caso, nos expresa negro sobre blanco un Salman Rushdie en estado de gracia.

Grabado de Gustave Doré (1832- 1883) para la primera edición ilustrada de la obra de Cervantes en Francia, por Hachette (1863). Las ilustraciones de Doré son un clásico. Fuente de la imagen: El reto histórico

Tampoco es que la identidad le sea un tema ajeno a Rushdie. Es más, constituye una de las claves interpretativas transversales del conjunto de su obra. Y aquí, claro, vuelve a circular sobre los mismos raíles que otras obras suyas imprescindibles como Hijos de la medianoche (1981), Los versos satánicos (1988), Harún y el mar de las historias (1990) o Furia (2001). En todas ellas, al igual que en Quijote, la identidad de los anglo-indios se proyecta sobre la crisis de identidad de los Estados Unidos y, por extensión, de la cultura occidental y del conjunto global; lo hace denunciando el tribalismo, el racismo y el primitivismo propio de quienes confunden la defensa de unos valores con la defensa un color de piel.

Encaja esta denuncia particular dentro de un tiempo general que, denominado en la novela como “la Era Donde Puede Pasar de Todo” (página 20), se define porque las certezas se disuelven, las evidencias se discuten y la irracionalidad se abre paso hasta devolver a la humanidad a un esencialismo casi animal. Aquí es cuando se explica el desplazamiento ético y moral de ciertos personajes, a priori, vinculados al mundo de lo científico-técnico —y también de origen anglo-indio— como el doctor R.K. Smile (propietario de una empresa de medicamentos) o el excéntrico científico Evel Cent, creador de un portal para viajar a otras Tierras del multiverso llamado NEXT. Se nos muestra de esta manera cómo, más allá del racismo, estos tiempos tienen una expresión general negativa capaz de afectar a muchos otros temas y culturas. Ninguno estamos a salvo de su influencia.

¿Quiere esto decir que el punto de vista del texto es negativo, pesimista y oscuro? En absoluto. Que el análisis y la conclusión sobre la situación del mundo contemporáneo no sea buena, no quiere decir ni que no existan los aspectos positivos presentes, ni que no se mire hacia el futuro con esperanza.

Es más, nuestro Quijote anglo-indio, como el original cervantino, tiene en el amor una de sus principales anclas positivas con el mundo (sea éste, en verdad, tanto real como de fantasía). Pero claro, estos tiempos no son aquéllos. Así que, si bien Rushdie roza a veces la idealización de la amada, elevándola tanto en belleza como en cualidades, el devenir de la historia pronto nos desplaza desde aquí hacia una humanización más próxima a los tiempos actuales. Lo hace introduciéndola en una trama de tráfico de fentanilo y otros opioides, un camino abonado para el descenso a los infiernos… pero también para la redención y la salvación a través del amor.

En Quijote, además, el discurso amoroso se amplía extraordinariamente, intentando observar al conjunto de esta emoción y no limitándose al amor romántico (proyectado éste a través de las parejas de personajes Quijote-Salma y Sancho-Bella de Beautiful). Se introducen otras manifestaciones, como las filiales (los personajes en la novela se llaman entre sí “Hermano”- “Hermana”), las fraternales (Quijote-Sancho, por un lado, Padre-Hijo, por el otro), o las empáticas que vinculan a unas personas con otras. Esta última se concreta a través de la ciencia y sus posibilidades, no sólo como vehículo para el progreso sino también como herramienta para el bienestar personal (no exento de un lado oscuro que el hilo argumental del doctor R.K. Smile se encarga, perfectamente, de recordarnos).

Lo mejor está, con todo, ya casi llegando hacia su final. Allí la metaficción vuelve al primer plano para apropiarse de las últimas páginas. De paso, nos regala uno de los homenajes a la literatura de ciencia-ficción más imaginativos y hermosos que haya leído en los últimos tiempos.

Retrato del “Caballero de la Triste Figura” a cargo de Vlad Petruchik (Don Quijote)

De esta forma, a Quijote no se le pueden poner más “peros” que los que cada lector encuentre, según su forma de leer y de acercarse a la novela, a la hora de enfrentarse a las dos dimensiones (literatura-ficción/Lo Real-realidad) con las que el texto juega. Pues, de entrada, no es una novela sencilla, por mucho que su tono irónico y su ágil lenguaje puedan hacer parecer lo contrario. De hecho, en los puntos de transición y anclaje, cuando pasamos de una dimensión a la otra, y sobre todo en las primeras páginas, cuando los personajes principales todavía están en formación, se puede llegar a perder el hilo o la coherencia de los hechos a poco que no se preste atención.

La gran cantidad de subtemas, dependientes todos del tema y la trama principales, es otro aspecto para valorar. Cuando se tiene mucho que decir, y se quiere decir todo, es complicado hacerlo sin enfangarse; aunque a veces ocurre, la lectura de este Quijote es casi siempre fluida, ágil, rápida y sin complicaciones. Por supuesto, existe a veces el efecto secundario añadido de que la voz narradora se vuelve poco clara: no sabemos si nos está hablando algún personaje o un narrador omnisciente, lo que nos puede distanciar de la novela. Con todo, siempre llega ese momento, y tarda poco en llegar, en que todo vuelve a aclararse, con la propia voz narradora dirigiéndose a nosotros a partir de su propio punto de vista.

Salvo estos matices, que están más condicionados al hábito de lectura de cada uno que a otra cosa, la novela es un artefacto experimental inteligentemente diseñado y muy bien llevado, orientado para usar el arte y la literatura en la observación y el análisis de la contemporaneidad. La fantasía y la ciencia-ficción son aquí herramientas, utensilios en manos de un narrador magistral, que le sirven para hacer de Quijote un personaje del siglo XXI, encajando las líneas maestras cervantinas en el contexto y los temas de nuestra actualidad. Quizás no sea una novela para los amantes de estos géneros, pero sí es capaz de engancharlos con una perspectiva terriblemente original e imaginativa, además de un homenaje final de imprescindible lectura.