En Terror, uno de los cuentos que componen los Libros de Sangre (Valdemar), de Clive Barker, la locura surge por el choque entre la realidad y un hecho monstruoso. Escalofriante y perturbador, de ritmo envidiable y endiablado, basado en la acción, la descripción insana que crea una atmósfera pútrida y el diálogo sin acotaciones, se lee (o se vive) con rapidez, y cuenta con esa sordidez tan característica del autor de Liverpool.

Retrato de Clive Barker a cargo de Frederick Cooper

Cada cual puede tener su propia hipótesis sobre qué es el terror, aunque no seamos conscientes del peligro de demostrarla. Con Terror se inicia el segundo volumen de los Libros de sangre en la cuidada edición de Valdemar. Esta colección de morbosos y siniestros cuentos le valió a su autor Clive Barker el título de señor del miedo futuro.


A menudo, el terror funciona a través de seres sobrenaturales o sucesos horripilantes que poca cercanía tienen con la realidad: vampiros, hombres lobo, fantasmas… El monstruo, al fin y al cabo, suele servir como una hipérbole o una metáfora de los peligros reales: la epidemia o la adicción en el caso del chupasangre, el temor a perder el control sobre uno mismo en referencia a los hombres lobos, el pavor hacia la muerte que simbolizan las apariciones… En cambio, hay autores que lejos de ese terror más fantástico (que Barker también cultivó, aunque desde una perspectiva que conllevaba aunar al mortal con lo monstruoso o lo insólito), suelen recurrir al miedo más mundano, al terror de al lado de tu casa (y este término no es coloquial o baladí). Uno de los grandes exponentes de esta concepción del género fue Jack Ketchum con obras altamente perturbadoras como Joyride (La biblioteca de Carfax, 2019) o La chica de al lado; en estas novelas no necesitamos espectros o mutantes terroríficos para pasar miedo; este autor nos señalaba a nosotros mismos, al ser humano, como el peor monstruo. El escritor inglés Clive Barker se suma a esta corriente en el altamente visceral y perturbador Terror. En dicho cuento, Barker ya no muestra clemencia por la oscuridad, que aquí nace del ser humano, y la locura, lejos de ser causada por encontrarnos con lo primigenio como en la literatura de Lovecraft, es originada por el choque con la realidad y un hecho monstruoso (¿o humano?) como en Poe.

Terror arranca con el cruce (a la larga fatal) entre dos jóvenes universitarios: el perdido Stephen y el radical Quaid. Este último busca enfrentarse a la Bestia, la auténtica filosofía, la que muerde, y para ello decide experimentar con el miedo como modo de superar a la muerte. Steve, que busca un gurú sin saberlo, participa en los debates filosóficos de Quaid sobre el miedo. A esas luchas se acaba sumando la joven e inteligente Cheryl, de la que se enamora Steve, pero que se siente atraída por Quaid y su aire autodestructivo. Ella es la única en poner contra las cuerdas el nihilismo de Quaid, y terminará pagándolo cuando él la convierta en el conejillo de Indias de un experimento que es, más bien, una tortura sádica de Quaid: Cheryl queda encerrada en una habitación donde, aparte de un cubo para sus necesidades y una garrafa de agua, sólo hay un plato con un filete de carne. Cheryl es vegetariana y detesta la carne. El horror no ha hecho más que empezar.

Si el propósito de Quaid es explorar el origen del miedo, también lo es de este relato que recurre a ciertos simbolismos y nos hace presagiar el siniestro devenir del cuento en una segunda lectura. Estas pequeñas semillas sugestionan al lector, ya que, desde el primer párrafo, leemos sobre un hambriento anónimo, el miedo y la mismísima muerte, conceptos que se repetirán a lo largo de toda la obra. No olvidemos que los recursos literarios no son meros embellecimientos, sino que son fórmulas para sugestionar al lector, y Barker los utiliza metiendo un escalpelo en el cerebro de aquel que lee su historia. No es agradable, pero es catártico por cómo viaja a la raíz de todo. El personaje de Quaid, carismático como un remedo del asesino Charles Manson, lo resume con el siguiente diálogo donde participa Cheryl:

«—[…] Los terrores reales que hay en mí, en todos nosotros, son anteriores a la formación de nuestra personalidad. El terror está ahí antes de que tengamos noción alguna de nosotros mismos como individuos. La miniatura de nosotros mismos, enroscadas dentro del útero, siente miedo.

—Y tú lo recuerdas, ¿verdad? —dijo Cheryl.

—Quizás —replico Quaid, mortalmente serio.

—¿El útero?

Quaid dejó escapar una media sonrisa. Steve pensó que la sonrisa decía: «Sé algo que tú no sabes».

Era una sonrisa desagradable y extraña; una sonrisa que Steve deseó borrar de sus retinas.

—Eres un mentiroso —dijo Cheryl mientras se levantaba del asiento y miraba a Quaid.

—Tal vez lo sea —dijo, mostrándose repentinamente como un perfecto caballero» (Barker, 2017: 251).

Portada del cómic Terror (Eclipse, 1992), por Dan Brereton

Terror es un cuento escalofriante, perturbador, que coloca un nudo en la garganta del lector. ¿Acaso nosotros no somos tan sádicos como Quaid al seguir leyendo? ¿No somos unos voyeurs como Steve? Quizás somos víctimas como Cheryl… Barker nos obliga a reflexionar y rememorar la clásica idea de que el terror es un género que sirve como catarsis y para confrontar ideas como la muerte, el sufrimiento o la maldad, temas muchas veces considerados como tabúes. En cierto fragmento del cuento se dice: «Sartre había escrito que ningún hombre podía conocer jamás su propia muerte. Pero conocer la muerte de otros, íntimamente, observar las acrobacias que la mente sin duda realiza para evitar la amarga verdad, aportaba una pista sobre la naturaleza de la muerte, ¿no es cierto? Eso podría, de una manera menor, preparar a un hombre para su propia muerte. Vivir el miedo de otros vicariamente era la manera más segura e inteligente de tocar a la bestia» (Barker, 2017: 271). En esta unión de filosofía y enfrentamiento con la muerte, los personajes de Barker se enfrentan a las constantes del autor, y aquí a una evolución del concepto del doctor loco clásico, reconvertido en un supuesto nihilista capaz de ver lo que los otros no ven y llevar a cabo peligrosos experimentos que ya no incluyen castillos en ruinas, rayos o matraces llenos de líquidos de mil colores, sino un experimento social perfecto para una época enferma, una época condenada a los cuidados paliativos.

Con un ritmo envidiable y endiablado, basado en la acción, la descripción insana que crea una atmósfera pútrida y el diálogo sin acotaciones, Terror se lee (o se vive) con rapidez, pero como la Bestia de Quaid, hay que tener cuidado: muerde y lo hace lo suficiente como para que se convirtiese en 2009 en una película dirigida por Anthony DiBlasi y protagonizada por Jackson Rathbone, Shaun Evan, Hanne Steen y Laura Connelly, entre otros. El film tiene cierto aire a lo El club de la lucha (David Fincher, 1999) para convertirse en una experiencia altamente incómoda que, como pequeña película británica, puede que haya jugado en contra a la hora de ser más reconocida. Algunos la encontrarán como una mezcla de gore o tortura al estilo Saw, otros vemos una adaptación conseguida de la obra de Clive Barker (quizá, junto a El vagón de la muerte, que adapta El tren de la carne de medianoche, de las mejores de los últimos años, y cuya producción corre a cargo precisamente de DiBlasi). Alarga el cuento dándole un pasado a Quaid y otras motivaciones a Steve, que se desdobla para que otro personaje herede la sordera que padecía en el relato original. Aparte, se añade la idea de la investigación sobre el miedo mediante el cine y el snuff. Por otra parte, se agregan personajes como la trágica Abby, que tiene uno de los destinos más crueles del film. Puede que el final sea lo más discutible por cómo obvia la locura y la posible venganza a favor de la fatalidad trágica que nos hace vomitar sin darnos una palangana. No obstante, como ya hemos indicado, es una buena adaptación y una cinta que merecería más reconocimiento dentro del género, pese a su sordidez.

Una sordidez que ya nos golpeaba las entrañas en el relato original de Clive Barker, que nos enseñó que, a veces, a preguntas cómo qué es el miedo, es mejor no responderlas. Ya nos lo dijo el autor de Liverpool al inicio del cuento:

«No hay placer igual al terror. Si fuera posible sentarse, invisible, entre dos personas en cualquier tren, en cualquier sala de espera u oficina, la conversación versaría invariablemente sobre ese tema. Sin duda, puede parecer que el debate trata de algo por completo diferente; el estado de la nación, una charla trivial sobre el índice de muertes en las carreteras, el aumento del precio de los cuidados dentales; pero si prescindimos de la metáfora, de la insinuación, allí, enclavado en el corazón del discurso, está el terror. Mientras que la naturaleza de Dios y la posibilidad de la vida eterna no se discuten, le damos vueltas felizmente a las menudencias del sufrimiento. El síndrome no reconoce ningún límite; ya sea en una casa de baños como en un departamento universitario, se repite el mismo ritual. Con la inexorabilidad de una lengua que regresa una y otra vez al diente dolorido para hurgarlo, regresamos una y otra vez a nuestros miedos y nos sentamos para hablar de ellos con el entusiasmo de un hambriento ante un plato lleno de comida humeante» (Barker, 2017: 243)