Pórtico es lo mejor que Frederik Pohl escribió. Al menos así lo creyó él mismo. Escrita en 1977, recupera y fortalece la especulación propia de sus anteriores obras y consolida a Pohl como uno de los autores de mayor renombre dentro del género. El libro da inicio a la Saga de los Heechees, compuesta en su totalidad por cuatro novelas y una antología de relatos.

A pesar de existir una reedición reciente (ver más adelante), para esta reseña nos hemos valido de la edición de la legendaria editorial Ultramar

Frederik Pohl (Nueva York, 1919-Palatine, Illinois, 2013) estaba cerca de cumplir los 60 años cuando escribió Pórtico (Ultramar, 1987). Sin embargo, el hecho de casi acariciar la tercera edad no le impidió escribir una novela cargada de energía, ira e inteligencia, cuya magnífica idea central logra transmitir una sensación de desolación y confusión como pocas lo hacen. En un futuro lejano donde la sobrepoblación y el consumo excesivo de recursos han dejado a los humanos en una situación lamentable, la colonización interplanetaria se vuelve necesaria. En este deplorable contexto, un grupo de humanos descubre los restos de una civilización extraterrestre —los Heechee— en los túneles de Venus, lo que abre la puerta a nuevas opciones. De estos alienígenas no se conoce prácticamente nada porque desaparecieron sin dejar explicación alguna, pero en su apresurada partida abandonarían todo un complejo que acabaría condenando la vida de más de uno.


Los restos llevan al descubrimiento del misterioso Pórtico, una base espacial con naves ancladas a él que tienen destinos previamente establecidos. Existen tres tipos de naves, conocidas comúnmente como Uno, Tres y Cinco, según la capacidad que admiten, y todas ellas con sus respectivos pros y contras. Los humanos no saben mucho sobre sus controles más allá de cómo activarlos, pero conocen lo básico como para ser expulsados al espacio exterior. Ante esta situación de desconcierto que abre la puerta a exploraciones sin límites, surge la figura de los prospectores, buscadores de fortuna que se montan en las naves para lanzarse a un futuro prácticamente incierto, a un más que probable suicidio. La explicación de la disposición de estas personas por jugarse la vida la encontramos en el factor económico: cabe la posibilidad de sobrevivir y encontrar restos que los Heechee dejaron dondequiera que las naves acaben llegando, y recibir así una cuantiosa recompensa por su descubrimiento. En estas exploraciones podemos vislumbrar una visión futurista de los primeros viajes transatlánticos de los europeos donde los tripulantes ignoraban su destino o si volverían a casa. Además, Pohl enunciaría la aprensión de nuestra sociedad sobre la atención médica al señalar que el principal interés de los prospectores, en el caso de hacerse rico con alguno de estos viajes, es costearse el Certificado Médico Completo en la Tierra con el fin de vivir sin complicaciones.

Entre todos los prospectores, Pohl se centra en Robinette Broadhead, el protagonista de la novela y narrador en primera persona. Robinette, antes de ser prospector, trabajó en las minas extrayendo petróleo para producir alimentos en esta Tierra superpoblada. Es un perdedor en la vida; pero con suerte. Esta última condición le permite ganar la lotería e invertir el dinero en dejar atrás su antiguo trabajo. La historia alterna dos tipos de capítulos en distintas líneas temporales, valiéndose del recurso del flashback: los que narran los hechos acaecidos en Pórtico y los de las sesiones del protagonista con su psicoanalista —menos interesantes pero con momentos de ingenioso humor— una máquina bautizada por él mismo como Sigfrid von Schrink. Desde el principio conocemos el final: Robin se convierte en un hombre rico en uno de los viajes, pero con una carga de culpabilidad que le acompañará durante el resto de su triste existencia y cuyo origen conoceremos conforme avance la narración. A lo largo de la lectura, sentiremos su dolor así como el miedo que condicionará cada una de sus acciones; porque Robinette es un personaje complicado que tomará muchas decisiones malas y moralmente dudosas, confundiéndonos.

Y aquí, la ilustración de portada de la edición de Nova (2017), que reproduce el dibujo del artista peruano Boris Vallejo para la edición norteamericana de St. Martin’s Press (1977)

La vida en Pórtico, sin embargo, no es más idílica que en la Tierra. Los prospectores están sujetos a un continuo estrés, dada la angustia que provoca la incertidumbre de sus futuros viajes, que necesitan aliviar de alguna forma. Para ello, recurrirán al sexo casi desmesurado y desenfrenado de cualquier tipo, al juego y al alcohol. Los planes en Pórtico son muy escasos; matar el tiempo es el principal objetivo del que espera ser lanzado a un destino desconocido. Además, para rematar los problemas que supone vivir en la base espacial, nuestro protagonista conocerá al amor de su vida en un contexto nada idóneo para hacerlo. Más desgracias están servidas.

Estas razones hacen que Pórtico sea mucho más que una simple historia de ciencia-ficción. Al incluir Pohl los giros psicológicos consigue aunar la intriga con la condición humana más básica. No se queda en una simple historia de Star Trek —sin desmerecer el universo creado por Gene Roddenberry—, sino que aspira a convertirse, y lo hace, en una historia mucho más compleja y adulta. Está muy generalizada la idea de que nunca debió continuarse, pues era perfecta como tal, pero también es cierto que el final daba pie a continuaciones. Pero estas no salieron tan bien, difícilmente consiguen mantener la atención como tan fácilmente lo lograba Pórtico, y se hunden con demasiadas explicaciones. Ignoro si la idea inicial de Pohl era continuar la serie o no, pero el final, de no haberse continuado, es perfecto para invitar a soñar al lector. En cualquier caso, y por sus propios méritos, Pórtico se alzó con los premios Hugo, Nebula y John W. Campbell Memorial entre 1977, su año de publicación original, y 1978, convirtiéndose en todo un clásico del género.

Frederik Pohl

Los capítulos cortos y el atractivo de la trama, junto con un excelente pulso narrativo e interesantes personajes secundarios, hacen de Pórtico una lectura realmente agradable. Su ritmo cambiante, en función de lo que la trama le pide, no convierte la lectura en una ardua tarea. Hay momentos en los que avanza más lenta, especialmente cuando Robin vagabundea por las inmediaciones, y otros en los que lo hace de manera mucho más rápida, trasmitiéndonos toda la desesperación de la situación. Pohl expulsa al lector al espacio exterior y le hace ver que donde llega el ser humano también lo hacen las desdichas de su condición.

Cuando la desesperanza impera en nuestras vidas, ¿quién no se montaría en una Uno, una Tres o una Cinco? Pocos vuelven, pero quien lo hace regresa, en la mayoría de casos, con el beneficio equivalente a varios años de trabajo terrestre. Pórtico no tiene por qué ser el final, sino, más bien, una puerta a un nuevo principio. Seductor, cuando menos.

Exploration Shuttle. Design Concept. Ilustración de Thibault Girard