The Manhattan Projects, delirante proyecto de Jonathan Hickman y Nick Pitarra, ofrece una versión alternativa de la historia: en un futuro paralelo, la ciencia es poder, y sus usufructuarios, superhéroes desquiciados. Liderados por un Robert Oppenheimer de voraz personalidad múltiple, empuñan toda clase de armas, mientras se alían con sus homólogos soviéticos. El cómic ofrece una violentísima y muy original reelaboración histórica, cuyo planteamiento y ejecución técnica no será del agrado de todo el mundo.

Elenco completo de los Proyectos Manhattan

En estos tiempos que vivimos donde lo extraordinario —el confinamiento masivo de personas— se ha vuelto cotidiano, no escasean las teorías conspirativas respecto al virus que desde hace meses rige nuestras vidas: que si fue creado en un laboratorio chino, que si ya fue mencionado en el Foro de Davos en 2019, que si la tecnología 5G, que si Bill Gates… se pueden encontrar teorías para todos los gustos. No son algo nuevo, evidentemente: buena parte de los eventos históricos más importantes de las últimas décadas han tenido su propio componente conspiranoico. Sirvan como ejemplo el alunizaje de 1969, supuestamente rodado por Stanley Kubrick aprovechando los sets de 2001: Una odisea en el espacio, o las diversas especulaciones detrás de los asesinatos de John Fitzgerald Kennedy y de su hermano Robert. Un rasgo común que podría atribuirse a este tipo de teorías sería el de que los eventos en sí —llámense virus, alunizaje o asesinatos— no son sino la punta del iceberg de algo más profundo, secreto y aterrador. En cualquier caso, ésa viene ser también la premisa de Los proyectos Manhattan (2012-hasta la actualidad, y originalmente publicadas por Image Comics), escrita por Jonathan Hickman y dibujada por Nick Pitarra, cuya edición en español corre a cargo de Planeta de Agostini.


El físico Robert Oppenheimer dejó para la historia la frase “Now I am become Death, the Destroyer of Worlds”, extraída —y probablemente traducida por él mismo, pues sabía sánscrito— del Bhagavad-gītā. La cita hace referencia a la invención y desarrollo de la bomba atómica, lo que se conoce como “Proyecto Manhattan”. En él participaron algunas de las mentes más brillantes del del siglo XX, como, además del propio Oppenheimer, Albert Einstein, Enrico Fermi, Harry Daghlian, o Richard Feynman. Pero, y de aquí parte la sinopsis del cómic, ¿y si el departamento de investigación y desarrollo creado para construir aquella primera bomba atómica hubiera sido, además, la tapadera de otra serie de programas, más inusuales, esotéricos incluso? ¿Y si la unión de las mentes más brillantes de su generación no hubiera sido una señal para el optimismo, sino todo lo contrario, y todo aquello, al final, hubiese salido mal?

La trama que propone Hickman es una fascinante —y violentísima— reescritura de la historia, muy a la manera de algunas de las últimas películas de Quentin Tarantino (como Malditos bastardos o Érase una vez en Hollywood). Las anotaciones  y pensamientos de Richard Feynman sirven como guía y marco conceptual del relato, que combina magia, ciencia, historia, guerra y política de un modo realmente imaginativo y único. Una sopa demencial. En este universo la ciencia es poder, esa vendría a ser la premisa, y son aquellos que ostentan dicho poder quienes verdaderamente gobiernan el mundo. Nazis, comunistas soviéticos, psicópatas caníbales… son nuestros héroes, y no importa cuán despreciables sean, porque representan el frente unido del conocimiento científico. Hasta el punto de firmar una alianza —en plena Guerra Fría y a espaldas de sus gobernantes— con Star City, contraparte soviética del Laboratorio de Los Álamos que sirve de base a los Proyectos Manhattan. La frase “Esto no es Estados Unidos, esto es Los Álamos” es bastante elocuente al respecto.

Los científicos también pueden ser héroes de acción. En la imagen, Albert Einstein dispara contra la I.A. del expresidente Franklin Delano Roosevelt

En un tono irónico y socarrón, Hickman explota las reputaciones conocidas de distintos presidentes americanos (masonería y esoterismo con Truman; orgías, alcohol y drogas con Kennedy), a la par que introduce otros elementos completamente nuevos, como el concepto de transhumanismo (aplicado al presidente Delano Roosevelt, convertido en inteligencia artificial tras su muerte), la biónica (en la versión ciborg del ingeniero nazi Wernher Von Braun) o el control mental (practicado por el Che Guevara y Fidel Castro, en una suerte de inversión sui generis del concepto desarrollado en El mensajero del miedo), sólo por citar a algunos de los más célebres. El mando militar en los proyectos Manhattan corresponderá al coronel Leslie Broyles, de una propensión absoluta a fumar puros y un singular gusto por las bombas. En lo que respecta a los figurantes soviéticos, cabe citar a Sergei Korolev, Dimitri Ustinov y a la maravillosa pareja formada por Yuri Gagarin y la perra políglota Laika (posiblemente los personajes favoritos de quien escribe estas líneas). Los soviéticos también cuentan entre sus filas con un ex-nazi, Helmutt Gottrup; en todas partes cuecen habas.

Pero por encima de todos ellos se yerguen los científicos, como ya hemos dicho. Ellos son los héroes de esta historia y para lograr sus propósitos, además de su intelecto, les veremos empuñando pistolas, metralletas y hasta motosierras, si es preciso: ¿Quién dijo que los científicos no pueden ser héroes de acción? La sangre, desde luego, no escasea. De todos ellos, Oppenheimer es quizá el más fundamental. Y como los propios Proyectos Manhattan, también su fachada oculta algo: Oppenheimer no es Robert, sino Joseph, su hermano gemelo, quien devoró a Joseph, cuya personalidad absorbió (junto a un sinfín de personalidades más —extraterrestres inclusive— que darán mucho juego), guiado por su sed infinita de conocimiento. Pero dentro de este Oppenheimer de mil caras resuenan tambores de guerra: Robert, el hermano devorado, busca resurgir, como enseguida veremos.

Oppenheimer, acompañado por varias de sus múltiples personalidades

La historia se estructura en dos partes. Por un lado tenemos las tramas que abarcan los volúmenes 1 a 5, a los que sigue una suerte de secuela, protagonizada por Yuri Gagarin y Laika. El bloque principal cuenta, a su vez, con dos partes: por un lado los distintos arcos argumentales que sirven para desarrollar los distintos Proyectos Manhattan y aquellos hechos históricos que suceden en paralelo; del otro, tenemos una trama que se desarrolla dentro de la mente de Oppenheimer, a la cual está destinado el último capítulo de cada volumen, y que irá in crescendo hasta desembocar en una lucha intestina entre Joseph y su hermano Robert dentro de la mente “del destructor de mundos”.

Frente al primer bloque, que sucede mayormente en la Tierra, la secuela con Yuri Gagarin y Laika tiene lugar en el espacio. Con el subtítulo The Sun Beyond the Stars viene a desarrollar una de las tramas iniciadas en el bloque principal y está plagada de entidades extraterrestres, cuya estética resulta muy atractiva pero termina por hacerse algo repetitiva. No es el único signo de flojera en este segundo bloque; al perder a la mayoría de personajes (tremendamente carismáticos) se pierden también muchos alicientes para el lector. La sopa, en este caso, se queda en caldo más bien ligero, aunque cuente todavía con algunos buenos momentos.

Star City, la contraparte soviética a las instalaciones de Los Álamos en las que se desarrolló el Proyecto Manhattan

En cuanto al apartado gráfico, el estilo de dibujo de Nick Pitarra es probable que no sea para todos los gustos. Para quien aquí escribe, fue incluso motivo de duda inicial a la hora de hacerse con el primer volumen. Con el paso de las páginas, no obstante, su estilo entre caricaturesco y expresionista se antoja como la perfecta encarnación visual de esa ironía y socarronería con las que escribe Hickman. Cabe mencionar también el excelente uso del color, a cargo de Jordie Bellaire (conocida también por su labor en Pretty Deadly, también de Image Comics). Lo utiliza con maestría para diferenciar distintas épocas, pero sobre todo destaca su paleta de grandes contrastes y tonos saturados de rojo y azul, tan característica de este cómic, y que servirá (entre otras cosas) para diferenciar a sendas facciones en la fratricida guerra entre Oppenheimers.

Un ejemplo de la paleta de colores saturados y grandes contrastes que emplea la colorista Jordie Bellaire

A modo de conclusión podríamos decir que pese a ciertas faltas y ciertas tramas que no terminan de cerrarse de un modo satisfactorio (la serie permanece en suspenso desde 2015), se trata de una lectura recomendable y amena. Además de en formato de tapa blanda está disponible también en ebook para quienes lo quieran disfrutar desde el confinamiento íntimo de su hogar, ante la imposibilidad actual de acudir a librerías. Su punto de vista irreverente ante toda suerte de personajes y acontecimientos de la historia podría servir para consolarnos con la posibilidad de que los fallos e ineficiencias que venimos viendo en muchos gobiernos desde el comienzo de la pandemia no se deban simplemente a políticos ineptos y mediocres (perdidos en estrecheces de miras partidistas e incapaces de dedicarse a lo que viene a ser una gestión seria, sobria y medianamente eficaz de la crisis), y que entre sus causas encontremos algo con más sustancia, como rituales esotéricos, drogas, orgías u otros elementos propios de una buena comedia bufa. No parece ser el caso, por desgracia.