Las extrañas aventuras de Solomon, de Robert E. Howard, publicadas por Valdemar, recogen íntegramente las ocho historias protagonizadas por este cruzado fanático, en las que se entremezclan la sed de aventuras, la imaginación desbocada y el horror cósmico lovecraftiano. Analizamos todos estos cuentos, precursores de la “espada y brujería”, en el presente artículo.

Solomon Kane- Wings in the Night. Ilustración de Guillem H. Pongiluppi

Fue el pionero del género literario de “espada y brujería”, y su personaje Conan el Bárbaro le otorgó un lugar de honor en la historia de la literatura, el cómic y el cine de fantasía épica. Pero Robert Ervin Howard creó antes un héroe mucho más opaco, tenebroso, un vagabundo incansable de unos tiempos cercanos en los que la magia negra aún pervivía en nuestro mundo. Solomon Kane, el oscuro espadachín puritano de Howard, fue el látigo fustigador de brujas, hechiceros, vampiros y otras bestias preternaturales, armado con una fe religiosa fanática e inquebrantable, y una despiadada voluntad, presta siempre a aniquilar a sus enemigos, terrenales o sobrenaturales.


Howard (22 de enero de 1906-11 de junio de 1936), amigo de H. P. Lovecraft y uno de los más destacados escritores de la llamada literatura pulp, es muy conocido en nuestros días por su personaje más épico y brutal, Conan (creado en 1932), que protagonizó las páginas de una veintena de relatos, publicados en vida del escritor y póstumamente. A lo largo de su carrera, Howard forjó varias sagas de guerreros cuyo rastro encontramos en las leyendas más antiguas del mundo, como el rey Kull de Atlantis (1930), en la historia antigua, con el picto Bran Mak Morn (1929) —encarnizado enemigo de los romanos que invadieron las islas Británicas— o, en épicas más cercanas a nuestros días, con los aventureros Steve Harrison, Kirby O’Donnell o el pistolero tejano Elborak Gordon, que libra sus batallas en el misterioso Afganistán. Para saber más, os recomendamos esta entrevista con Javier Martín Lalanda.

Pero antes de que tomaran forma todos estos personajes de ficción, Howard puso sobre el papel una serie de historias sobre un misterioso aventurero inglés, un espadachín puritano que viajaba luchando contra el Mal, con mayúsculas, a lo largo de Europa y África en la segunda mitad del siglo XVI y el umbral del XVII. Las extrañas aventuras de Solomon Kane, en su edición en español a cargo de la editorial Valdemar (2010), es el volumen que en nuestro idioma reúne los ocho relatos publicados por Howard sobre este espadachín, más un noveno cuento ambientado en el sitio de Viena en 1529, en el que introduce a otro de sus personajes más famosos, la temible Sonia la Roja. El nombre de esta valquiria del siglo XVI nos debe sonar porque así se la apropiaron cambiándola de era, pero conservando todo su arrojo y valor, los guionistas de la versión cinematográfica de Conan el Bárbaro dirigida en 1982 por John Milius. En este filme, Sonia es la fiel compañera de Conan en una época muy anterior a aquella original en la que defiende Viena junto al lansquenete Gottfried von Kalmbach (un Conan del siglo XVI) contra el asedio de los ejércitos otomanos.

El libro de Valdemar recoge los siguientes títulos: “Cráneos en las estrellas”, “La mano derecha de la maldición”, “Sombras rojas”, “Resonar de huesos”, “Luna de calaveras”, “Las colinas de los muertos”, “Alas en la noche”, “Los pasos en el interior” y “La sombra del buitre”. Excepto el último, que es el referido sobre el asedio de Viena por los turcos y que es una de las mejores historias escritas por Howard, todos los demás relatos versan sobre las andanzas de Solomon Kane.

Howard publicó su primera historia sobre Kane en la revista Weird Tales en el mes de agosto de 1928. Howard ya había presentado “Sombras Rojas” a la revista Argosy-Allstory, pero le habían devuelto el relato. El autor siempre tuvo en mente Weird Tales para colocar la nueva historia, pero se había arriesgado con Argosy-Allstory, que tenía otro tipo de temáticas y que ya publicaba una serie sobre El Zorro. Este personaje tenía muchas cosas en común con Solomon Kane, aunque no compartía el carácter implacable y despiadado de éste. A pesar del rechazo en Argosy-Allstory, un editor asociado de esta revista subrayó la originalidad del cuento en la carta en la que descartaban su publicación. No hay mal que por bien no venga: Howard consiguió que “Sombras Rojas” apareciera en la portada de Weird Tales, un honor sólo reservado a los mejores relatos de cada número.

El propio Howard indicó más tarde, al hablar sobre la forja del personaje de Solomon Kane, que lo había ideado cuando apenas era un adolescente de dieciséis años. Su inspiración, señaló, estaba en los espadachines del siglo XVI, aquellos duelistas de nervios de acero que abundaban en cualquier rincón de Inglaterra, España, Francia o Italia, capaces de vender su espada al mejor postor por un plato de sopa o por un puñado de monedas de oro. No eligió como héroe a un pistolero o un trampero norteamericano, demasiado cercanos quizá en el tiempo para la conflictiva Texas de principios del siglo pasado. Esa lejanía temporal de tres siglos que escogió le permitía moverse con más libertad en el arduo terreno de la fantasía. Pero además, con Solomon Kane podía cumplir otro sueño más temprano: conferir vida a un personaje que cumpliera algunas de sus obsesiones de la niñez y pudiera así lidiar con piratas, esclavistas y caníbales, navegar en el mar Caribe con el corsario Sir Francis Drake, y al tiempo adentrarse en las junglas más desconocidas del África, aún sin explorar en esos siglos de la Edad Moderna.

Solomon Kane- Various. Ilustración de Guillem H. Pongiluppi

Y aunque Kane no dudaba en emplear pistolas de chispa y arcabuces, sus principales armas eran la espada y la daga, instrumentos mortales que requerían una habilidad singular para abatir a los enemigos, introduciendo en el combate técnicas y destrezas empleadas en ámbitos como el boxeo, uno de los deportes más populares de la época de Howard y muy admirado por éste. Solomon Kane era un “guerrero refinado”, aunque estuviera dotado de la misma ferocidad que Conan o Kull. Pero además, Solomon Kane no era ni un bárbaro ni un rey. Era un aventurero, un vagabundo que creía que lo guiaba la Divina Providencia para derrotar al Mal, allá donde éste o sus criaturas se encontraran.

En un juego literario destinado a dar una mayor profundidad a su personaje, Howard hizo de Solomon Kane un puritano dotado de un rígido código moral y una fe que en un principio constituían las dos columnas de su voluntad de erradicar el Mal demoníaco del mundo, o al menos del mundo en el que el espadachín contendía, desde las selvas de Sudamérica a las junglas del África Ecuatorial, pasando por buena parte de Europa y el Mediterráneo. Un tipo tan montaraz como Corto Maltés, pero mucho más implacable y sin el cinismo del personaje de Hugo Pratt.

Los puritanos a los que pertenecía Kane eran aquellos protestantes calvinistas que se habían separado de la Iglesia de Inglaterra durante el reinado de Isabel I. Buena parte de ellos emigraron a Nueva Inglaterra, en los actuales Estados Unidos, donde continuaron difundiendo su horror y odio ante la papista y católica España, y su necesidad de liberarse del yugo religioso de la propia corona inglesa. En los relatos de esta serie, Solomon Kane muestra en diversas ocasiones su poca simpatía por los españoles y refiere las veces en que ha podido pelear contra ellos, especialmente en la cuenca del Caribe o en las selvas mesoamericanas del Darién, sirviendo como corsario incluso a las órdenes de Drake. Son recuerdos nada más, pues ninguno de los relatos que nos atañen se desarrolla en esa parte del mundo.

El compromiso de Solomon Kane con su fe es grande, pero más lo es con su combate del Mal. Es por ello que Howard dibuja a su héroe con los rasgos más sombríos, insertado en un ambiente lúgubre marcado por lo sobrenatural y no exento de cierto aire gótico, tal vez algo anticuado; una atmósfera que aparentemente estaría un tanto alejada del terror que predominaba en los años veinte y treinta en la literatura pulp. No es así, como veremos. Los lectores de autores como Lovecraft no tardan en encontrar rastros del horror cósmico en las páginas de aventuras de Solomon Kane.

Kane es descrito como un hombre alto, “de ojos profundos y helados”, un hombre “más peligroso que un lobo”, vestido de negro de pies a cabeza y sin adorno alguno. “Sus brazos largos y las anchas espaldas delataban al espadachín lo mismo que la espada larga que sostenía en la mano”. Así lo boceta Howard en “Sombras rojas” en lo que se refiere a su aspecto físico. Inmediatamente, no duda en dotarle con rasgos más esotéricos que delatan unos lazos incómodos de Solomon Kane con el Mal que combate: “Las facciones de aquel hombre eran saturninas y sombrías. Un tinte cetrino le daba una apariencia espectral bajo aquella luz incierta, acentuada por la satánica oscuridad del ceño fruncido”.

Solomon Kane. Ilustración de Pat Prestley

Solomon Kane se consideraba a sí mismo como un “ejecutor de la voluntad del señor”, un andariego que había recorrido el mundo “ayudando al débil y combatiendo la tiranía”, sin saber por qué lo hacía. “Era un verdadero fanático y sus preceptos eran razones suficientes para actuar” como un berserker, los hombres-bestia de las antiguas sagas vikingas —dice Howard—, pues “cuando el fuego de su odio se despertaba y desencadenaba, no descansaba hasta consumar la venganza”. Kane “era un hombre nacido fuera de época; una extraña mezcla de puritano y caballero andante, con un toque de filósofo antiguo y más de un rasgo de pagano”, al que “cierta hambre en el alma le empujaba más y más adelante, llevado por la necesidad de desfacer todos los entuertos, proteger a todos los seres desvalidos, vengar todos los crímenes cometidos contra la rectitud y la justicia”.

El Solomon Kane de los primeros cuentos es también un hombre racista, que detesta a los negros africanos. La versión de Valdemar de sus cuentos conserva este atavismo discriminador en el lenguaje, permitiéndonos entender mejor la evolución que se va produciendo, limándolo poco a poco, de forma que en los últimos relatos, Solomon se erige en defensor de algunos de esos pueblos que antaño despreciaba profundamente. Howard sigue así el camino trazado por escritores que le precedieron y que eligieron África, un África de oscuridad y horror que existía sobre todo en su fantasía, como escenario de las aventuras de sus héroes. Edgar Rice Burroughs y su Tarzán, o Henry Rider Haggard con su Allan Quatermain contribuyeron a hacer de los misterios africanos, por muy deformados que estuviesen, el sueño de varias generaciones de niños, adolescentes, jóvenes y adultos. El suicidio de Howard puso un triste fin a una carrera muy prometedora y dejó en el tintero muchos más relatos de Solomon Kane y otros personajes que debían volver a África para enriquecer la literatura épica del siglo XX. Algunos de los relatos de Howard pudieron, incluso, haberse convertido en novelas que no habrían desmerecido en méritos ante Las minas del rey Salomón (1882) o Ella (1887, Valdemar, 1998). Tal es el caso de “Alas en la noche” o “La tierra de los cráneos”, donde la malvada protagonista de la historia, la reina vampiro de Negari, no tiene nada que envidiar a Ayesha, como tampoco el escenario dantesco en el que sitúa la acción: “Aquélla era una tierra de brujerías; un país de horrores y misterios espantosos, o eso decían los indígenas de la jungla y el río, y había oído susurrar barruntos de sus terrores desde que había dado la espalda a la Costa de los Esclavos y se había aventurado a solas en las tierras del interior”.

En África o en Europa, Kane pelea contra brujas, vampiros, hechiceros, caníbales y bandidos, pero siempre subyace ese horror más antiguo que nos recuerda claramente a maestros del género de la época como el propio Lovecraft. Al leer Las extrañas aventuras de Solomon Kane nos damos cuenta enseguida de que no es el diablo quien anda detrás de todas las manifestaciones del horror a las que el puritano espadachín se enfrenta. Es la misma atmósfera que Lovecraft modeló para sus dioses primordiales y arquetípicos de una mitología de terror que se pierde en el origen del tiempo. Howard habla de una maldad “que era ya antigua cuando su extraño mundo era joven, hace tantos millones de años que uno se estremecería si tuviera que contarlos”.

“Los pasos en el interior” es, en este sentido, uno de los más extraños relatos de Howard. La historia narra el encuentro con una criatura encerrada en una cripta y la comprensión, por parte de Solomon Kane, “de que la vida humana no era sino una entre una miríada de formas de vida, que había mundos dentro de los mundos, y que había más de un plano de existencia”. Lovecraft en estado puro. Y continúa: “Kane comprendió que el planeta que los hombres llaman Tierra se había deslizado a través de edades indecibles, y que de la misma forma lo hacía la Vida, y que los seres vivos que se retorcían sobre ella como gusanos eran engendrados en la podredumbre y la corrupción”.

Solomon Kane. Ilustración de Cristian A. C.

Para Howard, la maldad absoluta no coincidía con ese reduccionismo impuesto por la teología cristiana, con la imagen doble de un diablo dispuesto a retar a Dios y un hombre que escuchaba a ese demonio para manifestar su rebeldía ante la Creación. No, “el hombre era ahora el gusano dominante, ¿pero por qué suponer con arrogancia que él y sus semejantes eran los primeros gusanos o los últimos en gobernar un planeta pletórico de vida desconocida?”. Sólo le habría faltado a Howard cambiar el nombre del Maligno por el de Nyarlathotep o Hastur. “Bob Dos Pistolas”, como llamaba cariñosamente Lovecraft a su amigo, había tocado fondo en sus procesos de depresión psicológica y sabía que en esos casos no valía ampararse en una fácil salvación cristiana. No, Howard escuchaba los mismos tambores que sonaban en “Sombras rojas”, entonando “el espíritu de la jungla; el canto de los dioses de la oscuridad exterior, esos dioses que braman y balbucean, esos dioses a los que los hombres conocieron en el alba de los tiempos, con ojos bestiales, bocas cavernosas, panzas prominentes, manos ensangrentadas; los Dioses Negros (así cantaban los tambores)”.

Después de publicar los relatos sobre Solomon Kane en Weird Tales, Howard tuvo tiempo para esbozar otras historias de este héroe-antihéroe, de este “verdugo de Dios” y “asesino justo”, a quien algunos críticos han comparado con Caín. No es descabellado que Robert E. Howard pensara en ese hijo de Adán como inspiración de Solomon. Su mismo apellido, Kane, y Caín se pronuncian igual en inglés. Y su nombre de pila alude al gran rey y sabio Salomón, aquél que expulsó a todos los demonios y los esclavizó para que lo sirvieran. Howard no daba una puntada sin hilo: como Caín, Solomon Kane es un alma torturada, con su fe siempre oscilando entre la fidelidad a Dios y la condenación. Es especialmente en esas aventuras en la sombría África cuando tal fe se ve en el peligro mortal de quebrarse ante la magia negra.

Howard escribió un poema que habría de servir de epílogo a sus aventuras sobre el puritano de ojos satánicos. En “Solomon’s Kane Homecoming”, el poema publicado meses después de la muerte del escritor tejano, todo parece llegar a una conclusión, con Kane retornando a su hogar, en un pequeño pueblo de Devon. Ya pasada la cincuentena, Solomon Kane, el sabueso de Dios, busca un tranquilo fin a sus días de aventurero. Sin embargo, no le es permitido ese descanso, por los propios recuerdos y sus muchos demonios internos fruto de esa inacabable lucha contra el Mal. Su propia inquietud espiritual le impide descansar. Por eso, apenas retornado, esa misma noche, decide seguir su viaje sin final hacia tierras desconocidas. Sabe, siente, que su trabajo no ha concluido.

“ Y he matado a un vampiro que se bebió toda la sangre de un rey negro,

y he vagado por horripilantes colinas por donde de noche andaban los muertos,

y he visto en el barracón del negrero cabezas cayendo como frutos maduros,

y he visto volando a la luz de la luna demonios alados completamente desnudos”

“Solomon Kane´s Homecoming”. Fanciful Tales, 1936. Traducción de Héctor Ramos