Reproducimos a continuación, y por cortesía de Valdemar, El retozo, relato incluido en Canciones de un soñador muerto. La agónica resurrección de Victor Frankenstein y otros relatos góticos, buena muestra del desconcertante nihilismo de Thomas Ligotti. En este cuento, lo sobrecogedor se abre paso con indiferencia, hasta su estallido final. Como se recoge en esta cita del relato, que lo define: el caos vertiginoso es la norma […] una buena descripción de la simplicidad metafísica de un universo psicótico.

Traducción de Marta Lila Murillo


El retozo. Ilustración de Mariano de Henestrosa para Fabulantes

En una bonita casa de una bonita parte de la ciudad (la ciudad de Nolgate, donde se encuentra la prisión estatal), el doctor Munck examinaba el periódico vespertino mientras su joven esposa descansaba en un sofá cerca de él, hojeando perezosamente la colorida cabalgata de una revista de moda. Su hija Norleen estaba arriba durmiendo, o quizás estaba disfrutando ilícitamente de una sesión a altas horas de la noche con la nueva televisión que le habían regalado para su cumpleaños hacía una semana. Si era así, su transgresión pasó inadvertida a sus padres en el salón, donde todo estaba en silencio. El vecindario fuera de la casa estaba en silencio, también, como solía estar de día y de noche. Todo Nolgate estaba en silencio, porque no era un lugar que tuviera mucha vida nocturna, a excepción quizás del bar donde se reunían los funcionarios de la prisión. Un silencio tan persistente ponía nerviosa a la mujer del doctor, por no hablar de su existencia en un lugar que parecía estar a años luz de la metrópoli más cercana. Pero hasta el momento Leslie no se había quejado del letargo de sus vidas. Sabía que su esposo estaba muy comprometido con sus deberes profesionales en este nuevo destino. Pero quizás esa noche él mostraría alguno más de esos síntomas de desencanto con su trabajo que ella había estado observando meticulosamente en él en los últimos tiempos.

¿Qué tal ha ido hoy, David? –le preguntó mientras miraba con ojos radiantes por encima la cubierta de la revista, donde otro par de ojos irradiaban una mirada brillante–. Has estado muy silencioso durante la cena.

Ha ido como siempre –dijo el doctor Munck sin bajar el periódico de ciudad de provincias para mirar a su esposa.

¿Quiere eso decir que no te apetece hablar de ello?

Dobló el periódico hacia atrás y apareció la parte superior de su cuerpo.

Ha sonado así, ¿verdad?

Sí, definitivamente ha sonado así. ¿Estás bien? –preguntó Leslie dejando a un lado la revista sobre la mesa de café y prestándole toda su atención.

Tengo serias dudas, así es como me siento –dijo él con una especie de ensimismamiento distante. Leslie vio entonces la ocasión de ahondar un poco más.

¿Dudas de algo en particular?

Dudo de todo –respondió él.

¿Te apetece que sirva unas copas?

Te lo agradecería muchísimo.

Leslie se desplazó al otro extremo del salón y sacó unas botellas y unos vasos de un aparador. De la cocina llevó unos hielos en una cubitera de plástico marrón. Los sonidos de sorbos eran la única intrusión en el gran silencio que reinaba en el salón. Las cortinas estaban echadas en todas las ventanas excepto en la del rincón, donde reposaba una escultura de Afrodita. Al otro lado de la ventana se veía una calle alumbrada por farolas, aunque desierta, y un trozo de luna sobre el abundante follaje primaveral de los árboles.

Ahí tienes. Una copichuela para mi querido maridito que tanto trabaja –dijo ella al tiempo que le pasaba un vaso de cristal muy grueso por la base y tan fino por el borde que parecía desaparecer.

Gracias, realmente me hace falta un trago.

¿Por qué? ¿Problemas en el hospital?

Ojalá dejaras de llamarlo hospital. Es una prisión, como bien sabes.

Sí, por supuesto.

Podrías pronunciar la palabra prisión de vez en cuando.

De acuerdo. ¿Qué tal van las cosas por la prisión, querido? ¿Te ha echado la bronca el jefe? ¿Los internos se portan mal? –Leslie se contuvo antes de que la conversación derivara en una discusión. Dio un buen trago a su bebida y se calmó–. Disculpa el sarcasmo, David.

No, me lo merezco. Proyecto mi ira en ti. Creo que sospechas desde hace tiempo lo que no soy capaz de admitir por mí mismo.

¿Y qué es eso? –preguntó Leslie.

Que, tal vez, no fue la decisión más inteligente mudarnos aquí, y que acepté cargar con esta maldita misión sobre mis hombros de psi­cólogo.

La afirmación de su esposo indicaba un estado de desmoralización incluso más agudo que el que Leslie había esperado encontrar. Pero, de alguna manera, las palabras de su esposo no la alegraron de la manera que pensó que la alegrarían. Pudo oír en la distancia el camión de mudanzas frenando cerca de la casa, pero el sonido ya no le resultaba tan agradable como antes.

Dijiste que te apetecía curar algo más que neurosis urbanas. Algo más importante, un reto mayor.

Lo que quería, de un modo masoquista, era un trabajo ingrato, un trabajo imposible. Y eso me dieron.

¿De verdad es tan malo? –preguntó Leslie, sin creerse del todo que hubiera formulado la pregunta con un escepticismo tan optimista sobre la verdadera gravedad de la situación. Se felicitó a sí misma por situar la autoestima de David por encima de su propio deseo de cambiar de aires, por muy importante que este le pareciera.

Mucho me temo que sí. Cuando visité por primera vez la sala de psiquiatría y conocí al resto de los médicos, juré que jamás me volvería tan cínico como ellos. Las cosas serían distintas para mí. Pero me sobrevaloré por un amplio margen. Hoy, uno de los celadores recibió una vez más una paliza por parte de dos prisioneros, perdona, «pacientes». La semana pasada fue el doctor Valdman. Por eso estaba tan irascible durante el cumpleaños de Norleen. Hasta el momento he tenido suerte. Lo único que hacen es escupirme. Bueno, por lo que a mí respecta, pueden pudrirse todos en ese agujero infernal.

Portada de Canciones de un soñador muerto, el libro de Valdemar donde se recoge este relato, y que fue originalmente publicado en 2019

David sintió que sus propias palabras permanecían flotando en la atmósfera del salón, alterando la serenidad del hogar. Hasta entonces la casa había sido un refugio aislado y no contaminado por la prisión, una estructura imponente a las afueras de la ciudad. Ahora, la imposición psíquica de esta traspasaba los límites de la distancia física. La distancia interior se constriñó y David sintió que los enormes muros de la prisión ensombrecían el acogedor vecindario del exterior.

¿Sabes por qué he llegado tan tarde esta noche? –le preguntó a su esposa.

No, ¿por qué?

Porque tuve una conversación que se prolongó demasiado con un tipo que todavía no tiene nombre.

¿Aquel del que me hablaste que no decía a nadie de dónde era o cuál era su nombre verdadero?

El mismo. Es el perfecto ejemplo de la perniciosa monstruosidad de aquel lugar. Una perla, el individuo. Un caso de libro. Una demencia total acompañada de un ingenio afilado. Debido a su encantador jueguecito del nombre, fue clasificado como no apto para compartir espacio con la población general de la prisión, de modo que los de la sección de psiquiatría terminamos cargando con él. Pero, según él mismo, posee muchos nombres, no menos de mil, ninguno de los cuales se digna a pronunciar en presencia de nadie. Es difícil imaginar que tenga un nombre como cualquier otro ser humano. Y ahí estamos atascados con él, sin nombre ni nada.

¿Le llamáis así, «sin nombre»?

Tal vez deberíamos, pero no.

¿Y cómo lo llamáis entonces?

Bueno, fue condenado bajo el nombre de John Doe, y desde entonces todo el mundo se refiere a él con ese nombre. Todavía están buscando alguna documentación oficial suya. Es como si hubiera caído del cielo. Sus huellas no coinciden con ninguna ficha de condenas previas. Lo encontraron dentro de un coche robado delante de un colegio. Un vecino atento denunció que un individuo sospechoso solía rondar por la zona. Todo el mundo estaba sobre aviso, supongo, después de las primeras desapariciones en la escuela, así que la policía lo estaba vigilando cuando se llevaba a otra de sus víctimas a su coche. Fue entonces cuando lo atraparon. Pero su versión de la historia es un poco distinta. Dice que era totalmente consciente de sus perseguidores y esperaba, incluso deseaba, que lo apresaran, lo condenaran y lo encerraran en la penitenciaría.

¿Por qué?

¿Por qué? ¿Quién sabe? Cuando le pides a un psicópata que se explique, sólo consigues que se vuelva todo más caótico. Y John Doe es la personificación del caos.

¿A qué te refieres? –preguntó Leslie.

Su esposo dejó escapar una breve explosión de risa y luego se quedó en silencio, como si rebuscara en su mente las palabras adecuadas.

De acuerdo, te describiré una pequeña escena durante una entrevista que he tenido hoy con él. Le pregunté si sabía por qué estaba en prisión.

»–Por retozar –respondió.

»–¿Qué significa eso? –le pregunté.

»–Malo, malo, malo. Eres malo, eso es lo que eres.

»Esa ha sido su respuesta.

»Esas palabras infantiles de alguna manera me sonaron como si estuviera imitando a sus víctimas. Realmente sentí que ya había tenido suficiente, pero me arriesgué a continuar con la entrevista.

»–¿Sabe por qué no puede salir de aquí? –le pregunté con calma en una variación poco brillante de la pregunta original.

»–¿Y quién dice que no puedo? Me iré cuando quiera. Pero todavía no quiero irme.

»–¿Por qué no? –le pregunté, como es natural.

»–Acabo de llegar –respondió–. Pensé que me vendrían bien unas vacaciones. Retozar como yo retozo puede llegar a ser agotador en ocasiones. Quiero estar dentro con todos los demás. Un ambiente muy estimulante, espero. ¿Cuándo puedo ir con ellos? ¿Cuándo?

»¿Puedes creértelo? Sin embargo, sería cruel ponerlo junto al resto de reclusos, aunque no quiero decir que no merezca tal crueldad. El interno medio no ve con buenos ojos el tipo de delito cometido por Doe. Lo ven como algo que perjudica la imagen de ellos mismos, teniendo en cuenta que ellos son tan solo delincuentes comunes, atracadores, asesinos y demás. Todo el mundo necesita sentir que es mejor que otros. Realmente no se podría predecir lo que ocurriría si lo pusiéramos allí dentro y los otros averiguaran por qué ha sido condenado.

¿Así que tiene que permanecer en la sección de psiquiatría durante toda su condena? –preguntó Leslie.

Él no lo cree. Estar interno en un correccional de máxima seguridad es su idea de pasar unas vacaciones, ¿recuerdas? Cree que puede marcharse cuando lo desee.

¿Y puede? –preguntó Leslie con una clara ausencia de sorna en su voz. Este había sido uno de sus peores temores de vivir en una ciudad penitenciaria: que no muy lejos de su propio patio había una horda de demonios planeando escapar a través de lo que se imaginaba paredes bastante finas. Criar a una niña en tal entorno era la principal objeción que le planteaba el trabajo de su marido.

Ya te lo he dicho antes, Leslie, ha habido muy pocas fugas con éxito de esta prisión. Si un convicto logra salir de esos muros, su primer impulso siempre es el de una supervivencia práctica. Así que intenta escapar lo más lejos posible de esta ciudad, que probablemente sea el lugar más seguro en caso de que se produzca una fuga. De todas formas, la mayoría de los fugados son apresados a las pocas horas de la fuga.

¿Y un prisionero como John Doe? ¿Tiene también él ese sentido de «supervivencia práctica» o prefiere simplemente merodear y hacer lo que hace en algún lugar convenientemente situado?

Los prisioneros como él no escapan en situaciones normales. Simplemente se golpean contra las paredes, no las saltan. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Leslie dijo que lo entendía, pero esto no rebajó en lo más mínimo la fuerza de sus miedos, que tenían su origen en una prisión imaginaria de una ciudad imaginaria, donde cualquier cosa podía pasar siempre que bordeara lo más espantoso. La morbosidad nunca había sido su punto fuerte y le repugnaba la intromisión de esta en su carácter. Y a pesar de su firme confianza acerca de la eficaz seguridad de la prisión, David también pareció sentirse profundamente intranquilo. Estaba ahora sentado muy quieto, sujetando la copa entre las rodillas y aparentemente atento a algo.

¿Qué ocurre, David? –preguntó Leslie.

Me pareció escuchar… un sonido.

¿Qué sonido?

No lo podría describir exactamente. Un sonido lejano.

Se levantó y miró a su alrededor, como si quisiera comprobar si el sonido había dejado alguna pista delatora en la quietud que envolvía la casa, tal vez un rastro sonoro en algún lugar.

Voy a ver cómo está Norleen –dijo, al tiempo que dejaba la copa sobre la mesilla junto a su sillón. Después cruzó el salón, subió tres tramos de la escalera y avanzó por el vestíbulo del piso superior. Al echar un vistazo al interior del cuarto de su hija, vio su pequeño cuerpo descansando confortablemente abrazado en sueños a la forma de un Bambi de peluche. De vez en cuando, la niña dormía con un compañero inanimado, a pesar de que ya se estaba haciendo un poco mayor para eso. Pero su padre psicólogo tuvo sumo cuidado en no cuestionar su derecho a ese alivio infantil. Antes de salir de la habitación, el doctor Munck bajó la ventana que estaba entreabierta aquella cálida noche de primavera.

Cuando volvió al salón transmitió el mensaje maravillosamente cotidiano de que Norleen estaba apaciblemente dormida. Con un gesto que contenía un cierto sabor a celebración de alivio, Leslie sirvió dos nuevas copas y a continuación dijo:

David, has dicho que has mantenido una «charla prolongada» con el tal John Doe. No es que sienta curiosidad morbosa ni nada parecido, pero ¿lograste que te revelara algo de sí mismo? ¿Alguna cosa?

Oh, claro –replicó el doctor Munck al tiempo que hacía rodar un cubito de hielo en la boca. Su voz sonaba ahora más relajada.

Se podría decir que me contó todo sobre sí mismo, pero era un sinsentido… los desvaríos de un maníaco. Le pregunté sin mostrar mucho interés que de dónde era.

»–De ningún lugar –respondió como un idiota psicótico.

»–¿De ningún lugar? –insistí.

»–Sí, de allí precisamente, Herr Doktor. No soy uno de esos esnobs que se da muchos aires y se pavonea de ser de algún rincón altisonante de la geografía. Ge-o-gra-fía. Extraña palabra. Me gustan todos los idiomas que tienen ustedes.

»–¿Dónde naciste? –le pregunté como alternativa brillante a la pregunta original.

»–¿A qué época se refiere, niño malo? –me respondió, y así con­tinuó.

»Podría seguir con este diálogo…

Reconozco que la imitación de John Doe te sale de maravilla.

Gracias, pero no podría seguir imitándolo mucho más tiempo. No me resultaría nada fácil imitar sus distintas voces, acentos y grados de fluidez. Puede que sea un tipo de personalidad múltiple, no estoy seguro. Tengo que revisar las cintas de grabación de mis entrevistas con él para ver si se aprecia algún patrón de coherencia, posiblemente algo que los detectives podrían usar para determinar quién es este tipo en realidad. Lo más trágico de todo esto es que conocer la identidad legal de Doe es un mero formalismo en estos momentos, simplemente se trata de atar cabos sueltos. Sus víctimas están muertas y murieron de una manera horrible. Eso es lo único que importa ahora. Sin duda, en algún tiempo fue el hijo pequeño de alguien. Pero no puedo fingir que me preocupen ya sus datos biográficos: el nombre que aparece en su certificado de nacimiento, dónde creció, qué lo convirtió en lo que es hoy. No soy un esteta de las patologías. Jamás he tenido la ambición de estudiar una enfermedad mental sin que esto suponga algún tipo de mejora. Así que, ¿por qué perder mi tiempo intentando ayudar a alguien como John Doe, que no vive en el mismo mundo que nosotros, desde un punto de vista psicológico? Antes creía en la rehabilitación y en un enfoque que no fuera puramente punitivo del comportamiento delictivo. Pero esa gente, esos seres encerrados en la prisión no son más que una fea mancha en nuestro mundo. Al infierno con ellos. Que los entierren a todos para que sirvan de fertilizante.

El doctor Munck apuró la bebida hasta que los cubitos de hielo repicaron en el vaso.

¿Quieres otra copa? –le preguntó Leslie con un tono de voz suave y terapéutico.

David sonrió, una vez pasado aquel estallido de intolerancia que había vaciado su ira.

Emborrachémonos y pasemos un buen rato, ¿te apetece?

Leslie cogió el vaso de su esposo para rellenarlo. Ahora sí tenía un motivo de celebración, pensó. David no iba a dejar su puesto de trabajo por una sensación de fracaso inútil, sino por un sentimiento de ira, una ira que ahora se diluía en indiferencia. Todo volvería a ser como antes; podrían abandonar aquella ciudad penitenciaria y regresar a casa. De hecho, podían mudarse a cualquier otro sitio que les gustara, tal vez disfrutar de unas largas vacaciones al principio y llevar a Norleen a algún lugar soleado. Leslie pensaba en todas estas cosas mientras servía dos copas más en la tranquilidad de aquella hermosa habitación. Esta tranquilidad ya no era una señal de silencioso estancamiento, sino un delicioso y arrullador preludio a los prometedores tiempos venideros. La vaga felicidad futura resplandecía en su interior junto al alcohol; le embargaban placenteras profecías. Quizás había llegado el momento de tener otro hijo, un hermanito o hermanita para Norleen. Pero eso podía esperar un poco más… toda una vida de posibilidades se abría ante ellos. Un geniecillo amistoso parecía estar esperando. Sólo tenían que pedir un deseo y se lo concedería.

Portrait of a Dead Man. Ilustración de Damien Mammoliti

Antes de regresar con las bebidas, Leslie entró en la cocina. Tenía algo que quería darle a su esposo y le pareció que ese era el momento perfecto para hacerlo. Un pequeño regalo para mostrarle a David que, a pesar de que su trabajo había resultado una triste pérdida de tiempo que no mereció sus valiosos esfuerzos, ella le había apoyado en su trabajo a su propia manera. Con una copa en cada mano, sujetaba bajo el codo izquierdo la pequeña caja que había guardado en la cocina.

¿Qué es eso? –preguntó David mientras cogía su copa.

Sólo un pequeño regalo para el amante del arte que tienes dentro. Lo compré en esa pequeña tienda donde venden cosas que fabrican los presos. Algunos de los objetos son productos de calidad… cinturones, joyas, ceniceros, ya sabes.

Sí, lo sé –dijo David con un tono de voz que distaba mucho del entusiasmo de Leslie–. Creía que nadie compraba esas cosas.

Bueno, pues yo sí. Pensé que ayudaría a apoyar a esos prisioneros que al menos realizan algo creativo, en lugar de… bueno, en lugar de destruir cosas.

La creatividad no es siempre un indicativo de la belleza, Leslie –advirtió David a su esposa.

Espera a verlo antes de juzgarlo –le dijo, al tiempo que retiraba la tapa de la caja–. Mira… ¿no te parece una artesanía preciosa?

Colocó el objeto en la mesilla de café.

El doctor Munck se sumergió ahora en esa profunda sobriedad que sólo se puede alcanzar cayendo desde una previa altura alcohólica. Miró el objeto. Por supuesto, lo había visto antes, había observado antes cómo era moldeado amorosamente y acariciado por unas manos creativas, hasta que se sintió enfermo y no pudo seguir mirando. Era la cabeza de un joven, una obra maravillosa moldeada con arcilla gris y lacada en azul. La obra irradiaba una belleza extraordinaria e intensa, y el rostro del sujeto expresaba una especie de éxtasis sereno, la simplicidad laberíntica de la mirada de un visionario.

Bueno, ¿qué te parece? –preguntó Leslie.

David miró a su esposa y dijo con gravedad:

Por favor, vuelve a meterlo en la caja. Y deshazte de eso.

¿Que me deshaga de esto? ¿Por qué?

¿Por qué? Porque sé qué preso ha hecho esta obra. Estaba muy orgulloso de ella, e incluso me obligué a farfullar unas felicitaciones por sus habilidades con el modelado. Pero entonces me dijo cuál era el origen de su modelo. Esa expresión de beatífica paz no estaba en el rostro del chico asesinado cuando lo encontraron tirado en el campo hace ya seis meses.

No, David… –dijo Leslie, como si quisiera negar prematuramente lo que temía que su marido estaba a punto de revelarle.

Este es su último… y, según él, más memorable… retozo.

Oh, Dios mío –murmuró Leslie en voz baja con la mano derecha sobre la frente. Luego, con ambas manos volvió a meter al chico de azul en la caja–. Lo devolveré a la tienda –dijo en voz baja.

Hazlo pronto, Leslie. No sé durante cuánto tiempo más viviremos en este domicilio.

En el malhumorado silencio que siguió, Leslie reflexionó sobre el abandono, ahora abiertamente confirmado, de la ciudad de Nolgate, su salida de allí. A continuación, dijo:

David, ¿contó realmente las cosas que había hecho? Quiero decir, sobre…

Sí, ya sé a lo que te refieres. Sí, lo hizo –respondió el doctor Munck con una expresión de seriedad profesional.

Pobre David –se compadeció Leslie, amorosamente comprensiva ahora que ya no serían necesarias más maquinaciones para lograr su objetivo.

De hecho, no fue una situación tan difícil, aunque suene extraño. La conversación que mantuvimos podría incluso ser considerada como estimulante desde un punto de vista clínico. Describió su «retozo» de una manera muy imaginativa y que resultaba bastante absorbente. La extraña belleza de esa pieza que hay dentro de la caja, a pesar de lo inquietante que puede ser, en cierta manera iguala las palabras que usaba al hablar de aquellos pobres niños. En ciertos momentos, no podía evitar sentirme fascinado, aunque tal vez ocultaba mis verdaderas sensaciones con el distanciamiento del psicólogo. A veces hay que mantener cierta distancia entre uno mismo y la realidad, a pesar de que eso suponga convertirse en alguien un poco menos humano.

»De todas formas, nada de lo que dijo era repugnantemente gráfico, de la manera en que podrías estar pensando. Cuando me habló de su “retozo más memorable”, lo hizo con un fuerte sentimiento de asombro y nostalgia, por muy espantoso que ahora me suene. Parecía sentir una especie de nostalgia por el hogar, aunque su “hogar” sea una ruina destartalada de su mente putrefacta. Es evidente que su psicosis ha alimentado un atroz mundo de cuento que existe de forma verdaderamente vívida para él. Y, a pesar de la demencial grandeza de sus mil nombres, en realidad se ve a sí mismo como un personaje menor en este mundo… un cortesano mediocre en un reino ruinoso de milagros y horrores. Esta modestia es muy interesante cuando se tiene en cuenta la magnificencia ególatra que muchos psicópatas se atribuyen, dando por sentada una órbita ficticia infinita donde poder jugar cualquier papel imaginario. Pero no John Doe. En comparación a los otros, él es un medio-demonio perezoso procedente de una Tierra de Nunca Jamás donde el caos vertiginoso es la norma, una situación en la que él prospera insaciablemente. Lo cual es una buena descripción de la simplicidad metafísica de un universo psicótico.

»De hecho, tal como la describe, su tierra de ensueño interior es una geografía bastante poética. Hablaba de un lugar que sonaba como un cosmos de casas combadas y callejones llenos de basura, un suburbio entre las estrellas. Lo cual podría ser su visión distorsionada de una vida en un vecindario humilde… un intento por su parte de volver a moldear los traumáticos recuerdos de su niñez en un reino que combina una realidad callejera con un mundo de fantasía de su propia imaginación, una mezcla fantasmagórica del cielo y el infierno. Ahí es donde realiza sus “retozos”, con lo que denomina como su “sobrecogida compañía”. El lugar donde llevó a sus víctimas podría haber sido un edificio abandonado, o incluso unas cloacas convenientemente situadas. Digo esto basándome en sus numerosas referencias al “alegre río de desperdicios” y “los irregulares montones en las sombras”, que sin duda podrían ser dementes transmutaciones de un vertedero real, algún entorno mugroso y apartado que su mente ha convertido en un parque de atracciones de extrañas maravillas. Menos comprensibles son sus recuerdos de un pasillo iluminado por la luna donde los espejos gritan y ríen, oscuros picos de algún tipo que no paran quietos, una escalera que está “rota” de una forma muy extraña, aunque esta última concuerda con el entorno de suburbios ruinosos. Siempre hay una mezcla paradójica de topografías abandonadas y luminosos santuarios en su mente, casi una autohipnosis…

El doctor Munck se contuvo antes de continuar en este tono de reticente admiración por aquel hombre.

Pero a pesar de todos estos escenarios fantásticos de la imaginación de Doe, las evidencias mundanas de sus retozos siguen apuntando a un tipo de delitos muy reconocible y realista. Atrocidades corrientes y molientes, si es que se pueden considerar así hechos tales como los cometidos. Doe niega que hubiera nada prosaico en sus mutilaciones. Dice que hizo que las pruebas señalaran en esa dirección para las masas aburridas, que lo que realmente quiere decir cuando habla de «retozar» es un tipo de actividad bastante distinta e incluso opuesta a los delitos por los que fue condenado. Este término probablemente posea algunas asociaciones de significado privadas originadas en el pasado.

El doctor Munck hizo una pausa y meneó los cubitos de hielo en el vaso vacío. Leslie parecía haberse abstraído mientras él hablaba. Había encendido un cigarrillo y ahora estaba apoyada en el brazo del sofá con las piernas sobre los cojines, de manera que sus rodillas apuntaban hacia su marido.

Deberías dejar de fumar en algún momento –dijo él.

Leslie bajó la mirada como una niña a la que han regañado un poco.

Te prometo que lo haré en cuanto nos mudemos… lo dejaré. ¿Trato hecho?

Trato hecho –dijo David–. Y tengo otra proposición que hacerte. Primero deja que te diga que he decidido comunicar por fin mi dimisión.

¿No es un poco pronto? –preguntó Leslie, esperando que no lo fuera.

Créeme, nadie se sorprenderá. No creo ni siquiera que a nadie le importe. De todas formas, mi proposición es que mañana nos llevemos a Norleen y alquilar una casa en el norte para pasar unos días allí. Podríamos ir a cabalgar. ¿Recuerdas cuánto le gustó el verano pasado? ¿Qué me dices?

Suena bien –concedió Leslie con un temblor de entusiasmo en la voz–. Muy bien, de hecho.

Y en el camino de vuelta podemos dejar a Norleen en casa de tus padres. Puede quedarse allí mientras nosotros nos ocupamos de desalojar la casa y quizás encontrar un apartamento provisional. No creo que les importe ocuparse de Norleen durante una semana o así, ¿verdad?

No, por supuesto que no, estarán encantados. Pero ¿por qué tanta prisa? Norleen todavía va al colegio, ya sabes. Quizás podríamos esperar hasta que termine el curso. Sólo le queda un mes.

David se quedó sentado en silencio durante unos segundos, aparentemente ordenando sus ideas.

¿Qué ocurre? –preguntó Leslie con un ligero temblor de ansiedad en la voz.

En realidad no ocurre nada, nada en absoluto. Pero…

Pero ¿qué?

Bueno, tiene que ver con la prisión. Sé que sonó algo presuntuoso cuando te conté lo seguros que estamos aquí de cualquier fuga de la prisión, y sigo manteniendo que así es. Pero este personaje, John Doe, del que te he hablado, es muy extraño, como estoy seguro que habrás deducido. Es sin duda alguna un psicópata asesino de niños… y, sin embargo… Realmente no se me ocurre nada que decir que tenga sentido.

Leslie interrogó a su esposo con la mirada.

Creo que dijiste que los internos como él solo se golpean contra las paredes, que no…

Sí, la mayor parte del tiempo él es así. Pero en ocasiones…

¿Qué intentas decir, David? –preguntó Leslie, que estaba comenzando a contagiarse de la inquietud que su esposo intentaba ocultarle.

Es algo que dijo Doe cuando hablamos hoy. Nada concreto en realidad. Pero me sentiría mucho más tranquilo con todo este asunto si Norleen se quedara con tus padres hasta que podamos organizarnos.

Leslie encendió otro cigarrillo.

Spectral- Female Study. Ilustración de Ian Joyner

Dime qué te dijo para que te preocupe tanto –dijo ella con firmeza–. Yo también debería saberlo.

Cuando te lo diga, probablemente pensarás que yo mismo estoy un poco loco. Pero tú no hablaste con él y yo sí. La manera de hablar, o más bien las muchas maneras de hablar. Las expresiones cambiantes de aquel rostro enjuto. Gran parte del tiempo que estuve hablando con él tuve la sensación de que aquel individuo estaba jugando a alguna clase de juego que yo no llegaba a comprender, aunque estoy seguro de que tan sólo era una impresión. Esta es una táctica bastante común de los psicópatas… enredar y confundir al doctor. Les proporciona una sensación de poder.

Cuéntame lo que dijo –insistió Leslie.

De acuerdo, te lo diré. Pero creo que sería un error que le des muchas vueltas y veas demasiadas cosas en sus palabras. Hacia el final de la entrevista de hoy, cuando hablábamos sobre aquellos niños, Doe dijo algo que no me gustó nada. Pronunció esas palabras con uno de sus acentos afectados, escocés en esta ocasión, con cierto deje alemán. Lo que dijo y que ahora cito literalmente, fue esto: «No tendrá usted un chico travieso ni una pequeña muchachita, ¿verdad, profesor von Munck?» Luego me sonrió en silencio.

»Bueno, estoy seguro de que estaba intentando ponerme nervioso deliberadamente. Nada más que eso.

Pero lo que dijo, David: «ni una pequeña muchachita»…

Gramaticalmente, por supuesto, debería haber dicho «o», no «ni», pero estoy seguro de que no fue nada más que un caso de error gramatical.

No le mencionaste nada sobre Norleen, ¿verdad?

Por supuesto que no. No es precisamente la clase de cosas de las que hablaría con esa gente.

Entonces, ¿por qué lo dijo así?

No tengo ni idea. Posee una extraña clase de agudeza mental, y la mayor parte del tiempo habla con vagas sugerencias y bromas sutiles. Quizás ha oído algo sobre mí a alguno de los funcionarios, supongo. Pero también podría ser simplemente una coincidencia inocente.

Miró a su esposa para que lo comentara.

Probablemente tengas razón –dijo Leslie con un entusiasmo ambivalente por creer en esta conclusión–. En todo caso, creo que entiendo por qué quieres que Norleen se quede con mis padres. No es que vaya a ocurrir nada…

En absoluto. No hay ningún motivo para pensar que pueda suceder algo. Sin duda, es el típico caso del doctor psicoanalizado por su paciente, pero ya me da igual. Cualquier persona razonable estaría un poco asustada después de enfrentarse un día tras otro con el caos y el peligro físico de ese lugar. Asesinos, violadores y los desechos de los desechos. Es imposible llevar una vida familiar normal mientras se trabaja en esas condiciones. Tú viste cómo estaba en el cumpleaños de Norleen.

Lo sé. No es que sea el mejor vecindario para criar a un hijo.

David asintió lentamente.

Hace un rato, cuando fui a ver cómo estaba la niña, me sentí, no sé, vulnerable en cierta manera. Estaba abrazada a una de esas mantitas de seguridad de peluche. –Dio un sorbo a su copa–. Me di cuenta de que era nueva. ¿La compraste cuando saliste de compras hoy?

Leslie le miró inexpresivamente.

Lo único que compré fue eso –dijo ella señalando la caja sobre la mesita de café–. ¿De qué mantita «nueva» me hablas?

El Bambi de peluche. Tal vez ya lo tenía, pero no me había fijado antes –dijo él, zanjando así parcialmente el tema.

Bueno, si lo tenía antes, desde luego que yo no se lo di –dijo Leslie con rotundidad.

Ni yo.

No recuerdo que lo tuviera cuando la metí en la cama –dijo Leslie.

Bueno, pues lo tenía con ella cuando fui a verla después de oír…

David hizo una pausa. Por la expresión de su rostro parecía estar barajando mil pensamientos al mismo tiempo, como si estuviera inmerso en la búsqueda frenética de algo en cada célula de su cerebro.

¿Qué ocurre, David? –preguntó Leslie con un tono de voz cada vez más débil.

No lo sé exactamente. Es como si supiera algo y no lo supiera al mismo tiempo.

Pero el doctor Munck estaba comenzando a saber. Con la mano izquierda se cubrió la nuca, calentándola. ¿Había una corriente de aire procedente del otro extremo de la casa? La suya no era una casa con corrientes de aire, ni un agujero destartalado con boquetes en el que el viento penetrara a través de las viejas maderas del ático y los marcos combados de las ventanas. De hecho, soplaba un fuerte viento en esos momentos; podía oírlo acechando allí fuera, y podía ver por la ventana los árboles inquietos detrás de la escultura de Afrodita. La diosa posaba con aire lánguido, con la cabeza inmaculada echada hacia atrás, mientras aquellos ojos ciegos contemplaban el techo y más allá. Pero ¿más allá del techo? ¿Más allá del hueco zumbido del viento, frío y muerto? ¿Y la corriente de aire?

¿Qué?

David, ¿notas una corriente de aire? –preguntó su esposa.

Sí –respondió él, como si un pensamiento sombrío acabara de atravesar su mente–. Sí –repitió mientras se levantaba de la silla y cruzaba el salón cada vez más rápido hasta llegar a los pies de la escalera, saltaba los tres tramos y corría por el pasillo del segundo piso. «Norleen, Norleen», tarareaba antes de llegar a la puerta entreabierta de la habitación de la niña. Pudo sentir la brisa que salía de allí.

Lo sabía y no lo sabía.

Buscó a tientas el interruptor. Estaba instalado bajo, a la altura de un niño. Encendió la luz. La niña había desaparecido. Al otro lado del cuarto la ventana estaba abierta de par en par y las cortinas translúcidas ondeaban hacia arriba dejando entrar el viento invasor. En la cama estaba sólo el animal de peluche, destrozado y con sus entrañas mullidas esparcidas por el colchón. Ahora, metido dentro del muñeco, sobresaliendo como una flor, había un trozo de papel arrugado. Y el doctor Munck pudo distinguir entre los pliegues de esa hoja un fragmento del membrete de la prisión. Pero la nota no era un mensaje oficial mecanografiado: la letra a mano variaba desde una escritura pulcra en cursiva hasta los garabatos de un niño. Desesperado, examinó las palabras durante lo que le pareció un intervalo eterno sin comprender el mensaje. Entonces, por fin, el significado de la nota le golpeó con dureza.

Doctor Monk, se leía en la nota del interior del peluche, le dejamos esto aquí en sus competentes manos, porque en las cloacas de espumas negras y los callejones del paraíso, en la húmeda penumbra sin ventanas de algún sótano intergaláctico, en las huecas y nacaradas espirales que se hallan en mares como sumideros, en las ciudades sin estrellas de la locura y en sus suburbios… mi atemorizado pequeño cervatillo y yo nos hemos ido a retozar. Nos vemos en breve. Jonathan Doe.

¿David? –escuchó que preguntaba la voz de su esposa desde el pie de la escalera–. ¿Va todo bien?

Entonces, la hermosa casa dejó de estar en silencio, porque resonó allí dentro un nítido y gélido estallido de risa, el sonido perfecto para acompañar una anécdota pasajera de algún infierno oscuro.