En Crónicas de Jerusalén Guy Deslile ejerce como turista, espectador y artista para ofrecer una visión de la ciudad como un espacio social dinámico en el que se definen los elementos esenciales de las culturas contemporáneas, así como punto de fuga sobre el que convergen las tendencias y las características más relevantes de un grupo social. El habitual discurso grandilocuente de negros y blancos puros adquiere en Delisle una mayor precisión, permitiéndonos percibir mejor los numerosos y distintos tonos de gris existentes. Este realismo es una de las principales fuentes de valor y prestigio de su trabajo.

Crónicas de Jesusalén (Astiberri, última edición de 2017) es una de las últimas y más representativas producciones de Guy Delisle (Quebec, Canadá, 1966), un profesional de la animación que, a base de realizar obras gráficas magníficas, ha acabado siendo más conocido por esta afición que por la que comenzó siendo su profesión. No en vano, su popularidad comenzó a crecer gracias a su particular estilo minimalista de trazo y color, su extraordinario guión -casi siempre construido desde la primera persona y con las experiencias biográficas realistas como principal leitmotiv- y, especialmente, su tono narrativo, a medio camino entre la inocencia entrañable y el sentido del humor más irónico.

En el conjunto de su trabajo podemos identificar ya algunas obras maestras como Shenzhen (2000; Astiberri, 2016) o su inolvidable Pyongyang (2003; Astiberri, 2019); por no hablar, asimismo, de uno de sus títulos imprescindibles, el reciente Escapar. Historia de un rehén (2016; Astiberri, 2017). En España su obra está constantemente presente en las librerías gracias a Astiberri.

La perspectiva

En la obra de Delisle la ciudad viene siendo no sólo un espacio social dinámico y urbano a partir del cual se definen algunos de los elementos más esenciales de las culturas contemporáneas, sino también un punto de fuga sobre el que convergen las tendencias y las características más relevantes de un grupo social. De esta forma, Delisle trabaja desde las ciudades u otros espacios representativos (como la celda de un rehén, por ejemplo) para proyectarnos su visión y análisis respecto a los distintos aspectos que conforman a tal sociedad o grupo social. Desde Shenzhen miramos al conjunto de la sociedad china. Desde Pyongyang al conjunto de Corea del Norte. Desde Birmania penetramos en las entrañas de la cultura asiática. Y desde la celda de un rehén observamos los distintos trazos que caracterizan a la cultura particular y a la psicología de sus captores.

Construyendo su análisis de esta forma tan aparentemente sencilla, pero también tan compleja de guionizar y de desarrollar a través de una trama y texto a gusto del lector actual, Delisle vuelca la eficacia de su discurso narrativo sobre los hombros de la perspectiva. Según la forma en que observemos aquello que nos cuenta, nuestra forma de acceder e interpretar su trabajo puede cambiar por completo; una característica que enriquece su trabajo tanto en lo global como en cada una de sus obras gráficas individuales. Por ejemplo, si aplicamos una perspectiva panorámica al conjunto de su obra, y analizamos su discurso desde arriba, podemos trazar evidentes paralelismos (similitudes y diferencias) sobre cómo funcionan las distintas ciudades que ha retratado. Así, se extrapolan semejanzas y desemejanzas razonables entre sociedades que, a priori, podríamos considerar muy distintas entre sí. Tanto en Pyongyang como en Jerusalén, como en Corea del Norte o Israel, vemos sociedades altamente militarizadas, donde los puntos de acceso (pasos fronterizos y aeropuertos) ejercen una constante presión sobre el visitante, casi considerado una amenaza, y donde la omnipresente presencia de armas y de fuerzas de seguridad está completamente naturalizada, hasta el punto de convertir al interrogatorio en otra forma de diálogo y comunicación, al mismo punto que la conversación.

A pesar de ser descritas como sociedades antagónicas (tal consideración puede aplicarse, por ejemplo, a Corea del Norte o Israel), muestran sin embargo puntos en común que las comunican y las acercan. El habitual discurso grandilocuente de negros y blancos puros adquiere en Delisle una mayor precisión, permitiéndonos percibir mejor los numerosos y distintos tonos de gris existentes. Este realismo es una de las principales fuentes de valor y prestigio de su trabajo.

En Crónicas de Jerusalén observamos también una divergencia evidente: la presencia del factor cultural religioso. En Israel conviven numerosos credos y, dentro de estos credos, conviven también numerosas interpretaciones de cada uno de ellos -algunas muy alejadas entre sí-. El guión nos muestra de forma sutil estos matices: paseamos por distintos barrios ultraortodoxos, observamos cómo los cristianos tienen conflictos entre sí a la hora de gestionar el acceso a sus reliquias, o vemos cómo el país de origen de una comunidad cristiana o judía puede determinar su visión de tal forma que establezca relación de filia o fobia con otros grupos de su mismo credo. Una visión del fenómeno religioso que Delisle adereza, desde la anécdota, con toques de humor basados en situaciones surrealistamente realistas. Llega a decir: “Con el espectáculo que ofrece la religión por estos lares, se le quitan a uno las ganas de ser creyente. Gracias, Dios mío, por haberme hecho ateo” (pág. 112).

Si bajamos nuestra perspectiva hacia la tierra, también allí encontramos distintas posibilidades de juego. Por un lado, las distintas personas que Delisle va conociendo mientras reside en Jerusalén nos sirven de testimonio indirecto para extraer conclusiones o hacernos una idea básica de cómo está la situación. Los tipos de personajes utilizados son tan distintos como los tipos de testimonios que recibimos: personal de las ONG que operan sobre el terreno, personal gubernamental del Estado o personal diplomático, ex-militares, colonos de los distintos asentamientos judíos (considerados ilegales por la comunidad internacional), palestinos amenazados con la pérdida de su casa por una justicia arbitraria… Y, por supuesto, tenemos el testimonio directo del artista que, en primera persona, se ha trasladado con sus hijos y su mujer (personal sanitario de Médicos Sin Fronteras) durante un año a Jerusalén, y cuya experiencia supone el motor narrativo de este fantástico tomo gráfico.

Por supuesto, está la experiencia del Delisle padre y marido, que vive con preocupación el trabajo de su pareja, expuesta a los mayores peligros al tener que acudir con frecuencia a atender urgencias en situaciones de peligro. O se esmera con sus hijos, corriendo de un lado para otro, con unos horarios escolares demenciales, un tráfico imposible, y un muro de hormigón enorme y puestos de control por todas partes que dificultan todavía más la normalidad. Deslile nos desliza así hacia la cotidianidad, a la exasperante normalidad que marca la vida de los habitantes de Jesuralén.

El Delisle artista organiza exposiciones y talleres de dibujo por distintas ciudades del país y, en base a esta experiencia, es testigo de las muy distintas realidades que abundan por el país: Hebrón, la ciudad partida en dos y de convivencia imposible, donde los nuevos asentamientos están expulsando a los habitantes árabes de sus casas. Ramala: ciudad perseguida y sitiada por las autoridades militares israelíes, en las que se llega incluso a prohibir la entrada y la salida a sus habitantes más jóvenes. La acomodada y tranquila Tel Aviv, donde se respira cierta paz y calma. Desde esta perspectiva, Deslile muestra los matices del país.

Y luego está el Delisle turista que nos acerca a muchos de los puntos más significativos de Jerusalén e Israel. Con él visitamos la explanada de las mezquitas, el muro de las lamentaciones, el Monte de los Olivos, la presunta tumba de Jesucristo, o los asentamientos judíos en Hebrón, así como el muro de hormigón que levantaron para dividir comunidades enteras (non solo árabes, también comunidades cristianas y judías). Esta es una perspectiva presumiblemente neutral, distanciada de la realidad de lo cotidiano, que pretende describir y contar más que explicar, pero que de vez en cuando no puede evitar meter baza con datos históricos y verdades incómodas. Pero lo hace de forma tangencial y como complemento necesario, dentro de un contexto de aclaración, distinguiendo así claramente lo real de lo verdadero.

¡Es la economía, estúpido!

Asimismo, una línea discursiva poderosa y tangencial es la que tiene que ver con la economía. No serán pocas las veces que leamos sobre la estructura de los precios de las cosas, el acceso a la vivienda, las ayudas internacionales de distintas comunidades judías (y también fundamentalistas cristianas) para incentivar la ocupación de los asentamientos, las ayudas de embajadas y gobiernos extranjeros a las comunidades judías víctimas de algún ataque violento… Un trasfondo leve en su fuerza pero constante en su insistencia que nos deja la idea, al cerrar el tomo, de que tras todo esto el Conflicto Palestino-Israelí se mueven intereses y actores bastante diferentes y más poderosos que los exclusivamente históricos y religiosos. Pues “poderoso caballero es Don Dinero”.

En Crónicas de Jerusalén se percibe un hilo narrativo audaz en su construcción e inteligente en su desarrollo que muestra, por sí mismo, la capacidad de Delisle como creador, incluso más allá de su pluma y su trazo. Porque hace falta tener una habilidad especial para deslizar, con suavidad y sin que chirríe, discursos de calado y análisis de profundidad en medio de una trama interesante, entrañable y hasta graciosa, con la que la mayor parte de los lectores pueden llegar a empatizar.