Presentamos a continuación el relato íntegro La historia del difunto señor Elvesham, aparecido en la reciente novedad Cuentos completos de H. G. Wells, y que Valdemar ha tenido la cortesía de cedernos. Os invitamos a disfrutar de esta historia de eternidad y transmigración de cuerpos en este texto con el que el autor de La isla del doctor Moreau se interna en la decimonónica preocupación literaria fantástica por la inmortalidad y el modo de conseguirla a partir del auge de la Ciencia.

The Story of Late Mr. Elvesham. Aparecido en Idler en 1896.


La historia del difunto señor Elvesham. Ilustración de Mariano de Henestrosa para Fabulantes

Pongo por escrito esta historia, no con la esperanza de que sea creída, sino para proporcionar, si es que es posible, una escapatoria a la próxima víctima. Quizá ella pueda sacarle provecho a mi desgracia. Mi propio caso, lo sé, no tiene remedio y, en cierta medida, ya estoy preparado para afrontar mi destino.

Me llamo Edward George Eden. Nací en Trentharn, Staffordshire, porque mi padre trabajaba allí de empleado en los jardines. Perdí a mi madre cuando tenía tres años y a mi padre cuando tenía cinco. Mi tío George Eden me adoptó entonces como hijo suyo. Era soltero, autodidacta y muy conocido en Birmingham como periodista emprendedor. Me educó generosamente y estimuló mi ambición de triunfar en el mundo y, a su muerte, hace cuatro años, me dejó toda su fortuna, que ascendía a unas quinientas libras después de pagar todo lo que se debía. Yo tenía entonces dieciocho años. En su testamento me aconsejaba que invirtiera el dinero en completar mi educación. Yo había elegido ya la carrera de medicina y, gracias a su generosidad póstuma y a mi buena estrella en los exámenes para una beca, me convertí en estudiante de medicina en la Universidad de Londres. Cuando comienza mi relato, me alojaba en el número 11A de la University Street, en un cuartito de la parte alta, con muebles muy viejos y muchas corrientes de aire, que daba a la parte posterior de los locales de Shoolbred. Utilizaba este cuartito tanto para vivir como para dormir, porque estaba ansioso por sacarle a mis recursos hasta el último chelín de su valor.

Llevaba un par de botas a arreglar a una zapatería de Tottenham Court Road cuando me encontré por primera vez con el viejecito de cara amarillenta con el que ahora mi vida se ha enredado tan inextricablemente. Estaba de pie, en la acera, contemplando el número de la puerta en actitud dubitativa, cuando la abrí. Sus ojos, unos ojos grises inexpresivos y enrojecidos en los bordes, se clavaron en mi cara, y su semblante adoptó inmediatamente una expresión de arrugada amabilidad.

–Llega usted en el momento oportuno, había olvidado el número de su casa. ¿Cómo está usted, señor Eden?

Me quedé un poco sorprendido ante la familiaridad de su trato, porque no lo había visto nunca. También estaba un poco molesto porque me había cogido con las botas bajo el brazo. Él notó mi falta de cordialidad.

–Se estará usted preguntando quién diablos soy, ¿eh? Un amigo, se lo aseguro. Le he visto a usted antes aunque usted no me haya visto a mí. ¿Algún sitio donde pueda hablar con usted?

Dudé. La pobreza de mi cuarto no era asunto para cualquier desconocido.

–Quizá –respondí yo– podríamos caminar calle abajo. Desgraciadamente, no me puedo… –mi gesto explicó la frase antes de decirla…

–Exactamente lo que necesitamos –dijo, y se volvió primero hacia un lado y luego hacia otro–. ¿La calle? ¿En qué dirección?

Me desprendí de las botas en el pasillo.

–¡Mire! –dijo bruscamente–, este asunto es un galimatías. Venga a comer conmigo, señor Eden. Yo soy viejo, muy viejo, las explicaciones no se me dan bien y con mi voz chillona y el estrépito del tráfico… –puso sobre mi brazo una mano flaca y persuasiva que temblaba un poco.

Yo no era tan mayor como para que un viejo no pudiera invitarme a comer. Sin embargo, al mismo tiempo, su repentina invitación no me agradaba en absoluto.

–Yo preferiría… –empecé.

–Pero yo preferiría… –dijo interrumpiéndome–, y seguro que mis canas se merecen cierto respeto.

Así que consentí y me fui con él.

 

1888_London. Ilustración de Edee Yiryeong Kim

Me llevó al restaurante Blavitski y tuve que andar despacio para acomodarme a su paso. Durante la comida, la mejor que había saboreado jamás, él escabulló mis preguntas capitales y yo tomé mejor nota de su aspecto. La cara, bien afeitada, era flaca y arrugada, los apergaminados labios tapaban una dentadura postiza y el blanco pelo era fino y bastante largo; a mí me pareció pequeño, aunque, desde luego, a mí me parecía pequeña la mayoría de la gente, y tenía los hombros redondeados y encorvados. Al mirarlo, no pude por menos de notar que él también estaba tomando buena nota de mí, recorriéndome con la vista con una curiosa mirada de codicia desde las anchas espaldas hasta las manos tostadas por el sol y, arriba otra vez, hasta mi cara pecosa.

—Y ahora —dijo mientras encendíamos nuestros cigarrillos— debo hablarle del asunto que tengo entre manos. Debo decirle, pues, que soy viejo, muy viejo —se detuvo momentáneamente—. Y sucede que tengo dinero que pronto deberé dejar y no he tenido ningún hijo a quien dejárselo.

Me acordé del timo y resolví permanecer alerta por el rastro de mis quinientas libras. Él prosiguió extendiéndose sobre su soledad y sobre los problemas que había tenido para encontrar un arreglo adecuado para su dinero.

—He sopesado un plan tras otro, obras benéficas, instituciones, becas, bibliotecas, y he llegado, por fin, a esta conclusión —me miró fijamente—. Quiero encontrar a un joven ambicioso, de mente pura y pobre, sano de cuerpo y alma, para, en breve, hacerle mi heredero y darle todo cuanto tengo. Darle todo cuanto tengo —repitió—, para que, liberado repentinamente de todos los problemas y esfuerzos en los que hayan sido educadas sus inclinaciones, pueda entregarse a la libertad y la influencia.

Traté de parecer desinteresado. Con transparente hipocresía dije:

—Y usted quiere mis servicios profesionales, quizá mi ayuda, para encontrar a esa persona.

Sonrió y me miró por encima del cigarrillo, yo me reí de su tranquila manera de desenmascarar mi modesta pretensión.

—¡Qué carrera podría hacer ese hombre! —continuó—. Me llena de envidia pensar en todo lo que he acumulado para que otro lo gaste… Pero hay condiciones, desde luego, cargas que imponer. Tiene, por ejemplo, que ponerse mi nombre. No se puede esperar todo sin dar nada a cambio. Y tengo que analizar todas las circunstancias de su vida antes de aceptarle. Tiene que estar perfectamente. Tengo que conocer su herencia, cómo murieron sus padres y sus abuelos, y encargar las más rigurosas investigaciones sobre su moral privada.

Esto modificó un poco mi secreta enhorabuena.

—¿Y he de entender —pregunté— que yo…?

–Sí —dijo casi furiosamente—. Usted. Usted.

No contesté ni una palabra. Mi imaginación bailaba alborotadamente, mi escepticismo innato resultaba inútil para modificar sus embelesos. No tenía en la cabeza ni una pizca de gratitud. No sabía qué decir ni cómo decirlo.

—Pero ¿por qué yo precisamente? —dije por fin.

Dijo que por casualidad había oído hablar al profesor Haslar de mí como el típico joven sano y formal, y que deseaba, en la medida de lo posible, dejar su dinero allí donde la salud e integridad estuvieran aseguradas.

Ése fue mi primer encuentro con el viejecito.

Fue misterioso sobre sí mismo, dijo que no me diría su nombre todavía y, después de responder a algunas de sus preguntas, me dejó en el portal de Blavitski. Observé que sacó un puñado de monedas de oro del bolsillo cuando hubo que pagar la cuenta. Su insistencia sobre la salud corporal resultaba curiosa. De acuerdo con un trato que habíamos hecho, aquel día solicité una póliza de seguro de vida en la Royal Insurance Company por una gran suma y durante la semana siguiente fui examinado exhaustivamente por los asesores médicos de aquella compañía. Ni siquiera eso le satisfizo e insistió en que tenía que ser examinado por el gran doctor Henderson.

Hasta el viernes de la semana de Pentecostés no tomó una decisión.

Me llamó para que bajara a última hora de la tarde —eran casi las nueve—, dejando el empolle de ecuaciones de química para mi examen preliminar de Ciencias. Estaba en pie en el pasillo bajo la débil luz de una lámpara de gas y su rostro era una grotesca interacción de sombras. Parecía más encorvado que el primer día que lo había visto y sus mejillas se habían hundido un poco. La voz le temblaba de emoción.

—Todo es satisfactorio, señor Eden —declaró—. Todo es completamente, completamente satisfactorio. Y esta noche más que nunca, tiene usted que cenar conmigo para celebrar su… ascenso.

Una tos le interrumpió.

—Tampoco tendrá que esperar mucho —aclaró, pasándose el pañuelo por los labios y agarrándome la mano con la larga y huesuda garra desocupada—. Ciertamente no habrá que esperar mucho.

Salimos a la calle y llamamos a un coche. Recuerdo intensamente cada uno de los incidentes de ese trayecto, la ligereza y la facilidad de movimientos, el contraste entre la luz de gas, la de petróleo y la eléctrica, las multitudes en las calles, el sitio de Regent Street adonde fuimos, y la suntuosa cena que allí nos sirvieron. Al principio estaba desconcertado por las miradas que el camarero, bien vestido, lanzaba a mi ruda vestimenta, y molesto por los huesos de las aceitunas, pero a medida que el champán me calentaba la sangre, revivía la seguridad en mí mismo. Al principio el viejo habló de él. Ya me había dicho su nombre en el coche: Era Egbert Elvesham, el gran filósofo, cuyo nombre conocía yo desde que era un muchacho en la escuela… Me parecía increíble que este hombre, cuya inteligencia había dominado la mía desde tan temprano, esta gran abstracción, se concretara repentinamente en esta figura familiar y decrépita. Yo diría que todo joven que se haya encontrado súbitamente entre celebridades ha experimentado algo de mi decepción. Me contaba ahora el lecho que las débiles corrientes de su vida dejarían seco y libre para mí: fincas, derechos de autor, inversiones. Nunca había sospechado que los filósofos fueran tan ricos. Me observaba comer y beber con un toque de envidia.

Matte Paintings. Ilustración de Andrey Vasilyev

—¡Cuánta capacidad para la vida tiene usted! —exclamó, y luego, con un suspiro, con un suspiro de alivio, diría yo, añadió—: No tardará mucho.

—¡Ay! —exclamé yo, con la cabeza nadando ya en champán—. Quizá tenga un futuro… de una clase bastante agradable, gracias a usted. Ahora tendré el honor de llevar su nombre. Pero usted tiene un pasado, un pasado tal que vale por todo mi futuro.

Negó con la cabeza y sonrió, según pensé, con una apreciación medio triste de mi admiración aduladora.

—Ese futuro —preguntó—, ¿lo cambiaría usted, de verdad?

El camarero se acercó con los licores.

—Tal vez no le importe tomar mi nombre, asumir mi posición, pero ¿está dispuesto de verdad a cargar con mis años?

—Con sus logros, sí —respondí valerosamente.

Volvió a sonreír.

—Kummel para los dos —dijo al camarero y dirigió su atención a un paquetito de papel que había sacado del bolsillo.

—Este momento —dijo—, este momento de la sobremesa es el momento de las pequeñas cosas. He aquí un fragmento de mi sabiduría inédita.

Abrió el paquete con temblorosos dedos amarillos y mostró un poco de polvo rosáceo sobre el papel.

—Esto —dijo—, bueno… tiene que adivinar lo que es. Pero al Kummel póngale sólo una pizca de este polvo… es Himmel.

Sus grandes ojos grises observaron los míos con una expresión inescrutable.

Me disgustó un tanto descubrir que aquel gran maestro dedicara su pensamiento al sabor de los licores. Sin embargo, fingí gran interés por su debilidad, porque estaba lo bastante ebrio para tan pequeña adulación.

Repartió el polvo entre las dos copitas y levantándose súbitamente con extraña e inesperada dignidad, alargó su mano hacia mí. Yo imité su gesto, y las copas tintinearon.

—Por una rápida sucesión —dijo, levantando la copa en dirección a los labios.

—No, eso no —interrumpí apresuradamente—. Eso no.

Se detuvo con el licor a la altura de la barbilla, fulminándome con la mirada.

—Por una larga vida —propuse.

Él dudó.

—Por una larga vida —repitió por fin, con una carcajada repentina, y, con los ojos de uno fijos en el otro, vaciamos las copitas. Su mirada se clavó directamente en la mía y mientras apuraba la bebida noté una sensación curiosamente intensa. Su primer efecto consistió en organizar un enloquecedor tumulto en mi cerebro; me parecía sentir una verdadera agitación física en el cráneo y un bullicioso zumbido me aturdió los oídos. No noté el sabor en la boca, ni el aroma que me inundaba la garganta, sólo vi la intensidad grisácea de su mirada que ardía en la mía. El trago, la confusión mental, el ruido y la agitación en mi cabeza, parecieron durar un tiempo interminable. Impresiones vagas y curiosas de cosas medio olvidadas bailaban y se desvanecían al borde de mi conciencia. Por fin rompió el hechizo. Con un explosivo y repentino suspiro bajó la copa.

—¿Y bien? —dijo.

—Es fantástico —dije, aunque no había saboreado la bebida—.

La cabeza me daba vueltas. Me senté. Mi cerebro era un caos. Luego mi percepción se volvió más clara y minuciosa, como si viera las cosas en un espejo cóncavo. Su actitud parecía haberse vuelto nerviosa y apresurada. Sacó el reloj, haciendo una mueca al ver la hora.

—¡Las siete menos once! ¡Y esta noche tengo que… a las siete y veinticinco… en la estación de Waterloo! Tengo que marcharme de inmediato.

Pidió la cuenta y luchó con el abrigo. Solícitos camareros acudieron en nuestra ayuda. Al instante me estaba despidiendo de él, sobre la portezuela del coche, y todavía con aquella absurda sensación de minuciosa claridad como si… —¿cómo podría expresarlo?— no sólo viera, sino sintiera a través de unos gemelos de teatro invertidos.

—Ese polvo —dijo llevándose la mano a la frente—. No debí habérselo dado. Mañana le hará estallar la cabeza. Espere un momento. Tenga.

Me tendió una cosita plana como polvos de soda.

—Tómelo en agua cuando se vaya a la cama. Lo otro era una droga. Pero cuidado, no hasta que esté a punto de acostarse. Le despejará la cabeza. Eso es todo. Otro apretón de manos… ¡por el futuro!

Apreté su arrugada garra.

—Adiós —se despidió, y por la caída de sus párpados juzgué que él también se hallaba un poco bajo el influjo de aquel licor perturbador del cerebro.

Luego, con un sobresalto, recordó algo más, se palpó el bolsillo del pecho y sacó otro paquete, esta vez un cilindro de la forma y tamaño de un jabón de afeitar.

—Tenga —dijo—. Casi se me olvida. No lo abra hasta que yo regrese mañana… pero cójalo ahora.

Era tan pesado que casi se me cae.

—¡De acuerdo! —dije, y él me sonrió por la ventanilla del coche al tiempo que el cochero despertaba al caballo con un ligero golpe de látigo. Lo que me había dado era un paquete blanco, sellado con lacre rojo en los dos extremos y en el borde.

—Si no es dinero —me dije—, es platino o plomo.

Lo metí en el bolsillo con estudiado cuidado y, con la cabeza dándome vueltas, volví andando a casa sorteando los vagabundos de Regent Street y por las oscuras callejuelas de más allá de Portland Road. Recuerdo las sensaciones de aquel paseo con toda viveza, a pesar de lo extrañas que eran. Todavía era consciente hasta el grado de darme cuenta de mi extraño estado mental y de preguntarme si aquel polvo que había tomado era opio, droga de la que no tenía ninguna experiencia. Me resulta difícil describir ahora la peculiaridad de mi raro estado mental, desdoblamiento mental podría expresarlo vagamente. Mientras subía por Regent Street tuve en la cabeza la extraña convicción de que era la estación de Waterloo, y sentí un raro impulso de meterme en el Politécnico, como alguien que se subiera a un tren. Me froté los ojos y era Regent Street. ¿Cómo podría expresarlo? Ves a un actor consumado que te mira tranquilamente, hace una mueca, ¡y he aquí que es otra persona! ¿Sería demasiado extravagante si os dijera que me parecía que Regent Street había hecho eso por un momento? Luego, persuadido de que volvía a ser Regent Street, me sentí extrañamente confundido por fantásticos recuerdos que me afloraron. Aquí fue donde hace treinta años –pensé– me peleé con mi hermano. Luego estallé en una carcajada para asombro y estímulo de un grupo de noctámbulos. Hace treinta años yo no existía y nunca en mi vida había alardeado de tener un hermano. Aquello seguramente era pura locura, porque el agudo pesar por aquel hermano perdido todavía se aferraba a mí. Por Portland Road, la locura adquirió un nuevo sesgo. Empecé a recordar tiendas desaparecidas y a comparar la calle con la que solía ser en otros tiempos. El pensamiento confuso e inquieto resulta bastante comprensible después de lo que había bebido, pero lo que me tenía atónito eran esos recuerdos, curiosamente intensos y fantasmales que se me habían metido en la cabeza, y no sólo los recuerdos que se me habían metido, sino los recuerdos que se habían salido. Me detuve frente al establecimiento de Stevens, el comerciante de artículos de Historia Natural, y me machaqué los sesos pensando qué tenía que ver conmigo. Pasó un ómnibus, pero hizo exactamente el mismo estruendo que un tren. Me pareció estar sumergido en algún oscuro y remoto pozo de recuerdos.

1888_London. Ilustración de Edee Yiryeong Kim

—Desde luego —dije por fin—, me ha prometido tres ranas para mañana. Raro que lo olvidara.

¿Todavía enseñan a los niños imágenes que se desvanecen? Recuerdo que en ellas una imagen empezaba como un pálido fantasma e iba creciendo hasta desplazar a otra. Y me parecía a mí que exactamente de esa misma manera luchaban en mí un conjunto de nuevas sensaciones fantasmales con las propias de mi ser cotidiano…

Continué por Euston Road hasta Tottenham Court Road perplejo y un poco asustado, y apenas si me di cuenta de la insólita ruta que estaba tomando, pues, por lo general, solía atajar por el entramado de callejuelas intermedias. Doblé por University Street para descubrir que había olvidado mi número. Sólo mediante un gran esfuerzo logré recordar el número 11A e incluso entonces me pareció que era algo que me había contado alguna persona olvidada. Traté de calmarme mentalmente recordando las incidencias de la cena y juro por mi vida que no logré evocar imagen alguna de mi anfitrión; le veía únicamente como un contorno borroso, como uno mismo puede verse reflejado en una ventana por la que está mirando. En su lugar, sin embargo, tuve una curiosa visión de mí mismo, sentado a la mesa, colorado, con los ojos brillantes y locuaz.

—Tengo que tomar este otro polvo —me dije—. Esto se está poniendo imposible. Busqué la vela y las cerillas en el lado equivocado del vestíbulo y me asaltó la duda de en qué descansillo se encontraría mi cuarto.

»Estoy borracho —me dije—, no hay duda —y tropecé innecesariamente en la escalera para apoyar el aserto. A primera vista mi cuarto me pareció poco familiar.

»¡Qué tontería! —exclamé mirando a mi alrededor. Parecí recuperarme con el esfuerzo y la extraña sensación fantasmagórica se trasformó en lo familiar concreto. Allí estaba el viejo espejo con mis notas sobre las albúminas pegadas en una esquina del marco, y mi viejo traje de diario tirado por el suelo. Y, sin embargo, no resultaba tan real después de todo. Sentí un convencimiento estúpido que, como si dijéramos, se me asomaba a la cabeza, de que me encontraba en el vagón de un tren que estaba parándose y yo miraba por la ventanilla a una estación desconocida. Me agarré firmemente a la barra de la cama para darme seguridad.

»Quizá sea clarividencia —dije—. Tengo que escribir a la Sociedad de Investigaciones Psíquicas.

Puse el cilindro en mi tocador, me senté en la cama y empecé a quitarme las botas. Era como si la imagen de mis sensaciones actuales estuviera pintada sobre otra imagen que tratara de solaparse.

—¡Maldita sea! —exclamé—. ¿Estoy perdiendo el juicio o estoy en dos lugares a la vez?

Medio desvestido, eché el polvo en un vaso y me lo bebí. Se puso efervescente y de un color ámbar fluorescente. Antes de acostarme tenía la cabeza ya tranquilizada. Sentí la almohada contra la mejilla y a partir de ahí debí de haberme quedado dormido.

Me desperté bruscamente de un sueño con extrañas bestias y me encontré tumbado de espaldas. Probablemente todos conocen ese sueño emotivo y sombrío del que uno escapa despertando, desde luego, pero extrañamente acobardado. Tenía un curioso sabor en la boca, una sensación de cansancio en los miembros y de malestar en la piel. Me quedé con la cabeza inmóvil sobre la almohada esperando que mi sensación de extrañeza y de terror pasara probablemente para quedarme luego adormilado y dormirme de nuevo. Pero en lugar de eso, las raras sensaciones aumentaron. Al principio no pude percibir nada extraño a mi alrededor. Había una luz débil en la habitación, tan débil que era lo más próximo a la oscuridad, de forma que los muebles destacaban en ella como vagos borrones de oscuridad absoluta. Escudriñé con los ojos justo por encima de las mantas.

Se me ocurrió la idea de que alguien había entrado en la habitación para robarme el cilindro de dinero, pero después de seguir tumbado unos minutos, respirando regularmente para simular estar dormido, me di cuenta de que era pura fantasía. A pesar de todo, la inquietante seguridad de que algo no iba bien me dominó poderosamente. Haciendo un esfuerzo levanté la cabeza de la almohada y miré a mi alrededor en la oscuridad. No podía ni concebir de qué se trataba. Observé las borrosas formas en torno a mí, las oscuridades más y menos intensas que indicaban cortinas, mesa, chimenea, estanterías y así sucesivamente. Entonces empecé a percibir algo poco familiar en las formas de la oscuridad. ¿Se había girado la cama? Allí deberían estar las estanterías, pero en cambio se elevaba algo pálido y cubierto con una sábana, algo que no se correspondía con las estanterías por más que lo mirara. Era con mucho demasiado grande para ser mi camisa tirada sobre una silla.

Sobreponiéndome a un terror infantil, eché atrás las mantas y saqué una pierna de la cama. En vez de salir de la cama directamente sobre el suelo, me encontré con que mi pie apenas si llegaba al borde del colchón. Di otro paso, por así decirlo, y me senté al borde de la cama. Junto a mi cama, sobre la silla rota, debían estar la vela y las cerillas. Extendí la mano y toqué… nada. Moví la mano en la oscuridad y tropezó contra un pesado cortinaje, de textura suave y gruesa, que hizo un ruido como de crujido al tocarlo. Lo agarré y tiré, resultando ser, al parecer, una cortina suspendida sobre la cabecera de mi cama.

Ahora estaba completamente despierto y empezaba a darme cuenta de que me hallaba en una habitación extraña. Estaba pasmado. Intenté recordar las circunstancias de la noche anterior y, curiosamente, ahora las encontré vívidas en mi memoria: la cena, la recepción de los paquetitos, mis dudas sobre si estaba intoxicado, mi lentitud al desvestirme, la frialdad de la almohada contra mi rostro acalorado. Sentí una repentina desconfianza. ¿Había sido anoche o la noche anterior? En cualquier caso esta habitación me resultaba extraña y no podía imaginarme cómo había llegado allí… El contorno pálido y borroso estaba empalideciendo aún más y me percaté de que se trataba de una ventana, con la oscura forma de un espejo ovalado de tocador contra la tenue insinuación del alba que se filtraba a través de la persiana. Me puse en pie y me sorprendió una curiosa sensación de debilidad y de falta de equilibrio. Con mis temblorosas manos extendidas, caminé despacio hacia la ventana, haciéndome, a pesar de todo, una magulladura en la rodilla con una silla que estaba por allí. Palpé alrededor del espejo, que era grande con elegantes candelabros de bronce, en busca del cordón de la persiana. No lograba encontrar ninguno. Por casualidad topé con la borla, y con el chasquido de un resorte la persiana se levantó. Me encontré contemplando una escena que me resultaba absolutamente extraña. La noche estaba nublada, y a través del gris aterciopelado del cúmulo de nubes se filtraba la débil penumbra del alba. Justo en el borde del cielo el dosel de nubes tenía un cerco de color rojo sangre. Debajo, todo estaba oscuro e indistinto, colinas borrosas a lo lejos, una vaga masa de edificios que convergían en pináculos, árboles como borrones de tinta y, bajo la ventana, un entramado de arbustos negros y de senderos gris pálido. Me resultaba tan poco familiar que de momento pensé que aún estaba soñando. Palpé la mesa del tocador. Parecía estar hecha de alguna madera barnizada y estaba surtida de forma bastante esmerada… había encima varios frascos de cristal tallado y un cepillo. Había también un pequeño objeto extraño que, al tacto, parecía tener forma de herradura, con relieves duros y lisos, puesto en un platillo. No pude encontrar ni cerillas ni palmatoria.

 

1920. Ilustración de Nikita Pilyukshin

Volví los ojos de nuevo hacia la habitación. Ahora que la persiana estaba subida, débiles espectros de su mobiliario salían de la oscuridad. Había una enorme cama con cortinajes, y la chimenea situada a sus pies tenía una gran repisa blanca con algo del brillo del mármol.

Me apoyé contra la mesa del tocador, cerré los ojos, volví a abrirlos y traté de pensar. Todo ello era demasiado real para ser un sueño. Me inclinaba a pensar que aún tenía ciertas lagunas en la memoria a consecuencia de la ingestión de aquel extraño licor, que quizá había tomado posesión de mi herencia y que repentinamente había perdido la memoria de todo desde que me habían anunciado mi buena suerte. Tal vez, si esperaba un poco, las cosas volverían a ser más claras. Sin embargo, mi cena con el viejo Elvesham me resultaba ahora singularmente intensa y reciente. El champán, los vigilantes camareros, el polvo y los licores… Habría apostado mi alma a que eso había sucedido hacía pocas horas.

Y luego me sucedió algo tan trivial y sin embargo tan terrible que todavía me dan escalofríos al pensar en aquel momento. Hablé en voz alta. Dije:

—¿Cómo diablos he venido a parar aquí? —pero la voz que habló no era la mía.

No, la voz no era la mía, era fina, farfullaba al articular las palabras, la resonancia de mis huesos faciales era diferente. Entonces, para tranquilizarme, puse una mano encima de la otra y noté los flojos pliegues de la piel, la laxitud ósea de la edad.

—Seguro —dije con aquella horrible voz que de alguna manera se había instalado en mi garganta—, seguro que esto es un sueño.

Casi con la misma rapidez que si lo hiciera involuntariamente, me metí los dedos en la boca. Mis dientes habían desaparecido. Las yemas de mis dedos recorrieron la flácida superficie de una hilera uniforme de arrugadas encías. La consternación y el asco me produjeron náuseas.

Sentí entonces un apasionado deseo de verme, de comprobar inmediatamente en todo su horror la espantosa transformación que me había sobrevenido. Fui tambaleándome hacia la repisa de la chimenea y la tanteé en busca de cerillas. Al hacerlo, una tos perruna brotó de mi garganta y me agarré al grueso camisón de franela que noté que llevaba puesto. Allí no había cerillas, y súbitamente me di cuenta de que tenía frío en las extremidades. Moqueando y tosiendo, lloriqueando un poco tal vez, regresé a tientas hacia la cama.

—Seguro que es un sueño —me dije sollozando mientras me arrastraba—, seguro que es un sueño.

Era una repetición senil. Me puse las mantas sobre los hombros por encima de las orejas y metí la enjuta mano bajo la almohada decidido a conciliar el sueño. Por supuesto que era un sueño. Por la mañana el sueño habría terminado y volvería a despertar fuerte y vigoroso a mi juventud y a mis estudios. Cerré los ojos, respiré con regularidad y, encontrándome desvelado, empecé a repetir despacio la tabla de multiplicar del tres.

Pero lo que deseaba no acababa de llegar. No conseguía dormirme. Y la persuasión de la inexorable realidad de la transformación que había sufrido se hacía cada vez más fuerte. Al poco, me encontré con los ojos abiertos de par en par, la tabla de multiplicar del tres olvidada, y los huesudos dedos en mis encogidas encías. Me había convertido repentina y bruscamente en un viejo. De manera inexplicable había malogrado mi vida y llegado a la vejez, de algún modo me habían robado lo mejor de la vida, el amor, la lucha, la fuerza y la esperanza. Me debatí en la almohada intentando convencerme de que semejante alucinación era posible. Imperceptiblemente, sin pausa, aumentaba la claridad del alba.

Por fin, perdida toda esperanza de conciliar el sueño, me incorporé en la cama y miré a mi alrededor. Una fría penumbra hacía visible toda la habitación. Era espaciosa y estaba bien amueblada, mejor amueblada que cualquier habitación en la que hubiera dormido antes. Una vela y cerillas se volvieron débilmente visibles sobre un pequeño pedestal en un rincón. Quité las mantas y tiritando por la crudeza del amanecer, aunque era verano, me levanté y encendí la vela. Entonces, temblando horriblemente, tanto que el apagador vibraba en su alcayata, avancé tambaleándome hacia el espejo y vi… ¡la cara de Elvesham! Y no resultaba menos horrible porque vagamente me lo hubiera temido. Él ya me había parecido físicamente débil y digno de lástima, pero visto ahora, vestido solamente con un camisón de basta franela que se abría revelando el correoso pescuezo, visto ahora como mi propio cuerpo no puedo describir su desolada decrepitud. Las hundidas mejillas, los dispersos mechones de sucio pelo gris, los nublados ojos catarrosos, los labios temblorosos y encogidos, el inferior luciendo un viso rosáceo del revestimiento interno, y aquellas espantosas encías negras que quedaban a la vista. Vosotros, que sois cuerpo y alma juntos en vuestra edad natural, no podéis imaginar lo que significó para mí este diabólico encarcelamiento. Ser joven y estar rebosante del deseo y de la energía de un joven y verse atrapado y al poco aplastado en esta tambaleante ruina corporal… Pero me estoy desviando del curso de mi relato. Durante algún tiempo debí de quedarme aturdido por esta transformación que me había sobrevenido. Era ya de día cuando logré por fin reunir fuerzas para pensar. De alguna forma inexplicable había sido transformado, pero de no ser por magia, no sabía cómo se había realizado. Y mientras pensaba, se me vino a la cabeza la diabólica inventiva de Elvesham. Me pareció evidente que de la misma manera que yo me encontraba en el suyo, él tenía que estar en posesión de mi cuerpo, es decir, de mi fuerza y de mi futuro. Pero ¿cómo demostrarlo? Entonces, mientras pensaba, el hecho me pareció tan increíble, incluso a mí, que me dio vueltas la cabeza y tuve que pellizcarme, palpar mis desdentadas encías, mirarme al espejo y tocar los objetos a mi alrededor, antes de poder calmarme para volver a enfrentarme a los hechos de nuevo. ¿Acaso toda la vida era una alucinación? ¿Era yo realmente Elvesham y él yo? ¿Había estado soñando con Eden la noche pasada? ¿Existía algún Eden? Pero si yo era Elvesham, debería recordar dónde había estado la mañana anterior, el nombre de la ciudad en la que vivía, qué había sucedido antes de que empezara el sueño. Luché con mis pensamientos. Recordé el extraño desdoblamiento de mis recuerdos la noche pasada. Pero ahora tenía la mente clara y podía evocar no el fantasma de un recuerdo cualquiera, sino aquéllos propios de Eden.

—¡Me voy a volver loco! —grité con la voz chillona. Me puse de pie tambaleándome, arrastré mis endebles y pesados miembros hasta el palanganero y sumergí mi canosa cabeza en una palangana de agua fría. Luego, secándome con una toalla, volví a intentarlo. No sirvió de nada. Sentía, sin ninguna duda, que yo era realmente Eden, no Elvesham. Pero ¡Eden en el cuerpo de Elvesham!

Si hubiera sido un hombre de cualquier otra época, me habría abandonado a mi destino de persona embrujada. Pero en estos tiempos de escepticismo los milagros no se aceptan como algo corriente. Aquí había algún truco psicológico. Lo que podía hacer una droga y una mirada fija, podía seguramente deshacerse con una droga y una mirada fija o con algún tratamiento similar. Antes ha habido hombres que han perdido la memoria. Pero ¡intercambiar los recuerdos como quien intercambia paraguas! Me reí, aunque, ¡ay de mí!, no con una risa saludable, sino con una risita asmática y senil. Puede que me imaginara al viejo Elvesham riéndose de mi súplica, y una racha de rabia petulante, insólita en mí, barrió mis sentimientos. Empecé a vestirme impacientemente con la ropa que encontré tirada por el suelo, y sólo cuando me hube vestido me percaté de que lo que me había puesto era un traje de etiqueta. Abrí el armario y encontré ropas de diario, un par de pantalones a cuadros y una bata anticuada. Me puse una venerable chistera sobre mi venerable cabeza y, tosiendo un poco a causa de los esfuerzos, salí tambaleándome al descansillo.

Eran entonces, quizá, las seis menos cuarto, las persianas estaban completamente cerradas y la casa muy silenciosa. El descansillo era espacioso, y una escalera ancha y ricamente alfombrada bajaba hasta la oscuridad del vestíbulo y, ante mí, una puerta entornada me mostraba un escritorio, una estantería de libros giratoria, el respaldo de un sillón de despacho y un magnífico conjunto de libros encuadernados, estante sobre estante.

—Mi despacho —murmuré cruzando el descansillo. Entonces, al oír mi voz se me ocurrió una idea. Volví al dormitorio y me puse la dentadura postiza. Se deslizó en mi boca con la naturalidad de un viejo hábito.

—Eso está mejor —dije, haciéndola rechinar mientras regresaba al despacho.

Los cajones del escritorio estaban cerrados con llave. La tapa superior abatible también lo estaba. No había señales de las llaves y no había ninguna en los bolsillos de mis pantalones. Regresé inmediatamente al dormitorio y registré el traje de etiqueta y después los bolsillos de todas las prendas que pude encontrar. Estaba muy impaciente, y se diría que habían entrado ladrones a juzgar por el estado en que había quedado mi habitación cuando terminé. No sólo no había llaves, sino ni siquiera una moneda ni un trozo de papel, salvo únicamente el recibo de la cuenta de la cena de la noche anterior.

Entonces un curioso cansancio se apoderó de mí. Me senté y miré las prendas tiradas por aquí y por allí, con los bolsillos vueltos hacia fuera. Mi frenesí inicial ya se había disipado. A cada momento empezaba a darme cuenta de la inmensa sagacidad de los planes de mi enemigo, a ver, cada vez con mayor claridad, lo desesperado de mi situación. Haciendo un esfuerzo me levanté y volví apresuradamente al despacho. En la escalera había una criada subiendo las persianas. Se quedó mirando fijamente, creo yo, la expresión de mi cara. Cerré la puerta del despacho tras de mí y, cogiendo un atizador, empecé a arremeter contra el escritorio. Así es como me encontraron. La tapa superior del escritorio estaba resquebrajada, la cerradura destrozada, las cartas arrancadas de sus casilleros y tiradas por toda la habitación. En mi rabia senil había tirado al suelo las plumas y otros utensilios ligeros de escritorio y derramado la tinta. Además, sin saber cómo, se había roto un gran jarrón que estaba encima de la repisa de la chimenea. No pude encontrar ni talonario de cheques, ni dinero, ni ningún rastro de la más insignificante utilidad para la recuperación de mi cuerpo. Estaba golpeando frenéticamente los cajones, cuando el mayordomo, con el apoyo de dos criadas, me interrumpió.

Ésa es sencillamente la historia de mi transformación. Nadie creerá mis frenéticas declaraciones. Me tratan como a un demente e incluso en este momento estoy bajo vigilancia. Pero estoy cuerdo, absolutamente cuerdo y para demostrarlo me he sentado a escribir esta historia minuciosamente, tal y como me sucedió. Apelo al lector para que diga si hay algún indicio de demencia en el estilo o en el método de la historia que ha estado leyendo. Soy un hombre joven encerrado en el cuerpo de un viejo. Pero la realidad del hecho les resulta increíble a todos. Naturalmente que les pareceré demente a aquellos que no crean esto, naturalmente que no conozco el nombre de mis secretarios, ni el de los doctores que vienen a verme, ni el de mis criados y vecinos, ni el de esta ciudad —dondequiera que esté— en la que me encuentro. Naturalmente me pierdo en mi propia casa y sufro incomodidades de toda índole. Naturalmente hago las preguntas más extrañas. Naturalmente lloro y grito y padezco paroxismos de desesperación. No tengo ni dinero ni talonario. El banco no quiere reconocer mi firma porque supongo que, teniendo en cuenta la endeblez de los músculos que ahora tengo, mi letra es aún la de Eden. La gente que me rodea no me permite ir al banco personalmente. Desde luego parece como si no hubiera ningún banco en esta ciudad y que tengo una cuenta en alguna parte de Londres. Parece que Elvesham le ocultó el nombre de su abogado a todos los suyos —no puedo asegurar nada—. Elvesham era, por supuesto, un profundo estudioso de las ciencias mentales y todas mis declaraciones de los hechos del caso no hacen sino confirmar la teoría de que mi demencia es la consecuencia de una cavilación excesiva sobre la psicología. ¡Sueños sobre la identidad personal, ciertamente! Hace dos días yo era un joven sano con toda la vida por delante. Ahora soy un viejo furioso, desgreñado, desesperado y desgraciado que merodea por una gran mansión, lujosa y extraña, vigilado, temido y evitado como un lunático por todos cuantos me rodean. Y en Londres está Elvesham comenzando de nuevo la vida en un cuerpo vigoroso y con todos los conocimientos y la sabiduría acumulada durante setenta años. Me ha robado la vida.

Lo que ha sucedido, no lo sé con claridad. En el despacho hay volúmenes de notas manuscritas referentes principalmente a la psicología de la memoria y fragmentos de lo que podrían ser o bien cálculos o bien cifras en símbolos absolutamente extraños para mí. En algunos pasajes hay indicios de que también se ocupaba de la filosofía de las matemáticas. Supongo que ha transferido la totalidad de sus recuerdos, la acumulación que constituye su personalidad, desde su viejo cerebro marchito al mío y que, de modo similar, ha transferido el mío a su desechado habitáculo. Es decir, prácticamente ha intercambiado los cuerpos. Pero cómo puede ser posible semejante intercambio, está fuera del alcance de mi filosofía. He sido un materialista durante toda mi vida pensante, pero he aquí, repentinamente, un caso claro de la posibilidad de separación del hombre de la materia.

Estoy a punto de intentar un experimento desesperado. Estoy aquí sentado escribiendo antes de llevar a cabo mi propósito. Esta mañana, con la ayuda de un cuchillo de mesa del que me había apoderado en secreto durante el desayuno, logré forzar un cajón secreto, aunque bastante obvio, de este escritorio destrozado. No descubrí nada excepto una pequeña ampolla de cristal verde que contenía un polvo blanco. Alrededor del cuello la ampolla tenía una etiqueta sobre la que estaba escrita esta palabra: Liberación. Puede que sea… lo más probable es que sea veneno. Comprendo que Elvesham haya puesto veneno en mi camino y aseguraría que su intención era la de librarse del único ser viviente que podría atestiguar en contra suya de no haber sido por este cauteloso ocultamiento. Este hombre ha resuelto prácticamente el problema de la inmortalidad. A no ser por los avatares del azar, vivirá en mi cuerpo hasta que envejezca y entonces, desechándolo de nuevo, asumirá la juventud y la fuerza de alguna otra víctima. Cuando uno recuerda su crueldad, resulta terrible pensar en la creciente experiencia que… ¿Cuánto tiempo lleva saltando de un cuerpo a otro?… Pero estoy cansado de escribir. El polvo parece soluble en agua. El sabor no es desagradable.

Portada de los Cuentos completos de H. G. Wells (Valdemar)

 

Ahí termina la narrativa encontrada sobre el escritorio del señor Elvesham. Su cadáver yace entre el escritorio y el sillón. Este último había sido empujado hacia atrás, probablemente a causa de sus últimas convulsiones. La historia estaba escrita a lápiz con letra de demente muy distinta de sus minuciosos caracteres usuales. Sólo quedan dos hechos curiosos por registrar. Indiscutiblemente existió alguna relación entre Eden y Elvesham, puesto que todas las propiedades de Elvesham fueron legadas al joven. Pero jamás heredó. Cuando Elvesham se suicidó, Eden, por extraño que parezca, ya había muerto. Veinticuatro horas antes había sido atropellado y muerto en el acto por un coche, en el abarrotado cruce de la intersección de Gower Street con Euston Road. Así, el único ser viviente que podría haber arrojado luz sobre esta fantástica narración está más allá del alcance de las preguntas.