En El libro de Joan, de Lidia Yuknavitch, los códigos interpretativos, los niveles de lectura, los textos y subtextos que se cruzan en su construcción, o la filosofía moral que defiende con sus ideas, la convierten en una novela atípica respecto a la norma dominante. Además, exige al lector una participación en la interpretación de los mensajes.

Girl With Wood and Mecha Arm. Ilustración de Chloe Veillard

La literatura de ideas tiene en el simbolismo y la metáfora sus dos principales herramientas. Con ellas se han construido inmensos bosques filosófico-narrativos, entre los que destaca, como obra clave de la cultura occidental, la Utopía (1516) de Tomás Moro. El autor parece tener a su disposición en este tipo de narrativa una mayor autonomía creativa, pues la técnica le confiere mayores posibilidades para disponer a su gusto de universo y trama, temas e hilos argumentales. Pero esto es un espejismo.

Conviene tener siempre presente que la literatura exige a un lector, o sea, a un decodificador de los símbolos y las metáforas, a un deconstructor de sus significados potenciales y reales. El lector es el límite final de cualquier obra de ideas. A partir de los códigos compartidos se produce la comunicación. La literatura surge, entonces, de un universo finito de posibilidades. Y la libertad creativa resulta ser más un mito que una realidad.

Lidia Yuknavitch (USA, 1963) lo sabe bien. Pues en El libro de Joan (Alpha Decay, 2018; originalmente publicada en 2017) erige una novela de ideas construida y desarrollada a partir de la inteligente y osada organización de distintos códigos compartidos de lenguaje y pensamiento (filosofía moral, religión y mitología, psicología social y ciencia política…). Crea su universo ficcional cruzando estos códigos, con la ciencia-ficción y sus tropos como marco narrativo en el que encajarlos y dotarlos de sentido. Los superpone en todos y cada uno de los distintos niveles de lectura del texto. Juega con ellos, utilizando la hibridación de ideas y la relación de contenidos para reforzar los distintos hilos argumentales; hace sonar con distinto tono la misma nota, pretendiendo, así, alcanzar la comprensión del mayor número de personas posibles.

El mayor riesgo de esta decisión creativa es la saturación y, con ella, la desfiguración. Un código compartido permite la comunicación, pero el uso simultáneo o sucesivo de varios de ellos, podría crear una confusión o un ruido capaz de dificultarla o de impedirla. El cuidado con el que se debe organizar el texto es máximo. Y, aun consiguiéndolo, tampoco resulta sencillo que durante la lectura se pueda detectar con justicia el talento ejercido por quien, enfrentándose a una dificultad máxima en el diseño de la trama de una historia, consigue alcanzar al final un resultado coherente, un tono narrativo sostenido y un perfecto manejo del ritmo.

Por si este riesgo de incomprensión fuese poco, tenemos también otro peligro asociado: el del mensaje difuso. La comprensión de los códigos no nos garantiza una correcta decodificación. Tener todas las claves para llegar a comprender algo no asegura ni una correcta decodificación ni una correcta comprensión de los significados decodificados. Es este riesgo, fundamentalmente, el que explica por qué es tan infrecuente la novela de ideas en cualquier marco literario. Estamos, posiblemente, ante uno de los textos más complicados de planificar, organizar y desarrollar. Y aun haciendo un magnífico trabajo, como el que tenemos aquí, nada hay cierto sobre su resultado último.

Pero seamos positivos. De este riesgo se extrae también una ventaja: la posibilidad de usar esas múltiples lecturas, esas decodificaciones heterogéneas, esas distintas posibilidades interpretativas, para generar un debate. He aquí el objetivo último: no se trata sólo de una exposición de ideas sin más, sino de encajarlas dentro de un marco de pensamiento más general con la suficiente credibilidad como para generar una discusión pública alrededor de su viabilidad, factibilidad y posibilidades. ¿Lo consigue Yuknavitch? Sin duda.

Desert Nomad- Narrative. Ilustración de Harry Sussams

Crítica a la humanidad: deconstrucción y despiece

La trama nos lleva a un tiempo remoto, post-apocalíptico, donde la humanidad se encuentra dividida en dos espacios separados cada uno por una forma de entender su existencia y su relación con aquello que los rodea. A la CIEL, una estación espacial orbital construida a partir de otras naves y restos espaciales se ha mudado una humanidad tecnificada, físicamente modificada, funcionalmente mejorada, pero también impotente. Sus cuerpos han perdido la capacidad de procreación. El deseo y el sexo han pasado a ser comportamientos proscritos, no se sabe si como causa de la mejora (soberbia) o como consecuencia de la impotencia (trauma). Y su gobierno pertenece ahora a un sátrapa, Jean de Men, adorado por sus seguidores y perseguidor de sus críticos.

En la Tierra, mientras tanto, un geocataclismo inesperado, causante de la huida de la humanidad hacia la CIEL y de su repentina tecnificación funcional, ha dejado tras de sí miles de millones de muertos, un planeta devastado y un paisaje brutalmente transformado. Sólo unos pocos grupos humanos desperdigados buscan sobrevivir, de cualquier manera, yendo de aquí para allí cual nómadas, protegiéndose y viviendo sobre todo en cuevas y cavernas. Lejos de rendirse, esta humanidad busca sobrevivir y salir adelante, a pesar de los abusos y la brutal explotación ejercida desde la CIEL, confiando su porvenir en Joan de Dirt, mujer misteriosa y figura cuasi mítica, la antítesis a Jean de Men.

De la relación dialéctica entre la humanidad tecnificada de la CIEL (o “ascendida”, como ellos se refieren a este proceso) y la humanidad terrestre decadente (incapaz de adaptarse a los cambios repentinos), surge la tensión narrativa que es, a la postre, el motor de la novela. A que nos demos cuenta de que no se trata de tomar partido por una u otra posición, sino de detectar una tensión entre ellas y de definir una síntesis contra ambas alternativas, contribuye decisivamente ese tono de perenne insatisfacción que posee la voz narradora en todo momento, con independencia de a quien pertenezca esta voz (sea a Christine, una habitante de la CIEL opositora a Jean de Men, o a Joan de Dirt, antítesis al dictador de las estrellas). Desde el principio queda claro que, sea cual sea la posición existencial que se adopte de las dos, la síntesis está en otra parte. La definición de esta síntesis es lo que motiva, en último término, tanto a Joan de Dirt como a Christine para oponerse y derrocar a Jean de Men.

El desarrollo de la novela resulta ser, entonces, un camino de exploración filosófica respecto al ser humano y su existencia desde dos perspectivas. Exterior, porque las distintas voces narradoras (sean en primera o en tercera persona), al definir la lucha entre la tesis y la antítesis, nos describen los aspectos de actitud y comportamiento que explican los motivos de haber llegado hasta esta situación. E interior, porque estas mismas voces también exploran los problemas morales que han causado y justificado estas actitudes y comportamientos, además de reflexionar sobre los errores cometidos y las alternativas existentes.

Esta tensión posee una innegable contemporaneidad. Encima de la mesa del debate público están los riesgos latentes, y los peligros nada desdeñables, a los que nos vemos expuestos por nuestra forma temeraria de relacionarnos con el medioambiente y la tecnología. Pero, cuando se trata de reflexionar sobre los errores y las alternativas, punto central de la novela, no cabe duda de que el texto de Lidia Yuknavitch aporta una inusual e interesante perspectiva.

Según ella, “todo es materia”. El universo forma un todo, con sus conexiones y derivaciones. Tanto a nivel cuántico como geoespacial, independientemente de la escala a la que se observe, la materia está conectada, forma parte de un mismo sistema. Siendo así, la tensión dialéctica entre “ascendidos” y “terrestres” a través de su cuerpo —y sus funciones— no tiene una trascendencia real, se trata más bien de una relación fetiche: a las funciones corporales (con la fecundidad y la procreación en la cúspide) se le asigna una importancia superior, casi mágica, y por tanto imprescindible e inherente a la existencia del ser. En consecuencia, la crisis o falta de estas funciones castra al ser, lo hace considerarse inútil, quizás incluso inexistente (pues proyecta en la reproducción sus posibilidades de ser a lo largo del espacio y del tiempo).

Por el contrario, Yuknavitch elabora una trama central donde, en la relación del cuerpo con la realidad, las funciones pierden su valor fetiche. Su perspectiva del ser relativiza su importancia. Dota a las funciones corporales de un rol secundario dependiente de la voluntad del ser, una voluntad que valora, por encima de cualquier otra cosa, la calidad de la experiencia, de la buena vida, del amor y la amistad, del respeto y la convivencia. Y no sólo: la novela también elabora un análisis sucinto de cómo ha llegado el ser humano a establecer una relación fetiche con su cuerpo y a olvidar la importancia que para vida humana tiene todo aquello que la dota de sentido.

Nomadic Domains. Ilustración de Hary Sussams

En este relato alternativo, la muerte resulta ser una fase de transición de la materia entre sus distintos estados dentro de un ciclo constante e imparable, y no una ruptura o un trauma. La vida posee un sentido físico, material, por lo que la idea de Dios queda descartada como un residuo metafísico y mitológico-cultural. En un sentido amplio, se rompe todo tipo de relación fetiche: no sólo con el cuerpo y su visión orgánico-funcional, sino también con otros fetiches contemporáneos como la mercancía (dentro de una crítica al sistema productivo que rompe la relación del ser con la vida), el placer hedonista (que sustituye al sentido de la vida por el placer inmediato) o la ansiedad de las relaciones sociales extensivas (que ha reemplazado el tener buenos amigos por tener muchos “amigos”), entre otros.

El libro de Joan es, por tanto, un relato humanista esencialista donde las relaciones y su sentido ocupan el primer plano. Las cuestiones de género y sexualidad pierden trascendencia. Todas son igualmente relevantes, sin sancionar un sexo o una sexualidad por encima de ninguna otra, pues el ser humano es uno con la naturaleza y la demás materia. Siendo así, esta humanidad debe apostar por la auto-reflexividad, por el juicio de conciencia y por la empatía ante su tendencia a romper esta unidad, a desligar su humanidad de lo que rodea al ser: se es humano en cuanto se pertenece al uno. Cualquier otra vía supone romper el ciclo, romper el uno del ser con la materia. En esta ruptura se encontraría ahora la humanidad, desligada por la vía de la especificidad humana (de la que es reflejo la decadente vida humana en la Tierra) o por la vía de la diferenciación tecnificada (la “ascensión” del ser que vive en la CIEL).

La humanidad podrá superar sus problemas respecto al ser cuando, por la vía de la auto-reflexividad y el aprendizaje, se dirija hacia la comunión unitaria con el resto de la materia.

Un texto mutante

El libro de Joan es una novela retadora. Su disposición de los códigos interpretativos, los niveles de lectura, los textos y subtextos que se cruzan en su construcción, o la filosofía moral que defiende con sus ideas, hacen de ella una novela atípica respecto a la norma dominante en el mercado editorial. Además, exige al lector una participación en la interpretación de los mensajes. Y aún así, puede llegar a mostrarse esquiva o indomable pues, al añadir constantemente información trascendental nueva, muta sus significados, cambia su apariencia, llegando a mostrar por veces algunos reflejos momentáneos de algo que no es.

La necesidad de ordenar toda esta ambición interpretativa explica su final trepidante, repentino, casi inesperado, así como sus dos últimos capítulos, percibidos más como un epílogo clarificador que como una parte de la trama. Aún así, sigue siendo una buena novela de ideas, original e interesante, donde el marco de la ciencia-ficción aporta su grano de arena en la construcción de una de las perspectivas humanistas más refrescantes de los últimos tiempos. Sólo por eso merece ya nuestra atención.

Aviso para navegantes: los seguidores más canónicos del género corren el riesgo de no verse del todo convencidos. Por su extremada originalidad, rompe con algunos de los códigos más asentados del género, sirviendo así más como marco interpretativo que como base para la trama y/o el argumento. Con todo, responde a las exigencias clásica de una ficción científica que utiliza los marcos de la técnica para explorar ideas más allá de lo convencional. Algo que a cualquier aficionado a la ciencia-ficción le encanta.