Jennifer Morgue, de Charles Stross, es el segundo episodio de Los expedientes de La Lavandería, además de novela notablemente irregular. Stross no aprovecha la potencia del texto, que desarolla magníficamente las escenas de acción frenética, ni su tono irónico y socarrón. Es un buen homenaje a las historias de espías tipo James Bond y una más que estupenda elección como lectura veraniega.

Ilustración de portada de la edición de Insólita, por Thomas Walker

Ya tenemos disponible, por fin, la segunda entrega de la serie Los expedientes de La Lavandería, de Charles Stross: Jennifer Morgue (Insólita Editorial, 2019; originalmente publicada en 2006), protagonizada, nuevamente, por el agente especializado en nigromancia y ciencias ocultas Robert Oliver Francis Howard o “Bob” Howard, como es más conocido. Una especie de trasunto dopado de nuestro autor: amante de los gatos, experto en Ciencias Informáticas, enamorado de su fiel Mo, desesperado con la austeridad y los absurdos de la agencia gubernamental para la que trabaja —y que, también en esta entrega, le traerá nuevos y exasperantes problemas— pero, a la vez, encantado con la faceta más divertida de su trabajo.

En esta ocasión, la misión encomendada es la de acercarse al excéntrico millonario Ellis Billington e intentar averiguar sus intenciones respecto a un misterio que se esconde en las profundidades del océano. Porque Jennifer Morgue no es otra cosa que el nombre recibido por un extraño objeto depositado en las profundidades abisales de la Tierra y que, intentado rescatar en su día, mostró una extrañamente persistente capacidad para defenderse activamente de las intenciones de sus captores. Al mismo tiempo, aunque de forma sucinta y siempre poco clara, se nos sugiere que en aquellas honduras podría vivir algún tipo de civilización o cultura alienígena. El misterio sugerido de inicio nos parece interesante y muy atractivo.

Este punto de partida, propio de las novelas fantásticas y de ciencia-ficción, se complementa con otro que, en sí, es un homenaje a las novelas de espionaje y, en concreto, al James Bond de Ian Fleming. Por eso, para participar del texto, el lector debe de tener siempre presente a este personaje, ponerlo en valor y hacer un esfuerzo por comprender su adaptación a los valores de la contemporaneidad. La novela se sirve de esteos moldes, no sin utilizar una fuerte dosis de ironía y sentido del humor, llegando a rozar a veces la sátira y el esperpento.

Tal es el homenaje que un elemento central de la trama es el geis de la mitología británica: un encantamiento a partir del que se podría obligar o prohibir a alguien a hacer (o no) algo. Aquí, este concepto se une inteligente y coherentemente con los de “arquetipo” y “trama” para situar a nuestro Bob Howard en un papel para el que ni él mismo se cree apto: el del inteligente y atractivo agente secreto, convertido ahora en un extraño y estrambótico informático experto en artes oscuras, más técnico que otra cosa, y con escasas habilidades sociales, sobre todo con las mujeres. Tal es así que muchos lectores podrían preguntarse si Howard es una antítesis o una revisión, o si se trata de una sátira o más bien de un homenaje: en Fabulantes nos quedamos con la visión positiva y el tributo evidente.

Deep Sea Concept Art. Ilustración de C_cijr

Para que el homenaje esté completo completo necesitamos, claro, a una chica Bond, llamada en este caso Ramona Random, una entidad demoníaca de otra agencia, la Cámara Negra. Con ella colaborará Bob de forma muy próxima e íntima, hasta llegar a jugar con el concepto de la física cuántica de “entrelazamiento”, a través del cual se unirán sus personalidades, cuerpos y mentes en una simbiosis original que nos depara alguno de los momentos más ágiles, sorprendentes, mejor narrados y más interesantes de la novela.

Una vez presentados los elementos esenciales, la trama transcurre de una forma bastante tópica y poco original porque sigue, poco más o menos, un esquema clásico en una novela de espías. De hecho, el carácter fantástico de la novela dependerá, en especial manera, de los personajes principales y sus características. Por eso, el autor dedica un especial esfuerzo a la descripción y definición de estos personajes hasta llegar a convertirlos a veces, a base de su insistencia y repetición en estas variables, casi en una caricatura de sí mismos. De esta manera, los aplana a base de un uso exagerado del histrionismo y el exceso, de forma poco justificable y difícilmente entendible. La intensidad de esta exageración es tal que, incluso, llega a afectar al protagonista absoluto de la serie.

Al centrarse tanto en los personajes, además, la novela pierde de vista a la trama y, especialmente, su leitmotiv, Jennifer Morgue. Quizás se piense que con el capítulo introductorio quede todo explicado o parezca justificación suficiente, pero nada más lejos de la realidad: los sucesos van introduciendo bien claves que apenas se despejan, bien nuevos personajes relevantes que se articulan de mala manera en el conjunto, o bien se aportan nuevos datos que quedan colgando sin un contexto o un marco comprehensivo que nos permita darle a todo un sentido. Por eso, la lectura se hace a veces desconcertante, incapaces como somos de encajar los hechos nuevos con lo que ya sabemos, de forma que a veces las circunstancias toman el control hasta el punto de darnos la sensación de estar saltando, casi, de la novela al guion cinematográfico de una película de acción.

Ni siquiera el marco de La Lavandería, que tenemos definido ya del pasado, sirve para suplir esta carencia. Como tampoco parece que se sepa aprovechar el estupendo contexto de esta entrega, de enorme potencial, lo que convierte, por desgracia, a Jennifer Morgue en una novela notablemente irregular. Entre sus pros, conviene resaltar la potencia del texto en cuanto ejercicio de estilo, como se manifiesta en las escenas de acción frenética o en aquellas otras donde se pone en riesgo la vida de los personajes. Es también una novela poderosa en cuanto al uso del tono, sobre todo cuando se saca la ironía más afilada y la socarronería más gamberra. y es asimismo hábil en el manejo del ritmo narrativo, con unas transiciones prácticamente imperceptibles cuando se producen intensos cambios de ritmo.

Pero, a la vez, se trata de un libro débil en la construcción de su trama, a la que se deja numerosas veces de lado, hasta el punto de perder el hilo. Posee un elenco de personajes esencialmente plano, donde se maltrata hasta a su protagonista, capturado por el geis hasta mucho más allá de lo que sería deseable. Y tanto su principio como su final se muestran poco relevantes, prototípicos, innecesarios y, por momentos, desesperantemente aburridos.

Eso sí, el homenaje a Bond funciona perfectamente. Y la editorial Insólita lo refuerza al acompañar a la novela, como colofón, con el relato corto “Pimpf” y con el ensayo breve “La edad de oro del espionaje” -ambas piezas también insistentes con este recordatorio bondiano-. No obstante, el intento de introducir referencias metaliterarias se diluye en la paradoja de no ser capaces, al final, de liberar a la novela de los muchos corsés narratológicos con los que su autor la ha maniatado.

Con todo, Jennifer Morgue es un divertimento digno, sin pretensiones, con momentos sobresalientes y excelentes, dentro de un conjunto que no sabe estar a la altura de los grandes momentos que a veces nos regala. Estamos, por tanto, ante un libro ligero, excelente para los días de verano que se aproximan.