Yūrei: Los fantasmas de Japón, de Zack Davisson, es un recorrido por las costumbres fantasmagóricas del País del Sol Naciente, un tour que se detiene en contarnos con amenidad y claridad cómo sienten sus muertos los japoneses, y qué debemos esperar de ellos.

Las imágenes que acompañan este artículo han sido cedidas por Satori Ediciones, y son parte de la amplia y rica galería de ilustraciones que componen el volumen reseñado.


Maruyama Ōkyo, Tsukioka Yoshitoshi: Oyuki se le aparece al pintor japonés Ōkyo, que la imaginó, en esta vívida imagen de uno de los artistas de cabecera especialiado en xilografías.

No es frecuente encontrar a autores que escriban sobre fantasmas desde el contacto. Zack Davisson es una de esas raras excepciones: vivió en una casa encantada durante siete meses de su último año en Japón. Fue en Ikeda, una pequeña localidad cercana a Osaka: Davisson y su esposa habitaron en un destartalado y barato edificio de madera de dos pisos, que era considerado vivivienda de interés cultural. Por las descripciones ofrecidas, no es difícil imaginarlo como el lugar elegido por Hideo Nakata para ambientar su versión de Dark Water, con sus escaleras desvencijadas, sus puertas cochambrosas, sus pasillos de luz menguante siempre a punto de apagarse de golpe. En aquella casa, los sonidos incomprensibles y rítmicos no tardaron en sucederse desde el primer día, así como extrañas manchas en las paredes que no desaparecían por muy fuerte que se frotaran. Cuando recibían visitas japonesas, sus huéspedes, invariablemente, afirmaban con la tranquila convicción de una certeza: “Ah….yūrei ga deteru” (“Aquí hay un yūrei”).

Ciertamente, la anécdota es colorida. Pero también tiene un enorme poder de evocación, pues alude a la potente creencia de los japoneses en fantasmas. Éstos forman parte de su cultura casi tanto como de su paisaje; como Davisson se encargará de demostrar en Yūrei: Los fantasmas de Japón (Satori Ediciones, 2019) son hasta parte esencial de su narrativa. Davisson no es tampoco un escéptico. Sus páginas transmiten un convencimiento, aunque no resuenan a la nueva fe abrazada por un converso. Más bien su posición es la del sereno reconocimento de una realidad incontrovertible. Para entenderlo, es preciso citar a Lafcadio Hearn (mencionado por Davisson), el occidental pionero en intentar hablar de fantasmas japoneses: “Si se ignora la relación de los japoneses con los yūrei, esto es, con sus muertos, uno jamás podrá comprender Japón”. Yūrei: Los fantasma de Japón es por lo tanto un libro sobre los cimientos más hondos, sobre las intimidades, del País del Sol Naciente.

Todo comenzó tras visionar The Ring (1998), también de Nakata. La imagen de Sadako Yamamura saliendo del pozo y también de un televisor activó, como la magdalena de Proust, el recuerdo de una imagen de infancia: la del joven Davisson asustándose con un yūrei-e (una ilustración sobre fantasmas) encontrada en un libro temático regalado por la madre. En ese preciso momento, el cazador de fantasmas latente pugnó por abrirse paso desde su interior. En su biografía, Davisson es definido de muchas maneras (como doctor por la universidad de Sheffield, traductor de Sakoshi Kon para el sello Image, o administrador de una página especializada), pero todas las personalidades posibles convergen en una única dirección: la de su nada disimulada pasión por los fantasmas japoneses, de los que se considera un experto. Su libro lo atestigua.

Davisson lo escribe de una manera amena y sencilla, con un estilo fácil y asequible, cercano a la síntesis del lenguaje del cómic. Ejerce de guía de un tour fantasmal, aunque su voz, siempre en off, nos remite a la del documental. Davisson es David Attenborough y también John Hurt en Planeta humano, impasible y seguro refiriendo sus enseñanzas con una erudición que nunca molesta. Su técnica narrativa recuerda un poco a la de Rafael Llopis en Historia natural de los cuentos de miedo: cada breve capítulo tiene casi la forma de un capítulo independiente, y todos, cuando se cosen, forman un corolario coherente, autoreferencial y, conforme va avanzándose en la lectura, más elaborado. Los primeros capítulos, introductorios, contextulizan mucha de la información que luego va a desarrollarse, y los intermedios y finales ya presentan fantasmas y situaciones con la confianza con la que se habla de un antiguo conocido. La estructura del libro está pensada para no apabullar, y la información brindada para que permanezca en la memoria del lector no familiarizado; en total, el ensayo consta de doce capítulos más una selección de relatos que “refuerzan la teoría”.

Nuevo dibujo de Tsukioka, esta vez sobre Yugao, víctima de la vengativa dama Ōkyo, el espíritu vengativo citado en La historia de Genji (XI d. C.), obra cumbre de la literatura japonesa.

El autor empleó ocho años en escribirlo, desde que la primera aparición de Sadako alterara su sueño. Una tesis gravita, como un ashinonai (el fantasma sin pies prototípico de la cultura japonesa), durante todo el libro: “El yūrei es una criatura bastante incomprendida en Occidente —escribe Davisson— Se les denomina generalmente fantasmas japoneses, pero es un error, no son simples fantasmas, (pues) tras estas simples palabras hay una extensa tradición” (página 13). Los fantasmas del Japón no pueden entenderse desde la óptica occidental, porque el fantasma occidental tiene todo el aspecto de un artificio narrativo; es “una figura informe que se ajusta a las necesidades del momento, y que puede ser empleada para suscitar sentimientos tan dispares como el miedo, el humor, o incluso el amor o la reparación” (14). Así, mientras el fantasma occidental se ajusta a la caprichosa conveniencia de sus autores, el yūrei es algo tangible, pero en el sentido de profundamente real. El japonés está obligado a creer en fantasmas.

Su propia tradición le obliga a ello: durante tres días de agosto, que varían en función de la región, los habitantes del país honran a sus difuntos en la festividad de Obon, también conocida de “Las lámparas”, por los objetos empleados para guiar a los muertos en su tránsito. Es una fiesta impactante, alegre y de recogimiento, que nada tiene que ver con la truculencia de Halloween o de la Noche de Difuntos, en los que se teme que el Mal campe por el mundo. En esos días, los japoneses recuerdan a todos los muertos, y piden que les protejan. A cambio, los vivos se comprometen a cuidar y a respetarlos. Davisson asegura que en Japón es mucho más importante cómo eres tratado en muerte que en vida, y a esta proposición no le falta razón: descuidar las tradiciones con los muertos puede provocar la aparición de un onryō, un espíritu vengativo o despechado, siempre destructor, que te maldecirá hasta acabar contigo. Muchos japoneses antiguos creían que eran onryōs particularmente iracundos los que provocaban las catástrofes naturales; en un país volcánico y rodeado por mar, la posibilidad de tener espíritus muy enfadados servía además como explicación de fenómenos incomprensibles.

Por lo tanto, el yūrei decide taxativamente sobre el destino de los vivos. En esta simple verdad reside la clave de su inmortalidad como símbolo. Mientras que el vampiro o el hombre-lobo, sostiene Davisson, son constructos occidentales, ya un tanto caducados de tantos tumbos a los que han sido sometidos, y que han terminado por desvirtuar sus terroríficas esencias de plagas horribles en sus lugares originarios, el yūrei sigue estando lozando: “Los yūrei siguen ciertas normas, obedecen ciertas leyes que están amparadas por siglos de cultura y tradición. Tienen una apariencia específica y un propósito concreto, lo cual les aporta verosimilitud, haciéndolos reconocibles y convirtiéndolos en culturalmente relevantes” (15-16). Poco han cambiado desde los albores de los setsuwas (los cuentos orales), pero han sabido adaptarse a la sensibilidad de cada nuevo tiempo. Fueron las estrellas del teatro kabuki, el espectáculo de masas (y para las masas) del periodo Edo, y la razón de muchos templos, surgidos para aplacarles. Todavía hoy, un mojón, un puente o hasta un castillo tienen una explicación fantasmagórica a lo largo y ancho de Japón. Y también tienen sus estrellas: Oiwa, el deforme fantasma lleno de rencor que busca venganza (y que campa desde 1825); Otsuyu, fruto de un corazón enamorado (desde 1666), u Okiku, el fantasma de los platos, enraizado a un pozo por una motivación ridícula, pero que suscita compasión y pena en su infinita tristeza.

Manga yūrei. Katsushika Yokusai

Oiwa, Okiku y Otsuyu han sido reinventadas miles de veces, y seguirán siéndolo, al igual que otras tantas fantasmas. Porque en Japón, ellas dan verdadero miedo. Quizás porque hubo un tiempo, ya remoto, en el que los cabellos largos se creían apéndices dotados de vida propia. Davisson nos habla de ubumes, de las madres muertas dando a luz o que, fallecidas embarazadas, regresan para parir. También nos cita ejemplos de jibakureis, o fantasmas apegados a la tierra o a su lugar de defunción. Y dedica algunas páginas a los tottori, u objetos malditos, como kimonos, pozos, cintas de vídeo o futones que guardan una cierta analogía con El almohadón de plumas de Horacio Quiroga. El libro se completa con una selección de imágenes que refleja la propensión por los fantasmas de sus (célebres) autores, así como las diversas variantes estilísticas de la ilustración japonesa, y con un glosario imprescindible en el que Davisson incluye algunos de los términos más destacados relacionados con la muerte, los muertos y el Más Allá en Japón. Una vez contempladas unas, asimilados otros y leídos los relatos complementarios, el yūrei se nos antoja más cercano. Entre tanto, Sadako Yamamura deja ya de ser un simple cadáver regresado de la tumba para adquirir la solidez que una vez tuvo en vida.