Conmemoramos el 160 aniversario de Arthur Conan Doyle repasando las obras relacionadas con el profesor Challenger, el iracundo zoólogo precupado por el devenir de la humanidad. Conan Doyle le dedicó cinco relatos, de diversa extensión, entre 1913 y 1929 (El mundo perdido, La zona ponzoñosa, El país de la bruma, Cuando la Tierra lanzó alaridos y La máquina desintegradora), en los que al final acaba imponiéndose la Ciencia. Los últimos cuentos crepusculares nacen del miedo a un mundo que se precipita hacia el abismo.

Portada del cómic sobre El mundo perdido (Yermo Ediciones, 2018), de Bec, Fabrizio Faina y Mauro Salvatori. Ilustración de Fabrizio Faina

Exactamente hace 160 años nacía quien fuera uno de los escritores más importantes del denominado periodo victoriano inglés, Arthur Conan Doyle. De ahí en adelante, su curiosa vida se entremezcla para siempre con la literatura universal. Nació para ser médico, pero se hizo escritor, navegó en un barco ballenero y terminó siendo eclipsado por una de sus mayores creaciones literarias: Sherlock Holmes. El detective creció de tal forma en fama que otras figuras literarias del autor se fueron oscureciendo y permanecieron relegadas a una simple mención pasajera: “Del creador de Sherlock Holmes”, y que en realidad para el público ―contemporáneo del autor― no eran más que un breve sucedáneo de las aventuras del sabueso de Baker Street. Sin embargo, muchos de los personajes salidos de la pluma del escocés son geniales en su propio campo. Quizás sea importante asumirlo desde un principio: no hay otro Sherlock Holmes en la obra de Conan Doyle. Ningún otro personaje puede alcanzar los niveles de fama, admiración y adoración que causó Holmes, pero bien se sabe que del mismo cénit creativo desde donde provino él, aparecieron otros que fueron erigidos con características peculiares, profundamente humanas y dignas de todo el cariño del lector.


Uno de estos personajes es el profesor Challenger. Hombre temperamental, agresivo, inteligente, mordaz, racional, subversivo, engreído y por sobre todo profundamente humano, George Edward Challenger es ante todo un personaje es capaz de encantar al lector desde su primera aparición hasta la última. En un principio es descrito como “una mente privilegiada encerrada en un cuerpo de pitecántropo”; y es que la primera impresión que da el profesor al periodista Malone cuando lo va a ver por primera vez en El Mundo Perdido no es de lo más amigable: “Lo que le dejaba a uno al pronto sin respirar era su volumen; su volumen y su tremendo aspecto. Su cabeza era enorme; no la he visto tan voluminosa sobre los hombros de ningún ser humano […]. Tenía la cara y la barba que a mí me hacen pensar siempre en un toro asirio: la primera de un color vivo, y la segunda, tan negra que apuntaba a querer ser azul, en forma de azada y cayéndole en ondulaciones sobre el pecho. También la pelambre de su cabeza era especial, teniendo pegado sobre su frente maciza un amasijo que formaba una larga ondulación. Los ojos eran de un azul grisáceo, sombreados por cejas tupidas y largas, y su mirar era directo, penetrante y dominador. Unos hombros anchísimos y un pecho como una barrica fueron las otras partes de su cuerpo que sobresalían de la mesa, fuera de unas manazas enormes y cubiertas de vello largo y negro. Todo esto, con la voz de bramido, de rugido, de retumbo, vino a ser mi primera impresión del célebre profesor Challenger”.

Challenger es un personaje que inspira un profundo respeto por su tamaño y por su carácter irascible. Sólo una cosa más del zoólogo es posible decir antes de entrar en materia narrativa: nació en 1863, estudió en la academia de Lang (universidad de Edimburgo), fue ayudante del British Museum en 1892, así como también ayudante conservador del Departamento de Antropología Comparada en 1893. Las pinceladas biográficas se completan con la medalla Crayton por sus investigaciones zoológicas, su presidencia de la sociedad Paleontológica Británica y su profunda enemistad hacia los periodistas.

Quien desee entrar en el mundo literario del personaje, debe hacerlo desde aquellas obras que son consideradas canónicas y que hasta hoy han sido publicadas al español: Valdemar ha editado en los últimos años en conjunto todo el canon challengeriano en un volumen precioso en tapa dura llamado Aventuras del Profesor Challenger (Colección Gran Diógenes 9) y por separado ha editado El mundo Perdido (1912) (Colección El club Diógenes, 2006) y un volumen recopilatorio llamado El abismo de Maracot y otras aventuras del profesor Challenger (Colección El club Diógenes, 2013) que además de reunir los tres relatos cortos La zona Ponzoñosa (1913), Cuando la Tierra lanzó alaridos (1929) y La máquina desintegradora (1929), incluye El abismo de Maracot (1929), un excelente relato largo que si bien no cuenta con la presencia de Challenger, presenta a un fiel epígono de su modo de ver la aventura y resolverla.

Dinosaurs. Ilustración de Jakub Skop

Las aventuras de un científico preocupado por la Humanidad

En el caso específico de El mundo perdido, el profesor se nos muestra como lo que es: un hombre capaz de todo por conseguir probar que sus teorías son ciertas. Sus compañeros de viaje serán un profesor rival (Sumerlee), un periodista en busca de aventura (el enviado del Daily Gazette Malone) y un explorador veterano (lord John Roxton) serán sus compañeros en un viaje que lo llevará desde su residencia en Enmore Park Kensigton hasta las entrañas del Amazonas, a una meseta habitada por dinosaurios bautizada como “Tierra de Maple White”, en honor a su descubridor. El profesor no cesa en ningún momento de demostrar quien es él y cuál es su intelecto, aunque con toques de humor y sarcasmo, además de entablar combates emocionantes contra hombres prehistóricos y dinosaurios voraces.

Un año después de ver la luz El mundo perdido, otra novela de menor extensión prolongó la vida literaria del célebre zoólogo, La zona ponzoñosa. En esta narración, el profesor Challenger aparece un poco diferente a su debut, pues su sardónico humor e irascible carácter ya no son tan explosivos como cuando conoce a la pandilla del periodista Malone, el profesor Summerlee y el explorador Lord John Roxton.  Quizás sea porque de verdad aprendió a conocer a sus ―quizás― únicos amigos luego de la expedición a Sudamérica o simplemente porque Conan Doyle quiso darle una mayor profundidad de carácter al célebre zoólogo, sobre todo considerando que La zona ponzoñosa es la transición entre una expedición hacia los confines de un mundo perdido con dinosaurios hacia una novela de ciencia-ficción.

Ilustración del cómic El mundo perdido. Dibujo de Fabrizio Faina y Mauro Salvatori

Pasados tres años desde su famosa expedición, Malone piensa que Challenger lo busca para conmemorar el aniversario de su hazaña. Sin embargo, lo que motiva el encuentro de los protagonistas es un enigmático telegrama de Challenger en el cual los insta a visitarlo en su residencia en Sussex, con la condición de llevar una dotación de oxígeno en tubo. He aquí un cambio sustancial en la presentación del profesor: ya no vive en Londres, sino retirado en The Briars cerca de Rotherfield, a 50 millas de Londres, en el condado de Sussex Oriental. El alejamiento de la urbe jamás es explicado, aunque se puede conjeturar que la invasión de periodistas en Enmore Park y las constantes riñas a golpes terminaron por exasperar al iracundo científico, obligándolo a emigrar. Lo anterior, sin embargo, no impide que Challenger siga en primera línea de la ciencia, siempre atento y perspicaz a lo que pueda ocurrir en el mundo junto a la apacible compañía de su esposa Jessica y de su fiel criado Austin. Desde este lugar, el zoólogo se vuelve el centro de atención al descubrir una anomalía en las líneas Fraunhofer, pequeños trazados oscuros en el espectro de la luz solar y que auguran una catástrofe en cuanto el planeta se acerca peligrosamente a zonas desconocidas del éter en el universo.

A medida que avanza la trama, Challenger se vuelve cada vez más pesimista y cruel en cuanto comienzan a llegar noticias desde diferentes lugares del mundo. Incluso, el célebre zoólogo que siempre tuvo una solución con la que salvar la situación en la meseta sudamericana ahora parece resignado a perecer en conjunto con la humanidad. Conan Doyle le da mucho más contraste al carácter de Challenger poniéndolo en una situación límite que requiere toda su atención y concentración mental, alejándolo incluso de sus habituales disputas científicas con el profesor Summerlee para sumirlo en profundas meditaciones en torno a su microscopio y las amebas que en él se mueven. Así se hermana con Sherlock Holmes.

Quizás otro punto importante con respecto al profesor y su aventura es la preponderancia que en esta historia se le da a la señora Challenger. Si bien el personaje como tal ya aparecía en El mundo Perdido, descrita como una mujer menuda y simpática en directo contraste con las características prehistóricas del profesor, no se le da mayor importancia y no vuelve a aparecer. En esta narración la señora Challenger mantiene sus rasgos, aunque ahora es una constante en toda la aventura, si bien ―en consonancia con los cánones― sólo aparece para ser salvada por Challenger o para llorar desconsoladamente por lo acontecido, sin considerar por supuesto la admiración del zoólogo por su labor de “ama de casa”. Challenger vuelve a sorprender en La zona ponzoñosa, pues sigue siendo un personaje querido y que causa desde un primer momento la simpatía del lector, ya que siempre mantiene un corazón noble escondido detrás de aquella barba larga, cuerpo gigantesco y carácter autoritario.

Dinosaur Stampede. Ilustración de Bram Sels

Curiosamente, y luego de la publicación en 1926 de El País de la bruma ― novela muy influida por el espiritismo de la última etapa del autor y caracterizada por su carácter difuso y por hacerle poco honor al profesor Challenger, lo que hace que sea constantemente dejada de lado en las aventuras del célebre zoólogo― Arthur Conan Doyle vuelve sobre la pista de la ciencia-ficción, y esta vez desarrolla una historia mucho más corta, pero más fluida que la anterior: Cuando la Tierra lanzó alaridos. Challenger es mucho más poderoso que en La zona ponzoñosa, menos cruel y más delirante, casi una continuación en carácter puro de El Mundo Perdido. A pesar de estar separada por diecisiete años, Cuando la Tierra lanzó alaridos es una muestra del genio y el carácter de Challenger inmediatamente posterior al El Mundo Perdido, antes de entrar en el estado apocalíptico de La zona ponzoñosa.

En este breve cuento, Challenger aún reside en Enmore Park, Kensington, aunque compra una hacienda en Sussex Occidental con una cuantiosa herencia de un tal señor Betterton, empresario del caucho que deja todos sus bienes en favor de la ciencia. Hengist Down posiblemente está entre Worthing y Chinchester, y es un vasto territorio con una hondonada en donde Challenger decide cavar un foso profundo para demostrar sus especulaciones científicas. Esta vez la aventura nos la cuenta el especialista en pozos artesianos Peerles Jones, quien, en compañía del viejo conocido Ted Malone, narra cómo Challenger manda llamar a ambos y los introduce de lleno en una fantasía científica en la que busca demostrar que la Tierra es una entidad capaz de sentir y respirar tal como lo hace cualquier ser animal dotado de vida, y que sólo pinchándola se puede demostrar nuestra presencia en ella y ver su reacción. El cuento es rápido, y nos presenta a Challenger en toda su locura habitual: irascible, insoportable e idealista, dotado de una inteligencia que es capaz de llegar a recovecos inimaginables a favor de la ciencia y el conocimiento, sin escatimar en ningún gasto comercial o de mano de obra. La narración es inteligente, y el autor vuelve sobre una aventura que tiene todo el sabor sardónico de un Challenger que retorna a las pistas clásicas, desafiando a los científicos tradicionales y dejándolos anonadados cuando el descubrimiento se hace visible después de un largo trabajo.

Al igual que en El Mundo Perdido y La Zona Ponzoñosa, Challenger realiza una empresa de demostración, dejando que los propios científicos sean quienes con sus ojos observen aquello que el profesor avizoró y enunció, pero que nadie creyó. En un final apresurado, es Jones quien al final queda sorprendido por la habilidad de Challenger cuando se trata de ciencia y conocimiento, constatando así que el zoólogo, que en un principio era víctima de acusaciones de fraude, es ahora el héroe triunfante que ve su descubrimiento vestido de frac y chaquetilla elegante, como en un horroroso teatro.

Ambush. Ilustración de Aric Salyer

El último relato que cuenta con la presencia del Profesor Challenger es La máquina desintegradora (1929), breve narración en donde el profesor se muestra en todo su explosivo carácter y en el cual se debe enfrentar a un poderoso enemigo, el inventor Teodoro Nemor, con una máquina capaz de desintegrar a cualquier ser viviente. Parece ser el zoólogo aún vive en Enmore Park, por lo cual es posible fecharla con anterioridad cronológica a La zona ponzoñosa. En esta ocasión, Challenger es acompañado por el aliado que nunca lo ha dejado de lado: Ted Malone. En esta pequeña aventura de ciencia-ficción, el profesor Challenger se ve sumido en un mundo que va más allá del idílico Mundo Perdido de los exploradores victorianos para sumergirse en una confrontación de potencias que se enmarcan en una carrera armamentística, al hilo de los tiempos, y en plena calma tensa tras la Primera Guerra Mundial, en la que Conan Doyle perdería a un hijo y por la que abrazaría la causa espiritista.

El arma de Nemor es vendida a los rusos, y esto inclina la débil balanza de poderes que se da en Europa por eso años. Challenger es forzado por las circunstancias a hacer un acto despreciable que al final salvará muchas vidas y no precipitará una guerra que parece inevitable. De este modo, y tal como Sherlock Holmes hiciera en Su último saludo en el escenario (1917), Challenger se pone al servicio de un gobierno que no hizo lo que correspondía por evitar o bien prepararse para la Gran Guerra ―al menos bajo la óptica de Conan Doyle― y termina aplazando aún más el desenlace bélico. Justamente, tanto Sherlock Holmes como George Edward Challenger desaparecen de escena para siempre ad portas de la primera Guerra Mundial, y con ello también aquel mundo que tan bien reflejó Arthur Conan Doyle en sus novelas: la muerte literaria de estos personajes representa a su vez un nuevo paso en la historia de la humanidad en donde estos personajes quedan como un ejemplo de aquello que fue antes de la destrucción y la muerte.

Arthur Conan Doyle marca insoslayablemente un hito en la literatura universal: elevó personajes y los hizo desaparer en el momento indicado, justo cuando ya no son necesarios para resolver crímenes o comprobar teorías científicas. Holmes y Challenger tienen un retiro voluntario en el mismo lugar, y desde el cual pueden volver en cualquier momento: ambos dedican sus últimos esfuerzos desde sus respectivas casas en Sussex, y desde allí dan paso a nuevas generaciones de personajes y sobre todo de lectores capaces de encantarse con sus aventuras en tierras lejanas, combatiendo las fuerzas malvadas del mundo y de aquello que siempre nos resultará desconocido en algún recoveco del ancho universo.