Yasutaka Tsutsui vuelve a revelarse como un autor brillante, con humor, imaginación y recursos, en su antología Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos, directamente traducida del japonés. Un conjunto de cuentos que aprovechan la tesitura de la crítica familiar para socavar los cimientos sociales nipones.

Psychic. Ilustración de Oli Lee

A veces un conjunto de ideas brillantes y de enorme profundidad consigue calar en nosotros con la sencillez y la inevitabilidad de la lluvia. Casi sin darnos cuenta, se nos ha presentado una serie de reflexiones, de situaciones o de personajes con una fuerza tal que, aunque parezcan pertenecer a contexto gracioso o incluso absurdo, al final consiguen traernos el contenido de un mensaje relevante y trascendente. Pasa cuando, junto con unas ideas claras, existe también un estilo narrativo sencillo, directo, ligero y atractivo para el lector; una combinación meritoria sólo a la altura de los mejores escritores.


Yasutaka Tsutsui (Osaka, 1934) posee este círculo virtuoso de atributos. El lector español lo ha podido disfrutar en sus estupendos volúmenes de relatos Hombres salmonela en el planeta porno (Atalanta, 2008) y Estoy desnudo (Atalanta, 2009), así como en su novela Paprika (Atalanta, 2011). Y ahora tiene una nueva ocasión de hacerlo con Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos (Atalanta, 2018).

Nos encontramos ante una traducción directa del japonés (por Jesús Carlos Álvarez Crespo) de la pseudo-novela publicada por el autor en 1972. Y decimos “pseudo” porque, originalmente, cada uno de los ocho breves relatos contenidos en este libro fueron publicados independientemente como separata de la revista nipona Shosetsu Shincho entre 1970 y 1971. Dichos cuentos fueron apenas modificados a posteriori para poder pasar, sin sobresalto alguno, del relato independiente a la novela lineal y perfectamente engarzada.

Esta técnica de elaboración, cuidadosa en los detalles, se combina con un estilo brillante y llamativo, característico por su chispeante humor y su lenguaraz gusto por las temáticas de crítica social profunda, a través de temas (aparentemente) tabú como el sexo, la violencia o la egolatría. Además, gracias a sus estudios en psicología y a su acentuado polifacetismo como actor, guionista y dramaturgo, Tsutsui desarrolla sus personajes a partir de una descripción concreta de sus personalidades; disfuncionales las más de las veces, en uno u otro aspecto, aunque será precisamente esta disfuncionalidad la seña de identidad y de autenticidad de cada personaje.

Yasutaka Tsutsui. Fuente: Diarios Détour

Precisamente este mecanismo psicologizante sirve en esta novela, además, como motor narrativo: la protagonista, la joven criada de dieciocho años Nanase Hita, posee una capacidad telepática potentísima mediante la cual es capaz de leer los pensamientos conscientes de las personas en distintas y variopintas situaciones. Lo hace, por supuesto, cuando los tiene frente a sí, en persona. Lo consigue también a través del teléfono, cuando hablan con ella sobre cualquier cosa. Y lo logra, incluso, aun cuando se alejan hasta una distancia de siete u ocho quilómetros. Estos poderes, heredados del padre, han sido desarrollados por ella hasta unos nuevos e insospechados límites; los oculta inteligentemente bajo la apariencia de una simple e inexperta criada que va de casa en casa haciendo su trabajo sin molestar a nadie.

Esta movilidad profesional de Nanase la lleva a través de ocho casas, de ocho familias y de ocho casos de disfuncionalidad de la sociedad japonesa. Cada relato es una oportunidad para, utilizando a Nanase como mero testigo o como secundario accidental, denunciar las cuitas sociales niponas con contundencia y, a veces, con una indisimulada crueldad. Tsutsui emplea un estilo directo y despiadado que le ha valido una feroz crítica en su país, y a la que ha reaccionado recluyéndose para escribir en internet y, especialmente, en esos espacios socioculturales donde su escritura sí ha sabido valorarse.

El primer relato, “Zona de las calmas”, se centra en la indolencia de los matrimonios y las familias, y en él una esposa utiliza a Nanase para hacer de menos a su marido e intentar recuperar así algo de su dignidad perdida antes de casarse; “Cautivos de la suciedad” nos lleva a la casa de una familia numerosa donde por todas partes reina la pestilencia, la suciedad y la mugre, pero en la que sus miembros le recriminan a Nanase su trabajo de limpieza entendiéndolo como un menosprecio a su forma de vida. “Himno a la juventud” lo protagoniza un matrimonio de mediana edad: él solo piensa en la crisis de madurez común a su edad, mientras que ella desprecia esa crisis engañando a su marido con un joven amante, y “El melocotón” introduce ya a Nanase como protagonista secundaria de una familia deshecha pero cuyo cinismo la mantiene unida todavía, aunque moralmente corrupta.

“Una Bodhissattva entre las llamas del infierno”, quinto relato, supone el ecuador del libro: su protagonista es un psiquiatra freudiano que encuentra en Nanase la oportunidad de volver a estudiar fenómenos parapsicológicos y adquirir así algo de fama, mientras su mujer se devora por dentro ante la promiscuidad y la posibilidad de que su marido haya abusado sexualmente de la criada. El final os dejará helados. “Fruta del cercado ajeno” nos muestra una historia más compleja, con Nanase en el rol de alcahueta, en su idea de convertir la infidelidad de dos matrimonios en el motor para que ambas parejas puedan por fin encontrar su felicidad. Al final: cruces de parejas y un juego de hacedora de destinos con resultados inesperados y reacciones sorprendentes. “El pintor de los domingos” nos devuelve a las familias descompuestas, a los hijos manipulados por uno de los progenitores en contra del otro, al desprecio y la crueldad entre ellos, con el añadido de un protagonista masculino (el padre) bastante más complejo, con un fondo más elaborado, que explica un final sorprendente e impactante. Y “Querida mamá, que en paz descanses” cierra el libro con la novedad de centrarse en las relaciones suegra-nuera, en el marido emocionalmente esclavo de su madre, y en cómo los poderes de Nanase deben desentrañar el origen de unas extrañas voces que le llegan mientras se está celebrando el entierro y la incineración de la señora.

Los temas de Yasutaka Tsutsui se centran en la estructura social tradicional japonesa: la familia. Todos los relatos tienen en ella a su pilar principal. Pero también es cierto que estos temas trascienden a la familia en cuanto institución, porque las familias son disfuncionales o están ya rotas: no se nos cuenta un proceso de decadencia, sino que se nos describe una situación de descomposición presente, real y actual. En este sentido, muchos de los personajes poseen ya una fuerte dosis de individualidad que consiguen trascender su sentido como miembros de una familia. Es a través de esta institución como se critican los nuevos tipos individuales de una sociedad japonesa tradicional en descomposición.

El prrincipal objetivo de los relatos de Tsutsui: la sociedad japonesa. Fuente: noticias.jp

También es de destacar la coherencia interna de los cuentos, el esfuerzo del autor por dotar a Nanase de una complejidad creciente, de darle un desarrollo interno y externo, con un consecuente mayor protagonismo en cada historia. Su poder telequinético va tomando cuerpo, su historia personal se va perfilando, e incluso acabamos la novela ante un punto crítico de evolución donde el personaje se despide de nosotros de forma totalmente creíble y natural. Pocos finales para un libro con esta elaboración y estructura encontraremos tan bien traídos como éste.

De forma que Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos nos resulta una obra extraordinaria donde, junto a las mejores esencias de Yasutaka Tsutsui como autor —ya presentes también en su obra anterior—, se añaden recursos narratológicos para definir textos con distintas capas y niveles de lectura. Tanto los lectores más exigentes como aquellos que sólo buscan entretenimiento y diversión gamberra a raudales quedarán enormemente satisfechos.