La tumba de los Champignac, dibujada por Fabrice Tarrin y guionizada por Yann, es un cómic pensado para pasárselo bien. A lo largo de sus páginas encontraremos vestigios de Franquin, Tome & Janry y Hergé. Todo lo que ofrece basta para satisfacer las demandas del lector ávido de aventuras.

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Viñeta con varias claves de la nueva aventura de Spirou y Fantasio

La tumba de los Champignac (Dibbuks, 2018, publicación original en 2007) es un ejercicio de arqueología comiquera. A lo largo de sus páginas encontraremos vestigios de Franquin, de Tome & Janry, pero también de Hergé; pruebas más que suficientes para considerar este álbum como un tributo (y no un plagio) a los ancestros.

Pero empecemos por el principio: la aventura propuesta por el guionista Yann, y dibujada por Fabrice Tarrin, comienza, como algunas de las mejores de Spirou y Fantasio, con una llamada de auxilio del conde Pacomio Hégesipo Adelardo Ladislao, el genio despistado de Champignac de la Champiña. Una explosión ha destruido la mansión familiar y revelado la existencia de una cripta del siglo XIX, en la que un antiguo pariente realizaba experimentos micológicos. La primera aparición del conde, vendado de la cabeza a los pies como consecuencia de las heridas (leves) sufridas, ya da una pista al lector de por dónde apuntará la historia: en La tumba de Champignac habrá esfinges, momias, inventos último modelo, un hueco para que Napoleón Bonaparte rasque un trozo de posteridad… Y Seccotine.

Hacía tiempo que la intrépida y fisgona periodista no se dejaba ver en una historieta de Spirou y Fantasio. Su propio nombre, una broma de Franquin basada en un pegamento muy popular en la época realizado con grasa animal, la define, con cariño, como un personaje “pegajoso”, muy próximo siempre a Spirou y Fantasio.

Desde su primera aparición en El cuerno del rinoceronte (1953), uno de los cómics impresindibles de Franquin, ya dibujada como una mujer muy moderna e independiente, Seccotine ha ido desarrollando una personalidad que le ha granjeado un lugar de honor entre los secundarios de la serie. La arrojada reportera alcanzó la cima del protagonismo precisamente en El nido de los Marsupilami (1955), una historieta en la que el extravagante mamífero es personaje central; lo que puede resultar una paradoja —que Seccotine sea la protagonista en un cómic sobre otro— se convierte en un rasgo de carácter. Porque Seccotine nunca es ese personaje pasivo dispuesto a quedarse de brazos cruzados viendo pasar ante sus ojos la acción: Seccotine es la acción, el movimiento, y siempre el estímulo para embarcarse en una aventura. Cuando se atisba su estilosa figura en una viñeta, el lector inmediatamente intuye que va a haber lío. Seccotine no va a ponerlo fácil.

Seccotine en plena acción

Que alguien tan dinámico fuese el primer gran personaje femenino de una serie plagada de grandes mujeres (para los restos siempre quedará Cianuro), dice mucho de los cómics de Spirou y Fantasio, unos álbumes de vanguardia para los que el tiempo apenas pasa en balde. Han transcurrido ochenta años desde el debut del botones del uniforme rojo y amigos pero sus historias siguen devorándose todavía con deleite, sin que exista margen para el aburrimiento. Las mejores cuesta olvidarlas y las menores como mínimo entretienen. La tumba de los Champignac no aspira a ser una de las primeras, pero todo lo que ofrece basta para satisfacer las demandas del lector ávido de aventuras. Aquel que ya se ha calado más de un macuto por las selvas de Palombia atisbará algunos guiños (esos tributos que mencionábamos al principio de estas líneas) que ineludiblemente dibujarán una sonrisa en su rostro.

Tarrin dibuja con el rabillo del ojo muy puesto en Franquin, pero el guión le indica que a veces se deje guiar por Tome & Janry. El influjo del tándem belga, los responsables de algunos de los títulos más dinámicos de la saga, se deja sentir en la planificación de las escenas de acción, y también en esas características muecas de pasmo que suelen poner los personajes (sobre todo Fantasio) como reacción a los frenéticos acontecimientos. Pocos autores han sabido ser tan gráficos a la hora de ilustrar sustos, mareos, las feroces convulsiones de un hipido o ese vértigo rebelde ante una situación incómoda y desagradable.

La tumba de los Champignac incluye ideas que se vieron en ¿Quién detendrá a Cianuro? (la hipnosis para doblegar la voluntad), y paisajes de Con el agua al cuello (1988, Spirou y Fantasio Integral, 15, Dibbuks, 2016), posiblemente uno de los mejores Spirous publicados. Entre el Tíbet de Yann/Tarrin y el Tibutt-Chan de Tome/Janry hay un abismo de años e intenciones: mientras que el primero es un escenario más o menos amable, el tablado donde se va a desarrollar una obra cómica con visos de aventura, el de los segundos es un infierno, una pesadilla turbia que además está en guerra. Quien no haya leído Con el agua al cuello y su continuación, El valle de los proscritos (1989, Dibbuks, ídem, 2016), aún no conoce lo que supone el miedo.

De Hergé, por su parte, los discípulos (pues todos lo son del genio de Etterbeek), se quedan con ese largo viaje a la Amistad ambientado, oh sorpresa, en el Tíbet. En este escenario nevado, de breve pero intensa presencia en este álbum, es donde se afianzan las relaciones entre los viajeros, los protagonistas, y también donde se descubre la clave de un misterio que, como el enigma del Unicornio, vuelve al punto de partida: así, los saledizos de Moulinsart se superponen con las ruinas de Champignac. Será en este regreso a los orígenes cuando se descubra que la momia de turno yace en la misma posición fetal y amenazadoramente acechante de Rascar Capac. Si no fuese harto improbable, la princesa momificada de estas páginas podría tener visos de la Conchita del doctor Velasco, la hija querida a la que llora una leyenda con aires de copla madrileña.

La tumba de los Champignac es un cómic pensado para pasárselo bien: posee un humor bien introducido, especialmente en las réplicas quejicas de Fantasio y en su entrañable torpeza, una generosa abundancia de viñetas por página, necesarias para reflejar la imparable acción del guión, y muchos secretos susurrados que contribuyen a mantener el suspense. Si quisiéramos leer entre líneas, por el solo hecho de querer ponernos estupendos, podríamos añadir además que es un cómic que habla de la posteridad, la ambición y el amor (desprovisto éste de toda la carga dramática y pesimista de Vito el cenizo [1991, Dibbuks, ídem, 2016]).

Seccotine, ¡cuánto te hemos echado de menos!