La levedad se convirtió en la catarsis a través de la cual Catherine Meurisse logró sobreponerse al atentado de enero de 2015 al Charlie Hebdo, del que era redactora. Destaca por su trazo sencillo, su uso de los colores básicos, su forma de hacer de la escala cromática un elemento valioso capaz de aportar sentido al texto y significado al contexto, y por su trama plana y directa al corazón. El lenguaje es sencillo, básico, sin florituras ni adornos: se eluden los grandes discursos para ganar en credibilidad y accesibilidad. Sorprendente y desarmante es el sentido del humor que a veces se saca de la manga Meurisse para afrontar, desde la sonrisa, momentos tristes y duros.

El 7 de enero de 2015 un grupo de terroristas islámicos atacaron, con armas automáticas, la sede parisina del periódico de humor satírico Charlie Hebdo. Doce miembros de su equipo de redacción murieron asesinados y otros once resultaron heridos de diversa gravedad. Catherine Meurisse (Niort, Francia, 1980) pertenecía al equipo redactor, pero, por un cúmulo de casualidades, llegó tarde a trabajar. Cuando se acercaba a la sede del periódico, vio que el secuestro había dado comienzo; poco después, desde el exterior, oyó los primeros disparos. Rápidamente, fue identificada y llevada a un lugar cercano para recibir los primeros auxilios psicológicos. El proceso de interiorizar todo lo sucedido había dado comienzo.

Con este proceso comenzaban también los primeros minutos de una nueva vida sin sus compañeros, sin su rutina y estabilidad, sin ganas para trabajar… ni tan siquiera para vivir. De repente, cuando todo lo conocido, los pilares sobre los que se asienta la cotidianidad se derrumban de un plumazo, quedan solamente los escombros tendidos sobre una llanura extensísima de soledad. Nadie al lado, ni por arriba, ni tampoco por abajo. El edificio interior del ser comienza su reconstrucción sin ayuda ni apoyo, desde la disociación de una realidad ajena, más dispuesta a distanciarse del trauma que a devolverle a uno a la realidad.

Este es el punto de partida sobre el que Catherine Meurisse construye su novela gráfica La levedad (Impedimenta, 2017; colección El chico amarillo número 21), una descarnada, sincera y divertida obra escrita con la dolorosa intensidad de la primera persona, capaz de transmitirnos los entresijos mentales y sociales del primer año en la nueva vida de la protagonista. Con ella, atravesaremos los primeros duros instantes de quien intenta buscar algún sentido a lo que carece por completo de él, para después atravesar la incomprensión, la enajenación, la depresión, tontear con el suicidio y, finalmente, comenzar la rehabilitación.

El proceso se repasa con una comprometida exhaustividad, introduciéndonos algunas veces incluso en la clínica del psicólogo, o trasportándonos con ella a los espacios mentales de la desazón y la recuperación, o haciéndonos acompañar de un omnipresente Baudelaire (la voz de sus estados de ánimo) o de un fantasmagórico Stendhal (que la acompaña en su visita por la apabullante belleza de Roma), o consigue hacer que nos enternezcamos y lamentemos su suerte en el amor —tan lejana del hombre por el que bebe los vientos y a la vez tan lejana de todos los que le ofrecen noches de alcohol y sexo—. Tal es la habilidad de su guión y su dibujo.

Pero, si por algo ha conseguido cautivarnos La levedad es por su trazo sencillo, por su uso de los colores básicos, por su forma de hacer de la escala cromática un elemento valioso capaz de aportar sentido al texto y significado al contexto, y por su trama plana y directa al corazón. En coherencia, el lenguaje es sencillo, básico, sin florituras ni adornos: se eluden los grandes discursos para ganar en credibilidad y accesibilidad; una decisión más que correcta. Y sorprendente, desarmante, es el sentido del humor que a veces se saca de la manga Meurisse para afrontar, desde la sonrisa, algunos de los momentos más tristes y duros que se pueda imaginar.

A través de sus páginas existen también reflexiones dedicadas a la contraposición frontal de la libertad contra todo lo que la amenaza y la atenaza. Entre tanto dolor particular, hay también momentos para la reflexión colectiva sobre lo que representa el terrorismo como fenómeno individual y también como síntoma representativo de un mal más general. En este sentido, un momento especial para mí es cuando, durante un paseo con su madre por el campo, recordando los primeros momentos de aquel fatídico 7 de enero, la protagonista dice: “El terrorismo es el enemigo declarado del lenguaje”. En la página siguiente, mientras observa las innumerables muestras de solidaridad al blandirse por todas partes el lema Je suis Charlie, el mismo personaje retoma la perspectiva individual para preguntarse “¿Quién soy yo?”. En apenas dos páginas, la compleja e inaccesible identidad del ser es sintetizada y explicada para los escépticos y los ignorantes. Más claro, agua.

Como mensaje final: el poder sanador de la belleza, el arte como mecanismo de análisis del alma humana, la cultura como vía para la reconexión con la naturaleza del homo sapiens sapiens. Sorprende ver y comprobar, a través de estas viñetas, cómo el arte ha servido para diseccionar de forma tan pura el dolor y la pasión, mientras el amor y lo carnal son frecuentemente censurados o desplazados a las secciones menos transitadas de los museos. ¿Dónde está escrito que, en la emoción y la pasión, el dolor pese más que el amor y la muerte más que la vida? ¿Desde cuándo es así y hasta cuándo lo vamos a soportar?

La levedad es un regalo de vida que reconcilia al ser humano con una perspectiva más amplia y real de sí mismo. Una novela gráfica excepcional capaz de atraer la sonrisa desde la lágrima, y provocar la lágrima desde la sonrisa. Obras así hay muy pocas. Disfrútela.