Vorrh. El bosque infinito, del artista multifacético Brian Catling, es una experiencia lectora renovadora, retadora y audaz, una novela fantástica totalmente fuera de las reglas y las normas narrativas al uso. El autor acaba convirtiendo la narración en un juego con el que divertirse y desesperarnos (a veces) a nosotros.

Detalle de la portada de Vorrh. El bosque infinito (ilustración del propio autor, Brian Catling)

En Vorrh. El bosque infinito (Siruela, 2018; aunque originalmente publicada en inglés durante 2007) el multifacético artista británico Brian Catling (Londres, 1948) plantea una novela fantástica totalmente fuera de las reglas y las normas narrativas al uso. El texto es perfectamente identificable con el género porque posee todos sus elementos estilísticos, temáticos y narratológicos; no obstante, el cambio se manifiesta extraordinario y profundo a la hora de construir su universo y de definirlo en un marco espacio-temporal concreto.

La principal consecuencia de jugar con las mismas piezas a un juego totalmente distinto es que quien ve las piezas, sin saberse las nuevas reglas, se sentirá confuso al principio, quizás hasta perdido, ante lo tan novedoso de la propuesta. De ahí que la lectura, en las primeras decenas de páginas, vaya a ser obligatoriamente intuitiva: palparemos las estructuras narrativas, los personajes, hasta puede que las estructuras lingüísticas, buscando aspectos familiares que nos acomoden la entrada en el libro. Pero apenas los hay: la propuesta busca desde el comienzo una experiencia lectora renovadora, retadora y audaz. Y eso es precisamente lo que tenemos aquí.

Para conseguir esta sensación lectora, para unas personas de desamparo, para otras de extraordinaria fascinación ante lo desconocido, contribuye enormemente el hecho de que el verdadero protagonista del libro (y de la trilogía de la que forma parte) sea un bosque extraño y misterioso.

Al tratarse de un espacio social, su papel en la novela puede ser móvil, dinámico, expuesto a los cambios que los demás personajes hagan de él. Como pasa con los demás espacios sociales en los que convivimos (países, comunidades, ciudades, barrios…), aunque no tengan vida orgánica, somos sus habitantes los que tendemos siempre a humanizarlos (“ciudad viva” o “muerta”) a través de distintas técnicas discursivas, presentes también en este libro. A estos espacios les damos nombre, particularizamos o individualizamos sus espacios interiores (“barrio de…”), incluso llegamos a dotarlos de estados vitales (barrio “animado” o “dormido”) o de estados emocionales (“alegre”, “deprimido” o “triste”) e incluso de usos funcionales (zona “comercial” o “residencial”). La humanización discursiva del espacio es fundamental en esta novela.

Por otro lado, su mismo carácter de realidad cambiante exige que sea la acumulación de perspectivas individuales la técnica por la que vayan definiéndose esos cambios. Será la experiencia y los motivos de cada personaje en relación con el bosque la que nos vaya precisando, poco a poco, qué es y qué papel puede jugar aquél. No obstante, esta particularidad presenta un pequeño problema para el lector, porque el autor acaba convirtiendo la narración en un juego con el que divertirse y desesperarnos (a veces) a nosotros. Al construirse esta perspectiva a través de la siempre subjetiva y poco fiable primera persona, quizás la humanización discursiva del bosque aportada por un personaje concreto pueda ser cierta… O quizás no.

Para hacer esta experiencia todavía más intensa, Catling mezcla durante el texto realidades de distinta naturaleza, convirtiendo el artefacto narratológico propuesto en un juego de espejos del que sólo una lectura atenta al detalle puede salir indemne. De otro modo, la lectura puede acabar sumergiéndonos en un laberinto del que será difícil salir si no es volviendo una y otra vez atrás, asegurando puntos de anclaje, cerciorándonos o comprobando qué es verdad y qué no, o qué proviene de qué plano de la realidad. Sin duda, se trata de una propuesta narratológica interesantísima, original, arriesgada y exigente, además de articulada de forma coherente, sin fisuras y con buena mano.

Liu 11. Ilustración de James MK.

Se nota la experiencia pictórica y escénica de Brian Catling en ese don para jugar con los espacios y las perspectivas, así como en la habilidad para construir un mismo espacio de forma distinta según el punto de vista. Asimismo, sabe (y lo convierte en otro de los puntos fuertes de su obra), construir bien los personajes y hacer de ellos un motor narrativo principal.

Por supuesto, el primer y principal personaje es el bosque de Vorrh. El misterio y la leyenda lo rodean. Según se cuenta, cualquiera puede entrar, pero no todo el mundo puede salir… o si sale quizás no lo haga en las mismas condiciones en que entró. Su interior está presuntamente vivo, tiene pensamiento, conciencia y capacidad de elección para decidir quién es merecedor de salir y quién no. A su alrededor se levantan varios espacios limítrofes, y uno de ellos es la ciudad de Essenwald. Esta ciudad se encuentra en el continente africano, aunque ahí llegó trasplantada o reconstruida piedra a piedra desde los esquemas arquitectónicos propios de la vieja Europa, ocupando así un lugar y un tiempo que no le pertenecen, como un espacio extraño, desnaturalizado respecto al contexto general en que se encuentra.

¿Referencia velada al colonialismo o simplemente técnica narrativa para aumentar nuestra relación de desconcierto respecto a la dimensión espacio-temporal en la cual sucede la acción? Posiblemente, ambas cosas. Las llamadas Guerras de Posesión no son sino una representación reinterpretada de las guerras coloniales; incluso la relación de los distintos personajes con estas guerras dan la idea de una colonización entre ganadores y perdedores, unos incluidos y otros excluidos, unos despreciados y otros “reconocidos”.

Esta dualidad en cuanto a los personajes tiene su reflejo también, claro, en su relación con el bosque. Al comienzo dijimos que cada personaje tenía una interpretación personal que se iba superponiendo. Y es cierto. Como también lo es el hecho de que, según sea vencedor/perdedor o incluido/excluido, su interpretación personal de lo que el bosque es y representa también se ve, en cierta medida, condicionada. Esta relación con Voorh es una nueva capa del personaje, una dimensión de su retrato que contribuye a definirlo y diferenciarlo mejor respecto a los demás, enriqueciendo así a la novela, haciendo el texto más rico en matices, precisando la compleja perspectiva desde la que el lector percibe el conjunto de la novela.

De este modo, el bosque se percibe en esta primera novela de la trilogía The Vorrh, como un significante vacío. Un tipo de significante que la psicología analítica viene interpretando como un objeto de deseo inalcanzable o insatisfecho, pues quien quiso o quiere poseerlo nunca puede alcanzar su posesión (total o parcial), de forma que realiza sobre este deseo una interpretación significativa que es lógicamente distinta de la de otros sujetos deseantes. Así es como se constituye discursivamente un significante vacío. Y es así, justamente, como Catling nos presenta al bosque en esta desconcertante novela.

Otro aspecto del significante vacío que es interesante observar es el de la insatisfacción que genera en la persona deseante la imposibilidad de su posesión, no sólo respecto al objeto deseado -el bosque-, sino también respecto a todos los demás sujetos deseantes (los demás personajes). Se abre así una lucha de poder no sólo por el derecho a la posesión (un derecho independiente a que el objeto pueda ser materialmente poseído o no, como las luchas de religión vienen mostrando desde hace siglos), sino por el derecho a dotar de significado concreto al significante vacío y, por tanto, de concretar y dominar su significado. Otra vez volvemos al conflicto, a la violencia, quizás también a la guerra como forma de relación con la realidad.

Trabajos no publicados. Ilustración de Viktor Póda

La sutileza de Catling a la hora de afrontar temas espinosos realistas de forma indirecta y dentro de un marco lógico fantástico perfectamente coherente es encomiable, hasta el punto de poder definir a la trama de esta novela, sin miedo a equivocarnos, como una obra de orfebrería. También la construcción de los personajes es un aspecto excelente y digno de mención. Tan sólo el ritmo narrativo, a veces dubitativo dentro de una cadencia sobria y próxima al lirismo, plantea alguna duda ocasional. En todo caso, Vorrh. El bosque infinito consigue de forma sobresaliente convertirse en una novela fantástica extraordinaria aunque extremadamente exigente, original hasta el punto de considerarse periférica respecto a los criterios canónicos habituales, retadora para cualquier lector aunque no apta para todos los públicos.

Todas estas características hablan maravillas del proyecto editorial de Siruela, que asume aquí un riesgo encomiable que esperamos continúe con la publicación de las dos siguientes entregas, además de ser una excelente carta de presentación para un Brian Catling, hasta ahora inédito en España, y que entra por la puerta grande en una de sus facetas menos conocidas (aunque sí muy reconocida por excelsas figuras del arte y la literatura allende nuestras latitudes).