Reyes 2019: Recomendamos la lectura de Los hijos del vidriero, una de las pocas novelas fantásticas de Maria Gripe, consumada especialista de literatura infantil y juvenil, autora de una amplia obra centrada en los jóvenes y en su despertar al mundo adulto, y nombre imprescindible en las Letras.

Portada de la última edición de SM. Ilustraciones de Beatriz Castro

A veces, las cosas más crudas y terribles merecen una mirada ingenua para poder ser expresadas. Maria Gripe (Vaxholm, Suecia, 1923- Rönninge, 2007) no era ninguna ingenua, pero la literatura infantil y juvenil, de la que fue una consumada maestra, le dio la posibilidad de abordar los temas más desoladores sin que su mirada perdiera nunca la esperanza. Desde tan privilegiado púlpito —el símil le agradaría a una historiadora de las religiones como ella— aleccionó a generaciones de niños y jóvenes a prepararse para la vida.

Gripe está unánimemente reconocida como una de las grandes de la literatura para jóvenes y niños. La medalla Hans Christian Andersen (el “pequeño Nobel”), recibida en 1974, atestigua esa especialidad y reputación. Gripe quedó adscrita por sus obras a la tendencia antiautoritaria de la literatura infantil, tan genuinamente nórdica, que denunciaba el oscurantismo presente en la escuela o la familia. Aunque empezó como profesora, fueron las historias contadas a su hija Camilla, que terminaría siguiendo la estela literaria de la madre, las que la empujaron a escribir cuentos un poco sórdidos pero bellos, melancólicos, que no soslayaban temas duros (como la envidia o el alcoholismo) y que ofrecían a los chavales una puerta ante la que asomarse al mundo, y a prepararse para el “allá fuera” tras el confort de sus primeros años. El interregno hasta la adultez se convertía en sus amenos, cercanos y exquisitos relatos casi en un juego de reglas no siempre fáciles, como la vida misma. Su pasión por imaginar obras teatrales para Camilla, sirviéndose de la casa de muñecas de ésta habitada por animales, ayudó a Gripe a entender la psicología de sus personajes, a hacerlos empáticos y humanos.

Uno de sus libros más bonitos, y también uno de los pocos de su producción que tienen cabida en esta página (Gripe fue, fundamentalmente, una autora realista), es Los hijos del vidriero (1964; última edición en castellano por SM, 2017), una bellísima novela que además es metáfora: Gripe utiliza el motivo omnipresente del cristal para poder hablar de la fragilidad de las cosas. Una fragilidad tanto material y tangible, referida a la propia corporeidad y sustancia de los objetos, como espiritual y anímica, cuando se centra en las personas. La narración reproduce la contradicción inherente al vidrio: frágil hasta el punto de poder despedazarse en múltiples aristas, y a la vez sólido y permanente, inmutable, duro. Por las páginas del libro desfilan mujeres a punto de quebrarse, como la melancólica Señora de la Ciudad de Todos los Deseos, que todo lo tiene y nada puede anhelar ya porque le es concedido, como otras incapaces de doblegarse. Y así, introducimos a Aleteo Brisalinda, una de las mejores hechiceras del medio impreso, dotada de un poder discreto, pero sabio y profundo, como el del Ged archimago de los Cuentos de Terramar.

Aleteo Brisalinda y Talentoso, según Harald Gripe (ilustración de la edición original sueca)

Aleteo Brisalinda es hija de una planificación inteligente, de una visión del mundo sensible a la vez que un tanto cínica. Augurio infalible de buen tiempo en su comarca, augur involuntario gracias su talento como alfombrista, pues es capaz de predecir destinos y desgracias al tejer hebras, debe su nombre precisamente a la superstición popular, de la que emana parte de su fuerza: “(Aleteo) porque siempre llevaba una gruesa capa con una esclavina color añil. Los amplios bordes con festones de la esclavina revoloteaban en sus hombros como si fuesen unas alas […]; (Brisalinda) porque […] respondía a la creencia de la gente de que su presencia era señal segura de vientos templados y suave deshielo”. A todas partes le acompaña un cuervo caprichoso, críptico y tuerto, Talentoso. Otro personaje memorable: “Había perdido el ojo nocturno, por lo que sólo veía el lado bueno de las cosas”. Esta peculiaridad ayuda a Gripe a trazar una de las enseñanzas más contudentes que destina a su público: “Desde luego, es hermoso poder ver sólo el lado luminoso de la vida, pero los que realmente están en condiciones de decir la pura verdad son aquellos que también pueden ver el lado sombrío de las cosas”.

La hechicera que no quiere serlo y su mascota que se siente incompleta serán quienes acudan al rescate de Klara y Klas, los hijos del vidriero Albert, secuestrados y llevados a la triste y solitaria Ciudad de Todos los Deseos por el Señor, un hombre tan inmensamente rico que está en disposición de conceder a su atormentada esposa cuantos anhelos formule. El Señor ejemplifica otra lección importante: la de cómo el egoísmo puede poner en peligro tanto a uno mismo como a los demás, al condicionar vidas ajenas y destruirlas. Con egoísmo no puede haber amor, nos dice Gripe, porque el amor es comprender al otro. Al quererse tanto a sí mismo, las acciones del Señor son huecas, vacías de significado. Es un claro caso de cómo, al intentar hacer el bien, se llega al mal. Porque, en la complejidad de la vida, lo malo no es necesariamente algo desastroso, calamitoso o fatal; lo malo también puede ser lo más inconveniente, la indecisión, el titubeo. El Señor se quiere tanto que impone que sus bromas deban ser reídas o que todo el mundo le dé las gracias, sin que él las devuelva, y así construye a su alrededor una dictadura de lo correcto que acaba arrastrando a todos y a todo hacia la infelicidad más absoluta y abyecta, de la que es totalmente ignorante: “El Señor es engreído y estúpido, y por tanto, […] es una persona feliz”. Es alguien que simplemente no se plantea nada, que carece de curiosidad, de inquietudes, de empatía.

El vidriero Hans y el pequeño Klas, según Harald Gripe

La larga segunda parte del libro se ambienta en esa Ciudad extraordinaria que sin embargo es el capricho de un hombre insatisfecho. La Ciudad de Todos los Deseos remite a Gormenghast de Mervyn Peake, la colosal mansión en la que todo el clan Groan vegeta y se marchita, y en la que nada cambia porque aspira a seguir igual. Sólo la entrada de Nana, la voluminosa y tremenda institutriz de pesadilla traerá cambios sustanciales, y a peor. Nana es la sublimación del Trauma, la espoleta que necesitan nuestros miedos más profundos para manifestarse.

Con Nana, Klas y Klara se amustiarán, perderán la gracia de los juegos, dejarán de ser niños; con Nana, la Señora se amargará y vivirá permanentemente metida en cama, esclava de sus migrañas. Será sobre todo en esos oscuros momentos donde ambientará Harald Gripe, marido de la autora, varias de las ilustraciones que acompañan al libro: dibujos tristes y tenebrosos que muestran la otra mejila, menos benévola, de la realidad del mundo adulto. En esos semigrabados, Klara y Klas aparecen representados en el colmo de la fragilidad, minúsculos, delicados; son casi muñecas de porcelana.

Maria Gripe anima a los niños a sobreponerse a las adversidades. A afrontarlas con entereza. A no perder la esperanza de la sonrisa. Pero advierte: “A la gente no le importan las lágrimas del prójimo siempre y cuando resulten hermosas de contemplar”. La vida, a pesar de que lo que nos enseñan, no es calvario: puede ser frágil, bonita y perecedera. Como una lágrima en la lluvia. O un vaso de cristal en equilibrio precario.