La Canción de Navidad de Carlos Giménez no es una historia sórdida. Es más bien el retrato actualizado y posible de una actitud hacia todas las convicciones sociales que rodean este periodo del año, así como una denuncia social al estilo Dickens, que no olvida a los más desfavorecidos.

La Navidad es tiempo de villancicos, turrones, pinos adornados, consumismo y copiosas cenas familiares. Pero también es el momento en el que Charles Dickens decidió ambientar uno de sus más virulentos alegatos en contra de la pobreza infantil, un cuento en cinco actos convertido en clásico literario titulado Canción de Navidad (1843), cuya premisa es harto conocida: al avaro Ebeneezer Scrooge le espera un tormento tras su muerte si no enmienda sus miserables actos en vida. Su última oportunidad adquirirá los rasgos de su difunto socio, Jacob Marley, quien le prevendrá de la visita nocturna de tres espíritus: el de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras.


Cada uno de los espectros tendrá un aspecto acorde con las noticias de las que son heraldos, de aquello que quieren enseñar: las sombras de lo que ha sido y también de lo que podría llegar a ser. El último, una parca silenciosa, asusta a Scrooge con las consecuencias profundas de sus acciones entre los vivos. Dickens fue inclemente en su afán por señalar la hipocresía de sus contemporáneos, pero también fue inteligente al hacerlo bajo la forma de un relato de fantasmas, a los que era muy aficionado y que tanto contribuiría a difundir como editor. Lo fue no sólo por revestir de una manera ligera una denuncia escabrosa, para así llegar al gran público con mayor facilidad, sino por las implicaciones de su fórmula: los fantasmas de Dickens eran más bien los pobres y los marginados sociales, esos desafortunados que avergonzaban a la orgullosa nación inglesa y cuya existencia las autoridades se esmeraban, a modo de deber moral, en ocultar y combatir.

Tal es la capacidad de seducción de esta obra dickensiana que ha sido objeto de numerosas revisiones: pasó a integrar el imaginario teleñeco, en un estupendo musical con Michael Caine; fue truculento cortometraje del estudio Disney (cuando todavía no era estandarte de lo gazmoño), con protagonismo indiscutible de Gilito McPato, e incluso derivó en divertida comedia con Bill Murray. Roberto Innocenti la coloreó con pinceles y acuarelas con su descomunal talento y, muy recientemente, el dibujante Carlos Giménez (Madrid, 1941) la hizo parte inseparable de su corpus creativo.

Giménez es uno de los más importantes dibujantes e ilustradores españoles. En líneas generales, su obra pivota sobre dos ejes fundamentales: sus recuerdos de infancia, tristes y pobres, casi como huérfano en el infierno del Auxilio Social, institución de la España franquista para niños desahuciados, y su carrera profesional bajo condiciones draconianas y en el umbral de la esclavitud. Ambas constantes son mostradas con humor en su Canción de Navidad (Reservoir Books, 2018), su peculiar tributo al maestro Dickens y al espíritu de denuncia social con el que se alumbró dicha obra.

Detalle de página. En la imagen, la visita de Raúl, el amigo. Esta aparición propicia un toque de humor, pues la bufanda oculta la mandíbula de un cadáver (y Raúl fue coqueto).

La Canción de Navidad de Giménez no es una historia sórdida. Es más bien el retrato actualizado y posible de una actitud hacia todas las convicciones sociales que rodean este periodo del año. El alter ego de Ebeneezer Scrooge no es aquí un avaro sin escrúpulos sino un personaje huraño pero querido, con buen fondo, que prefiere disfrutar en soledad estas fiestas. Su soledad es una decisión personal, pero también una convicción, pues para Pablo, dibujante de historietas, no hay muchos alicientes en las multitudinarias reuniones familiares, en la compra masificada, en el hecho de verse obligado a abandonar la tranquilidad de su céntrico estudio madrileño. El señor Pablo rechazará cortésmente todas las invitaciones a comidas y cenas, firmemente decidido a transcurrir las Navidades trabajando. Hasta que su amigo y compañero de Auxilio Social y de profesión, Raúl, se le aparece y, como Jacob Marley, le avisa del triple advenimiento que va a enseñarle a “aprovechar la vida”.

Como buen marxista materialista, los fantasmas de Giménez, sombras puramente irónicas, no tienen nada que ver con la redención, pero sí algo con el arrepentimiento, aunque no entendido como una contrición culposa. El arrepentimiento de Giménez apunta más bien a oportunidades perdidas, a cosas por hacer que no se hicieron, a palabras que nunca se pronunciaron. Al señor Pablo no le espera el infierno católico, pero sí el anonimato, o la esquela efímera. Así, esta Canción de Navidad se centra principalmente en reivindicar la soledad, lo que conduce a una dicotomía: de un lado, está la “soledad buscada”, que puede ser feliz si la persona sabe vivirla bien como opción personal, y del otro está la “soledad impuesta”, síntoma de exclusión social. Las mejores páginas de Canción de Navidad son precisamente aquellas que vibran bajo el peso de un feroz tirón de orejas.

Algunos de los olvidados navideños, según Carlos Giménez (con recado a las autoridades europeas).

El fantasma de las Navidades Presentes será odiado y vilipendiado por sujetos como Jair Bolsonaro, Donald Trump, Viktor Orban, Matteo Salvini y Santiago Casado (o Pablo Abascal). El espectro conducirá al señor Pablo entre campos de refugiados, hambrientos y migrantes, entre gente que aspira a una vida y un futuro mejor que no puede permitirse. Enseña a los balseros que mueren en mitad de Europa, “mientras Europa mira hacia otro lado”. Y plantea esa pregunta que provocaría una mueca de cínico asco en el rostro de Marine Le Pen: “Y los gobiernos de esos países, nuestros gobiernos, ¿no hacen nada? Sí, construyen cercas con alambres de espino para defenderse de ellos, para mantenerlos lejos de sus modernas ciudades, de sus limpias calles, de sus bonitas y cómodas vidas”. Tal y como hiciera Charles Dickens más de siglo y medio antes, la voz de este villancico pretende remover conciencias. Giménez busca un mundo mejor, y por lo tanto más justo e igualitario, con una equiparación de sueldos y de recursos, con una mayor humanidad.

Un mundo, también, en el que alguien pueda realizarse sin necesidad de trabajar a destajo por una miseria. Raúl, el fantasma del amigo, no está encadenado a sus pecados: sus eslabones los componen las miles de páginas dibujadas. Estas cadenas son el símbolo literal de un anclaje, de una esclavitud quizás reconocida pero no siempre bien pagada. Son la metáfora de un mundo que prospera malamente, a trompicones, al perverso ritmo de la explotación. Giménez lo subraya ampliamente; además lega un final para descubrirse, sarcástico, que remite a Lampedusa (al autor y la isla a la que arriban los refugiados); pues, en el fondo, nada cambia para que todo siga igual.

Hay casos y casos, cenas y cenas, pero las Navidades, sostiene Giménez, no son más que una patraña (o, durante la Asistencia Social, simplemente una falsa esperanza). Una enorme superchería para que nos sintamos mejor con nosotros mismos y no nos pese tanto la venda con la que tapamos la mirada hacia la miseria que nos cerca.