Entrevistamos en exclusiva al escritor John Ajvide Lindqvist (Blackeberg, 1968) en su paso por la quincuagésima primera edición del Festival de Sitges, en calidad de jurado. Un encuentro privado y distendido que nos ayuda a conocer al hombre simpático, humilde y cercano que se esconde detrás de Déjame entrar (Espasa, 2010), Descasa en Paz (Espasa, 2010), Puerto humano (Espasa, 2012) y otros bestsellers terroríficos. Aunque el autor habla sueco (su lengua natal) e inglés a la perfección, ha insistido en realizar la entrevista en español, o al menos intentarlo.

John Ajvide Lindqvist. Fotografía de ©Karl Melander / TT

Fabulantes: Buenas tardes, John. ¿Puedo llamarle John? Tiene unos apellidos un tanto difíciles de pronunciar.


John Ajvide Lindqvist: (Una abierta carcajada nos adelanta que al autor sueco no le pilla por sorpresa la petición) Hazlo, por favor, ya me he dado cuenta de que mis apellidos son como un galimatías en el extranjero.

F.: Comencemos por el principio, valga la redundancia. ¿Por qué un mago y humorista empieza a escribir terror?

J. A. L.: Todos tenemos algo que decir, algo que necesitamos contar. Cuando empecé en el mundo de la magia, como profesional, lo primero que hice fue trazar un hilo conductor para mis espectáculos, algo que me permitiese plantearlos dentro de una rutina. Se me daba bien contar cuentos, así que los acompañé con trucos de magia. Ser humorista no es tan distinto, también implica escribir mucho; de hecho, los últimos años de esta etapa los pasé escribiendo monólogos para humoristas mejores que yo, más… “populares” (una risita socarrona matiza la autocrítica). Escribir es como hacer trucos de magia: practicar, practicar y practicar, hasta que consigues que lo imposible parezca posible.

F.: Pero pasar del humor al terror…

J. A. L.: Lo sé, lo sé, parece un cambio radical, pero tienen más en común de lo que parece. Ambos géneros establecen situaciones normales y cotidianas, sean de carácter social o personal, hasta que se introduce un elemento extraño que las desestabiliza. La mayoría de las comedias se acogen a esta fórmula, nos hablan de las reacciones de los personajes a estos elementos extraños. Con las historias de terror ocurre exactamente lo mismo. Por ejemplo, en mi primera novela, Déjame entrar, describir el suburbio en el que crecí fue mi principal ambición; deseaba introducir algo extraño en esa región de Estocolmo, algo espantoso, e imaginar cómo sería la respuesta de la gente.

F.: Dentro de la literatura de vampiros no es habitual encontrarse con niños vampiro. Sin embargo, usted apuesta por uno en Déjame entrar, Eli. ¿Por qué?

J. A. L.: Tenía dos cosas claras desde el principio. Por un lado, que el niño protagonista de la historia iba a tener doce años. Por el otro, antes incluso de decidir que el monstruo iba a ser un vampiro, que se establecería una relación de amistad entre el niño y el monstruo. Lo ideal, para hacerlo más fácil, fue representar al monstruo como una niña de su edad. El acercamiento parece más natural. Habría sido bastante distinto si el monstruo hubiera sido como The Blob (Ríe al tratar de imaginar la alternativa).

Escribir es como hacer trucos de magia

F.: Además de novelista, es también guionista cinematográfico. ¿Qué diferencias encuentra entre imaginar historias para un libro y para la pantalla?

J. A. L.: Me cuesta aún definirme como guionista, he escrito guiones de varios de mis cuentos, pero sólo he trabajado en un guión para el cine. Personalmente, no encuentro tan difícil escribir guiones, porque mis novelas también nacen a partir de un puñado de imágenes potentes, y todo el trabajo de escritura se basa en construir hilos y puentes entre esas imágenes, entre esas escenas que conforman el atractivo principal en mi cabeza. Pienso en imágenes, por eso me es muy fácil trasladar las páginas de un libro a las de un guión. No había escrito guiones antes del de Déjame entrar, pero tratándose de una novela tan cercana a mi corazón, si alguien iba a destruir esta historia, tenía que ser yo (Sonríe de modo inquietante). Si otra persona lo hubiera escrito, y lo hubiese hecho mal, se lo haría pagar el resto de su vida.

F.: ¿Le dio pena sacrificar contenido? Hay una diferencia abismal entre la cantidad de páginas del guión y de la novela.

J. A. L.: Me llevó tres meses escribir el primer borrador del guion: doscientas cuarenta páginas. La idea original era condensar toda la novela en dos películas, pero más adelante Tomas Alfredson me dijo que sólo había dinero para una, así que tuve que recortar, primera a ciento veinte páginas, luego a ciento diez, luego a cien, y finalmente a noventa. Por si no era suficiente drama, de esas noventa se filmaron sólo setenta. Escribir no cuesta dinero, tienes vía libre para imaginar, sin límites ni limitaciones. Lo extraño, lo que me sorprendió de este trabajo de síntesis, fue descubrir que podía contar en una página lo que ocupaban cuatro o cinco de la novela. Aluciné con el resultado: aun habiendo bajado de doscientas cuarenta páginas a setenta, la historia estaba intacta, se entendía a la perfección y priorizaba en lo que realmente importaba.

Célebre fragmento de la película (de culto) de Tomas Alfredson (2008)

F.: Suena a un cambio significativo en la forma de escribir. ¿Ha amoldado su estilo literario a un lenguaje más cinematográfico en obras posteriores?

J. A. L.: Para nada, como dije antes, mis historias ya son de por sí muy visuales. Nunca pienso en el cine cuando escribo un relato o una novela. De hecho, creo que mis últimas historias serían bastante difíciles de llevar a la pantalla.

F.: En 2010 llegó a cines el remake norteamericano de Déjame entrar. ¿Qué necesidad había de rehacer una película moderna, con apenas dos años de diferencia, que ya contaba con el respaldo de la crítica y el público?

J. A. L.: Bueno, por si acaso, debo aclarar que yo no tuve nada que ver con el guión norteamericano. Sé que Matt Reeves tenía una relación especial con la novela, se sentía identificado con la historia del niño maltratado en el colegio, porque me lo contó en algunas de las conversaciones que mantuvimos por e-mail. Matt entendía bien la soledad de Oskar, no creo que hiciese el remake sólo por dinero, se involucró mucho personalmente y llevó la historia a su terreno. Hay semejanzas, eso es evidente, pero creo que son bastante distintas. Me gusta el remake, NO TANTO como el sueco, es imposible (subraya las distancias con risas y aspavientos), pero es una digna película de terror norteamericana.

F.: Además de ambas adaptaciones cinematográficas, la novela va camino de convertirse en serie de televisión. ¿Considera útiles las adaptaciones como estrategia para captar nuevos lectores o, por el contrario, cree que su visionado puede hacer que pierdan el interés?

J. A. L.: Voy a responderte con un dato. Déjame entrar había vendido cerca de 150.000 ejemplares en Suecia. Cuando se estrenó la película, miles de personas acudieron al cine y se vendieron 300.000 libros más. Es muy extraño. Creo que todo lo que transmite la película, afortunadamente, puede encontrarse en el material original. Así que sí, creo que las adaptaciones son muy útiles. Pero en lo que respecta a la serie… (Aprieta los dientes en una sonrisa maliciosa) Estuve muy en contra. Mis abogados iban a luchar para que se cancelara, pero por suerte la productora no llegó siquiera a rodar el piloto. La historia era completamente diferente, y el guión, sinceramente, no me gustó nada.

F.: Visto lo visto, y para prevenir catástrofes, ¿no sería mejor adelantarse a Hollywood con una secuela oficial, escrita con su puño y letra?

J. A. L.: Escribí una secuela hace años, en 2004; se llama Let the Old Dreams Die. Es un relato muy corto, pero ofrece pistas al lector sobre lo que ocurrió con los personajes de Déjame entrar al concluir la historia. Tengo una idea sobre cómo podría expandirlo, y seguramente lo acabe haciendo, pero dentro de cuatro o cinco años. Creo que llamaré a esa novela Until my mouth dries (Hasta que seque mi boca). Me gusta ese título.

Déjame entrar. Ilustración de Yuri Shepherd para Fabulantes

F.: Sus obras suelen redundar en una imagen negativa de la paternidad. Los padres, adoptivos o biológicos, son descritos como perdedores. ¿A qué responde esta visión?

J. A. L.: (Se confiesa culpable con otra de sus adorables carcajadas) Sí, puede ser. En Déjame entrar el padre de Oskar es un alcohólico inspirado en mi propio padre, en la angustia que me provocaba verlo en esas circunstancias. He escrito siete novelas, sólo tres han sido traducidas al español, y aunque no ocurre igual en todas, es cierto que tiendo a construir personajes solitarios, gente que espera desesperadamente que ocurra algo que cambie sus vidas por completo, no importa en qué manera. Cuanto más abiertos están a escuchar, más posibilidades tienen de encontrar respuestas asombrosas. A veces ni siquiera son niños, son adultos que no tienen amigos, o que han perdido su trabajo, fracasados que necesitan agarrarse a cualquier cosa que los saque de esa espiral. El destino de los personajes solitarios de mis historias, en realidad, no viene marcado tanto por la negligencia de los padres como por una predisposición a explorar escenarios insólitos.

F.: Además de la soledad, sus obras tratan en segundo plano diversos temas sociales. ¿Cree que el terror es un género que se presta a la denuncia política y social?

J. A. L.: Por supuesto. En mis últimas novelas no hablo de zombis ni de vampiros, pero en Little Star (2011), por ejemplo, tenemos a dos jovencitas que, hacia el final de la historia, masacran a un montón de gente con martillos y taladros. Si describes los hechos de una forma veraz, si retratas con precisión esa sociedad donde viven las chicas y las cosas que les afectan, haces que el lector considere la posibilidad de que los horrores que acontecen también pueden suceder en la vida real, que los perciban como una crítica social. Hay muchas cosas que nos asustan, más allá de los monstruos. Quiero decir, puedes sentir un miedo impreciso hacia lo que está ocurriendo en el mundo, ya sabes, vivimos en tiempos de terrorismo, y de Donald Trump (John apura la pullita con risas. No son pocos los autores invitados que aprovechan la coyuntura para tirar un dardo envenenado al presidente de Estados Unidos). En un sentido práctico, el cine y la literatura de terror nos vienen de perlas para purgar el alma, porque todos esos temores vagos que sentimos pueden adoptar la forma de monstruos concretos, un símbolo de nuestros miedos reales.

Es cierto que tiendo a construir personajes solitarios, gente que espera desesperadamente que ocurra algo que cambie sus vidas por completo, no importa en qué manera

F.: ¿Cuál sería el monstruo que más teme de la vida real?

J. A. L.: Supongo que el mayor miedo de cualquier persona, que lo que más amas desaparezca, y que todas tus convicciones, todo aquello en lo que crees, sea falso.

F.: Tengo entendido que uno de sus autores de género preferidos es Clive Barker. ¿Qué le gusta de él?

J. A. L.: Bueno, como decirlo, ¿conoces los Libros de sangre (publicados por Valdemar)?

F.: Por supuesto, los he leído varias veces.

(John lo aprueba con una deslumbrante sonrisa) Yo también, dos o tres veces. Pues bien, para mí son, sencillamente, LO MEJOR que se ha escrito en literatura de terror. Uno de los últimos que ha publicado, cómo se titula… Crimson… arggh… el de Pinhead

F.: ¿The Scarlet Gospels?

J. A. L.: Eso es, The Scarlet Gospels; tiene un estilo soberbio, muy, MUY, bueno, mejor que el de Stephen King. Conste que aprecio mucho a Stephen King, lo amo, pero claro, Barker tiene historias como En las colinas, las ciudades, aquella de los gigantes formados por cientos de personas, que es, probablemente, el mejor relato de terror que he leído en mi vida. Creo que es uno de los pocos escritores que pueden llegar a asustarte de verdad.

El cine y la literatura de terror nos vienen de perlas para purgar el alma, porque todos esos temores vagos que sentimos pueden adoptar la forma de monstruos concretos, un símbolo de nuestros miedos reales

F.: Muero de curiosidad por conocer su opinión acerca de los libros de Abarat

J. A. L.: Leí sólo el primero (2002). Tiene una riqueza incuestionable, pero es demasiado imaginativo, te exige muchísima concentración para asimilar tantas cosas diferentes en muy poco tiempo.

F.: Suscribo, palabra por palabra. Ha sido un placer poder hablar con usted, muchas gracias por su tiempo y su simpatía, y a seguir disfrutando del festival. ¡Hasta pronto!