Tal día como hoy, hace cien años, terminaba la Primera Guerra Mundial. Para celebrar este acontecimiento, nos decantamos por reseñar El barón Bagge, del veterano Alexander Lernet-Holenia, el libro que mejor recoge (y en clave fantástica) el espíritu y el estado de ánimo de un mundo que se encaminaba inexorablemente hacia un camino de no-retorno.

Alpenjägers austro-húngaros se retiran ante el avance ruso por condiciones climáticas y de terreno muy agrestes. Fuente: https://centenarioprimeraguerramundial.wordpress.com/tag/batalla-de-los-carpatos/

Hace exactamente un siglo, el mundo se detuvo para que nada volviera ya a ser igual: a las 11 de esa lluviosa mañana entraba en vigor el armisticio entre Alemania y los países aliados que ponía fin a la Primera Guerra Mundial. La rendición alemana se había firmado a las 05:20, en un vagón (posteriormente destruido por Hitler) en pleno bosque de Compiègne. Las condiciones fueron tan draconianas para el vencido que el mariscal Foch, jefe del ejército aliado, expresó su malestar con una frase que terminaría siendo desgraciadamente profética: “Este no es un tratado de paz, sino un armisticio de veinte años”. La humanidad se preparaba para un breve proceso de paz. La firma de Compiègne tan sólo fue una tregua.

Aunque es verdad que de las cenizas de un nuevo mundo surgió otro distinto. La humanidad se estructuró en una organización supranacional que debía tener funciones de vigilancia —la Sociedad de Naciones—, y los mapas conocidos sufrieron alteraciones drásticas: se trazaron nuevas fronteras —algunas estarían en el germen del rencor alemán de la Segunda Guerra Mundial— y se disolvieron todos los viejos imperios, que cedieron el testigo a uno nuevo: Estados Unidos. La Gran Guerra, como se la conoció rimbombantemente en un mundo en estado de shock, dejó 9 millones de soldados fallecidos y 21 millones de heridos, además de 5 millones de civiles muertos por hambre y diversas enfermedades. Las cicatrices morales tardaron en sanarse (aún hoy Inglaterra tiene un trauma con el conflicto). Pero entre los recuerdos de tanta tragedia surgieron algunas cosas buenas, como El barón Bagge (Siruela, 2006), la más célebre novela del austriaco Alexander Lernet-Holenia (Viena, 1897-1976).

Escrita en 1936, quizás sea el libro que mejor recoge el espíritu de la Primera Guerra Mundial y del estado de ánimo de un mundo que se precipitaba hacia un camino de no retorno. Lernet-Holenia narra un cuento —la novela apenas alcanza las 100 páginas— en el que vida, muerte y sueño se entremezclan y fusionan. El barón Bagge casi parece una síntesis de 1915, año en el que se ambienta: la realidad se confunde con la ficción hasta el punto de que los hechos parecen fruto de un ensueño. Lo contado es casi el resultado de una vigilia permanente y expectante. Al igual que los soldados atrincherados en los alrededores de Vrigne-Meuse, el pueblo de 350 habitantes donde se produjeron las últimas hostilidades del frente occidental, los protagonistas de El barón Bagge aguardan su destino inevitable.

En esta premisa, El barón Bagge guarda bastante parecido con El desierto de los tártaros, la obra maestra del italiano Dino Buzzati (publicada cuatro años después), y la mejor novela sobre la espera y la expectativa que haya dado jamás la literatura. En ella, el teniente Drogo supedita su porvenir, su vida y su razón de ser, a la remota e incierta llegada de los tártaros. La incursión de Bagge y sus compañeros de infortunio por los Cárpatos, entonces parte de Hungría, es como la guardia eterna de Drogo: en su búsqueda del rastro del ejército ruso, las tropas austriacas esperan encontrar un motivo para su conducta, un resquicio para la cordura, una reafirmación personal o, simplemente, como el capitán Semler, la certeza de que se sigue vivo.

You shouldn’t Be There. Ilustración de Jakub Rozalski

A pesar de que Lernet-Holenia apostó por una narración entre visillos y brumas, llena de insinuaciones y de ambigüedades, los hechos que refiere tienen veracidad histórica: El barón Bagge inmortaliza la desastrosa Batallas de los Cárpatos-Bukovina, en las que el Imperio austro-húngaro buscó aplastar a las hordas rusas y a sus aliados —por necesidad— rumanos. Para dar una idea de lo que aquella campaña supuso para Austria, pero también para el acervo universal, basta remitirse a la opinión de los historiadores, que siguen considerando ese periodo de la Primera Guerra Mundial, transcurrido entre febrero y marzo (los combates definitivos tendrían lugar entre el 15 y 16 de ese mes) de 1915, como la más cruenta, sangrienta e inútil de cuantas batallas invernales se hayan librado nunca. El ejército austriaco, mal preparado y pertrechado para afrontar una guerra de desgaste en territorio montañoso y climatológicamente adverso (las tempertauras alcanzaban los 20 grados bajo cero), fue azuzado y diezmado sin piedad por las tropas del duque Nikolai, primo del zar. En abril de 1915, las bajas austriacas ascendían a 800.000 sólo en ese frente. El trauma austriaco, derivado de esa matanza, fue comparable al de Inglaterra con Somme o al de Francia con Verdún.

Lernet-Holenia conoció el miedo y la frustración que debieron experimentar todos aquellos soldados enviados a morir absurdamente. Él mismo se alistó como voluntario en 1915, con tan sólo 18 años, y sirvió en el noveno regimiento de dragones, unidad militar austriaca, con el que combatió en Polonia, Eslovaquia, Rusia, Ucrania y Hungría hasta el fin de la guerra. También entendió, y plasmó, muy bien el sentido del ridículo y la sensación de estar fuera de lugar de los cuadros regulares: “Las tropas de los vivaques de avanzada —escribe— nos seguían con la mirada en silencio y contemplaban cómo cabalgábamos a la manera de los tiempos ya idos, con armas y uniformes anticuados, hacia lo incierto”. En este pasaje se aprecia además la resignación de los combatientes. La silenciosa complicidad irónica, traducida en silencios o sobreentendidos, representará en El barón Bagge un anclaje a la cordura: aceptando lo que sucede se sigue adelante. Al barón la actitud de sus compañeros de dar por bueno todo cuanto pasa, por extraño que sea, le sorprende, pero la toma como un hecho inherente a la situación bélica. Quizás hoy estos soldados habrían sido diagnosticados de estrés postraumático; mientras leemos sus actuaciones conformistas, fantasmagóricas, no podemos dejar de pensar en una suerte de aceptación de lo fatal.

Nach & Tag, ilustración de Jakub Rozalski.

Cualquier cosa parece posible, aunque no necesariamente real, en el terreno de este relato. Lernet-Holenia va preparando al lector para que tome como inapelable la confusión entre realidad y sueño. Dice Bagge: “Los recuerdos terminan por hacerse más fuertes que la percepción del presente”. El autor austriaco construye imágenes imperecederas, como una boda espectral entre Bagge y Charlotte Szent-Kirely, cuyos testigos visten ropas de antiguas épocas. O como la estancia del regimiento en el pueblo de Nagy-Mihaly (nombre que parece condensar todos los espacios fantásticos de la literatura), pequeño pero aun así lleno de tantos habitantes que parece imposible que quepan en cada pequeña casa, y donde cada vecino es pródigo, munífico, y puede ser anfitrión esplendoroso. Cada destino del batallón de Bagge, fácilmente trazable en un mapa, está marcado por el signo de la adversidad: la propia Naturaleza quiere frenar su avance, prevenir de lo que puede pasar si se persevera en la contienda. De ahí la noche perpetua, la niebla desorientadora, las temperaturas gélidas.

Bagge parece pedir perdón por sobrevivir, como los atrincherados en Vrigne-Meuse en la víspera del armisticio. La narración asume el tono de un mal presagio, como la calma que se cierne antes de la tempestad. Todos los terrores del mundo están contenidos en la perpetua duermevela de este relato lúcidamente alienado. El barón Bagge tiene esa misma virtud de carácter que singulariza a obras literarias como El gran Meaulnes, Beau Geste o la ya referida El desierto de los tártaros: llega a lo más recóndito de la sensibilidad de quien lo lee. El lector de estas páginas no vuelve jamás a ser el mismo tras este paseo onírico por el amor y la muerte. Terminará por entender seguro a todos aquellos chicos de la trinchera que tuvieron que madurar abruptamente para regresar a un mundo que odiaron de por vida.