El hombre garabateado, último trabajo del dibujante Frederik Peeters (en colaboración con el guionista Serge Lehman), se centra en el arte de narrar. A través de innumerables referentes, literarios y cinematográficos, esta voluminosa novela gráfica resalta la importancia de la narratividad, entendida como búsqueda de la identidad.

Las imágenes se reproducen con permiso de Astiberri Ediciones.

Detrás de cada historia hay necesariamente un poso de verdad. Al contar una historia cualquiera, se produce una comunicación, así como el intercambio de conocimientos. Para que una historia sea verosímil ha de estar construida sobre bases comunes, e identificables, entre el emisor y el receptor. Hasta los mitos y leyendas, en cuanto máxima expresión (seminal) de lo fantástico, obedecen a una cierta búsqueda de verdad: cuentan hechos sobre la base de los saberes de la época. Contar una historia es preservar la memoria, custodiar unos recuerdos. De eso, y también de todo lo demás, trata explícitamente El hombre garabateado (Astiberri, 2018).

El cómic parte de una tarjeta de presentación inmejorable: es el último trabajo, hasta la fecha, del dibujante suizo Frederik Peeters (Ginebra, 1974), uno de los autores más volcados en el género fantástico, como se puede apreciar en su monumental y metafísica Lupus (obra en cuatro voluminosos tomos que Astiberri recogió en formato integral en 2011), en Píldoras azules (2001, última edición en Astiberri de 2015) o en la serie de ciencia-ficción Aama (2011-14, también en Astiberri). Peeters comparte autoría con el guionista, y colaborador de Enki Bilal, Serge Lehman (Viry-Châtillon, Francia, 1964). Esta cooperación da como resultado una novela gráfica de 327 páginas cuajada de referentes para los amantes del cine y de la literatura. No obstante, su referencia más determinante pasará inadvertida al lector que no esté sobre aviso.

La piedra angular de El hombre garabateado es el Wilder Mann del artista multidisciplinar Charles Fréger, una suerte de construcción teratológica consecuente con la trayectoria del fotógrafo francés. La obra de Fréger analiza la asimilación del hombre con su entorno; en ese contexto, el Wilder Mann es un constructo, una hipótesis sobre cómo podría llegar a ser una criatura salvaje cuyo hábitat es un ecosistema aún inexplorado. Fréger lo imagina de varias maneras, casi siempre como una especie de wendigo amable con visos de peluche. La pluma y la tinta de Lehman y Peeters distorsionan su imagen hasta lo terrible para dar lugar a la pesadilla amenazante de su cómic, Max Cuervo, el golem que precipita con su alargada la acción de El hombre garabateado.

Página que ejemplifica el expresivo empleo del blanco y negro usado por Peeters

Quizás Max Cuervo sea una de las aportaciones más interesantes de esta novela gráfica. Su ambigua apariencia le confiere el aspecto de humano estrafalario y de monstruo inenarrable. Tocado con un sombrero, adornado con un traje de plumas y dotado de unas facciones aquilinas, pasa tanto por actor de teatro Nō como por una criatura de arcilla (no podemos obviar un cierto parecido con el protagonista de El devorador de historias, otro cómic sobre el arte de narrar). Max Cuervo es Freddy Krueger y el Slenderman: la leyenda urbana que subyace en los confines de la realidad y que interfiere con ésta para mostrar su fragilidad, su vaporosidad. Max Cuervo, el cuento que cobra vida, es el pasado que llama a la puerta de las Couvreur para recordarlas que, a pesar de que intenten ser otra cosa distinta, no pueden rehuir su condición. Gracias a este monstruo, el cómic apuesta por ponerse de frente ante la verdad: de nada sirve ocultarse, hacerse pasar por un impostor. La verdad es, termina por aflorar. Y cuando sale a flote nos confrontamos con nuestra identidad, aquella que hemos intentado rehuir sin éxito pero que es la que nos determina.

Las tres grandes impostoras, voluntarias o no, de El hombre garabateado son las tres mujeres Couvreur: Maud, la talentosa autora de historias infantiles de terror; su hija Betty, maquetista con puntuales problemas de afasia, y la avispada nieta adolescente Clara. Cada una de ellas alberga un secreto personal, que es sustancialmente una pequeña arista del misterio global que rodea a una familia en la que las mujeres tienen un peso decisivo. Ésta es una historia sobre mujeres, y no hay ninguna coincidencia en que así sea. Tradicionalmente, sobre las mujeres ha recaído el cometido de difundir la memoria de la especie, de transmitir durante generaciones, a través de la oralidad (y no sólo), el conocimiento humano. Este importante deber condiciona a la trinidad protagonista: la afasia de Betty es el fruto de su incapacidad para crear e imaginar; el éxito literario de Maud estriba en su competencia para fertilizar su imaginación; las aptitudes incipientes de Clara, más parecida a su abuela, la hacen detentora del inmenso poder de saber narrar una historia. El rol de las tres mujeres es crucial. No en vano, Lehman las bautiza como Couvreur: en francés pedestre significa “reparador de techos”, pero también es el término con el que se alude al Guardián del Templo masónico, un rango de extrema importancia: en la jerarquía masónica, es el celador de la historia de la Logia, algo más que un simple archivero. De nuevo, la narratividad. La cuadratura del círculo.

El hombre garabateado está dibujado y entintado en un adecuado y favorecedor blanco y negro, que encierra la mayor de las intencionalidades. Peeters dibuja con la vista puesta en el expresionismo cinematográfico alemán y en su ambiente misterioso, con el fin, como sostiene, de “despertar en el lector la sensación de estar presenciando no exactamente el fin del mundo, sino un desarreglo”. Por su parte, Lehman justifica la elección cromática como un rasgo nítido de carácter: “queríamos jugar —afirma— con cosas profundas, orgánicas, biológicas”. La climatología, de enorme presencia desde las primeras viñetas, en las que se presenta una lluvia inclemente, casi un diluvio con tintes de Apocalipsis, marca la personalidad de la obra. La naturaleza indómita gobierna. Los espacios son amplios, agobiantes, están azotados por feroces fenómenos climáticos, que son la manifestación de la furia de unas fuerzas naturales que pugnan por abrirse paso, que reclaman una vuelta a la naturalidad de las cosas. Que exigen, en suma, que las Couvreur dejen de esconderse y ocupen el lugar que les corresponde en el orden de los acontecimientos.

Abrir El hombre garabateado es sumergirse en una búsqueda profunda de la identidad. A través del acto de contar historias, vivimos y somos, encontramos nuestra razón de ser. Por eso, esta novela gráfica se esfuerza por susurrarnos con insistencia, como el esclavo al emperador romano: Recuerda que sabes narrar.