Ceremonia de apogeo en el sol, de Lisardo Suárez, traslada al ámbito de la ciencia-ficción, la mitología e iconografía mexica para edificar un relato que bebe de Battle Royale, pero también del film Perseguido (The Running Man, 1987). Es la última Mención de Honor de nuestro concurso literario sobre pulp y space opera.

Teotihuacán. Calzada de los muertos. Ilustración de Den Parker

Nada como la muerte en guerra, nada como esa muerte florida, la florecida muerte del campo de batalla, bella para el que muere, para el grato elegido. Lejos la veo aún, sí, pero cerca o lejos, mi corazón no tiembla si no con la emoción del elegido, del glorioso elegido.


(…) La muerte al filo de obsidiana, la muerte en guerra. Con muerte en guerra os daréis a conocer. Al borde de la guerra, cerca de la hoguera, os daréis a conocer. Polvo de escudos se tiende, niebla de dardos se tiende. ¿Acaso en verdad es lugar para darse a conocer el sitio del misterio?

Cantos de guerra mexica

El silencio repentino de los pájaros sirve como señal de aviso; hasta la brisa parece soplar más despacio en ese instante. Tlhazán lleva cinco horas subido al acecho en la parte más alta de un árbol, muy quieto. Pero ahora, al llegar el momento del contacto con los rivales, incluso contiene la respiración. Pronto nota el suave movimiento de la maleza cerca de la base del tronco. La figura desnuda y manchada de barro que surge de entre la vegetación se mueve con sigilo, precavido.

Tlhazán aprieta con fuerza el mango del tepoztopilli mientras observa. El candidato que camina varios metros por debajo de sus pies lleva una piedra en la mano derecha y el chimalli, levantado a media altura, en la izquierda. Con esa guardia y desde su ángulo superior, Tlhazán carece de cualquier clase de garantías para un golpe certero de su lanza. El poder invisible de los dioses, benditos sean, hace que el pequeño escudo detenga cualquier cosa a un metro de sus bordes. Reza a Xipe Tótec y pide una oportunidad, pero el dios de los sacrificios parece ajeno a su ruego en ese momento. Necesitaría un acercamiento por detrás o por los flancos para terminar con el enemigo.

Y eso hace la nueva figura que surge, veloz y letal, de la espesura. Sorprende al enemigo por la retaguardia. Implacable. Sin vacilar. Como les enseñaron.

El golpe del macuahuitl a la altura de los lumbares parte por la mitad al contrincante. Es tan fuerte y repentino que el candidato muere sin saber muy bien la razón. La trayectoria del arma sigue su curso y golpea de lleno el tronco del árbol, que cruje manchado de sangre mientras se ladea un poco. Tlhazán reza al dios de la tierra para que su hijo aguante firme y permanezca erguido. Los crujidos de la madera acompañan su plegaria a Tlaltecuhtli.

Los ojos vacíos del candidato muerto parecen mirarle desde el suelo. Tlhazán pide a Tonatiuh que lo acoja en su reino. Reconoce al caído; compartió con él algunas actividades y era un buen muchacho, aunque nunca tuvieron una relación estrecha en todos los años de estudio. El vencedor actúa con rapidez y lava sus manos con la sangre de la víctima. A continuación toma el chimalli del cadáver y, mientras lo empuña, se interna otra vez en la vegetación hasta perderse de vista. Los chasquidos del tronco son poco tranquilizadores.

Muy despacio, Tlhazán consulta el susurro de Ometéotl que lleva en la muñeca. Quedan siete candidatos en liza. El que acaba de desaparecer entre la fronda ha terminado con uno y ya tiene en su poder dos piezas del guerrero para combatir. Hay otro que tiene tres. El quejido del árbol se hace más fuerte antes de comenzar su desplome. Tlhazán se abraza al tronco sin soltar la lanza mientras el suelo viene a su encuentro. Antes de chocar, atraviesa las ramas de otros árboles que retienen un poco la velocidad de la caída. A pesar de ello, el golpe saca el aire de los pulmones y hace que sus dientes rechinen. El dolor del brazo izquierdo es muy intenso. Se muerde los labios.

Además de las huellas del impacto por todo el cuerpo, una rama ha atravesado su brazo por debajo de la muñeca. Los años de entrenamiento en el calmécac, desde que era un niño, toman el control. Rompe la rama de una patada cuando se incorpora. El rostro, una máscara de hielo esculpida con paciencia, evita reflejar ninguna emoción. Tlhazán sabe que su familia debe estar viéndolo, que todos los espectadores pueden suponer el sufrimiento que padece y admirar el temple con que lo enfrenta. Ignora la herida y los dolores para estar a la altura de lo que se espera de él.

Crumbling Mist. Ilustración de Andreas Rocha

Se agacha para recoger su lanza y corre a buscar refugio entre unos arbustos, lejos de miradas hostiles. Un pequeño charco de sangre se forma a sus pies al detenerse. Tiene sed. Reza con fervor a Tláloc para que le ayude a encontrar agua pronto, saciarse y limpiar su herida. Agachado, se mueve deprisa buscando terrenos en pendiente. Acelera el ritmo cuando nota que, a su paso, deja un ligero rastro de sangre que podría seguir hasta un crío recién entrado a la escuela del guerrero.

El señor del agua le sonríe porque pronto encuentra un riachuelo, pero el señor del espejo negro le escupe a la cara: hay otro candidato allí, agachado sobre la corriente para beber. Tlhazán ha sido torpe, está débil, ha hecho demasiado ruido. El otro gira con rapidez para enfrentarle y dispara el tematlatl con el que está equipado. Falla por poco y el proyectil silba sobre la cabeza de Tlhazán, que se lanza tras unas rocas en busca de cobertura. Apenas lo consigue mientras otro proyectil se estrella cerca de su cabeza.

Le cuesta mucho usar el brazo izquierdo por culpa del dolor. Se marea. Siente náuseas. Un nuevo proyectil choca contra la roca con un ruido sordo. Como máximo, según las reglas, quedan siete proyectiles en el arma. La sangre, con lentitud pero sin descanso, escapa de la herida buscando el suelo fértil del estadio. Intenta localizar la posición del enemigo pero un nuevo impacto, junto a su cara, tiene lugar cuando levanta la cabeza. Esquirlas de piedra arañan su rostro. Seis proyectiles. Quería reservar la habilidad especial del tepoztopilli para más adelante, cuando pudiera marcar una diferencia estratégica en el combate, pero ya se ha quedado sin opciones. Amaga una salida de la cobertura. Impacto junto a sus pies. Cinco proyectiles.

El enemigo está nervioso, se precipita en los disparos y apunta mal. Los profesores que estén viendo la ceremonia estarán descontentos con ese pobre desempeño. Tlhazán sabe que tiene una oportunidad. Vuelve a fingir otra salida. Cuatro proyectiles. Sale con rapidez y decisión al encuentro del otro candidato. La honda vuelve a fallar y el proyectil se pierde en la jungla. Huitzilopochtli está de su lado. Tres proyectiles. Cuando se aproxima hasta una decena de metros del asustado combatiente, arroja su lanza mientras corre. Lo ensayó en el calmécac cientos, miles de veces. Hasta el agotamiento. Una y otra vez. Los profesores insistían en la importancia de la repetición para quien sigue la senda del guerrero. Su rival cae de espaldas con el tepoztopilli bien clavado en su pecho. Tres grandes zancadas más y está sobre él. Boquea con los ojos muy abiertos, agonizante. Tlhazán le rinde el homenaje de una muerte rápida cuando saca la lanza del pecho y la hunde en el cráneo con un golpe seco. El candidato patea un par de veces antes de quedar inmóvil, sin escuchar la oración en voz baja para que el regente del paraíso lo reciba.

Es su primera victoria en la ceremonia y quiere dar buena imagen a los espectadores. Recuerda lo aprendido y empuña de nuevo su lanza antes de comprobar que los alrededores están libres de cualquier otra amenaza inmediata. Tras asegurar su posición, embadurna sus manos y brazo herido con la sangre del caído. El aliento de los dioses, su poder invisible, cura la herida y le permite tomar el arma del muerto para usarla. Cuando comprueba la carga del tematlatl, descubre que sólo tiene un proyectil en la cámara. Su enemigo debió haber disparado a las sombras de la jungla antes del encuentro. El miedo lo derrotó antes que él.

Después de beber en el arroyo, se oculta otra vez entre la vegetación y comprueba de nuevo el susurro de Ometéotl: ahora quedan seis candidatos. Dos con un par de piezas de guerrero, como él. Otros tres con una, la misma con la que empezaron la ceremonia. Pero hay uno que ya tiene tres piezas en su poder. Tendrá que tener mucho cuidado con ese luchador. ¿Será Ixcatzin? Sería muy mala suerte que hubieran coincidido en la misma tanda de guerreros para el ritual. Tlhazán evita más distracciones y se centra en la información. Según los datos, el campo de batalla ya ha reducido su extensión original a la mitad. La emisión del evento es líder en la franja horaria. Luce una blanca sonrisa de jaguar para ofrecer una buena toma mientras camina agachado en la espesura. Se dirige al centro del estadio, porque ya se acerca el último acto del combate.

Tras una larga caminata, cuando está cerca de la explanada central, consulta el susurro: cinco candidatos en liza. Se escuchan con claridad sonidos de pelea en el centro. Con cuidado, explora las lindes porque sabe que es muy probable que alguien esté mirando el combate, oculto y a la espera de su oportunidad para actuar. Después de unos minutos de búsqueda sigilosa, lo encuentra. El átlatl en una mano y el tecpatl en la otra, con el rostro vuelto hacia la lucha y un cadáver a sus pies con una gran herida en el costado. Ambos tuvieron la misma idea que él. Tlhazán se acerca en silencio y lo atraviesa con su lanza por la espalda mientras sonríe. Con esa combinación de armas tiene posibilidades de vencer el ritual, en especial gracias a la daga y su poder. Se llena las manos con sangre de la víctima mientras ruega por su bienvenida ante Tonatiuh y toma las dos nuevas piezas de guerrero. Comprueba el impulsor: le quedan cinco virotes. Según el susurro siguen con vida cuatro candidatos, el número sagrado. Mira a su alrededor en busca de algún otro rival antes de observar el duelo en el centro del estadio.

El de las tres piezas viste armadura completa, dorada y bronce. Además del ichachuipilli que le protege el cuerpo y del cuatepoztli en forma de águila que guarda su cabeza, ataca con la maza mediante golpes amplios y largos. El blindaje corporal le permite esa confianza y, por ello, se luce ante los expectores. Su rival es el candidato al que vio Tlhazán bajo el árbol. Escudo y macuahuitl manejados con destreza y elegancia. Es un duelo atractivo lleno de táctica y belleza. Pero, aunque admira ese arte en la lucha, Tlhazán compite para ganar.

Apoya la lanza en un árbol y camina despacio hacia la pareja de luchadores que continúan el combate. Piensa en las cámaras y vuelve a sonreír para mostrar confianza. Ellos pelean sin descanso y sin dar señales de haber notado cómo se acerca Tlhazán. Cuando está a unos diez metros, arroja el tecpatl a los pies de los duelistas mientras camina a su encuentro. La pareja descubre que algo falla, que las habilidades de sus piezas de guerrero han dejado de funcionar, pero Tlhazán no les da tiempo para reaccionar de ninguna manera. El único proyectil de la honda atraviesa la parte posterior del cráneo del luchador desnudo. Cambia de arma con rapidez y dispara el átlatl contra el que lleva la armadura completa. Dos virotes a la cabeza y tres al pecho. Ambos están muertos antes de tocar el suelo. Bendita daga y bendito el poder que le da Huitzilopochtli, que Alabado sea siempre, para anular el funcionamiento de las demás piezas. Corre de vuelta hacia la espesura, mientras murmura una oración por ellos, para recuperar su lanza antes de tomar el equipo de los vencidos.

Y ese es su error.

Apenas ha recuperado el tepoztopilli apoyado en el árbol, cuando gira para volver al centro del estadio, lo ve: es el otro candidato que sigue vivo. Él también camina despacio hacia los caídos, consciente de la ventaja en distancia. Toma la daga y la arroja muy lejos para evitar interferencias con el equipo de combate. Tlhazán sabe qué va a ocurrir a continuación. Maldice entre dientes. Ve cómo se llena las manos con la sangre de los vencidos y toma las piezas de guerrero que portaban. Tlhazán crispa los dedos sobre el mango de su lanza mientras camina. Es Ixcatzin quien se apodera de los trofeos, es él quien luce la armadura completa, el casco y el macuahuitl. ¿Dónde está el honor de esa serpiente? ¿Dónde está el amor que sintieron? Ixcatzin, blindado de pies a cabeza, le hace un gesto teatral con la maza para que se acerque y terminen de una vez. Fueron amigos, aprendieron juntos el arte del combate. Pero también descubrieron el placer. Supone que el público debe rugir al contemplar la escena, ante el giro dramático de los acontecimientos en la ceremonia. Se amaron y descansaron el uno en los brazos del otro mientras crecían. Al menos Tlhazán lo amó. Nota el pecho vacío ante lo que se avecina y ante la sospecha de que su amigo pudiera haber simulado lo que sentía. Se pregunta qué le duele más mientras se aproxima hasta su destino final: la muerte o la gloria.

Arca del Cielo. Ilustración de Diego Teuti

En el centro espera Ixcatzin, el maldito Ixcatzin, el bello Ixcatzin.

El imprudente Ixcatzin.

El tepoztopilli todavía mantiene su habilidad especial sin haber sido usada. Mientras camina al encuentro de Ixcatzin, Tlhazán sabe que ya es el ganador de la ceremonia aunque su rival, que todavía le invita a luchar con gestos dramáticos, lo ignora. Cuando está a seis pasos, apunta la lanza hacia su viejo amigo. Descarga su poder.

La onda de los dioses ignora la armadura y destroza los huesos de Ixcatzin, que se desploma como un saco viejo y lleno de escombros. El campo de aislamiento se achica y rodea la llanura central. Tlhazán imagina al público del otro lado, en pie y rugiendo ante el emocionante final del evento. El cuerpo caído tiembla con espasmos. Busca con la mirada el tecpatl y, cuando lo encuentra, camina a buscarlo con parsimonia. Es su momento de gloria y lo disfruta, lo paladea. Es su momento de venganza y lo retrasa, lo saborea. Toma la gran daga entre sus manos. Contempla con respeto el enorme mango elaborado con motivos divinos y la levanta en el aire. Retrocede sobre sus pasos hacia su antiguo amante y se yergue sobre el cuerpo inútil.

Prescinde de oraciones y atraviesa el pecho de Ixcatzin con un golpe. Los temblores cesan.

Con lentitud, inicia el final de la ceremonia. Llena sus manos con la sangre de su antiguo amante y le despoja del equipo para tomar posesión de todas las piezas de guerrero. Poco a poco, se viste con la armadura, cubre su cabeza con el yelmo y coloca el resto de las armas en los lugares preparados para ello. Deja su lanza para el final. Se arrodilla, la toma del suelo y la levanta sobre su cabeza mientras grita de alegría.

El campo de aislamiento desaparece y escucha los gritos de los espectadores que contestan al suyo. Las cámaras sobrevuelan la escena y ofrecen cientos de tomas distintas para los que siguen el rito por televisión. La plataforma central se eleva despacio mientras Tlhazán recibe los aplausos de los asistentes. Gira en todas direcciones para saludar, para que contemplen bien al ganador de la ceremonia de madurez del guerrero, al mejor de su serie. El griterío es ensordecedor pero es la melodía más dulce que Tlhazán jamás ha escuchado. Cuando llega a media altura, la plataforma se detiene y los sacerdotes de Tezcatlipoca acercan la suya para terminar la liturgia. El arca de Xiuhtechuhtli se coloca sobre Tlhazán mientras los drones recogen los cuerpos de los aspirantes derrotados. A una orden de los sacerdotes, los cadáveres caen sobre el arca, que los recibe en su interior para prepararlos. Cuando terminan las oraciones, todos guardan silencio y se ponen en pie con respeto.

La lluvia roja cae desde el arca sobre Tlhazán. Se vuelve más fuerte y vigoroso mediante los restos de los otros luchadores. Abre los brazos para recibir la bendición de los dioses. Abre los ojos, abre la boca. La muchedumbre rompe de nuevo en aplausos. Absorbe la esencia y, al cesar la lluvia vital, los sacerdotes le entregan el colgante con las nueve falanges que recordarán para siempre el momento de su triunfo. Ya está listo. Es un guerrero maduro, un hombre completo, un combatiente digno de los dioses. Los rencores han desaparecido y ahora ruega en silencio para que Tonatiuh reciba a Ixcatzin en el paraíso.

La gran nave de Huitzilopochtli desciende, inmensa y majestuosa, desde las nubes que la ocultaban. El haz de luz que surge desde el vientre del navío de combate enfoca la figura de Tlhazán y lo eleva. Bajo la armadura, sonríe satisfecho. Va al encuentro de los dioses, a servirlos en la batalla más allá de este mundo, a llevar su gloria hasta los confines de las estrellas.

Ansía encontrarse con los veteranos, ver sus cicatrices, contemplar los trofeos y escuchar sus historias de guerra. Cuando sea uno de ellos, viajará por el vacío oscuro llevando el dominio de los dioses hasta otros planetas. Quién sabe si, por suerte, alguna vez visite incluso la tierra que vio nacer a los suyos mucho tiempo atrás, en la era del quinto sol. Siempre soñó con pisar las calles de Tenochtitlán, bañarse en sus lagos y subir a lo más alto del Templo Mayor. Cuánto daría, aunque sólo fuera durante unos instantes, por sentirse parte del gran imperio que debe ser ahora pero que tan lejos está.

Con él, muy dentro e inseparable ya, va una parte de Ixcatzin. Tlhazán espera que sea la mejor cuando es recibido en las entrañas del navío del gran dios de la guerra.