Jürgen, de James Branch Cabell, es una farsa sobre la vida y el destino, que responde a la divisa: si no puedes hacer que el mundo sea justo, al menos que sea bello. Su refinado sentido del humor, no exento de cierto elitismo académico, ridiculiza la vida cotidiana, los vicios sociales y los tópicos literarios, aunque con mucha moralina, que al final empaña el resultado.

Ilustración de portada de Enrique Corominas para la edición de Gigamesh. Las restantes imágenes que acompañan el artículo son obra de ©Frank C. Papé y han sido publicadas con expreso consentimiento de la editorial.

Hay autores de masas, y otros cuya fama se mantiene en el estrecho «mundillo» de los literatos. Son escritores cuyos experimentos resultan inaccesibles para todo aquel que se limite al consumo, que si llega a conocerlos es siempre de segundas. James Branch Cabell (Richmond, Virginia, 1879- 1958) fue uno de esos gigantes de sombra alargada que ha caído en el olvido, sobre todo en nuestro país, donde apenas alcanzó popularidad. Escritores coetáneos, como el ganador del Nobel Lewis Sinclair o Scott Fitzgerald, y otros posteriores, como por ejemplo Terry Pratchett o Heinlein, han reconocido su genialidad e influencia.

En una época convulsa, plagada de revoluciones y de avances científicos cada vez más idóneos para la destrucción del ser humano, en que la razón se había vuelto contra el propio hombre, Cabell reivindicó el papel de la fantasía y la imaginación contra los asfixiantes cánones de la literatura, que oscilaba entre la vanguardia, tan primitiva como pedante, y el realismo más materialista y kitsch. Al fanatismo racional (exageradamente expresado por el neopositivismo y la voracidad de los estados europeos, agonizantes y abocados a la guerra imperialista) contrapuso el ingenio, la creatividad y la jocosidad del arte, algo que tampoco era original, pero a lo que supo sacar todo el rendimiento.

Aun con esta irracionalidad “estética”, el escapismo del que se le acusó es relativo, y ello se aprecia en su principal obra, publicada recientemente por Gigamesh (2018): Jürgen (en el original subtitulada como “Una comedia de la justicia”), con ilustraciones del británico Frank C. Papé (1878-1972) de un marcado estilo cómico a la par que épico, que tiene ecos de Doré o de las caricaturas decimonónicas con recreaciones renacentistas y barrocas.

La novela dista mucho de ser esa literatura de alta fantasía o de espada y brujería que popularizarían J.R.R. Tolkien o Robert E. Howard. Las zozobras de Jürgen no destacan por su trepidante acción ni porque haga alarde de grandes ideales en defensa del bien. De hecho, dada su fecha de publicación, casi podemos decir que el libro es una sátira que precede al mismo género que podría parodiar. Si hablamos, entonces, de «escapismo», debemos entender por ello una postura política o estética para nada vulgar o que se limite a un mero entretener dirigido a quienes reducen la epopeya a un desfile de razas, cuyos orígenes son calcados de sagas escandinavas, y que disfrutan recitando de memoria la genealogía de su personaje favorito (que no existe, dicho sea de paso).

Jürgen tiene más enjundia que todo eso. Es una farsa sobre la vida y el destino. Cabell despliega un refinado sentido del humor, no exento de cierto elitismo académico, que ridiculiza la vida cotidiana, los vicios sociales y los tópicos literarios. Su erudición es rebosante, y cada elemento es un guiño esperpéntico de algún prototipo o patrón literario o mitológico. El inicio, que bien podía ser digno de cualquier epopeya, alcanza el patetismo cuando un prestamista halaga al demonio, quien, como agradecimiento (y no por castigo ni maldad), le libra de su iracunda mujer. De aquí arranca un viaje a tierras desconocidas, a los infiernos y al Cielo, para buscar a Dama Lisa, pero sólo al principio: pronto se perderá en otros derroteros, como un Tristram Shandy cualquiera.

Ni que decir que son inevitables los paralelismos entre el viaje de Jürgen por el restablecimiento de la justicia (que simboliza su desdichada mujer) y la Divina Comedia de Dante, o con El retrato de Dorian Gray, ya que la obsesión de Jürgen es volver a ser eternamente joven y poeta, reviviendo sus amores de juventud, siempre con amargos resultados. En su sentido de la justicia, incluso cuando todo parece irle bien, el mundo no le sacia. Siempre algo se interpone entre él y la felicidad soñada. Estos sinsabores, a los que siempre sigue un viaje más por la quimera de hallar justicia, las peripecias de Jürgen a su vez recuerdan a esas monumentales novelas del Barroco, como el Quijote o El Criticón (Baltasar Gracián, 1651- 1657), que pretendían, de modo totalmente conceptista, recoger multitud de significados y lecciones sobre la vida en viajes en los que el protagonista va poco a poco ahondando en sus propios pensamientos, pasiones y sufrimientos. No presenta Cabell, por tanto, una visión tan puramente individualista como Conan (un testosterónico héroe que se vale a sí mismo en un mundo de pura competencia), pero tampoco una lección tan infantil como las novelas de Tolkien, donde lo bueno y lo malo son agua y aceite.

No faltan, sin embargo, alusiones a la literatura más clásica. En Jürgen vemos tanto un Ulises, que sufre los reveses del destino por culpa de su monstruosa inteligencia y vanidad, como el malditismo de un Judío Errante, cuya impiedad castiga con el desamparo y la negación de todo sino hasta encontrar la redención, una apoteosis final que se predice en Jürgen desde el principio.

Ahora bien, ¿cuál es la aportación de la novela al margen de ser un elitista y erudito ejercicio literario? Más allá de un falso estilo de fábula antigua muy logrado y a la altura de las crónicas artúricas, y del humor tan perspicaz, sugerente y rabelesiano (lo que le valió la censura de muchos de sus contemporáneos), las excesivas dosis de moralina empañan la novela. Cada capítulo encierra en sí una lección de vida manida. Decíamos que el escapismo tenía en Cabell un tinte político. Para otros autores de fantasía, la evasión de la realidad era un síntoma de parálisis política, pura negativa de involucrarse, o bien una representación de los prejuicios sociales propios (recordemos el racismo de Howard). En el caso de Cabell, que pretende sacar conclusiones a lo largo de la narración, constituye hacer de la política estética, poner por encima la belleza a la justicia. En cierto sentido, y paradójicamente, el final de Jürgen, aun con múltiples facetas, está atravesado de una justificación de los hechos. Como en Alicia en el País de las Maravillas, el otro lado de la madriguera del conejo es la misma realidad de la que se huye y su aceptación.

En este punto, resulta difícil interpretar qué mensaje pretende dar Cabell. Al margen de las pequeñas enseñanzas de vida relativamente originales que nos ofrece, las últimas páginas de la novela parecen contradecir el resto, a la par que son claramente su consecuencia. El lector tendrá la sensación de que las andanzas de Jürgen no han servido de nada o que, de cualquier manera, han sido acontecimientos que no han servido más que para justificar el inicio y dejar las cosas como estaban. No se trata sólo del estado de cosas, sino de su legitimación. Cabell es un aristócrata, de ésos que consideran que el peor delito es tener mal gusto, y es precisamente en su estetización de la política en donde se reconoce su postura supremacista de las élites. Si no puedes hacer que el mundo sea justo, al menos que sea bello, y con una armonía preestablecida por el status quo desde el cual se dice. Esa doble moral que vende gloria para el rico de espíritu y estoicismo para el pobre e ignorante, aunque maquillada con una imaginería muy rimbombante, es la que empaña Jürgen.

Por supuesto, cabe la doble lectura y aceptar la ironía propia de los bufones. Nuestro protagonista no deja de ser grotesco y de ascender a las cotas más altas de la sociedad y el placer, casándose con diosas, ninfas y otros seres míticos, pasando de un pobre prestamista a emperador. Con todo, la miseria sigue siendo más atractiva. El irracionalismo burgués está lejos de alcanzar la guerra contra la razón que preconizó Nietzsche. Al menos, éste tuvo la intención de superar los valores morales de la clase burguesa. Por su parte, Cabell no cuenta nada nuevo: la poesía es derrotada en cierto sentido por la realidad, o se convierte en una mera aspiración estética que, en el mejor de los casos, sólo pueden llevar a cabo las élites. El peor error en el que puede caer un escritor es el amor al artificio, porque entre todos los pliegues, todas las sombras, referencias y metáforas, puede obnubilarse, y que le suceda como en la canción: que de tanto mirar la luna, ya nada sepa mirar.

¿Esta perspectiva tan farisea actúa en detrimento de la novela? En cierto sentido, y aun con toda su originalidad, Jürgen es una novela hija de su tiempo. Podemos denunciar la arrogancia social de su autor, pero también debemos disfrutar de sus coloridas descripciones y su pulido sentido del humor, que, aunque en una línea ideológica, no dejan de poner al descubierto los sinsentidos de la vida moderna. Creo, pues, que en este caso, sí existen medias tintas: con quienes lo elogiaron, diremos que Cabell es un gran escritor, con mucho ingenio y buena técnica; con quienes le achacan ser un escapista, tenemos que admitir que Jürgen no deja de ser la mirada huera de un sátiro casposo con un discurso fácil.