Esencia oscura es la tercera novela de Tim Powers, pero la primera en despertar el interés de la crítica. Escrita cuando el escritor contaba con tan sólo 25 años, entremezcla mitos artúricos con la leyenda del Rey Pescador en la Europa del siglo XVI. El componente sobrenatural, omnipresente, se complementa con el amargo sabor de un destilado con capacidad para cambiar el curso de la Historia.

Detalle de la ilustración de portada de Enrique Corominas para la edición de Gigamesh (2016)

El destino de Occidente se jugó en el Año de la Gracia de Dios de 1529 ante las murallas de la Viena asediada por Solimán el Magnífico. En las páginas de la historia oficial fueron los ejércitos de la Cristiandad quienes derrotaron a los turcos. En las líneas mágicas de Esencia oscura (Gigamesh, reedición de 2016), el escritor estadounidense Tim Powers atribuye esa victoria sobre Oriente a un explosivo y literario cóctel: los encantamientos de un brujo que se decía Merlín, el valor de un presunto rey Arturo reencarnado mil años después de su muerte y, no menos importante, el sobrenatural efecto de una cerveza destilada desde el principio de los tiempos.


Esencia oscura (The Drawing of the Dark, en el original en inglés) es una de las novelas menos conocidas del “mago” de la fantasía histórica Tim Powers. El escritor estadounidense publicó este libro en junio de 1979; era su tercera obra, pero fue la primera en captar la atención de la crítica y también la apuesta pionera de Powers en ese subgénero fantástico. Powers fue alabado por su capacidad para fundir la fantasía más desbordante con el relato de ficción histórica más convencional, que a lo largo del texto nos recuerda a autores como el afamado Mika Waltari, padre literario de Sinuhé el egipcio (1945) y El ángel sombrío (1952), novela esta última ambientada asimismo en un cerco, el que precedió a la toma de Constantinopla en 1453, también por los turcos.

La similitud con El ángel sombrío se queda ahí, en la detallada y agobiante atmósfera de asedio en la que se desenvuelve buena parte de Esencia oscura. Al contrario que en el serio y un tanto romanticón libro de Waltari, en el de Powers, la sorna, los prodigios mágicos y los portentos místicos son casi tan abundantes como los cañonazos, los balazos de los arcabuces o las fintas de los espadachines. También sus protagonistas son más humanos. A la par que mágicos.

En España, Esencia oscura fue publicada por vez primera en el año 2000 por la editorial Gigamesh. La cubierta fue de Yannick Sánchez y la traducción de Rafael Marín. Una segunda edición de esa misma traducción, en 2005, llevó una portada diferente, esta vez de Enrique Corominas. El libro llegaba a los lectores españoles precedido de la fama de obras del propio Powers tan aclamadas como Las puertas de Anubis, En costas extrañas o La fuerza de su mirada, publicadas todas ellas por Martínez Roca y después también por Gigamesh.

En Esencia oscura no hay poetas-vampiros, artilugios humeantes steampunk o piratas crueles y resabiados, aunque la figura del héroe-antihéroe de ese libro quizá nos pudiera recordar a alguno de los protagonistas de En costas extrañas. Brian Duffy es un añoso y veterano mercenario irlandés, derrotado por el tiempo y la crueldad de su época, que ha combatido para diferentes señores en ese albor del siglo XVI en el que los lansquenetes a sueldo eran la fuerza de choque de los principales ejércitos de los nacientes estados nacionales europeos y del propio Imperio Romano Germánico. Eran tiempos duros para la lírica y más aún para los reinos y principados cristianos de Europa Central y los Balcanes, muchos de ellos sometidos y conquistados por la implacable maquinaria militar del imperio otomano.

Conocemos a Duffy en Venecia. Es un hombretón de pelo ya cano, taciturno y uno de los pocos supervivientes de la terrible y desastrosa batalla de Mohács (29 de agosto de 1526), en la que los turcos masacraron a alemanes y húngaros. Powers se va revelando como un maestro en la narración histórica sin dar demasiados detalles, y en esa recreación de atmósferas de las acciones bélicas: “Su boca se deformó con una mueca al recordar el seco retumbar de los cañones turcos y el siseo de la metralla que barría la llanura hasta alcanzar las filas cristianas; el remolino de las cimitarras de jenízaros aullantes que cortaban cualquier intento de avance, y los gritos de desesperación de los defensores de Occidente cuando quedó claro que los turcos los habían rodeado”. Ya va dando pistas Powers sobre lo que está en juego en el relato que nos ocupa.

En la ciudad de los Dogos, el mago y esperpéntico sabio Aureliano ayuda al soldado de fortuna irlandés y le ofrece un curioso trabajo, bien remunerado, pero también lleno de múltiples incógnitas: convertirse en el guardián y protector (a guisa de un anticipado jefe de seguridad de nuestros tiempos) de la taberna Zimmermann, un antiguo convento de Viena que también alberga en sus lindes la fábrica de la famosa cerveza Herzwesten. Atención, porque el nombre del sabroso brebaje, traducido como “corazón de Occidente”, es una de las claves del relato, como se verá más adelante.

Kunovitsa Pass, ilustración de Erling Svaersson

Con ese mandato, Duffy se dirige hacia el norte y vive numerosas aventuras en el camino, que van apuntando el carácter mágico de su misión y a la existencia de otros mundos, en los que los seres mitológicos y la magia más oscura son engranajes de voluntades superiores a la de los humanos corrientes. Poco a poco irá advirtiendo Duffy, según transcurre la historia, su identificación con el mítico rey Arturo como primer caballero de Occidente, en ocasiones de forma un tanto confusa y que no acaba de resolver en su plenitud Powers, pero siempre con la narración cargada de acción y de promesas de nuevas revelaciones.

En este juego místico, Aureliano es el trasunto de Merlín y aparece como el mago defensor de unas tierras occidentales a punto de caer en manos de un Oriente oscuro y regido por fuerzas malvadas y también mágicas, aliadas con “cosas”, que “siguen existiendo en los oscuros rincones y madrigueras del mundo”, piensa Duffy en un tono casi tolkieniano o incluso lovecraftiano. Pero esta lucha no es cósmica contra elementos monstruosos implacables y ajenos al destino del ser humano. Éste es un combate entre el Bien y el Mal, entre la justicia y la tiranía. Por eso no falta la figura del Rey Pescador como prototipo del monarca oculto, misericordioso y casi inmortal, a pesar de esa fatal herida infligida en un pasado remoto y que ya narraron las leyendas artúricas una y otra vez.

Y en medio de este maremágnum, el pilar de la defensa de Occidente es la cerveza. Desde tiempos inmemoriales, su producción en esa misteriosa taberna de Viena se ha convertido en el objetivo codiciado de extraños personajes que tratan de preservar su eterna juventud e incluso lograr la inmortalidad con una de las variedades, la más oscura por su color y densidad, y que completa su rica y perfecta fermentación cada siete siglos. “A causa de su origen, la esencia oscura es muy potente, psíquica, espiritual y… mágicamente. También en lo físico, de hecho suele presentar un grado de alcohol teóricamente imposible en un proceso de fermentación natural”.

Es este espirituoso líquido, cuyo momento para ser consumido se acerca al mismo compás con que se aproximan los turcos, el que puede sanar al Rey Pescador para impedir que Occidente caiga en manos de los brujos de Oriente dirigidos por el temible hechicero Ibrahim y sus sirvientes de naturaleza demoniaca. “Ibrahim está en marcha; no queda ninguna duda de que prepara un golpe al corazón y está abriendo los lugares secretos del mundo. Los seres están despiertos y salen a la luz del día, mientras que antes sólo murmuraban de vez en cuando en sueño”. Tales espantosas criaturas, como ya ha podido confirmar Duffy en varios encontronazos que estuvieron a punto de costarle el pellejo, y como le añade Aureliano-Merlín, “no pertenecen a este mundo, y la tierra lo sabe”. Hay cosas que están en este mundo, pero no son de este mundo. De nuevo Lovecraft y Tolkien.

En Viena, Duffy se encuentra con Epiphany, un viejo amor que recuerda a la Ginebra de su alter ego reencarnado y que hace si cabe más vulnerable y antihéroe a nuestro protagonista. Se suceden nuevos episodios en torno a la cerveza, con una tropa de desubicados vikingos ya entrados en años, y que confunden a Duffy con su mitológico héroe Sigmund, y con los numerosos lansquenetes, algunos viejos camaradas del irlandés, que se van congregando en Viena para tratar de parar los pies a los turcos en este bastión, cuya caída llevaría a la marea otomana hasta Londres o Lisboa. En ese entramado, Duffy va conociendo su destino y lo que fue, o pudo haber sido, pues nunca lo tendremos del todo claro, en el pasado.

Y aquí nos detenemos antes de cometer un spoiler. Sólo sería preciso añadir que el ataque turco se produce con toda su terrible magnitud, como bien nos cuentan las crónicas históricas ¿reales?, y en su contexto entran en juego las fuerzas mágicas ¿irreales? de ambos bandos. El estruendo del enfrentamiento es mítico y ya sólo aparece recogido en el cuento legendario que nos refiere el cronista Tim Powers, nuestro bardo fantástico de Occidente.

El autor de Esencia oscura planta su relato en un tiempo de encrucijada y esta elección no es casual, pues sirve a esa versatilidad sobrenatural de su narración. Una época que se encuentra en la frontera entre el cientificismo moderno y los últimos rastros del paganismo y la magia medievales. Ese tiempo en el que los alquimistas aún no sabían si eran científicos en ciernes o brujos ya camino de pasar de moda.

Constantinopla, 1453. Ilustración de José Daniel Cabrera Peña

Se advierte así en Powers su pasión por la historia menos conocida, pero sobre todo por la literatura inglesa, temática en la que se graduó en 1976, en la Universidad de Fullerton, California. Por eso no es de extrañar que traslade la leyenda artúrica a un escenario tan dispar como son los confines de la Centroeuropa del siglo XVI. Pero incluso en un teatro tan diferente, ese gusto céltico por la leyenda épica contada al calor de un buen fuego prevalece. En una francachela con sus amigos lansquenetes en la Viena asediada, Duffy toca un arpa, instrumento irlandés que en realidad no sabía usar anteriormente y cuyo virtuosismo, sin embargo, apunta a su identidad artúrica o a una jugada risueña de Aureliano. La tonada, rápida y animada, “transmitía la expectación y la cautela de quien espera, agazapado en el frío amanecer, acariciando el mango gastado de un arma en la que se confía, escrutando el lugar en el que aparecerá el enemigo; el nudo en el estómago y la boca seca que se sienten al cargar a caballo cuesta abajo por una pendiente pronunciada y peligrosa; el asombro que se experimenta al contemplar, desde la proa de un barco en alta mar, una puesta de sol en aguas inexploradas. La sala quedó en silencio mientras los soldados prestaban atención a la música, y la fresca brisa barrió gran parte de la neblina de la embriaguez”.

Esencia oscura ha permanecido un tanto al margen de la atención general vertida sobre la obra de Powers. Quizá por tratarse de una novela primeriza o tal vez por no reflejar aún el poderío inventivo generado en la posterior Las puertas de Anubis (1983) o la complejidad de la trama de otro volumen magnífico del autor estadounidense como es Declara (2000). Sin embargo, el volumen que centra nuestra atención es una columna fundamental del edificio narrativo de Tim Powers. Como señala Armando Boix en la edición de Gigamesh, Esencia oscura, a pesar de la juventud de Powers cuando la escribió –tenía 25 años en 1979- y de su falta de experiencia en el género, “no carece de las virtudes de un autor con ideas muy claras sobre sus ambiciones. En ella aparecen ya las constantes de sus mejores títulos: un trasfondo de época, un héroe solitario y apaleado a su pesar por amenazas sobrenaturales y la pervivencia de los mitos paganos, figuras estelares en novelas posteriores como La fuerza de su mirada o La última partida”.

Tal rotundidad literaria que ya se manifiesta en Esencia oscura sobrepasa los fallos de esta novela, algunos reflejados en cierta frivolidad manifiesta en esa continua pugna entre el carácter de héroe y el perfil tan humano del personaje cansado, maltratado y cínico de quien lo encarna. Una especie de capitán Alatriste que combate un siglo antes que el personaje de Arturo Pérez-Reverte y que se diferencia mucho de los protagonistas de obras posteriores de Powers.

No es, realmente, Esencia oscura el mejor libro para empezar a conocer a su autor, pero sí que es una pieza indispensable del rompecabezas que compone su obra y una aportación colosal a la literatura de fantasía histórica contemporánea.