Ilustración realizada por Piotr Jablonski (Impression of the Void)

Celebramos nuestros 500 artículos con la recuperación de Mandrágora, la obra magna del “maldito” H. H. Ewers, digna de figurar en los anaqueles del género de terror, a pesar del olvido intencionado hacia su autor. Este libro inquietante es capaz de provocar, al tiempo, la náusea y la fascinación en sus lectores, la repulsa ética a la par que la borrachera de los sentidos de quien accede a sus páginas.

Escritor maldito entre los malditos, rechazado por su inicial adscripción al nazismo, pero más tarde abominado por éste, Hanns Heinz Ewers retrató como pocos escritores alemanes la decadencia moral de su generación y la podredumbre de una clase, la burguesa, que habría de servir de abono al surgimiento del totalitarismo.

Y lo hizo con las pinceladas de una literatura oscura y aterradora, bebiendo en las turbias aguas del ocultismo, el escándalo y la perversión. Mandrágora (1911; reedición en Valdemar de 2016) es su obra magna, digna de figurar en los anaqueles del género de terror, a pesar del olvido intencionado hacia su autor. Este libro inquietante es capaz de provocar, al tiempo, la náusea y la fascinación en sus lectores, la repulsa ética a la par que la borrachera de los sentidos de quien accede a sus páginas.

El novelista de ciencia-ficción británico Brian Stableford afirmó que Mandrágora debería ser reconocida como la “historia más excesiva” escrita sobre una “mujer fatal”, un interesante punto de vista sociológico para una obra que, en realidad, escapa a una clasificación monolítica. Esta novela forma parte de una trilogía, iniciada con El aprendiz de brujo (1910) y cerrada con Vampiro (1921; Valdemar, 2018), con un mismo protagonista, Frank Braun, quien aparece como alter ego del propio Ewers, con sus mismas virtudes de viajero incansable y conocimientos universales, y con sus mismos defectos: un egocentrismo y un individualismo recalcitrantes, que obligan al lector a aceptar ese protagonismo con algunas sospechas y un poco de rechazo. Es Mandrágora el libro que marcó el éxito de esta serie, por el interés de su tema y, sobre todo, por su calidad literaria.

Mandrágora es la expresión sobre papel de las inquietudes y también de las contradicciones de Ewers, como escritor y como persona. Hanns Heinz Ewers (Düsseldorf, 1871- Berlín, 1943) vivió en una época de grandes y difíciles vicisitudes para su país, Alemania, y para el resto del mundo. Y, sin embargo, supo apurar la copa de su era hasta las heces y llegar mucho más allá. Novelista, dramaturgo, poeta, cineasta, guionista, ocultista, médium espiritista, pendenciero duelista, dipsómano, promotor del nudismo, espía y, por encima de todo, aventurero que recorrió medio mundo, Ewers hizo de su vida una arriesgada y continuada apuesta que le llevó a lo más alto de la fama y a caer en el más profundo ostracismo, antes de morir enfermo de tuberculosis y olvidado en el Berlín que se desmoronaba en la Segunda Guerra Mundial.

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Iustración de
Piotr Jablonski

(Engine Driver Got)

Iustración Kevin Mark (Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

Las novelas y relatos de Ewers son producto no sólo de la observación y la crítica de la decadente sociedad de principios del siglo XX en Europa. También significan un inquietante reflejo de fenómenos mucho más oscuros con los que entró en contacto en sus innumerables viajes, como la magia negra, el vudú, el robo de cadáveres o los sacrificios humanos. Ewers visitó lugares donde aún era posible experimentar el horror de lo ininteligible y la perversión de escalofriantes ritos. Escuchó las leyendas más perversas de gurúes y faquires en la India; al calor de las hogueras de los gitanos y a la sombra de las barcas de los marineros, compartió cuentos de aparecidos en Granada, Sevilla y Cádiz; supo del canibalismo ritual en determinadas islas del Pacífico y de desenfrenadas orgías báquicas en las forestas del Brasil; llegó a participar en aquelarres vudú en Haití –donde habría presenciado el sacrificio de un niño- y desbocó sus sentidos en las ceremonias de santería en Cuba. En muchos de éstos y otros lugares se topó, una y otra vez, con el pútrido aroma del vampirismo, del que llegó a sospechar que podría esconder ciertas y aterradoras realidades, y que no dudó en plasmar en algunos de sus historias.

En Estados Unidos pasó buena parte de la Primera Guerra Mundial; en este país que tanto le fascinó, Ewers combinó el espionaje a favor de Alemania con el acceso a sociedades secretas que ya nutrían la savia esotérica de esa nación desde su masónico nacimiento a fines del siglo XVIII. Incluso algún biógrafo lo involucra en el saqueo de tumbas en el sur estadounidense. Algunos de estos episodios aparecen reflejados en sus historias, especialmente en sus relatos cortos. Nuestro autor fue un escritor de la experiencia, como se ha indicado, y todo el trascendentalismo que pueda emanar de sus textos es mero producto de lo que Ewers vio, sintió y temió.

Así, Ewers llegó a profundizar en sus estudios de la Cábala movido por la admiración que sentía hacia la cultura y el pueblo judíos, pasión que acabaría sentenciando su destino en la racista Alemania nazi años después, a pesar de sus lazos de hermandad con las secretas corrientes ocultistas germanas antecesoras del culto a la esvástica. Y es que Ewers siempre fue el mejor de los ejemplos de “lo políticamente incorrecto”, espantando y escandalizando a sus contemporáneos, ya fueran los plácidos burgueses novecentistas, los corruptos políticos de la República de Weimar o los contumaces nazis que acabaron considerándole un traidor a la causa nacionalsocialista.

El propio Adolf Hitler fue un reconocido lector de Ewers antes de que éste cayera en desgracia en la Alemania del III Reich, con el libro que nos ocupa entre los favoritos del Führer. Pero ni esa admiración a su obra por parte de los jerarcas nazis ni los numerosos servicios propagandísticos que Ewers hiciera a Alemania durante la Primera Guerra Mundial y en el periodo de entreguerras fueron suficientes para salvarle del oprobio que suponían esa cercanía a los judíos y su pensamiento demasiado libre, capaz de convertir libros de encargo, de aparente propaganda nazi, en incómodas obras de denuncia social, como ocurrió con la biografía del estudiante y mártir nazi Horst Wessel.

La enemistad con el ideólogo nazi Alfred Rosenberg, precisamente por el rechazo de Ewers al antisemitismo, estuvo a punto de llevarle a la tumba en varias ocasiones y fue el detonante de su progresivo alejamiento del Nacionalsocialismo. Su nombre se encontraba en la lista de miembros o simpatizantes de las SA (aunque no fuera Ewers de tal tendencia) que serían asesinados en la depuración lanzada por Hitler y sus SS en la sangrienta “Noche de los cuchillos largos”, del verano de 1934. Ewers se salvó gracias a un chivatazo y a la ayuda que le prestó algún que otro mandatario nazi, pero quedó marcado ya hasta su muerte y sus obras fueron prohibidas.

Ilustración
de Jakub Rozalski
(First Jump)

Ilustración de Kristian Llana

A partir de 1940 esa prohibición se relajó, pero al concluir la guerra, esos escarceos con el Nazismo más esotérico de fines de los años veinte y principios de de los treinta actuaron contra la difusión de sus libros, de forma que durante muchas décadas era poco menos que imposible encontrarlos, salvo en alguna recóndita biblioteca. Ha sido en los últimos veinte años cuando se han obviado algunos de los poco analizados devaneos ideológicos de Ewers, y la crítica ha vuelto a valorar sus textos, imprescindibles para el canon de la literatura gótica y de terror.

No es para menos, pues, dejando a un lado las peripecias políticas personales (en realidad, más esotéricas que políticas), la obra de Ewers, y en concreto la que nos ofrecen sus relatos de terror y la trilogía de la que Mandrágora forma parte, muestra una notable riqueza estilística y de contenido, por su magistral capacidad para mezclar la crítica social con lo perverso, lo cotidiano con la transgresión ética, y la escritura moderna con el romanticismo oscuro.

Ewers fue un declarado lector y admirador de Edgar Allan Poe y esa huella se nota en Mandrágora, pero también se siente en las páginas de este libro la presencia literaria de Baudelaire, Heine, Hoffmann, D’Annunzio o incluso de su alabado Oscar Wilde. En Ewers, el costumbrismo se acuesta con lo extravagante y de tal coyunda nace lo grotesco, pero sin renunciar a ese aroma terrible y poeniano. Louis Pauwels y Jacques Bergier llegaron a definir a Ewers como “el Lovecraft alemán”, por esa capacidad para apuntar en sus escritos la existencia de negros poderes, subyacentes a las aparentemente evolucionadas sociedades occidentales y capaces de eliminar la voluntad del ser humano más fuerte y sumirlo en la locura.

Y es bien cierto que se percibe en algunos de los escritos de Lovecraft esa influencia de Ewers, como también aparece en autores mucho más contemporáneos, como el sobrecogedor Thomas Ligotti, otro maestro en combinar el horror con lo grotesco. En su obra crítica El horror sobrenatural en la literatura, H. P. Lovecraft habla de Ewers como el «representante» en Alemania del género de terror y cita como novelas más destacadas Mandrágora y El aprendiz de brujo, además de cuentos como La araña, capaces de elevar al autor germano al nivel de los clásicos, según el escritor de Providence. Lovecraft resalta de Ewers su conocimiento de la psicología moderna y su capacidad para imprimir con ese saber un carácter muy especial a sus más oscuras creaciones.

El título de nuestro libro, Mandrágora, se refiere a esa misteriosa raíz que nace bajo tierra del semen derramado por los ahorcados al morir y que adquiere extrañas formas humanas antes de convertirse en ingrediente indispensable de las fórmulas mágicas y hechiceras de brujas y magos. El protagonista, el entonces joven estudiante Frank Braun, convence a su tío, el profesor y consejero Jakob ten Brinken para realizar un experimento blasfemo: impregnar con la semilla de un condenado a muerte a una procaz ramera, que se convierte así en tierra fecundada y madre de Alraune, la Mandrágora de nuestra historia. «Debes crear una mandrágora, tío Jakob. Debes hacer verdad la vieja leyenda. ¿Qué importa que sea superstición, fantasmagoría medieval, jerigonza mística de los viejos tiempos? Tú harás una verdad de la vieja mentira. La creas y la expones a la luz del día, accesible a todo el mundo… Ni el profesor más necio se atreverá a negarla», afirma Frank Braun.

La razón última que subyace en esta blasfemia contra la naturaleza ya la adelantó Mary Shelley cuando escribió Frankenstein o el moderno Prometeo; también la esbozó Arthur Machen en El gran dios Pan, y así se la espeta Frank Braun a su tío, sin ambages. Simplemente, «porque tú tienes la posibilidad que se ha negado a millones de hombres: la posibilidad de tentar a Dios».

Iustración de
Piotr Jablonski

(Illustration#1)

Ilustración de Kirill Khrol (Tormenta)

 

Alraune crece libre bajo la interesada tutoría de ten Brinken, quien habrá de disfrutar de toda la riqueza que la mera existencia de la niña parece depararle, al igual que sucede con las mandrágoras vegetales, capaces con su magia de hacer rico al más inepto de los comerciantes. Ricos, pero condenados por esa misma posesión: «Alraune enriquecía y llevaba a la muerte». La niña va madurando salvaje en sus sentimientos o, mejor dicho, en su evidente falta absoluta de ellos, llegando a dañar a todo aquel que la adora. Se convierte en ese arquetipo de la mujer fatal, siempre dispuesta, por acción u omisión, a violentar las leyes de la naturaleza, como las vulneraron aquellos que la crearon.

La trama de Mandrágora se sucede con un incómodo naturalismo, con un lenguaje burlesco y satírico que hila con una notable artesanía los diálogos, y que va presagiando la tragedia en medio de la cotidianeidad sin prisas, pero sin pausa. La naturaleza de Alraune no tiene el despotismo brutal de aquella otra mujer-bruja, reina destructora y poderosa, la Ayesha de H. Rider Haggard. Alraune parece dulce, pero está desprovista de toda empatía; la crueldad, desde la más angelical de las sonrisas, es su instrumento de dominio y, sin embargo, encadena a sus súbditos bajo un hechizo sobrenatural, de tensa y contenida sensualidad, que ni siquiera su extremada belleza puede explicar.

Para que ella sea Alraune, los demás deben adorarla… y morir. Es un ser que absorbe la energía de los demás, los vampiriza. En ocasiones, no sólo psíquicamente. El tercer tomo de la trilogía, Vampiro, deberá resolver algunas de las sospechas que nos han quedado al leer Mandrágora en este sentido.

Mandrágora, tal y como destaca José Rafael Hernández Arias en su excelente prólogo de la edición de Valdemar, tuvo un éxito inmediato, tras su publicación en 1911, con más de 400.000 ejemplares vendidos hasta el año 1928. Algunos exégetas del libro han advertido de que en sus páginas hay un vaticinio de lo que llegaría pocos años después de su aparición y éxito literario.

Mandrágora, ilustración de
Miguel Iturbe
para Fabulantes

El “todo me está permitido” de Alraune y el triunfo de su voluntad amoral, erigida sobre un costoso precio de sangre y sobre la incapacidad de sus adoradores para reaccionar ante el desastre que, pese a todo, intuyen, mientras se precipitan inconscientes al sacrificio, efectivamente pueden entenderse como un presagio del Nazismo. No es, pues, extraño, que Hitler leyera gozoso la novela.

En las páginas del libro se advierte también el influjo de pensadores que Ewers leyó y siguió durante toda su vida, como Spinoza o Nietzsche, pero sobre todo Max Stirner, el filósofo de la reafirmación del ego y del culto al individuo, al “yo único”. Esta herencia también la tomarían muchos ideólogos en la Alemania nazi como fundamento de la transformación del mundo por la que abogaban. Y, sin embargo, obviaban lo más importante, a pesar de que Ewers lo había dejado de manifiesto en esta obra con preclara nitidez. Como el Frankenstein de Mary Shelley, Mandrágora es una proclama de la soberbia y férrea voluntad del científico, del creador, del que quiere imponer su palabra, su razón, a los demás. Es cierto. Pero más que eso, Mandrágora, como Frankenstein, es un canto contra la injerencia en las leyes de la naturaleza, contra la atracción sublime de esa violación de la naturaleza, que depara, inexorablemente, el desastre inevitable y demoledor de quienes la perpetran.