Nos complace ofreceros el relato ganador del concurso literario sobre pulp y space-opera, un cuento que lleva al terreno de la ciencia-ficción muchos de los dejes aventureros de la literatura de Robert E. Howard. Con su publicación, inauguramos además nuestra sección de Relatos, en la que esperamos poder seguir nutriendo con numerosos inéditos fantásticos.

Barsoom, ilustración de Thomas Denmark

Kharon Essaú contemplaba el fabuloso amanecer en Venus.


El cielo occidental rielaba como un espejismo mientras el sol se elevaba, majestuoso, entre esmeraldinos vapores. Lentamente, una claridad verde azulada iba apagando el fuego que ardía en las estrellas.

El hombre se hallaba de pie sobre un promontorio de roca blanca que se alzaba sobre un lecho de flores iridiscentes. Fijó su vista en un lucero azul que refulgía como el corazón de un zafiro. Un etéreo velo lo iba cubriendo y hacía menguar su brillo por momentos. Durante todo el medio hator que duraría el lento derivar del sol por el cielo —el tiempo que tardaría en transcurrir un largo día venusiano— no volvería a ver a la diosa madre de su pueblo. La Tierra, el mundo azul del que habían sido expulsados sus antepasados, en una era ya remota.

El aire olía a fresco y a los perfumes salvajes de la jungla, y en la distancia, un río bramaba en la rumorosa lengua del agua.

Se arrodilló murmurando una plegaria sin apartar la vista del cielo. Era un hombre atlético, de piel cobriza y brillante; de pelo largo y negro recogido en una coleta alta, y ojos grises como la plata antigua. Una capa escarlata, algo desgastada por el uso, pendía de sus anchos hombros hasta el suelo. Su amplio torso estaba cubierto por un peto de anillas de bronce bien lustrado y lucía un faldón de tiras de cuero endurecido con remaches metálicos. De un cinturón de piel de otakh —el mastodonte de los pantanos del polo norte de Venus— pendían una cimitarra en su vaina enjoyada y un puñal largo de doble hoja. Unas grebas de bronce pulido y unas sandalias de cuero completaban su atuendo de típico guerrero de las junglas de Venus.

Algo turbó la quietud del momento. Una bandada de enormes pájaros tanth multicolores le sobrevoló, alarmados sin duda por la presencia de algún peligro en la floresta.

Se giró hacia la lujuriosa selva que se extendía a su espalda a unos cincuenta metros.

Una muralla de árboles de retorcidas ramas y colgantes lianas le ofrecía una imagen compacta e impenetrable. Agudizó sus sentidos en la tenue luz del largo amanecer venusiano y se agazapó como un felino, con todos sus músculos en tensión.

De la espesura surgió una figura esbelta y grácil. Se trataba de una bella joven de hermosas proporciones y —al contrario que él—, con la piel del ligero tono verde de la raza nativa de Venus. Su cabello era del color del trigo y flotaba a su espalda como un velo de gasas de oro. Un peplo azulado ceñido con un cinturón de hojas doradas cubría su agraciada silueta, y una bolsa de piel oscura colgaba de su hombro derecho. Mas una mueca de horror indescriptible desdibujaba su rostro a la par que huía de algo que la perseguía a través de la selva.

Autor y título desconocidos

El terrestre, instintivamente, desenvainó su cimitarra, una hoja plateada y fina con una trabajada empuñadura de bronce en forma de alas entrelazadas. Adoptó una sólida posición defensiva y aguardó expectante, preguntándose qué horror perseguiría a la joven.

Entonces, cuando la chica de la piel verde estaba a punto de alcanzarle, algo gigantesco y monstruoso salió de la fronda, arrastrando gran cantidad de hojas y ramas a su paso. Se trataba de un coloso de, al menos, tres metros y medio de altura, con seis enormes piernas gruesas como troncos de árboles y seis poderosos brazos que salían radialmente de un torso cilíndrico.

Se diría que tres hombres enormes hubieran sido amalgamados, por obra de algún brujo, para conformar un sólo cuerpo. Una diminuta cabeza chata y calva, con tres ojos sin párpados y una pupila rojiza completaban el horror que representaba aquella criatura.

«Un gerión», pensó Kharon maldiciendo para sí.

—¡Detrás de mí, muchacha! —gritó en uno de los dialectos venusianos de la septentrional Tierra de Ishtar, confiando en que le entendiese. La chica asintió y corrió a colocarse a su espalda. Temblaba como una hoja al viento, pero obviamente le había comprendido.

El gigante, por su parte, pronto advirtió la presencia del terrestre y desenvainó sus propias armas: seis cuchillos largos de cristal azul vibrante extraídos de un correaje de piel oscura con remaches plateados, que llevaba cruzado sobre su descomunal torso. Luego, con un temible grito de sus tres bocas aceleró su avance para embestir a su nuevo adversario.

Kharon apretó sus dientes con furia: sus ojos eran dos rendijas oscuras.

Los geriones eran sus enemigos ancestrales. Procedentes de una estrella moribunda de la Nube Mayor de Magallanes, habían irrumpido en el Sistema Solar para invadir La Tierra, el planeta madre de su raza, y hacerse con sus recursos naturales. Tras una guerra que, según contaban las leyendas, había durado más de mil hators, finalmente habían logrado expulsar de allí a sus antepasados.

Condenados a vagar sin rumbo entre los planetas conocidos, tras un largo período de luchas, los terrestres pudieron hacerse un pequeño hueco en el salvaje Venus. Sin embargo, aún hoy eran considerados parias en las decadentes cortes de los sátrapas venusianos. Poco más que unos vagabundos sin hogar.

Sin reducir su marcha, el gerión comenzó a hacer girar sus armas trazando mortales arcos cruzados en el aire a una velocidad vertiginosa. Su figura se desdibujaba en sombras azules. Tan rápido se movían sus vibro-cuchillos.

Lejos de arredrarse, Kharon se mantuvo firme en su posición con su cimitarra en alto en una postura defensiva de esgrima. Su rostro mostraba una sonrisa lobuna.

Cuando el gigante estaba ya casi sobre él, el humano —que semejaba una estatua de bronce—, saltó hacia delante y a la izquierda en una finta asombrosa. Evitando por centímetros las hojas de vibrante cristal azulado, trazó un semicírculo sobre uno de los vientres del monstruo. Las tres bocas del gerión aullaron de dolor al unísono, mientras un fluido negro y viscoso se derramaba por el terrible corte que le había ocasionado el terrestre.

Mas el coloso se recompuso al instante y lanzó hacia el frente dos de sus armas. Kharon apenas tuvo tiempo de arrojarse al suelo evitando, por apenas un latido del corazón, el morir atravesado por las hojas azules. No obstante, una de ellas rozó su hombrera izquierda, perforando la cota de bronce y lacerando superficialmente su piel.

El terrestre apretó con firmeza sus labios para no emitir un grito de dolor: ¡la hoja del gerión quemaba como el hielo!

Los dos cuchillos se perdieron en la jungla con un último destello de azur.

De un brinco, Kharon se puso en pie y reanudó la ofensiva. Ignorando el dolor de su hombro, se movía con gran agilidad esquivando y parando acometidas en el mortal laberinto que formaban los restantes cuatro filos de cristal. Enfurecido, el gigante trataba de abrir en canal a su pequeño adversario. Pese a ello, sus formidables acometidas no alcanzaban su esquivo objetivo y no lograban sino acelerar el ritmo con el que se desangraba por el tajo que Kharon le había infligido.

El terrestre había estudiado la forma de luchar de sus enemigos ancestrales durante hators.

Poco a poco, la luctuosa danza se fue haciendo más lenta. Los contendientes perdían fuerzas ostensiblemente.

Finalmente Kharon lanzó una estocada baja, dirigida a una de las seis rodillas de su adversario, a la par que rodaba por el suelo lejos del alcance del más cercano de los cuchillos del gigante. La broncínea hoja del terrestre alcanzó su objetivo y el coloso aulló de dolor nuevamente. Ese instante lo aprovechó de nuevo para hundir la cimitarra en otro de los tres vientres del gerión.

El gigante se tambaleó como una torre mal construida, e hincó todas sus rodillas en tierra. Las cuatro hojas se clavaron al mismo tiempo en el suelo, buscando restablecer el equilibrio perdido.

Su voluminoso torso se hinchaba y deshinchaba grotescamente al respirar.

Con cada dolorosa exhalación, borbotones de sangre negra salían expelidos por las heridas que sufría. Los ojos sin párpados, rojos como el fuego del sol que nacía lentamente, miraban al terrestre carentes de expresión alguna.

Kharon Essaú, de La Tierra se adelantó y contempló con furia contenida a su enemigo. Después clavó su cimitarra de bronce en el grueso cuello del gerión, forcejeó y la retorció hasta que la punta asomó por el otro lado.

Por un instante, la poderosa criatura se estremeció y luego, tras un violento estertor final, se desplomó como un gran obelisco derribado.

Había muerto.

Sin perder un instante, el terrestre extrajo su arma y la limpió sobre la hierba amarillenta que pisaban. Seguidamente, apremió a la joven que yacía en el suelo, inmóvil, a unos metros del cadáver del coloso caído.

Título y autor desconocidos

—¡Aprisa, mujer! Seguramente este soldado gerión no andaba sólo. Una decuria de esos malditos engendros debe de estar cerca.

La chica, por su parte, reaccionó rápidamente, irguiéndose y emprendiendo la huida en la dirección que Kharon le indicaba: una colina cubierta de vegetación que se alzaba al noreste de su posición actual.

Corrieron atravesando la densa floresta por espacio de medio torad —el equivalente venusiano de una media hora— y la muchacha, lejos de quedarse atrás, se mantuvo al ritmo que marcaba el atlético terrestre.

Frecuentemente, cambiaban de rumbo y Kharon, incluso, se dedicó a dejar rastros falsos que dificultaran su persecución por parte de cualquier posible patrulla gerión que anduviese cerca. Cuando estuvo seguro de que no les seguían, al menos de momento, detuvo la marcha y se volvió hacia la muchacha. Su rostro mostraba una expresión pétrea.

—Bien, creo que por ahora estamos a salvo. ¿Quién eres y por qué me seguías? —espetó sin más preámbulos.

—Mi nombre es Efir y no te seguía, terrestre. Exploraba esta zona cuando ese gerión me sorprendió y quiso capturarme—. La muchacha irguió su rostro desafiante ante las palabras de Kharon. Sus ojos, dos enormes gemas de amatista, refulgían en el perfecto óvalo de su cara.

El hombre estudió a la joven atentamente durante un momento. Su aspecto no era precisamente el de una exploradora, según le pareció. Sin embargo, decidió continuar con su interrogatorio.

—¡Ja! ¿Pretendes que crea eso, mujer? ¡Pienso más bien que eres una espía de la corte de Jaskaran khan, porque yo te vi allí! ¿Acaso lo niegas? —con un dedo acusador señalaba a la sorprendida joven—. Repito. ¿Por qué me seguías y qué es lo que sabes?

El joven sujetó a la chica fuertemente por las muñecas.

—¡Suéltame, maldito, me haces daño! —protestó ésta tratando de soltarse de su agarre.

Las enormes manos del terrestre la sujetaban como dos tenazas. Efir se revolvía como una diablesa, pero en su situación sólo podía propinarle ridículos puntapiés y sacudirse inútilmente. Kharon la miraba divertido.

—¡Quieta, fierecilla! Sólo conseguirás hacerte daño. En verdad no me pareces una espía, pero quién sabe… Te soltaré si prometes estarte quieta y, sobre todo, no mentirme más.

—¡Yo no miento, patán de piel marrón! ¡Estaba en la corte del khan de Daipur porque soy una princesa de Chendra y una embajadora de mi pueblo!

Mientras la chica aún forcejeaba, Kharon decidió soltarla ante la nueva información revelada. El propio ímpetu de la venusiana hizo que cayera de bruces al suelo. Así, tras una imprecación en su lengua materna y con el orgullo algo herido, pero libre, Efir se levantó dirigiendo una mirada de profundo odio al terrestre.

—Algún día lamentarás esto, te lo aseguro Kharon Essaú, el bandido —sus enormes ojos se habían reducido a dos estrechas rendijas del color de la lavanda.

—Mis disculpas, alteza —se mofó el joven—, pero veo que mi nombre no os es desconocido.

—¿Quién en toda la Tierra de Ishtar no conoce tu fama de forajido y asaltante, y la de la banda de malhechores itinerantes que te sigue en tus correrías? —dijo cáusticamente la muchacha.

—No todos me consideran un forajido como dices, y hablando de seguir… Aún no me has dicho por qué me seguías, princesa. A lo mejor sí que eres una espía del khan de Daipur.

—¡Te digo que no soy ninguna espía! —estalló Efir—. Y si te seguía es porque quiero ayudarte… a tu causa, terrestre—. La chica sonrió cuando se percató de que había captado la atención de Kharon—. Soy amiga de Firas, el Eremita y sé qué has venido a buscar a estas apartadas junglas. Él me envía para ayudarte —la sonrisa burlona se congeló en el rostro de él.

—Pruébalo pues —escupió entre dientes—. Pienso que estás un poco lejos de Chendra —y lentamente tamborileó los dedos sobre el enjoyado pomo de su cimitarra.

Título y autor desconocidos

Efir metió la mano en la bolsa que llevaba colgada al hombro y sacó un pedazo de piel plegada en cuatro partes. Con sumo cuidado lo desenvolvió y se lo mostró a Essaú que aún la miraba con recelo, como si aguardara alguna treta final. Mas en cuanto vio de qué se trataba, sus ojos estuvieron a punto de salirse de sus órbitas, parpadeando de asombro.

—¡Sagrada Tierra azul de mis antepasados! ¡El otro fragmento del mapa de la reina Iro, la de Un Solo Ojo! ¿Es auténtico?

—Lo es, terrestre, puedes jurarlo.

—Pensé que se había perdido para siempre con la caída del Reino de Anamur, donde se guardaba. ¿Cómo es que está en tu poder?

—El propio Firas me lo dio y me pidió que te lo hiciera llegar. Ignoro cómo lo consiguió él.

Kharon asintió levemente.

—Nunca antes oí hablar de ti, princesa Efir. Pero si Firas te lo entregó, significa que confiaba en ti, y eso cambia las cosas—. Luego, introdujo la mano en sus propias vestiduras. Sacó otro pedazo de piel de similares proporciones. Tomó el que Efir le tendía y los unió frente a sí. La muchacha miraba con sumo interés por encima de su hombro.

—¡Maravilloso! —dijo por fin el terrestre—, durante días he seguido las indicaciones de mi propio pedazo, pero termina abruptamente cerca de esa colina que se alza ante nosotros—, indicó señalando con el dedo, sin levantar la vista del mapa—. Veo que debe haber algún tipo de ciudad antigua al otro lado de ella. ¡Y que la ruta no termina allí!

—Tienes razón, Essaú, el forajido, apuesto a que se trata de las ruinas de Suniba, la Perdida —la voz de la muchacha temblaba de emoción.

—Suniba, la Perdida —repitió lentamente Kharon, pensativo.

—Pero el camino al tesoro de la reina Iro continúa aún más allá, hasta un lugar secreto en los Montes Akna, según creo —prosiguió Efir—. ¡Mira, hay indicaciones en un idioma que yo no comprendo!

—Es una lengua antigua de mi raza. La lengua de la propia Iro, si hemos de dar crédito a las leyendas. Creo que podré leerla, llegado el momento—. Los duros rasgos del rostro del terrestre se suavizaron en una sonrisa—. Agradezco que me hayas seguido, princesa Efir y no tengo inconveniente en que te unas a mí, si ese es tu deseo. Descansemos un poco, el primer cristal de mi joya sulhat está casi negro—. Luego, plegó cuidadosamente los dos pedazos de piel y los introdujo en su faltriquera. —Si no te importa yo guardaré los dos trozos del mapa.

—Muy bien —dijo Efir—. He notado que tu hombro sangra. Si quieres puedo curártelo—aseguró la muchacha.

—No es nada, sólo un rasguño. —ladró Kharon por toda respuesta.

—Soy la decimonovena hija de Vinay khan, señor de Chendra y una maestra curadora. También me he criado en estas junglas y sé que la humedad y sus malsanos vapores pronto harán que tengas fiebre si no atiendes esa herida.

Kharon sonrió de buena gana y sus profundos ojos grises brillaron como el Mar de Atalanta, cuando el sol descarga su furia sobre él, en el implacable mediodía de Venus.

—Está bien, princesa Efir, acepto tu ofrecimiento. Es un dicho entre mi gente que se debe aceptar, de buen grado, la ayuda inesperada. Mientras me curas, y yo preparo algo para comer, puedes hablarme de tu último encuentro con el sabio Firas, hace mucho que no sé nada de él.

En los finos labios de ella se dibujó una leve sonrisa a la par que recogía algunas hierbas curativas de la floresta.

Puede que fuera el comienzo de una buena amistad. O quizás de algo más.