Philip Pullman regresa en La bella salvaje al  mismo mundo de “La materia oscura” con una nueva trilogía que será tanto precuela como secuela de aquella. En esta ocasión, ahonda aún más en su visión crítica de la religión y en su reciclaje profundo de la filosofía clásica para tratar una historia sobre la conciencia.

Ilustración de autor desconocido

¿Y si pudiéramos viajar entre mundos? ¿Y si tuviéramos un instrumento que contestara a todas nuestras preguntas de formas verídica? ¿Y si viésemos a nuestra propia conciencia? En el universo creado por el escritor inglés Philip Pullman (Norwich, 1946) todo esto es posible. Pullman trabajó durante muchos años como profesor en el Westminster College de Oxford y publicó sus primeras novelas —ya dentro del ámbito fantástico/juvenil— en 1982. A lo largo de su carrera, obtuvo numerosos premios, como la Carnegie Medal, el Guardian Children’s Fiction Prize (1996) y el Memorial Astrid Lindgren (2005). En 1995 publicaba La brújula dorada, la primera entrega de la trilogía “La materia oscura”, con la que el escritor inglés obtenía un reconocimiento internacional al nivel de J. R. R. Tolkien y Lewis Carroll.

En “La materia oscura” (formada, además, por La daga —1997— y El catalejo lacado —2000—), Philipp Pullman nos introduce en un mundo fantástico habitado por Lyra, una niña huérfana de 11 años, y Pantalaimon, su daimonion. Ya a partir de las primeras páginas nos damos cuenta de la excepcionalidad del universo que el escritor inglés ha creado: repleto de nuevos inventos, teorías filosóficas y científicas, instrumentos mágicos y seres de lo más extraño (osos acorazados, espías gallivespianos, de aspecto humano pero tamaño diminuto, y mulefas, criatura que usan ruedas para moverse). Nos adentramos en una Oxford muy parecida a la real pero rebosante de misterios y secretos que llevarán a la pequeña Lyra y a Pantalaimon a un viaje maravilloso a través de los mundos.

Una de las peculiaridades más llamativas y sorprendentes de esta obra es que en el universo planteado por Pullman la conciencia de las personas está fuera del cuerpo, exteriorizada como una criatura inteligente en forma de animal y vinculada a cada persona de por vida. Esta criatura adopta el nombre de daimonion, palabra cuya etimología nos remite al término griego δαιμόνιον, con el que se indicaba, como norma general, a un ser maligno; la palabra se encuentra recogida también en los escritos filosóficos de Sócrates y Platón. Para el primero se trataba de una suerte de divinidad, una voz interior que lo atormentaba y con la que dialogaba en búsqueda de la verdad moral: para Sócrates era un espíritu guía que representaba la conciencia moral. Por su parte, Platón la interpretaba como una semideidad que hacía de mensajera entre la divinidad y el hombre. Es de suponer, por lo tanto, que Pullman haya tomado como referencia las interpretaciones de los dos filósofos —especialmente la de Sócrates—, a la hora de concebir su mundo imaginario, separando así la conciencia del cuerpo de las personas.

Esta ilustración, como la siguiente, es del británico Chris Wormell para la edición original del libro

Otro elemento fundamental de la saga se esconde detrás de su título: la “materia oscura”, llamada también “polvo”, es una sustancia que asegura la armonía y la unidad del Universo, y que se convierte en la protagonista silenciosa que mueve toda la trama. Si para la Iglesia, otro gran personaje de la historia, el “polvo” es el residuo del pecado original que hay que eliminar a toda costa, para Pullman es la metáfora de la sabiduría humana y la conciencia. Dos fuerzas opuestas lucharán entre sí, la una para destruir para siempre el supuesto pecado original, y la otra para intentar salvar el mundo de la destrucción y la perdida de la humanidad y los sentimientos. El “polvo” resultará ser un gran aliado de nuestra protagonista, porque será la aleación que logre activar el aletiómetro, una especie de brújula preparada para contestar (a través de un sistema de símbolos) de forma verídica a cualquier pregunta.

Diecisiete años después de haberlo abandonado, Philipp Pullman regresa a ese universo con La bella salvaje (Roca Editorial, 2017), primera parte de una nueva trilogía titulada “El libro de la oscuridad”. Sin perder la esencia del original, el inglés retoma la historia de Lyra y Pantalaimon desde una nueva perspectiva, presentándonos una especie de metáfora del diluvio universal. La bella salvaje se configura como una precuela a la primera trilogía, situándose en la misma Oxford, pero once años antes, cuando una Lyra bebé, abandonada por ambos padres, es confiada al cuidado de unas monjas. En esta ocasión, el protagonista es Malcolm Polstead, un niño que también tiene 11 años, hijo de los dueños de una acogedora posada a las afueras de la ciudad, que se verá implicado en la épica gesta de salvar a la pequeña Lyra de una sucesión de peligros. Para ello, el joven Malcolm contará con la ayuda de Alice, una jovencita que trabaja en la posada y con la que nunca se ha llevado bien. Pullman divide la narración en dos partes: el antes y el después de una inundación tan apocalíptica que recuerda al diluvio bíblico. La primera parte tienen tintes de novela de misterio e investigación, mientras que la segunda concentra toda la acción en la perseverante persecución para dar con la niña. Así conoceremos a nuevos personajes como la Doctora Relf, que forma parte de una organización secreta enfrentada a la Iglesia, y al temible Gerard Bonneville, que con su daimonion hiena, comienza la más feroz de las persecuciones para capturar la pequeña Lyra.

La bella salvaje no nos defrauda. A pesar de los diecisiete años de espera, el escritor británico nos regala una historia llena de suspense, aventura, misterio y reflexiones políticas y religiosas, capaz de resucitar esa misma atmósfera que envolvía la primera trilogía, sin dejar atrás los elementos fantástico, pero añadiendo, esta vez, un toque onírico muy interesante e inesperado. Aun así, este libro contiene una nota más adulta comparado con los anteriores, y la crítica a la religión y el poder se hace más aguda y punzante. Pullman nunca ha tenido miedo a expresar sus opiniones acerca de la Iglesia, y aún menos a hacerlo a través de la pluma en una saga juvenil como ésta.

Una vez más, el interés de la Iglesia gira en torno al “polvo” (residuo del pecado original) que muchos físicos han empezado a investigar. Para contrastar las investigaciones y así el descubrimiento de la verdad, la Iglesia de Pullman cuenta con un órgano de control llamado Magisterio y con una nueva organización, la Liga de San Alexander, que recluta a los niños y los convierte en delatores de aquellos que se escapan de las reglas impuestas por la autoridad religiosa. El británico revela haberse inspirado en una práctica de la Unión Soviética para crear esta Liga, que, en ciertos aspectos, nos recuerda también a las Juventudes Hitlerianas. Con la creación de la Liga de San Alexander, Pullman nos muestra el fanatismo que impera en las aulas escolares, donde la confianza, la solidaridad y la amistad dejan paso a la sospecha, la duda y la denuncia. Los disidentes, los que no se dejan manipular, tienen que fingir para poder salvarse. La crítica de Pullman es impactante y aterradora, y nos muestra lo fácil que es sobrepasar el límite y lo difícil que es invertir el proceso, frente al que te quedas casi impotente.

Misterios por descubrir, profecías por interpretar, seres fantásticos por conocer. La bella salvaje nos deja con un buen sabor de boca y sobre todo con muchas ganas de descubrir cómo proseguirá la historia de nuestra heroína. Pullman nos promete volver muy pronto con una segunda parte, titulada The secret Commonwealth, con una Lyra ya adulta. Larga será la espera…