Lo coral resulta ser el motor narrativo principal de El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, de Becky Chambers, un libro que pudo concluirse por crowdfunding y que hace de sus extensísimos diálogos su característica principal. Una divertida spaceopera con la que disfrutarán principalmente los trekkies de corazón.

Detalle de portada de una de las ediciones estadounidenses de la novela. En primer término, la Peregrina en su vagar espacial

Cada vez más, la mujer toma posición como un actor principal en la Ciencia-ficción, bien sea a través de una extensa lista de autoras como de personajes capaces de enfrentarse a los mismos retos galácticos, bélicos y/o científicos que sus otros congéneres masculinos. Un movimiento de incorporación imparable que supone para el género literario una magnífica noticia (diga lo que diga Mario Vargas Llosa): cada vez que se incorporan nuevos elementos, independientemente de su naturaleza, se amplían sus límites y, con ellos, también sus posibilidades creativas. Un cambio estructural fundamental y positivo reflejado perfectamente en la historia de cómo la californiana Becky Chambers consiguió escribir y publicar El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Insólita Editorial, 2018).


Todo empezó con un ataque de pánico. La vida del escritor novel resulta imprevisible, y muchas veces, esclava de los cambios repentinos y los giros del destino. Esto mismo le pasó de repente a nuestra autora: inesperadamente, se quedó sin el trabajo que la sustentaba mientras escribía, cuando ya llevaba más de dos tercios de la novela. Sin saber si podría seguir o no adelante, decidió acudir a Kickstarter y pedir financiación para poder continuar. Y la iniciativa fue un éxito rotundo. Si en 2012 la novela corría peligro de acabarse, en 2014 se terminaba gracias al apoyo del crowdfunding; al poco tiempo, también consiguió que una gran editorial la distribuyese en las librerías de Estados Unidos. Tal fue su éxito que, ahora, tiene más de una decena de traducciones, y premios como el Arthur C. Clarke al mejor libro de ciencia-ficción 2016, el Prix Julia Verlanger 2017, o el diploma de finalista a los British Fantasy Awards. Ahí es nada.

La ciencia-ficción se transforma. Cambia. Pero también sabe incorporar el patrimonio histórico que la ha hecho lo que es, y llegar hasta donde está.

En esta novela es fácil darse cuenta de que Star Trek es la referencia sobre la que pivota el conjunto del universo creativo: la nave interestelar Peregrina posee una tripulación formada por criaturas inteligentes de distintas especies y naturalezas, cada una con sus idiosincrasias y peculiaridades. Su imprescindible complementariedad para el éxito de la misión se ve dificultada por las distintas barreras socioculturales, a su vez generadoras de problemas de convivencia. Durante los distintos roces, problemas o desacuerdos, la novela aprovecha los interminables diálogos para introducir temas contemporáneos y someterlos a escrutinio del lector, al tiempo que se dota a los personajes de un desarrollo y un arco argumental particular. Ambas circunstancias —personajes ricos y temas variados— se complementan a la perfección en este marco interestelar de formas inteligentes más allá de la humanidad y de lo humano.

Lo coral resulta ser el motor narrativo principal de la novela. No obstante, el argumento se estructura a partir de dos personajes principales: el capitán Ashby y, especialmente, su nueva y misteriosa ayudante marciana, Rosemary Harper. De hecho, es su llegada la que, en cierto sentido, cambia las dinámicas entre la tripulación, incorpora novedades al contexto y actualiza la situación de la nave al tiempo presente. Se reparten de nuevo las cartas entre los compañeros, y eso motiva nuevas situaciones y tramas.

Este sentido de “lo coral” se desarrolla narrativamente a través de extensísimos y exhaustivos diálogos, algunos de los cuales llegan a ocupar más de una decena de páginas. Los personajes hablan entre sí. Muchísimo. Se cuentan sus historias, analizan los cambios en la nave, comentan las relaciones entre sí y con otros compañeros, hacen aseveraciones, exponen opiniones sobre los temas más variados: el multiculturalismo como característica de lo cotidiano con sus aspectos positivos y negativos (o productivos e improductivos); la relación del cuerpo con la tecnología y la legitimidad del ser humano para cambiar o mejorar su cuerpo a través de ella; la Inteligencia Artificial y su relación con la humanidad y lo humano; las colonias espaciales y los procesos de descubrimiento y conquista de nuevos territorios… Y esta técnica, que es una virtud si uno sabe manejar los diálogos con viveza, también tiene su lado negativo.

El exceso de diálogos impide que nos hagamos, durante la lectura, con un cierto manejo de la dimensión espaciotemporal. Por momentos, no sabremos si el tiempo transcurrido son minutos, horas o un día entero en el que los personajes apenas han parado de hablar. Sólo los acontecimientos podrían definir claramente esta dimensión, pero la mano de la autora es ajena a este problema y, por eso, serán muy pocas las veces en que los hechos nos ayuden a comprender en qué momento nos encontramos o a qué tiempo saltamos en cada cambio de escena o escenario. Un lío impropio de las novelas bien estructuradas y organizadas, pero que aquí sí tiene un sentido: no estamos ante un tema o una trama principal que lo estructura todo a su alrededor, sino, como dijimos, ante una estructura “coral” cuyo motivo principal es “la diversidad” y al cual se vinculan todos los demás temas que el libro analiza directa o indirectamente.

Dr. Chef, uno de los tripulantes de la Peregrina. Ilustración de Shannon (Tea Goes In, Art Comes Out)

En consecuencia, la autora trata con especial cuidado y cariño a todos los personajes. Cada uno encuentra, a lo largo del libro, una o varias oportunidades de desarrollar su personalidad, con la cual otro personaje conecta y establece una relación fundamental bien de complemento (si se van a caer bien) bien de antagonimo (si se van a llevar mal o regular). Estas relaciones son los hilos con los que se va tejiendo la red de “lo coral”, envolviendo a los personajes y relacionando sus distintos hilos argumentales, acercando sus historias y cruzando sus vidas. Unas relaciones que, mientras se reconstruyen y redefinen, pondrán a prueba el habitual clima de buen rollo reinante en la Peregrina cuando unos acaben metiéndose (queriendo o sin querer) en la vida de los otros y esta incursión en lo privado tenga consecuencias para todos ellos.

Y si los personajes son importantes en esta historia, por supuesto también lo es la pequeña nave que los acoge. La Peregrina es una tuneladora espacial, una constructora de agujeros de gusano, encargada de abrir vías espacio-temporales para moverse de un lugar a otro a través del Universo. Un día, de forma inesperada, la estable y pacífica Confederación Galáctica (C.G., otro guiño a Star Trek) toma la decisión de incorporar a un planeta extremadamente belicoso —no sé por qué, me ha venido Klingon a la cabeza— a su alianza, un planeta durante muchísimo tiempo repudiado, mirado todavía con recelo, y para el que no existe una ruta actual construida para acceder a él con comodidad y en poco tiempo. La Peregrina recibe el encargo de hacerlo. Y el viaje para cumplir dicho encargo le dará a la tripulación una buena oportunidad para conocerse, ajustar su convivencia y solucionar distintos problemas.

Wayfarer Crew, ilustración de SebasP. Foto de familia de la tripulación de la Peregrina

Los retos, evidentemente, se van a ir superando. El aprendizaje de los personajes, tanto propio (de sí mismos) como mutuo (de los demás), va a ir sucediendo: nos encontramos ante una especie de bildungsroman light, dado que dicho aprendizaje no tiene un sentido moral, ni el viaje resulta ser una odisea heroica donde las pruebas son de una extremada dificultad. Más bien al contrario. El tono del texto es permanentemente positivo, optimista, buenrollero. Y los sucesos acaban frecuentemente en un punto jocoso o divertido. Lo que no encaja demasiado bien con el canon épico ni con el dramático a los que, habitualmente, se adscriben las novelas de aprendizaje. De ahí que lo consideremos light: recoge algunas de sus características definitorias (sentido de viaje, secundarios carismáticos, lecciones de vida y aprendizaje) aunque se cuida, muy mucho, de no recoger otras (el heroísmo o el dramatismo).

En conjunto, El largo viaje a un pequeño planeta iracundo resulta ser una novela bien escrita, aunque con sus fallos, propios de una autoría inexperta y de algún exceso de creatividad mal definido: un ritmo irregular, un manejo confuso de la dimensión espacio-temporal, una gestión de los personajes que se va de madre en alguna ocasión con los diálogos más amplios (por el número de intervinientes) o más extensos… Pero que también tiene sus virtudes, como las de presentar un universo coherente y bien construido, sobre bases solidas culturalmente reconocibles para los aficionados acérrimos a Star Trek y la ciencia-ficción canónica, gestionado con el respeto exigible a una historia hecha a medida para rendir homenaje a esta base cultural. De esta forma, el lector podrá divertirse con personajes curiosos y diálogos intensos dentro de un universo creativo muy bien definido que encantará, especialmente, a los trekkies de corazón.