Existen cuentos escritos para establecer un contacto con el lector y otros para responder a preguntas del alma: Olalla, de Stevenson, es de los segundos. En apariencia es una historia pasional con maldición por licantropía, pero, como en cualquier pieza del coloso escocés, esconde raíces mucho más profundas y recónditas. Explican, de algún modo, qué significa ser humano.

Olalla, ilustración de Yuri Shepherd para Fabulantes


Hay quien defiende con vehemencia, como aquellos que creen en ovnis o en los lagartos de V, que Robert Louis Stevenson fue en verdad una suerte de Long John Silver. Ciertos especialistas sostienen que el Tesoro de Lima fue algo más que la principal inspiración para la mejor novela de todos los tiempos: para ellos, supuso sobre todo la fuente de financiación de la disipada vida de Stevenson en Vailima, la isla samoana donde acabó sus días. Dichos soñadores afirman que fue su rastro, y no sus acuciantes problemas de salud, los que trasladaron al escritor y su familia a aquel reducto perdido de la Polinesia. Vamos a dar por cierta la hipótesis de que efectivamente llegase a encontrar el tesoro, sólo por lo que tiene de romántico. Contribuye a incrementar una leyenda que a buen seguro hubiese pintado una satisfecha sonrisa en el enjuto rostro del novelista.

El retrato del buscador de tesoros no desencaja en la biografía de un viajero voraz, que recorrió Francia en su juventud rebelde y se asentó en el Salvaje Oeste que hoy es escenario de tantas películas. Stevenson en realidad buscaba climas cálidos para combatir su tuberculosis crónica; en su vuelta al mundo terminó por encontrar a Dios en cada pequeña cosa. El escocés había sido educado férreamente en la fe calvinista -sus antepasados eran presbiterianos- principalmente por un padre y una institutriz que le contaban y leían historias a modo de parábolas sobre lo Bueno y lo Malo. Stevenson se empapó de ellas, se convirtieron en la base de sus escarceos literarios, y terminaron por configurar una personalidad amplia de miras, que terminó en cierto sentido adoptando una mirada atea sobre la Creación y sus criaturas.

Lejos de ser para él dogmas de fe, o insuficientes razones para explicar el mundo, el Bien y el Mal constituyeron siempre la argamasa que sirvió para entender el mayor misterio de la existencia: el ser humano. Todo hombre es en función de sus actos y de sus pecados, de sus aciertos y miserias. ¿Podría entenderse sólo desde la codicia a Long John Silver, el villano más arrebatador de la literatura? ¿O simplemente desde el impulso al maldito Markheim? Lo Bueno y lo Malo condicionan a los hombres, como expresa toda su obra. Esta doctrina moral es puesta en evidencia, más que en nigún otro de sus escritos, en el relato Olalla.

Ilsutración de Jill Patterson para la edición de la editorial escocesa Merchiston Publishing

A vista de pájaro, Olalla es una sutil y muy hermosa historia de licantropía y de fuertes amores desenfrenados. En su sustrato más hondo, es la plasmación de las dudas de un hombre en su afán constante de búsqueda de respuestas. El relato apareció publicado en un volumen de 1887 junto con Janet, la torcida y Markheim, con los que comparte una comprometida visión de la naturaleza como fuerza sumamente inevitable y dominadora.

Ya sea en su versión más feroz, como en Olalla, en su faceta más sobresaltada (Janet) o como ámbito doméstico (Markheim), la naturaleza es para Stevenson una toma de posición ante lo sobrenatural, insólita (en cuanto real y de reglas impredecibles) y distante, propia de alguien que asume (lo sobrenatural) como cosa cierta. Como debió de suceder continuamente en su día a día, la transcribe con la misma trabajada serenidad contemplativa que fue rasgo de estilo. En las mejores creaciones de Stevenson la atmósfera tiene corporeidad, entidad. Así pasa también con la España áspera, rocosa y norteña que sirve de escenario al cuento.

El protagonista es un soldado escocés herido en una guerra sin determinar y que se convierte en un huésped de una familia de rancio abolengo pero muy venida a menos en «fuerzas e inteligencia». Es instalado en una recia mansión decrépita: «La casa entera […] parecía como el palacio encantado de la leyenda. El patio, sobre todo, parecía el mismísimo hogar del sueño. […] Ventanas cerradas, puertas ciegas, sótanos oscuros y bóvedas vacías le daban un aire irreal por el que desfilaban sospechosamente misteriosas sombras […]». El cuadro podría aludir a una cualquiera mansión de sus historias escocesas, o ser el marco de alguna ghost story decimonónica; es un ámbito indefinido, en cierto modo universal, que no admite rasgos diferenciadores respecto de los gustos de la literatura del XIX. Pero sobre todo es el único lugar admisible en el que puede suceder que el miedo y el amor vayan de la mano.

En este ámbito, Stevenson relata su particular caída de la casa Usher. La familia que le hospeda está compuesta por una madre soltera, o quizás viuda, y seguramente loca, y sus dos hijos, Felipe y Olalla. Él es un simple que recuerda en mucho al Azarías de Los santos inocentes de Delibes, sobre todo en su relación con el mundo natural, para el que tiene un talento instintivo. Stevenson lo define con frases maravillosas: «Me fascinaba sobre todo la costumbre que tenía de repetir invariablemente la misma nota a pequeños intervalos; no resultaba monótomo como se podría pensar, y menos desagradable; parecía comunicar el mundo como era, tal como nos imaginamos». O: «Felipe tenía el don de expresar en palabras las sensaciones de su cuerpo». La semblanza que reproduce es la de un animal a medio domesticar, al que el mínimo impulso, el gesto más inesperado, devuelve a su estado de salvajismo primitivo.

No menos bestial resulta ser la madre, una excéntrica de pasado rebelde, al que las murmuraciones supersticiosas la achacan pactos inhumanos fuera de toda lógica. Entre la madre y el hijo se establece la relación de hostilidad que puede existir entre dos fieras que rivalizan por un territorio. Pero Stevenson no incurre en el fácil recurso de dibujarla como una bestia, a pesar de que en el primer encuentro con el narrador sea descrita con enorme sorpresa: «(Sus ojos) Eran extraordinariamente grandes, el iris dorado como los de Felipe, pero la pupila estaba en aquel momento tan dilatada que parecían casi negros; en realidad, lo que más me afectó no fue su tamaño, sino, y puede que fuera una consecuencia natural, la curiosa y extraña insignificancia de su mirada. La mirada más completamente vacía y estúpida que nunca he encontrado». El fondo de estos ojos expresan un vacío moral, la ausencia de un alma. La relación entre ambos personajes, narrador y anfitriona, evoluciona desde este impacto inicial y termina por ser cordial. La madre, como si fuese un gran felino ocioso, saluda con indiferencia e indolencia los paseos del huésped y, desde las esquinas en que se recuesta, le regala agudas observaciones naturales, que esconden una sabiduría trascendental casi instintiva.

Olalla, ilustración de Yuri Shepherd para Fabulantes

Por último, está Olalla. Cuando ella y el joven oficial convaleciente se conocen se produce inmediatamente un choque de emociones que transforma la naturaleza y detiene el tiempo. Stevenson tarda en hacerla aparecer en escena, pues será la espoleta definitiva que active la vida interior del protagonista y la arrastre a un torrente de pasiones que haga vacilar sus creencias, incluso las originadas por su prolongado contacto con el ambiente onírico e irreal de la casa. Olalla es el asidero de la cordura, la encrucijada entre la realidad y la ficción, entre lo percibido y lo soñado. Únicamente Stevenson es capaz de encender la chispa del arrebato con la sola conversación de sus miradas.

A partir de Olalla surge la embriagadora tensión de las enormes dudas personales. Unas dudas que se dirigen hacia el hombre, como realidad inextricable. Fijémonos en cómo resuena la furiosa pugna interior de los personajes en este breve pasaje en el que se relata la primera vez que Olalla le dirige la palabra al soldado: «Lo más importante de su voz no era que se dirigía a mi corazón, sino que también hablaba de ella». Más adelante, cuando ya tienen lugar los acontecimientos que ocasionarán la precipitada marcha del huésped, y que tiñen con un crespón negro la rutina anodina de sus costumbres hasta el punto de reafirmar los peligros y amenazas que encierra el aislamiento de la familia, Olalla establecerá la enorme distancia que separa a los enamorados: «Perdóname que aparente enseñarte quién es más ignorante que los árboles de las montañas, pero los que saben muchas cosas no hacen sino rascar la superficie del conocimiento; entienden las leyes, asumen la dignidad de su propósito…, pero el horror de la realidad se esfuma en su memoria. Somos nosotros los que nos quedamos en casa en compañía del mal, los que sentimos el aviso y tenemos compasión».

Compasión. Una virtud cristiana que sin embargo es para Stevenson un modo de supervivencia razonable, la imprescindible tolerancia hacia las extravagancias del prójimo. Es vital en el relato, porque lo más inquietante en él no es esa soledad desoladora que rodea todo y lo vuelve agreste, sino la degradación, la caída en desgracia, moral si se quiere aunque también identitaria, de la familia anfitriona. Los miles de ojos muertos y los miles de gestos repetidos por acción de la endogamia de los altivos ancestros custodian las paredes de la mansión decadente, desde el púlpito de sus cuadros. Son los recuerdos atenazantes de un pasado otrora orgulloso, de los excesos cometidos, de los errores rechazados. El Mal no es una condición moral transmisible, pero hunde sus raíces en el entorno. De la misma manera, el Bien brota y germina con fuertes tallos. Ambos han edificado los cimientos de esa casa y de esa estirpe, y ambos, cansados, la condenan a su extinción.

Olalla se cerrará con una sutileza exquisita, a media res, mediante insinuaciones que apelan a la inteligencia del lector. El protagonista, ya a salvo, preguntará por la causa de la maldición que sobrevuela a la familia, y un caminante con algunas respuestas asumirá la tarea de proporcionárselas: «Lo que me contó no era cierto y nada tenía de original; se trataba sin duda de una nueva versión —aderezada con los ingredientes de la superstición y la ignorancia— de historias tan antiguas como la misma raza humana». Historias que el propio Stevenson alimentaría y enriquecería. Por eso, cuando le tocó dar el paso al pabellón de los sueños eternos, los samoanos de Vailima quisieron tributarle un homenaje acorde a su leyenda. Cuando lo enterraron en el Monte Vaea le dieron un nombre que se extendió con la velocidad del viento: Tusitala. El Contador de Historias.