Metro 2033 es una sombría ficción post-apocalíptica del escritor ruso Dmitry Glukhovsky en la que la recreación del entorno es sobresaliente, a pesar de que la narrativa no acompañe este mérito. En una sociedad devastada por un holocausto que ha convertido a la humanidad en depredadores o cazadores, la vida se valora según el calibre de los cartuchos.

Metro arruinado, ilustración de Alex Kryvolapov

La literatura post-apocalíptica a menudo se incluye en el género de la ciencia-ficción. Sin embargo, muchas de sus novelas -no sólo las de zombis y vampiros– contienen subtextos oscuros o impactantes que se ajustan, bastante no mejor, al horror moderno (un ejemplo clásico es La carretera de Cormac McCarthy). Metro 2033Timun Mas (, 2012), del periodista y escritor Dmitry A. Glukhovsky (Moscú, 1979), sigue un camino similar con su característico nihilismo postsoviético.


Una guerra nuclear y biológica ha acabado con la mayoría de la población del planeta. Unos pocos miles de supervivientes se amontonan en la extensa red de estaciones y túneles que forman el Metro de la ciudad. Los restos de la raza humana se han dividido en grupos tribales, definidos por etnias, ideologías o credos. Estas comunidades frágiles, cada una de las cuales no controla más que un puñado de estaciones abandonadas, mantienen una distensión incómoda con sus vecinos. Sólo unas pocas almas duras, los “Stalkers”, se atreven a aventurarse en la superficie, donde corren el riesgo de encontrarse con los habitantes mutados de la metrópolis en ruinas.

Artyom creció en VDNKh, en los límites del Metro habitado, una estación que está a punto de ser invadida por los “oscuros” que moran en la superficie. Un día, conoce a Hunter, uno de los “Stalkers” itinerantes en constante aprendizaje sobre los “oscuros” y sus intenciones. Hunter le confiará una misión: transmitir un mensaje a la legendaria Polis, en el corazón del Metro, que puede ser vital para la supervivencia de lo que queda de la humanidad.

Un metro en ruinas (Título y autor desconocidos)

El autor tiene un éxito admirable al retratar un mundo claustrofóbico en el que los humanos viven una existencia precaria criando ganado y hongos. Estos desafortunados supervivientes están tan acostumbrados a vivir bajo la luz roja de emergencia que sufrirían ceguera permanente si fuesen sorprendidos por la luminosidad solar de la superficie. Sin embargo, la principal amenaza para los habitantes del Metro no es la inanición, o incluso la violencia física, sino algo intangible, indescriptible y esencialmente psicológico. Glukhovsky logra crear un ambiente post-apocalíptico detallado, creíble y atmosférico, cuando no llamativamente original. El problema es que, habiendo establecido el escenario, no puede conjurar un drama para llenarlo. Artyom es enviado a una misión, pero ni él ni el lector reciben ninguna pista sobre el contenido del mensaje que debe entregar, ni sobre el resultado esperado de su entrega. Una vez que Artyom llega a Polis —aproximadamente por los dos tercios de la novela—, la narración comienza a progresar significativamente.

Glukhovsky parece decidido a no mostrar nunca lo que puede decir: la narrativa es reemplazada por encuentros episódicos con personajes en gran parte intercambiables, cada uno de los cuales sólo sirve realmente como una caja de resonancia ideológica. Hansa, los Estalinistas Rojos, el Cuarto Reich neofascista, los cristianos nacidos de nuevo y los trotskistas renegados… tan variopinto conjunto de ideologías no es tratado con la gravedad suficiente y tampoco parece haber ningún intento sostenido de sátira: los personajes que Artyom encuentra en su viaje son esencialmente variaciones de arquetipos. Por lo tanto, gran parte de la novela es frustrantemente lenta, puntuada sólo por encuentros superficiales con caricaturas ideológicas unidimensionales.

Visión apocalíptica de una estación subterránea (Título y autor desconocidos)

Al igual que muchas novelas rusas, el tono general de Metro 2033 es sombrío. Si hay alguna esperanza de una nueva era, no ha caído en la cuenta de quienes permanecen con vida. En cambio, la historia se enmarca ampliamente en la existencia brutal de la vida cotidiana, donde la única moneda de cualquier valor son los cartuchos de rifle. Esta falta de voluntad para indicar hacia dónde se dirige la narración está, sin embargo, acompañada de numerosas indirectas de que Artyom posee un destino único; él mismo llega a creer que este destino lo protege de daños en tanto continúe en su camino asignado, mientras que quienes lo rodean sufren la desgracia.

Las descripciones de los personajes no siempre son satisfactorias o claras; es como si Artyom no estuviera realmente interesado en lo que sucede a su alrededor o en la cabeza de otras personas. Nunca se hace amigo de su padrastro, al que deja al principio de la historia, ni tiene muchos compañeros constantes; aún más decepcionante resulta la flagrante ausencia de mujeres en roles relaventes. El estilo de escritura tampoco se adapta bien a ninguna de las batallas o incluso escaramuzas menores. Estos conflictos, sumado a las descripciones del entorno, no logran impresionar sobre cuán desesperada es en realidad la situación y con frecuencia se sienten como los puntos más débiles de la historia.

El verdadero protagonista del libro, sin embargo, es el Metro en sí. Ésta es el área donde brilla la novela y muestra su verdadero potencial. La red de metro con sus pequeñas estaciones, facciones políticas y la atmósfera opresiva es perfecta. No es de extrañar que en 2009, la novela vendiese 400.000 copias sólo en Rusia y que se haya realizado un videojuego que, a grandes rasgos, vuelve a contar la historia del libro en forma de shooter en primera persona. Sin embargo, su mayor defecto es la incapacidad de Glukhovsky de crear una narrativa funcional para llenar su mundo creado.