El ilustrador y animador belga David Merveille revive a Monsieur Hulot, uno de los iconos culturales del cine, en una serie de libros infantiles, que empiezan con El papagayo de Monsieur Hulot. En sus vivaces y coloristas láminas, Merveille despliega su estilo cartelista, y mantiene al despistado y desastroso Hulot en constante movimiento, y al observador/ lector en constante sorpresa.

Las imágenes que contiene este artículo han sido publicadas con permiso expreso de la editorial Kalandraka

Jacques Tati es un buen ejemplo para sostener el argumento de que la fama tiende a veces a comportarse como una vieja dama caprichosa. Hoy, Tati (Le Pecq, 1907- París, 1982) está reconocido como uno de los mayores cómicos del cine, a la altura del pionero Chaplin. Debe esta consideración a una filmografía no muy extensa, compuesta por siete películas y un corto, pero sobre todo a su descomunal talento visionario, que hizo de él uno de los mayores innovadores del séptimo arte.

Entre los entendidos, y también entre algún aficionado, Tati debe su fama principalmente a un personaje, Monsieur Hulot, una versión catastrófica de sí mismo. Hulot apareció en tres películas (comentaremos la tercera más adelante): primero, en Las vacaciones del señor Hulot (rodada en 1953, tan sólo cuatro años después de su debut como realizador) y posteriormente en la deliciosa Mi tío (1958), con la que ganaría el Oscar a la Mejor Película Extranjera; desde Fabulantes recomendamos su visionado: es divertida, rebosa ingenio y lucidez, genera carcajadas con una facilidad tan pasmosa que el espectador se queda un tanto aturdido intentando comprender el truco, y tiene tal presencia como para convertirse no ya sólo en un icono cultural sino en un referente para muchos otros artistas. Sin ir más lejos, el entrañable torpe Monsieur Hulot en batalla constante contra la tecnología, inspiró de manera evidente a Peter Sellers -otra fuerza de la naturaleza- para su memorable interpretación de El guateque (Blake Edwards, 1968).

Nada de lo dicho hasta ahora parece, no obstante, motivo suficiente para explicar por qué la fama es caprichosa. Quizás sea mejor ampliar el concepto basándonos en algunas cosas ya mencionadas: la fama es caprichosa, sí, pero no tiene por qué ser injusta. Ni carecer de sentido del humor. Tati pasó a la posteridad sustancialmente por un personaje que protagonizó tres películas, aunque no es ése el meollo de nuestra historia (la cultura abunda en autores que han debido su éxito a una única obra o personaje): lo verdaderamente fascinante del presente caso, o lo irónico, es que Hulot ha vivido otras aventuras más allá de Tati en diversos formatos, no muy alejados ni del cine ni del espíritu del personaje. Principalmente, ha nutrido la imaginación de algunos ilustradores o animadores de estilo acentuado.

Revivió, por ejemplo, en El ilusionista (2010), el excelente largometraje de animación del también excelente director Sylvain Chomet (autor asimismo de una brillante opera prima, Bienvenidos a Belleville (2003), que ya anticipaba un homenaje al deportista Tati en su temática ciclista). La colorida El ilusionista encierra un drama familiar y personal que persiguió al realizador francés durante toda su vida: el repudio en 1942 de Helga Marie-Jeanne Schiel, la hija que tuvo con una compañera de reparto de un espectáculo de variedades. A instancias de su hermana, Tati se vio forzado a rechazar a la niña, por bastarda. Quizás Nathalie Tatischeff, la hermana, actuó por celos hacia su compañera de oficio (ambas eran bailarinas), o quizás constreñida por el peso de los restrictivos valores morales que imperaban en una familia que debía su linaje a un aristócrata ruso de rancio abolengo. Sea como fuere, el fantasma de la primera hija persiguió al cineasta durante toda su existencia, hasta el punto de inspirarle un tragicómico guión, que jamás rodaría, sobre un ilusionista que conoce a una huérfana y decide adoptarla. El libreto fue adaptado, aunque prescindiendo de sus tintes más melodramáticos, por Chomet; la mutilación le granjeó una airada reacción de la familia de Helga Schiel por considerar que no se le hacía mención explícita en sus créditos.

Más amable resulta el otro proyecto que ha devuelto a la actualidad a Tati y que pasa por las acuarelas del publicista, animador y autor de libros infantiles David Merveille (Bruselas, 1968). Merveille ha dedicado una serie de libros a Monsieur Hulot, que conservan fresca la esencia del personaje. El papagayo de Monsieur Hulot (Kalandraka, 2012) es el primero de la serie y el objeto de esta reseña. Un libro capaz de iluminar cualquier escaparate o estantería.

Pasar las páginas de esta obra de Merveille es adentrarse en ese universo de agitadas y simpáticas catástrofes protagonizadas por Hulot. El ilustrador belga entiende perfectamente al entrañable despistado y el gafe que arrastra y, así, cada una de las láminas de El papagayo de Monsieur Hulot es una sucesión de acontecimientos que combinan armonía con caos. Para lograr este efecto, cada página impar es desplegable, de manera que en primera instancia veamos la situación “normalizada” y a continuación el desastre provocado por el huracán Hulot (pero también es una técnica que permite que el tiempo avance o que conozcamos los sueños o pensamientos de Hulot).

La idea demuestra imaginación, dinamismo —gracias a ella el libro adquiere mayor movimiento— y genera sorpresa, tanto en el lector más joven como en el adulto. Además, este truco de ilusionismo tiene la ventaja de recompensar según el bagaje de cada observador: el más experimentado, y mayor, puede encontrar referencias que al pequeño se le pasarán por alto, como una alusión al Nestor Burma de Jacques Tardi al volante de un coche.

(Video que muestra, como ejemplo, una página desplegable de este libro-acordeón)

La persecución del papagayo por medio París se produce en medio de un estruendo silencioso que origina atascos, reparaciones milagrosas que sin embargo estorban a los viandantes u obstrucciones en obras que terminan por dejar rastro páginas más allá. Las películas sobre Monsieur Hulot eran casi mudas, pero sólo de palabra: el ruido ambiente era parte fundamental del gag; diríase que la razón de ser de su eficacia (por contraste). En El papagayo… sucede algo muy parecido: no se intercambia una sola palabra, aunque Merveille logra que escuchemos cada paso dado por el desastroso involuntario de Hulot. Además, el estilo del belga, muy cartelista, convierte cada lámina en un póster. Todas las páginas, o sketches, tienen tonalidades cromáticas de gran viveza, lo que da una sensación de alegría y de infalibilidad a las acciones de Hulot: es decir, organiza buenas trapisondas, pero el lector/observador las perdona y ríe porque el color y el dibujo les rebaja dramatismo. Son casi inocentes travesuras que hacen que la vida del señor Hulot sea una aventura diaria en la que el aburrimiento resulta inconcebible.

Hay una sutil decisión creativa digna de elogio en Merveille. Una de las últimas películas de Tati —y la tercera sobre Hulot— fue Platime (1967), un proyecto inclasificable que le llevó nueve años de rodaje y le costó la salud y buena parte de su fortuna. Hoy, igual que ayer, resulta irrealizable: Tati hizo construir un escenario mastodóntico como set principal pero, sobre todo, insertó en un mismo plano un montón de situaciones paralelas, que discurrían a velocidad de vértigio, o en bulliciosa agitación, y que hacían imposible centrar la atención del espectador en un hecho concreto, demandando revisitar la películas numerosas veces para captar todos sus detalles. Con este mismo propósito trabaja Merveille: sus situaciones pueden captarse de un único vistazo, aunque para entender su finalidad sea preciso verlas todas en conjunto. Así, el dibujante crea un puzzle perfecto: hay un orden riguroso en el presunto desorden, una planificación minuciosa, como en el cine de Tati, que termina por cuadrar el círculo de la trama y llevarnos hasta un desenlace inesperado ante el que resulta inevitable esbozar una sonrisa simpática y pícara.

Hemos hablado demasiado, cuando lo que se precisaba era callar y observar. Dejemos pues que El papagayo de Monsieur Hulot hable por sí mismo a través de la voz del slapstick de su genuino protagonista, un señor espigado, con sombrero y pipa al que es mejor no tener muy cerca, por si acaso.