El nuevo libro de Pilar Pedraza, El amante germano, nos vuelve a llevar a su querida Roma Clásica. Su toma de posicionamiento en favor de las hechiceras sirve esta vez para contar con socarronería la historia de un amor maldito con visos de Frankenstein y El ladrón de cadáveres. La autora parece más Mary Beard que la comisaria de gabinetes de maravillas de antaño.

Con El amante germano (Valdemar, 2018) Pilar Pedraza cierra un círculo, o más bien un pentáculo. Es el último libro de la trilogía Las Antiguas, —formada también por La perra de Alejandría (Valdemar, 2003) y Lobas de Tesalia (Valdemar, 2015)— y que, según sus propias palabras, «está protagonizada por mujeres libres, independientes y a veces equivocadas, pero que siempre hablan por sí mismas y persiguen sus deseos».

Pedraza nos lleva una vez más de paseo por la Roma Clásica. En su visita, la escritora toledana se conduce más bien como una arqueóloga experta y didáctica, con gran conocimiento de tradiciones, situaciones y costumbres, antes que como la comisaria de gabinetes de maravillas que un día fue. Es un poco Mary Beard, aunque sin abandonar su gusto por lo macabro ni lo mágico. Sin ese toque siniestro marca de la casa, el romance que da sentido a esta trama naufragaría entre sus fenomenales reconstrucciones de época, fruto de un saber tan profundo y privilegiado como pasional. Hace ya mucho que Pedraza escribe para divertirse; por eso, tiene la necesidad de recrearse en una época que su pluma sabe hacer fascinante.

Portada de la novela a cargo de Luis Pérez de Ochando, autor también de las ilustraciones interiores

La Roma Clásica, como bien nos enseñó Beard, o también el mismísimo Julio César, tuvo más sombras que luces. Muy avanzada, por ejemplo, en cuestiones urbanísticas y arquitectónicas, así como jurídicas (Roma reguló la condición de ciudadano en su ordenamiento, por ejemplo), fue una sociedad violenta, dura, corrupta y supersticiosa. De estas sombras se beneficia la novelista para insuflar una nueva oportunidad a los muertos que pueblan sus páginas: siempre numerosos, pero esta vez más dóciles. Su presencia no produce esa inquietud generada por La perra de Alejandría, en la que de pronto lo muerto, y la muerte, desborda la vida con una potencia difícilmente contenible. Los muertos de El amante germano son en cierto modo amables, casi unas mascotas. No hay una irreverencia de Pedraza hacia el Hades, un escenario que le resulta mucho más interesante y atractivo que el Olimpo, sino más bien un deseo por decantar su discurso del lado de la Magia.

Desde que escribiera su muy ameno ensayo Brujas, sapos y aquelarres (Valdemar, 2014), Pedraza ha tomado cada vez mayor partido por las hechiceras. Sus protagonistas femeninas han sido siempre algo brujas, de una manera más o menos evidente, pero ha sido a partir de dicho estudio cuando la escritora ha decidido darles el papel principal de su función, ese rol por el que cualquier actriz estaría dispuesta a entregar su alma. La maga Próxima Nigra, de aparición tardía pero arrebatadora, es bastante más sugerente que la niña no-viuda Valeria, cuyos caprichos amorosos sirven de hilo conductor argumental. Es ella la que convierte El amante germano en un homenaje femenino (y feminista), así como “desde la cultura clásica”, a Frankenstein o El ladrón de cadáveres. En esta novela hay muertos que regresan y artes arcanas que engañan a los Dioses porque juegan con derribar los límites entre lo que late y palpita, y lo que está frío y se pudre. Pedraza sigue los pasos de Mary Shelley y presenta a su particular Criatura, aunque con una semblanza digna de Adonis.

Las termas de Caracalla (1902), Virgilio Mattoni de la Fuente (1842-1923)

En esta (nueva) exuberante novela, la escritora reconstruye de manera muy animada y colorista, festiva y también pícara, rituales y hábitos. Los entrevera de un modo tan vivaracho que se sienten, oyen, huelen y tocan. Sus dos primeros capítulos, dedicados a los sacrificios a las Cárites Infernales, del cortejo de Hécate, cuyo culto sigue la joven Valeria, nos sitúa en plena rutina romana como si fuésemos espectadores mudos. A Pedraza le gusta el cine y por eso imagina sus ficciones como películas. Por usar una jerga técnica, en El amante germano reluce con personalidad la dirección artística, además del trabajo de sus actrices. Es un peplum que se centra en las reacciones de sus personajes, en su vida doméstica, íntima, y en las cicatrices de sus almas. Las palabras de Pedraza lo explican bastante mejor: «El cuadro era de una deliciosa intimidad, pero en vano lo buscaréis en colecciones de pintura romana. No así la imagen que describen las palabras de Próxima, abundante en pinturas al fresco y sarcófagos de gente rica, incluso de cristianos, que con tanto afán saquearon el arte mitológico de los romanos y los griegos para sus propios fines». La cita recoge el tono socarrón con el que la autora afronta su narración. Al menos hasta su tercera y última parte.

En ella, Pedraza abandona a Mary Beard para calzarse el traje de Proserpina. Parece como si toda la narración convergiera hacia ese punto, suposición no tan descabellada si se observa que el título inicial de la obra iba a ser La loba en la arena. Pedraza vuelve a ser la rara avis que engatusó con la fascinante Paisaje con reptiles (Valdemar, 1997) y rindió a sus devotos por toda la eternidad con La fase del rubí (Valdemar, 2009), en su descripción de los juegos en el Circo. Es aquí donde Magia y Muerte se alían para imponer su ley. En apenas unas pocas páginas la escritora somete a su lector a una placentera vorágine de tenebrosidades que no cesará ya hasta las últimas palabras del texto. De paso, la hechicera Pedraza será también ducha empresaria circense al mostrarnos exóticas (para aquella época) luchas entre aguerridas y apañadas mujeres, y al sacar a escena su amor por los animales (y su clamor por cada maltrato que le impone la narración).

Mujeres y animales tendrán más peso en El amante germano que hombres y Dioses. Éstos no serán comparsa, pero quedarán retratados como secundarios molestos, a veces estúpidos, licenciosos y arbitrarios. La sonrisa irónica de la autora se entrometerá incluso en el Reino de los Muertos y en los Campos Elíseos de los dioses muermos, para presentar a ociosos tahúres difuntos y a celebridades celestiales. El resultado será parecido al de Extraños Eones de Emilio Bueso: veremos, en montaje paralelo, lo que está sucediendo en cada uno de esos ámbitos, en las reacciones de sus moradores y en la futilidad y banalidad de sus discusiones y reflexiones. La última novedad de Pilar Pedraza se basa en una revisión y, en algunos tramos, también ajustes de cuentas, de la cultura clásica.

Hagamos justicia al humor que impregna estas páginas con un epitafio esclarecedor surgido de sus entrañas avernales: «Lo vivo y lo muerto es mejor que estén separados y cada uno vaya por su camino». Que así sea. O no.

The Last Breath, Luciano Neves