Grabado “Creación de Frankenstein”.

Fabulantes se suma a las reivindicaciones por la dignificación de la mujer recordando a una de las grandes pioneras de la literatura especulativa, la inglesa Mary Shelley, a partir del volumen publicado por Valdemar que aúna sus Cuentos góticos, y en el que afloran pasiones profundas y también un sentido lóbrego de la existencia.

Es Londres, de noche: una mujer vestida de un negro satinado transita por los mezquinos salones de alguien a quien ni siquiera conoce. Tiene un porte menudo, es frágil y de una palidez que muchos tachan de poco saludable. Aún queda algo de esa mirada inteligente y penetrante que atemorizó a Washington Irving y a muchos otros que intentaron acercársele. No es una viuda que tal como correspondía a su época se encarcelara en su casa, pues casi un año antes había mantenido una tórrida relación con el escritor francés Prosper Mérimée, quien la cuidó de una forma galante y cortés mientras ella sufrió un ataque de peste en París. Aun así, parece que la muerte le persigue como un signo grabado en su frente: se la desprecia, se la culpa de la muerte de su marido, y por último se la esquiva miserablemente. No tiene más opción, su carrera literaria la ha transformado en una figura un tanto lóbrega, y desgraciadamente está condenada a perpetuarla para vender sus escritos. Toda su producción posterior se eclipsa por una sola creación, y así, orgullosa, firma sus libros como “Del mismo autor de Frankenstein”. [1] Esa mujer adelantada a su tiempo se llamaba Mary Shelley.

Hija de William Godwin, autor de Las aventuras de Caleb Williams o Las cosas como son (1794; Valdemar, 1996), novela gótica oscura y con elementos anarquistas, y de Mary Wollstonecraft, feminista autora de la Vindicación de los derechos de la mujer (1792), Mary se vio desde pequeña estimulada de forma intelectual para absorber la fuerza romántica que destilaban todas las artes de aquellos tiempos. Como una Jane Eyre, Mary se escondía de los demás en ventanas o se refugiaba en la biblioteca de su padre y leía compulsivamente. Su soledad le granjeó una sensibilidad increíble que envolvería toda su vida.

Richard Rothwell,

Retrato de Mary Shelley

Iustración Kevin Mark (Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

En toda su obra literaria demostraría esa acentuada sensibilidad de espíritu que, tarde o temprano, a la sazón de los Románticos, la llevaría por el sendero del ocultismo y la alquimia. Paracelso, Giordano Bruno y Cornelius Agrippa serían sus maestros incondicionales en cuanto la vista de Mary se volvió a la idílica Edad Media con todo su oscurantismo y decadencia.

Este año 2018, precisamente, se conmemora el bicentenario de la publicación de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), novela con tintes góticos y pionera en lo que ciencia-ficción se refiere. Mary Shelley ha pasado a la posteridad literaria casi exclusivamente como la creadora del doctor y su monstruo. Hasta hoy su nombre sólo sigue evocando a su obra maestra, dejando de lado otras incursiones literarias dignas de mencionarse, como sus Cuentos góticos.

Valdemar los editó en 2006 -y reeditó posteriormente, en 2015- en una preciosa edición con prólogo de Agustín Izquierdo y traducción de Elias Sarhan. El libro se compone de un puñado de narraciones breves en las que proliferan los ambientes ruinosos y los personajes dominados por las más violentas pasiones. En ellos, Shelley deja en claro sus sólidas maneras narrativas y la herencia cultural de su tiempo.

Los Cuentos góticos de Shelley, si bien manifiestan ciertas características afines entre sí, obligan al lector a separarlos por temáticas y grupos. Es posible hacer una división simple para facilitar el análisis correcto de las narraciones: están, por un lado, los cuentos sobre resurrecciones y su relación con el tiempo, tales como “Roger Dodsworth (el inglés reanimado)”, “Valerio (el romano reanimado)” y en menor medida “El mortal inmortal”; del otro, subsisten los cuentos puramente románticos y góticos: “Ferdinando Eboli”, “Historia de Pasiones”, “La transformación”, “El sueño” y “El heredero de Mondolfo”.

El “primer grupo”, como bien se puede intuir, tiene que ver con la obsesión de la autora con respecto a la prolongación de la vida y los riesgos de suspender la existencia por años hasta despertar y sentir la desadaptación temporal. “El mortal inmortal”, obra con la cual comienza el volumen, es quizás uno de sus cuentos más conocidos: Winzy es un protagonista profundamente enamorado, pero también es uno de los ayudantes personales del alquimista Cornelius Agrippa y el único que sigue con él aun después de un terrible accidente en su laboratorio. Winzy se dedica casi a tiempo completo a la labor con el viejo Agrippa, y entre lo poco y nada que le resta corre a encontrarse con su amada Bertha: <<Mis pasos me condujeron al mismo lugar al que durante dos años había sido atraído cada noche: una fuente de puras aguas blancas y burbujeantes junto a la cual había una muchacha de cabellos oscuros, cuyos ojos brillantes estaban clavados en el sendero que yo solía recorrer todas las noches>>. El problema de Winzy viene cuando rompe con Bertha e ingiere una pócima que supuestamente cura el mal de amor y no hace más que extenderle la mortalidad de forma indefinida. Shelley despliega en el cuento una demostración maravillosa del paso del tiempo de Winzy, pero no de Bertha, así como de la persecución de la gente “normal” al confundirlo con “brujo” por su juventud eterna y el ánimo torrentoso de la soledad y las ansias de una muerte benévola que lo saque de su atormentada “existencia”.

Ilustración
(Frankenstein, edición de 1831)

Iustración Kevin Mark (Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

“Roger Dodsworth” por su parte, tiene como sugerente subtítulo “el inglés reanimado”. Convierte en ficción las presuntas primeras palabras que pudo haber pronunciado un tal señor Dodsworth en el momento de despertar en 1826 de un congelamiento ocurrido en 1654; probablemente sea este el cuento más erudito de Shelley pues es una (magistral) disertación política sobre la Inglaterra en los tiempos del Protectorado de Oliver Cromwell. Dodsworth se criogenizó justamente cuando Cromwell estaba en la cúspide y se despierta cuando Jorge IV está reinando; se durmió en una República para levantarse en una Monarquía.

“Valerio, el romano reanimado”, sigue la línea del anterior casi sin ninguna variación, salvo por la época. Shelley describe a Valerio como que <<semejaba la estatua de Marco Aurelio en la plaza del Capitolio de Roma>>. Más que una desadaptación temporal, lo que Valerio siente es una profunda melancolía por aquella tierra que ya no es la suya: <<Me detuve junto a la columna de Antonino (138- 161 a. C.), que se hundía profunda en la tierra y, rodeada por los restos de cuarenta columnas, proyectó en mi mente la noción de la decadencia>>. Valerio se siente profundamente desdichado incluso cuando ve el Coliseo, pues no conoció los tiempos de Vespasiano (69- 96 d. C.) ni esa ciudad que le dicen que es suya y que no reconoce aun sabiendo que es la misma: <<Cuando desperté, Roma ya no existía>>.

El otro grupo de cuentos, ya denominados románticos y góticos, son abiertamente el fuerte del volumen. Para Antonio José Navarro -en su prólogo a Frankenstein o el moderno Prometeo (Valdemar, 2013)- la autora inglesa es pionera en el “materialismo gótico”. Es decir: Shelley no sugería presencias intangibles u horrores provenientes del Más Allá, sino más bien, misteriosos temores de nuestra propia naturaleza que destruyen los límites del mismo intelecto, asomándonos a mundos apenas imaginados. Todos los protagonistas de estos cuentos son nobles de prosapia italiana y napolitana dominados por las más intensas pasiones y que provocan situaciones oscuras y en algún caso sobrenaturales.

Por ejemplo, en “Ferdinando Eboli” es el mismo Conde de Eboli quien sufre los influjos de una noble pasión: de ser un Conde que vive de la vid en Nápoles es insuflado de valor para combatir por la causa de Murat y por eso, es secuestrado y amarrado en una misión secreta. Cuando logra liberarse descubre que existe un doble idéntico a él, y que lo ha suplantado en su posición de Conde. “Historia de Pasiones” se ambienta asimismo en Nápoles, aunque esta vez en el contexto de la guerra entre las facciones de Gibelinos y Güelfos: asistimos a una confrontación entre un matrimonio mayor, que se complicará cuando aparezca un joven de la causa Gibelina en una cometido que quebrará la aparente tranquilidad de la pareja. Por su parte, “El heredero de Mondolfo”, ambientada en Sorrento, es una historia de pasiones profundas enconadas por el odio del padre del protagonista.

Ilustración
de Cian O Reilly
(Castillo de Frankenstein)

Ilustración de Kirill Khrol (Tormenta)

“El sueño, por su parte, quizás sea el mejor cuento de la colección. La Condesa de Villeneuve es un claro alter ego de la propia Shelley: ambas son mujeres dueñas de su destino y que buscan “una señal” para seguir adelante pese a estar rodeadas de muerte. La condesa debe, por orden del rey, casarse con el asesino de su familia, pero para ello decide dormir en el Lecho de Santa Catalina, esperando esa señal que la deje a salvo en manos del hombre que ama. La Condesa, de la misma forma que una recluida Mary Shelley, siente aquel mismo <<dolor que desgarraba su pecho como una tempestad, pues la de ella era la peor pena, que destroza gozos pasados, haciendo que el remordimiento se cebe en el recuerdo de la felicidad>>.

En el caso de “La transformación”, la desdicha y la rabia inducen a un joven noble a intercambiar cuerpo con un enano deforme que lo engaña vilmente y se queda con su amada. Prisionero en el maltrecho cuerpo, buscará reparación y venganza. Shelley despliega todo el arsenal gótico en este cuento: tormentas, lugares oscuros, monstruos, pasiones desbordadas, todo para lograr un efecto poético sublime.

Para Agustín Izquierdo, en el prólogo al volumen, Mary Shelley es <<una romántica que mantiene la misma idea que el pincel de Caspar David Friedrich>>. De esta manera, todos estos cuentos posicionan al protagonista de frente a lo sublime y de espaldas al propio lector. Por lo anterior, es posible identificar al lector como un espectador de un observador de lo sublime. La autora, con una magistral técnica, lo maneja por los vericuetos de un gótico lúgubre a través de las palabras de estos relatos, pues se ve por medio de los ojos de los protagonistas todo el sentido ambiguo, desapegado y oscuro de la vida según los términos Románticos.

Mary Shelley, además de la escritora que creó al monstruo y al doctor, también fue quien estuvo en el centro mismo del gótico. Su figura, su genio y su legado no deben ser olvidados, y mucho menos opacados por la novela que inmortalizó su nombre y lo llevó a lo más alto. El bicentenario de la aparición de Frankenstein es también un triunfo para las obras que permanecen en la sombra y que deben ser puestas en el sitial que les corresponde para honrar la memoria de la prolífica “hija de la fortuna”.

Ilustración realizada por Andreasrocha (The Master Returns)

NOTAS:

[1] Introducción levemente basada en ciertos pasajes del libro La mujer que escribió Frankenstein (Emecé, 2012) de la autora argentina Esther Cross, que también usé para el artículo de El ladrón de Cadáveres de Stevenson.