Ilustración realizada por Josh Kirby (Carpe Jugulum)

Carpe Jugulum es la vigesimotercera novela del Mundodisco y la última del “ciclo de las brujas”. Constituye un alegato en contra de los fanatismos, de la eugenesia, y es a la vez una defensa de la maternidad y del tema tan prattchiano de la responsabilidad. A pesar de reírse de los convencionalismos vampíricos, a la trama se le ve un tanto el cartón-piedra.

Todos los vampiros se parecen, pero es su forma de abordarlos desde la literatura lo que marca las diferencias. Desde Carmilla y Drácula, y después de pasar por etapas románticas, victorianas y pulps, los restantes hijos de la noche han acabado por convertirse en pandemias –Nocturna-, epidemias –Salem’s Lot-, repentinas amenazas –La señora Amworth-, rarezas –¿Qué demonios?– y, a partir de Soy leyenda, raza hegemónica. Cada una de estas visiones, de estas variables que parten de una misma cepa común, retratan al mismo monstruo: a la criatura aparentemente todopoderosa, incluso omnisciente, capaz de leer las mentes y de jugar a voluntad con el ganado humano, pero constreñida por limitaciones y supersticiones absurdas. Entre las tendencias vampíricas más vanguardistas cunde desde hace tiempo el deseo por revitalizar los encorsetados moldes sobre los que se afianza el mito, aunque ninguna logra hacerlo de una manera tan franca, directa y sarcástica como Carpe Jugulum, de Terry Pratchett.

Carpe Jugulum (edición original de 1998; reedición más reciente en DeBolsillo, 2017) es la vigesimotercera novela del Mundodisco y la sexta -y última- del “ciclo de las brujas”, iniciada con Ritos iguales (1987) y coprotagonizada, de manera mayoritaria, por Esmeralda “Yaya” Ceravieja, Gytha “Tata” Ogg y Magrat Ajostiernos, tres hechiceras del Aquelarre a las que Pratchett confiere un rol y una posición social, como de piezas de ajedrez, en el complicado tablero de su muy pensado universo fantástico. En Carpe Jugulum, la situación de cada una de ellas ha cambiado -o evolucionado, si se prefiere-: Yaya Ceravieja, la más poderosa de todas, ha desaparecido sin que nadie sepa por qué; Tata Ogg vive casi retirada, y su rol es el de soltar perlas de sabiduría doméstica para paliar su indignación; Magrat es la nueva reina de Lancre, el reino de las brujas, y madre de la neonata heredera al trono. Como manda la lógica del Mundodisco, en el que cada bruja debe de compartir su poder con otras dos para incrementarlo, el papel de Magrat lo suple Agnes Nitt, el elemento inesperado que acabará por derrotar a las fuerzas de las tinieblas representadas por los Urrácula.

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Iustración
Josh Kirby
(Brujerías)

Iustración Kevin Mark (Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

Pratchett pinta a unos vampiros antagónicos un tanto distintos, y distantes, del tópico. Son vampiros modernos que visten o se peinan de maneras vistosas, que no son tan estúpidos como para darse a conocer viviendo en castillos destartalados que huelen a rancio. Combaten lo que el Conde, el patriarca del clan, define como <<condicionamiento cultural>>, y que no es más que la ristra de limitaciones que menguan la capacidad de los vampiros: así, el padre prepara a su esposa e hijos (Vlad, el apuesto muchacho con coleta, y Lacrimosa, la emo insatisfecha) para tolerar el sol o beber vino, sin necesidad de depender tanto de la sangre. El Conde aspira, a través de una entusiasta reivindicación del pensamiento positivo, a imponer a su raza por encima de las otras. El vampyro -son tan modernos que hasta se cambian la grafía de su especie- Urrácula es un firme partidario de la eugenesia. Esta característica tan desagradable es el punto de partida desde el cual Pratchett empieza a repartir estopa sin ninguna contemplación.

El británico parte de la idea de que los vampiros son unos conquistadores despiadados, aunque con un atisbo de civilización en sus modos, de cierta condescencia derivada de una peligrosa superioridad moral, y que están dotados de unas capacidades que los vuelve prácticamente indestructibles. Además de las consabidas, de aplicación frecuente al monstruo, Pratchett les dota de un fanatismo perverso. Las sentencias del Conde Urrácula son más escalofriantes que su propia presencia: <<¡Progresemos! ¡(Gnomos, centauros y demás criaturas mágicas) No están capacitados para la supervivencia!. Si no queremos desaparecer con el viejo mundo hemos de hacer cambios en el nuevo>>. Pero los cambios a los que aspira el líder vampírico constituyen un exterminio en toda regla de razas presuntamente inferiores, inútiles. Incluso entre los suyos, Urrácula se muestra defensor de los más fuertes. Como manda la lógica del Mundodisco, en el que cada bruja debe de compartir su poder con otras dos para incrementarlo, el papel de Magrat lo suple Agnes Nitt, el elemento inesperado que acabará por derrotar a las fuerzas de las tinieblas representadas por los Urrácula.

Iustración
Josh Kirby
(El segador)

Ilustración de Kristian Llana

La crítica sobre el fanatismo se extiende también a la religión. Es bien sabido que Pratchett no mete ningún elemento al azar en sus libros, que hasta el detalle o el personaje más nimio tiene una función, bien crítica bien estructural, profunda. Con el reverendo Poderosamente Avena, de la religión de Omn, el autor aprovecha una doble oportunidad: de un lado, para lanzar pullas a la fe; del otro, para denunciar la persecución religiosa, dos circunstancias que son la misma cara de la moneda. Entre Yaya Ceravieja, adalid del agnosticismo de Lancre, y el sacerdote de Omn, se establecerá un pulso para intentar imponer su visión de las cosas. Bueno, más bien el pulso será entre una imposición -Poderosamente Avena- y una refutación -Ceravieja-. Así, por ejemplo, la bruja le espetará en un momento dado: <<Y el pecado, joven, es cuando uno trata a la gente como si fueran cosas. Incluyéndose uno mismo. Eso es el pecado>>. El comentario no deja de ser una espina más de la amargura de la hechicera contra religiosos y religiones, a cuento de haber propiciado persecuciones, casi siempre infundadas, contra las de su gremio. Las simpatías de Pratchett están con su bruja, y por eso sus dardos se dirigen hacia los Sprenger, los Kramen, y toda esa caterva de psicópatas que, amparados en una pretendida razón de orden superior, hostigaron y asesinaron a quienes no compartían su minúscula visión de la realidad. De nuevo, Pratchett vuelve a hablar de exterminios, de eugenesia (moral).

Convencionalismos al margen, Carpe Jugulum es también una novela sobre la maternidad. Magrat Ajostiernos no sólo incurre en preocupaciones e histerias sobre cómo ser madre, sino que despliega conocimientos de libro de autoayuda sobre cómo cuidar y educar a un niño. Los Urrácula quieren legar un porvenir a sus dos retoños inmortales. Por estas páginas desfilan algunos de los hijos de Tata Ogg, a la vez que ésta demuestra su concepción tranquila, familiar y reverente sobre ser madre. En la elaboración de este discurso, Pratchett involucra también a Yaya Ceravieja: la sitúa en la cúspide de su pirámide matriarcal, como el símbolo de la responsabilidad. Respecto a ella, vampyros incluidos, todos son niños que buscan consejo, calor, que merecen una reprimenda por sus travesuras… En una escena del libro, Yaya asiste como partera a un nacimiento, y de su boca salen un montón de insultos sobre la escasa madurez del padre del bebé… Yaya Ceravieja es la experiencia, y se parece mucho al Sam Vimes de los últimos libros del “ciclo de la Guardia”: su posición sobre los demás le ha hecho comprender que todo gran poder implica una gran responsabilidad que deja un reguero de secuelas.

Ilustración de Josh Kirby (Faust Eric)

Soledad y atmósfera

Así lo expresa Pratchett en una suerte de monólogo interior impersonalizado: <<Eras Una Bruja. Lo cual tenía sus cosas buenas. Entre las malas estaba el hecho de que la gente acudía a ti cuando tenía problemas y nunca se les ocurría ni por un momento que no pudieras asumirlos>>. Yaya tiene encima el peso de las decisiones, de aquellas <<pequeñas grandes cosas que se esperan de alguien y con las que tiene que cargar>>. Si un lector asiduo del británico pensase detenidamente en ello, no tardaría en encontrar en esta última reflexión una de las constantes de su obra, y el combustible más habitual para muchas de sus tramas.

Pero si Carpe Jugulum es una novela muy rica -de las que más de todo el Mundodisco- en alusiones, críticas/denuncias y consideraciones, también es justo reconocer que es floja en cuanto a trama. Los personajes se están moviendo, en la larga primera parte pre-Uberwald (la región de la que son oriundos los vampiros), continuamente en un par de escenarios, de los que salen y entran como actores en un tablado. En este tramo del argumento, parece que sólo existan dos ambientes: el que rodea al palacio real de Lancre, ocupado por los “amables” vampiros, y el más o menos “cambiante” de Yaya Ceravieja, desaparecida en primera instancia, y a la que las brujas están insistente e inconsistentemente buscando como panacea al problema de Lancre. La trama da muchas veces la impresión de estar estancada, presidida por la inacción. Cuando sucede algo, cuesta entender su sentido hasta muchas páginas después. En esta ocasión, la preferencia del autor por escenas cortas y rápidas no ayuda a desengrasar el movimiento de personajes ni situaciones. Por momentos, el enfrentamiento entre los dominadores y los sometidos adquiere visos de tregua tensa, en la que nadie parece querer dar el paso siguiente a riesgo de cometer una torpeza fatal. Carpe Jugulum no puede evitar ser un poco espectáculo de revista, o hasta vodevil.

Existen muchos vampiros, aunque todos se parecen bastante. La lúcida inteligencia de Terry Pratchett los actualizó en Carpe Jugulum, un libro de cabecera para quienes no crean en posturas extremas. Y también para quienes quieran alertar sobre los peligros de sus consecuencias.

Ilustración de Josh Kirby (Brujas de viaje)