Ilustración realizada por Vadim Sadovski  (Simbiosis)

Artemisa supone el regreso literario de Andy Weir tras su exitosa El marciano. Pero en esta ocasión, Weir concibe una novela demasiado similar a su primer triunfo, demasiado condicionada por aquél, más un trámite que un reto. Todo apunta a que le ha podido la presión de quien llega y besa el santo.

Andy Weir (Davis, California, 1974) lo tenía prácticamente imposible. De hecho, superar a un éxito instantáneo como El marciano (Ediciones B, colección Nova, 2015) sería igualmente improbable para cualquier autor: se trató de una primera novela excelente y cautivadora, nominada o ganadora de numerosos premios literarios, cuyos derechos fueron adquiridos por Ridley Scott de forma casi instantánea para ser llevada al cine, protagonizada por Matt Damon, y que se convirtió en un éxito de crítica y público con varias nominaciones a los Oscar. Ahora mismo, El marciano es además una novela de imprescindible lectura en su género.

Con su segunda novela, sin embargo, parece ser que le ha podido la presión. Una expectativa imposible de superar, si no se asimila, y/o si no se prepara a los demás en su asimilación, se convierte en la crónica de una decepción anunciada. En tal se ha convertido Artemisa (Nova, 2017).

El primer síntoma de que la presión ha estado constantemente presente en este segundo libro es que, en lo esencial, sigue exactamente los mismos parámetros de la primera. Se trata de una nueva aventura espacial, ambientada esta vez en la Luna, con un personaje protagonista claramente definido, la joven saudita Jazz Bashara, rodeada de un elenco de heterogéneos personajes secundarios con cuya relación se nos quieren transmitir los matices humanos que deberían ayudar a definirla mejor. También aquí encontramos, al final de cada capítulo, escenas sobre su adolescencia intercaladas respecto a la trama principal, que deberían contribuir también a seguir perfilando la credibilidad de Jazz, aunque sin conseguirlo. Y, por supuesto, tenemos también el voluntarioso didactismo de la voz narradora a la hora de hacer familiar al lector complejos conceptos de física o de ingeniería.

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Iustración
Portada del libro
Ediciones B

Iustración Kevin Mark (Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

Son exactamente los mismos mimbres de El Marciano, sólo que, esta vez, tejidos de forma distinta: la heroicidad original se enreda aquí con los tejemanejes político-económicos de los personajes poderosos de la colonia lunar que da título a la novela, lo que le quita bastante de su inocencia y brillo primigenios. Sea como fuere, nunca son por sí solos los mimbres los que le aportan su personalidad al cesto. Y aquí se ha cometido el error básico de creer que sí. De pensar que, haciendo lo mismo de otra forma, se podrían llegar a conseguir unos resultados parecidos. Nada más lejos de la realidad. Así, podemos decir que el primer problema de la novela está en su misma concepción: excesivamente conservadora y conformista, inocentemente crédula. Una falta de ambición y originalidad de la cual se derivan, y a partir de la cual se analizan y comprenden mejor, sus otros problemas.

La trama de la novela, por ejemplo, posee numerosos puntos de interés: un personaje principal que se dirige a nosotros en primera persona y se esfuerza por captar en numerosas ocasiones nuestra atención, con un evidente problema en las relaciones personales -pero con una brillante inteligencia-, a cuya compleja personalidad se asocian secundarios interesantes como pueden ser su padre o el misterioso ricachón Trond Landvik, en un contexto de aventuras espaciales e intrigas de poder y dinero. Sin embargo, en ningún momento se consigue transmitir a alguno de estos puntos la gravedad suficiente como para darnos la sensación, a quienes leemos, de estar ante una clave emocional decisiva para comprender o para empatizar con la historia.

Esto se debe, en parte, a un tono liviano en exceso. La voz narradora de Jazz pone tanto empeño en conectar con el lector, tanto esfuerzo en resultar amigable y próxima en todo momento, que acaba por quitarle cualquier atisbo de tensión o relevancia a muchos de los hechos que narra. Si tanta es la importancia de tal o cual acontecimiento, ¿cómo puede estar contándonoslo en un tono jocoso más próximo a la anécdota que al suceso, a la comedia que al drama? Más que una herramienta puntual de distensión o de huida respecto de los malos momentos, al generalizarse a lo largo de casi toda la novela, el humor se convierte en su tono general, en su forma de comunicación principal, llevando la novela a las orillas de la comedia y creando así, en quien lee, la disonancia de creerse ante una obra cómica cuando los sucesos son propios de una situación de tensión (y, por momentos, incluso dramática).

Ilustración
de Markus “Braxxy” Brackelmann
(Base Mars)

Ilustración de Kristian Llana

Este tono humorístico se interrumpe pocas veces y cuando lo hace, no suele ser para dar paso al dramatismo sino al didactismo científico-técnico. Las situaciones de presumible riesgo o peligro, esta vez, se vacían de cualquier elemento de incertidumbre para que se sucedan una serie de lecciones prácticas sobre probables problemas y soluciones en el espacio lunar. Nuevamente, la inteligencia de Jazz explica que la tensión se reduzca a una simple complicación, a una china en el zapato, y con ello también se contribuya a reforzar la sensación de estar ante una novela ligera.

La definición del personaje principal condiciona también el ritmo del desarrollo de los sucesos, pues la voz narradora, para reivindicarse ante nuestros ojos, hace un esfuerzo notable por explicarnos acontecimientos de su pasado y su presente que nos distraen del hilo argumental principal. De hecho, tal es la importancia que adquieren con el paso de las páginas dichos acontecimientos (simbólicamente representados en la relación de Jazz con su padre, un viejo y respetado soldador, uno de los primeros colonos del satélite), que incluso acaban por robarle tensión y dramatismo a la trama, reincidiendo en esa disonancia a la que antes hacíamos mención.

En definitiva, los problemas de Artemisa como novela surgen de su pésima planificación y de un desarrollo de la trama excesivamente dependiente de un personaje principal mal diseñado y evolucionado, hecho con liviandad y sin complicaciones relevantes: prácticamente, el típico cliché de la persona antisocial constantemente metida en problemas, pero que los pasa en la Luna.

A Andy Weir le ha podido la presión. Eso se nota, sobre todo, en su intento de superar la exigencia de su primera novela entregando otra muy similar a aquella. Quizás pensase que así su público tendría otra ración de aquello que tango le gustó, y repetiría también sensaciones. Quizás creyese que volver por sus fueros sería la forma más cómoda de superar el trago de su segunda novela, entendiéndola más como un trámite que como un reto. Quizás, simplemente, asumiendo la imposibilidad de superarse en el corto plazo, entregase a su editor lo primero legible que se le pasó por la cabeza. Independientemente del motivo, estamos ante un texto anodino, por momentos aburrido, con personajes insulsos y fragmentos descaradamente de relleno, mala copia de su novela precedente, y decepcionante si la comparamos con las maneras apuntadas en El marciano.

Pero ¿se le puede reprochar algo a Weir? Difícilmente. Prácticamente desde antes de su simple existencia, sabíamos que esta novela no podría superar a la anterior. Y es muy posible que hasta su autor fuese consciente de ello. Lo único reprochable es que Artemisa demuestre de forma tan descarada el desinterés con que se tomó su elaboración. Desde la planificación y la organización de las ideas, al diseño y desarrollo de personajes, hasta la escritura y ejecución del texto, posee una pléyade de errores básicos y evidentes tan notable que es, sin lugar a duda, el texto más indignantemente errático que he leído en mucho tiempo. Algo que no me importaría si su autor fuese un juntaletras cualquiera, pero que me indigna porque, justamente, Andy Weir no lo es.

Ilustración de Quentin BOUILLOUND
(Antigua estación en Marte)