Sin quererlo, Michael Bishop propuso en Sólo un enemigo: el tiempo, su novela de 1982, una paradoja que admite de por sí una paradoja: viajar en el tiempo a través de un recuerdo ya vivido. La situación obliga a que la Naturaleza haya creado dos individuos idénticos dotados de un código genético y memorístico similar.

En 1982, Michael Bishop publicó Sólo un enemigo: el tiempo (La Factoría de Ideas, 2005). La novela fue ganadora del Nébula, consagrándola como un clásico de la ciencia-ficción contemporánea. Ningún premio es garantía de nada, y Bishop tiene el desacierto de tener un estilo tan científico como tedioso. Es víctima de ese prejuicio de escritor de best seller según el cual, a más detalles, más verosimilitud. El resultado: una novela atiborrada de descripciones que recuerdan a los tratados de paleo-antropología pero con ideas insólitas, inversamente proporcionales a la calidad de su técnica. Un éxito de ventas literario y no particularmente brillante, en resumidas cuentas, del que se puede extraer alguna originalidad.

No Enemy But Time. Extraída de Flick Hive Mind (Brainwave)

El viaje temporal sin la máquina del tiempo

Joshua, un joven mulato nacido en Sevilla del vicio de un soldado norteamericano y de la necesidad de una prostituta sordomuda, forma parte del proyecto Esfinge Blanca. Este proyecto militar tiene por objetivo estudiar a nuestros antepasados del Pleistoceno de primera mano, y Joshua es su investigador y cobaya humana. Hasta aquí la sinopsis resulta de lo más normal; lo más interesante del libro es, sin embargo, el contexto que envuelve lo relativo al viaje en el tiempo. No hay una máquina al uso. De hecho, Joshua no es mandado a un tiempo previo, sino a una simulación en sentido estricto, en la cual no puede distinguirse qué es real y qué no lo es. Joshua puede morir, traer objetos de allí; interactúa materialmente con la realidad. Al contrario de lo que ocurre en la película Matrix, no es un mundo ilusorio, con un leve puente cartesiano entre la mente y el cuerpo; en el caso de Sólo un enemigo…, el cuerpo viaja a ese mundo paralelo. Una forma de darle sentido a esa realidad sería considerar que es transportado a un tiempo de confluencia en el pasado, pero cuyas consecuencias no desembocan en el presente del cual él parte. Otra opción sería, posiblemente, que el ratio de las consecuencias es reconducido a un tiempo relativo que, en cuanto tal, sólo le afecta a él, teniendo al tiempo como una variable de un objeto físico: él mismo como individuo. De cualquier manera, este Pleistoceno virtual aparecería como una suerte de dimensión paralela. No obstante, su caracterización es un tanto ambigua, y pretender hablar con rigor es inútil en tal caso.

Dos detalles merecen ser resaltados en esta nueva concepción del viaje temporal. El primero es que Bishop soslaya así la paradoja del abuelo al evitar esa relación entre el pasado y el presente. El segundo, y más importante, es que el requisito para viajar en el tiempo son unos sueños astrales que tiene Joshua; sueños en los que su «aura» vuelve al Pleistoceno, recorriendo vívidamente las ignotas tierras del África del Homo Habilis. En este mundo, la descripción tan científica del mundo que hace Bishop se tambalea. La naturaleza de estos sueños parece ser achacada a una especie de ultra-sensibilidad del tiempo, algo más relacionado con un inconsciente o con una fuerza esotérica que solo el chamanismo parece comprender. Dada su formación de antropólogo, es una forma de unificar, más allá del recurso narrativo, lo que de científico y misterioso puede tener la magia. Permanece como un tipo de influencia del tiempo eterno (la relación con el chamanismo africano parece apuntar a ese halo fantástico). Introduce así un elemento bastante poco científico pero que, sin embargo, tiene consistencia y realidad para las culturas: ese mundo fenoménico que, sin poder explicarse, actúa sobre los hombres. Ya se sabe que las meigas no existen, pero haberlas, haylas.

Ahora bien, ¿qué ocurre si eliminamos estas pinceladas fantásticas y convertimos la novela de Bishop en una genuina obra de ciencia ficción? En tal caso, los sueños deben ser explicados, sin olvidar el apellido de ficción, desde un punto de vista científico. Analicémoslo como un caso clínico: desde pequeño, un hombre tiene sueños con el Pleistoceno. Sin entrar en tecnicismos neurológicos, podemos decir, sin errar demasiado, que estos sueños son expresión de una configuración biológica con ciertas particularidades (ya lo clasifiquemos como una patología o algún tipo de modificación inofensiva en el hipocampo). No serían un mero recuerdo en tanto que Joshua no ha vivido las recuerdos que revive en los sueños. A partir de lo explicado, el proyecto Esfinge Blanca toma como real esta anomalía, que cualquier médico diagnosticaría como una enfermedad neuropsicológica; su labor consistiría en confiar en la consistencia de los recuerdos, lo que enlazaría al individuo con un tiempo histórico concreto. En otras palabras, y aquí está la ficción, no es que el sujeto presente una patología: es que ha vivido esos sueños. Gracias a esa conexión intertemporal, mandarlo al pasado debería resultar fácil, porque en cierto sentido no se provocaría ningún tipo de contradicción al haber estado ya allí.

Al contrario de en Matrix, la realidad no es un mundo ilusorio

La paradoja de la paradoja

La paradoja surge cuando pensamos que este requisito necesario para viajar en el tiempo es a su vez la consecuencia de dicho viaje. En el Pleistoceno, como de la nada, aparece un individuo con una composición orgánica concreta. Poco tiempo después, desaparece y nace miles de años después. La naturaleza «repite», en dos ocasiones, el mismo individuo, y parecería obvio que, en cuanto tal, los recuerdos fueran recuperados en el tiempo futuro, dado que está codificado con una composición neuronal concreta. Sin embargo, a su vez, la aparición en el Pleistoceno es lo que le conduce a poder volver allí y cumplir con su «aparición» anterior.

No habría paradoja del abuelo en la medida que el individuo no está dos veces en el mismo tiempo, y que sus consecuencias están contempladas en el sistema físico y su desarrollo sin contradicción. Pero esta falta de inconsistencia depende de que no haya un concepto absoluto del tiempo. Así es que la paradoja del recuerdo ingénito solo se da en un nivel más específico y atañe no a la consistencia del mundo, sino del mismo individuo y de éste respecto al tiempo absoluto: ¿qué fue primero: el recuerdo o el viaje temporal que posibilitó el recuerdo, llave a su vez para abrir la puerta hacia ese tiempo?

Otro rasgo característico, que diferencia ambas paradojas, es que la del abuelo es planteada solo desde el punto de vista físico y, al no incidir en los efectos que el viaje tiene sobre el crononauta, olvida el factor biológico. Es una falta de agudeza haber planteado el conflicto en el plano de la consistencia temporal y no del efecto que tiene en la identidad más allá de un patrón de causas y efectos. Por ejemplo, en Regreso al futuro (1985), Romert Zemeckis podría haber hecho hincapié en cómo puede afectar a los recuerdos de Marty y sus padres haberse encontrado con su hijo en un tiempo en el que no era proyecto tan siquiera su matrimonio. En el caso de la novela de Bishop dicho conflicto está mucho mejor expresado, dado que el recuerdo (algo que sólo tiene valor en el fuero interno del individuo y que es un ladrillo de su memoria) es el detonante que permite el viaje temporal. De hecho, uno de los problemas que plantea esta paradoja es cómo puede un individuo heredar el recuerdo de un tiempo que todavía no ha vivido en su tiempo biográfico, pero sí en su tiempo histórico (pues estuvo en la Tierra miles de años antes de nacer). Técnicamente, al haber resurgido su individualidad, con su composición llegaría el recuerdo. ¿Pero cómo? ¿La respuesta la da la epigenética, la física orgánica o la metafísica?

La paradoja del recuerdo ingénito

Portada del ilustrador Vincent Di Fate para una de las ediciones estadounidenses (1983)

Por su parte, el recuerdo ingénito, sea como sea innato al individuo, tiene peso material. No puede ser despachado recurriendo al dualismo y, aduciendo que, en todo caso, la paradoja sólo está en la mente. Así, obviamente, la paradoja no tendría ningún valor; solo estaría en la psique de un individuo, y no generaría más que una pequeña incomodidad para el obsesivo compulsivo y un entretenimiento para el ocioso. Pero, si hacemos caso a los hechos de la novela, esos sueños no son imaginarios, son recuerdos que enlazan físicamente a un sujeto con un tiempo determinado; hasta tal punto los sueños deben ser entendidas como una conexión física, que son son conditio sine qua non para viajar atrás en el tiempo. ¿Cómo puede interpretarse este vínculo? He aquí el ángulo muerto de la paradoja.

Por supuesto, sobre la mesa están los conflictos generados por la paradoja del abuelo (un recuerdo que surge temporalmente después de haberse vivido puede pasar por una variante algo retorcida), pero la raíz, al menos para este lector, es bastante diferente por no estar constreñida únicamente al marco de la física. Desde una teoría de múltiples mundos (o incluso desde una derivación de variables ocultas) podría unificarse el tiempo y considerar que bien podría alguien haber viajado a una línea temporal distinta y que el viaje astral es el rastro de una de esas dimensiones, que tiene su confluencia en el mismo viaje. Sin embargo, este planteamiento rompería por completo la unidad que representa el individuo, cuyos recuerdos deben haberse vivido antes de su nacimiento. Aquí hablaríamos de dos individuos distintos que, o bien es él mismo de otra dimensión o una suerte de clon no coetáneo. También podría considerarse el universo como un inmenso fluir de información que termina por «re-coordinarse» y recrear un individuo que existió con el único fin de dar coherencia a la totalidad del sistema y de su evolución. Las posibilidades de abordar la paradoja son ilimitadas y, como es normal, al resolver un frente, se abre otro cuya premisa resulta insostenible.

No obstante, no resta valor la inutilidad de intentar resolver una paradoja. En el mejor de los casos, los argumentos no sirven sino para dar forma a la misma paradoja, acotarla mejor, y reforzar su imposibilidad de resolución al problematizar su origen. Quien lea la novela -que deja bastante que desear- quizás pueda adoptar esta óptica y encontrar así, por lo menos, un libro de ciencia-ficción más puro, lejos de esas pinceladas fantásticas y pseudo-científicas que desvirtúan una idea mucho más potente. La riqueza de la incertidumbre y la contradicción, que tanto se buscan cuando se trata de paradojas, aliña y da mayor profundidad a lo que Bishop pretende hacer pasar por una simple novela de viajes (temporales), con alguna originalidad a la que corta el paso en pos de sencillez (para no fatigar al lector). Un fallo también desde el punto comercial, pues como ha demostrado Hollywood, nada atrae más que esa inestabilidad de lo real. Se salva de ser un libro barato el poco terreno andado en lo que respecta al componente subjetivo de los recuerdos y su influencia en el tiempo. Es esta la mayor aportación de Bishop. La pena es que no se le hubiera ocurrido a él.