Ilustración realizada por Kate Evans (Portada de La Rosa Roja)

La Rosa Roja, de Kate Evans, es una buena biografía llevada al cómic. No sólo retrata desde la esfera política a la activista polaca Rosa Luxemburg sino que también la contempla desde sus dudas, su relación con su entorno, sus pensamientos y anhelos. Todo ello contado con el rigor de una gran dificultad técnica solventada con acierto. El pasado no puede ser olvidado.

Las mejores biografías, en cierto sentido, no tienen que ver con nadie. Superan la limitada vida biografiada. Desde Boswell, el arte de la biografía ha pasado de un memorándum particular a un método de reconstrucción histórica. «Nadie es una isla», que diría John Donne; y aunque las acciones hechas por alguien pueden convertirlo en una excepción, siempre lo es respecto a un contexto, y sólo en alguna de sus facetas. Para el lector, y obviando la curiosidad histórica o fascinación con tal o cual personaje, la vida particular no vale nada si no escapa de la limitada frontera de la subjetividad. Por el contrario, sólo las biografías que recorren la vida de alguien como una materialización de las coyunturas sociopolíticas de una época concreta pueden tener algo de relevante. Lo demás es chismorreo.

Desde esta óptica, Kate Evans ha hecho un gran trabajo con su cómic La Rosa Roja (Ediciones IPS, 2017), la biografía gráfica de la revolucionaria polaca Rosa Luxemburg (Zamość, 1871- Berlín, 1919). No sólo vemos sus amores, la relación con su familia y sus confluencias de ánimo, perfectamente hilado a través de su correspondencia, diarios y obras políticas, sino que también la vemos actuar en el turbulento escenario de la Alemania de principios de siglo XX (donde sería asesinada), como participe de los más fundamentales retos políticos que tuvieron que enfrentar los marxistas revolucionarios: el surgimiento del revisionismo por parte de Bernstein (que la condujo a redactar una de sus obras más importantes, Reforma o revolución, 1899), la oposición reformista del Partido Socialdemócrata frente a la Liga Espartaquista, y su aportación a la crítica de la economía y a la estrategia revolucionaria, tan alternativa como complementaria a la llevada a cabo en la, para entonces naciente, Unión Soviética. Ahora bien, no da la impresión de que la conjunción de estas esferas constituya un forzado artificio. Apenas se nota la diferencia entre ambas facetas porque, como marxista, existe una continuidad entre la vivencia, la teoría adquirida y la praxis ejercida; no se separa la vida de la militancia. Evans muestra, así, una lúcida e intrépida intuición histórica. El futuro de Rosa Luxemburg se puede apreciar en su cojera, su condición de judía, de mujer y socialista revolucionaria.

Kate Evans
(La Rosa Roja)

Iustración Kevin Mark (Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

La biografía surge en el momento en que el desarrollo psicológico e histórico de un personaje se expresa como la esencia de un universo que parte del individuo como piedra angular de sentido. En Teoría de la novela (1920), Lukács apunta a cómo la aspiración del protagonista en la novela moderna busca la restitución a través de la existencia particular. El mundo para la novela, como para la vida, resulta imperfecto; y es la muerte del héroe donde se demuestra una trascendencia que adquiere, como diría Benjamin, forma de deuda. Se nos entrega el futuro como un préstamo para con los muertos. Y en cierto sentido, uno de los conceptos que atraviesa La Rosa Roja, y que empuja ese compromiso social representado por Rosa Luxemburg, es la redención para la historia, y ella es, en ese proceso, ejemplo de la más absoluta libertad contra el devenir, voraz e imparable por sí solo, del capitalismo.

La clave del éxito de La Rosa Roja es la preferencia por el dibujo caricaturesco. Con más facilidad se cae en la simpleza cuanto el recurso es más forzado y artificial, y con la caricatura no son pocos los que no han sabido manejar la fuerza expresiva de la exageración y lo grotesco (podemos exceptuar a autores como Daniel Clowes). La caricatura concede una gran fuerza al dibujo, y por esa misma razón puede errarse al ofrecer una vacua, deformada y graciosa máscara que, si bien muy referencial, no logra, cuando es ese el objetivo, como es nuestro caso, mostrar unos hechos históricos con la seriedad y rigor que merece y no la sola sátira de una realidad. Kate Evans no comete este error, y no sólo eso: además hace de ese conflicto una virtud.

Kate Evans
(La Rosa Roja)

 

Ilustración de Kristian Llana

Sin embargo, Evans encuentra un equilibrio perfecto en la crudeza y valor de la vida de Luxemburg y esa apertura a lo grotesco que permite la caricatura. Salvando algunos casos en los que el dibujo se estiliza y adquiere matices poéticos, se toma, lo que en otro caso sería una negligencia y en el suyo una necesidad, la salvedad técnica de no profundizar en los personajes. Su cómic adquiere así un dinamismo narrativo que las viñetas, por sí solas, muchas de ellas francamente densas, sería imposible que tuvieran. Dichos pasajes, cargados de lecciones sintetizadas (pero magistrales) de teoría marxista pura y dura, se toleran gracias a la conjunción de elementos narrativos menos clásicos (como la ruptura con la cuarta pared), y esta imagen exagerada y aparentemente infantil, pero en absoluto inocente, y que psicológicamente atrapan al lector por la sencillez. Pero sería un error creer que esa llaneza se reduce al tópico y a unos personajes planos. Los retratos son ricos en detalles, si bien es cierto que, conforme se alejan del radio de acción de Luxemburg, tienden a volverse más toscos y esquemáticos. Dudo que sea un efecto narrativo con la intención de focalizar la realidad sobre nuestra protagonista, dado que hay escenas que transcurren sin ella delante. No obstante, la novela gráfica compensa muy aceptablemente ese patetismo que podría acompañar la imagen y la sobriedad que requiriese la trama.

La Rosa Roja es toda una declaración de principios por parte de Evans. Y el recorrido del libro es casi ya una demostración del significado que pretende transmitir. Se ha publicado en el momento y de la forma precisa: un medio alternativo con un fin alternativo. Ha sido ahora que Trump ha llegado al poder, ahora que Europa exprime a las naciones oprimidas más que nunca, ahora que las mujeres son asesinadas y violadas en portales con total impunidad; ahora es cuando dos mujeres de la organización internacional, feminista y capitalista, Pan y Rosas, traducen y presentan esta biografía gráfica de Rosa Luxemburg al castellano. De hecho, fue esta misma organización la que premió La Rosa Roja con el «Bread and Roses Award», premio concedido a las mejores «obras literarias radicales», ya sean socialistas, feministas, anarquistas o ecologistas.

A esto cabe añadir que no es un reguero del pasado para recordarnos la responsabilidad del presente. Pocos cómics que no tengan como objetivo entretener tienen un carácter tan actual. Aun con la distancia del tiempo, y pese a que la situación histórica es diferente, La Rosa Roja es un cómic cercano, repleto de pasión y ternura, que nos acerca a la problemática económica y social de la producción capitalista, y que descubre, con unos diálogos muy potentes, cómo la renuncia a actuar en contra de las estructuras de opresión, creyendo que el sistema puede cambiar de color, es una quimera en la teoría y una negligencia en la práctica. La vida de Rosa Luxemburg es un ejemplo de ello. La Rosa Roja es, en verdad, un difícil y fructuoso intento de hacer visible, para un público que no sabe ir más allá de ciertos pastiches, una teoría completa de los procesos históricos, que tiene por objetivo último empujar hacia la praxis política por la liberación de los oprimidos.

Iustración
Kate Evans
(La Rosa Roja)

Ilustración de Kirill Khrol (Tormenta)

Por otro lado, elegir el formato del cómic es una forma de acentuar esos cauces más alternativos, abominando de medios más consagrados por la academia de las letras, como la -para nada despreciable- novela biográfica. Han sido muchos los intentos de emplear el cómic como un medio más visual, o simple, para acercar saberes complejos (algunos tanto como la lógica matemática, en el exitoso Logicomix: Una búsqueda épica de la verdad [Doxiadis; Papadimitriou; Papadatos, Di Donna, Salamandra, 2014]; o como los primeros pasos del feminismo en los inicios de la sociedad contemporánea, en Olympe de Gouges [Cate Muller, Jose-Luise Bocquet, Sinsentido, 2012]). Sin embargo, pocos han logrado comprender el medio, y utilizarlo de forma verdaderamente artística para no reducirlo a un storyboard estático. La Rosa Roja, a pesar de la rapidez con la que vuela sobre ciertos acontecimientos, los cuales pueden no terminar de ser degustados por el lector, se muestra metafórico, e incluso poético. Contrasta así con esa aridez que a veces parece alcanzar el medio y con la misma visión que tenemos de ciertos personajes históricos, cuyo recuerdo permanece monopolizado por los actos que los consagraron como referencias (Lenin, Napoléon…). En efecto, la Rosa Luxemburg que nos ofrece Evans no es únicamente una fría y calculadora estratega política. Contiene contradicciones, sentimientos por las que cede y con las cuales se enfrenta por cumplir lo que considera un deber.

La Rosa Roja funciona, es un cómic de gran dificultad técnica y que ha sabido situarse a pie de calle. Los estudios y ensayos únicamente históricos son difíciles de divulgar y son poco certeros cuando atienden a los movimientos políticos sin ver cómo se materializan socialmente estos hechos. Haber empleado, casi como una excusa, la vida de Rosa Luxemburg para articular esa crítica a la realidad social, el radicalismo que trasmite cada una de sus páginas, la brutalidad y realismo del comportamiento humano, es una interpelación a reconocer en nosotros mismos esas coordenadas en torno a las cuales actuamos, enajenados por el trabajo y el consumo, y que no nos atrevemos poner en cuestión. Evans ha sido capaz de recoger una voz del pasado que nos grita, casi cien años después de que se silenciara, que nunca debemos rendirnos y someternos a ese progreso que no deja tras de sí otra cosa que miseria, muerte y sinsentido.

Kate Evans (La Rosa Roja)