Ilustración realizada por Carl Holden (Nova Praxis Environments)

Ciudadano de la galaxia no representa al mejor Heinlein, pero sí ofrece pistas sobre la deriva, para lo bueno y lo malo, de la obra posterior de un escritor fundamental para la ciencia-ficción. La novela que reseñamos hoy es un libro de juventud que narra una historia de formación.

Ediciones B acaba de reeditar una de las novelas juveniles clásicas más carismáticas de Robert A. Heinlein (Butler, Misuri, 1907- Carmel-by-the Sea, California, 1988), Ciudadano de la galaxia (edición original de 1957). Está considerada una obra de formación, en la que es posible observar de forma pura las características principales y los defectos más destacados de uno de los autores fundamentales de la ciencia-ficción. Más adelante, dichos rasgos podrán apreciarse también en importantes libros posteriores  como Tropas del espacio (1960), Forastero en tierra extraña (1961) o La Luna es una cruel amante (1967), por citar tan sólo algunos de los más destacados. A saber: historias trepidantes pero irregulares, con personajes principales que son protagonistas absolutos pero “vestidos” con gruesos e informes ropajes; ejemplos de literatura magnética y entretenida que va progresivamente perdiendo brillo según le asaltan al autor las dudas sobre dónde ir a continuación, hasta llegar a un final plano y previsible.

Si el lector ya ha leído Forastero en tierra extraña, ya se puede hacer una idea de a qué nos estamos refiriendo. La novela comienza con unas certezas, y a medida que evoluciona, a medida que su personaje principal va quemando etapas y atravesando situaciones, se adentra poco a poco en una espiral de indefinición y duda que va llevándola hasta lo extravagante y manido. Sucede así porque las certezas iniciales, directamente presentadas al lector, se van borrando paulatinamente hasta desaparecer: es síntoma de una historia clara y bien desarrollada que va dejándose llevar por la inercia de los acontecimientos, por la necesidad de contar cosas, causando así un desequilibrio entre las ideas a contar y la forma de contarlas.

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Iustración de
Marc Simonetti
(One of the first tests on the Big Market)

Iustración Marc Simonetti(One of the first tests on the Big Market)

El protagonista, Thorby, es un joven esclavo rescatado por un misterioso mendigo (Baslim) en los Nueve Mundos. Thorby, como si de Oliver Twist se tratara, encuentra en Baslim el lisiado a un maestro en las artes de la mendicidad y también en el misterio de la vida. Al contrario de lo que pudiera parecer por su condición social, Baslim se revela como un hombre de firmes principios, ética inquebrantable y moral pública ejemplar, capaz de ejercer sobre el descarriado pupilo una influencia benefactora útil para el resto de la novela, y convertirse en un equipaje imprescindible para el desarrollo del personaje hasta casi las últimas cincuenta páginas.

 Hasta entonces, el joven Thorby pasará por vicisitudes que lo llevarán por distintas naves espaciales, civilizaciones y formas de cultura. En todas ellas encontrará motivos en los cuales las enseñanzas recibidas acabarán revelándose como útiles guías para sus decisiones y valores, actitudes y comportamientos. Por el camino, conseguirá formar parte de distintas estructuras que le mostrarán la conexión entre estas enseñanzas y valores como la lealtad, la fidelidad o el respeto. Una conexión que es, a la postre, el mecanismo que vincula al Heinlein de Tropas del espacio con el de Tiempo para amar (1973).

Heinlein salta desde esta reflexión hacia la crítica a ciertas actitudes debilitantes presentes en el sistema capitalista a través de la moral. El problema está en que este cambio se produce a salto de mata. No hay una evolución creíble en la historia, sino puntuales saltos repentinos que dejan al personaje principal sin anclajes, vaciándolo progresivamente de personalidad y de credibilidad.

El motor de dichos cambios bruscos tampoco está claro. Es más, parece surgir de la inquietud del autor por contarnos sus distintas preocupaciones sin orden ni concierto. Heinlein parece contarnos solamente lo que a él le interesa en un marco narrativo que fluye según su voluntad desordenada. Quizás por eso, todos los elementos presentes aquí aparecen en un esquema narrativo confuso, de personajes planos o estereotipados, de tramas sencillas y poco elaboradas, sólo abrillantadas por unos diálogos ocurrentes y por un personaje inicialmente muy interesante cuyo proceso de degradación explica también la decadencia de la novela. Con todo, ésta tiene mucho que decir, aunque no deja de ser simpática su modo de caer en ciertas paradojas y contradicciones.

Ilustración de
de Col Price
(¡La publicación debe pasar!)

Ilustración de Kristian Llana

Por ejemplo, en su sentido de la ética y la moral destaca la importancia de las normas y las reglas, explícitas e implícitas. Sin ir más lejos, los dos entornos donde Thorby encuentra seguridad y apoyo, donde por fin parece acceder a una identidad propia capaz de aportarle confianza, están perfectamente estructurados en cuanto a la distribución de poder y autoridad. Lo mismo parece ocurrir en su defensa de un sistema económico capitalista como un orden donde debería prevalecer la ley, la moral y la ética sobre los comportamientos impropios o los abusos de poder. Heinlein además reivindica la necesidad de mantener a salvo a los ahorradores e inversores honrados y desinformados de estos abusos de poder, frente a los intentos de transformación sistémica total o parcial. Las normas y las reglas establecidas prevalecen sobre sus intentos de cambio o abolición, incluso cuando su abuso demuestra la existencia de problemas y errores inherentes a estas normas.

Por otro lado, el autor se echa a la espalda un discurso moral contrario a la esclavitud, con una doble intención. Primero la utiliza como antagonista de su sentido de la libertad, entendida como un contexto de ausencia de coerción, donde la persona puede tomar sus decisiones plenamente informada y también plenamente responsable (“libertad” se vincula a “responsabilidad”). Después, utiliza la esclavitud como un síntoma de esa plena falta de ética y de moral, como la consecuencia de una necesaria prevalencia de las normas: éstas estructuran los sistemas de autoridad y poder que sujetan al ser humano ante la tentación de abusar del sistema más allá de lo ético.

Ilustración de
Carl Holden 
(Nova Praxis Environments)

Ilustración de Kirill Khrol (Tormenta)

No obstante, estos planteamientos hacen que nos pongamos ciertas preguntas: ¿Cómo encaja, precisamente, el poder de quien dicta las normas con el deber del “ciudadano” de Heinlein de obedecerlas? ¿No es esta ecuación una justificación de la autoridad que dicta las normas, del poder actualmente presente en el statu quo, una forma de conformismo pseudomoral asentado, realmente, en una protección sistémica basada en el miedo y el prejuicio? Y finalmente: ¿Una protección de las normas no colisiona con la libertad para transformarlas o abolirlas?

Ciudadano de la galaxia es un reflejo de la literatura de Heinlein, en lo positivo y en lo negativo. Un batiburrillo desordenado de ideas confusamente estructuradas, de personajes inicialmente brillantes que se apagan paulatinamente, con una historia coherente e inteligente que terminan evolucionando después hacia el cliché. Sin embargo, la lectura resulta brillante y siempre interesante, se mantiene la tensión prácticamente hasta el final del libro, y, a pesar de sus momentos previsibles, garantiza un ritmo intenso con la suficiente habilidad como para que no nos importe. Por habilidades como éstas Heinlein está en el Olimpo de los autores del género: porque a pesar de sus debilidades es capaz de mantenernos pegados a sus páginas desde la primera hasta la última.

No estamos, por tanto, ante el mejor Heinlein, pero no deja de ser Heinlein, y eso siempre merece la pena. Sobre todo si nos hallamos ante una novela representativa y sintética respecto al conjunto de su obra. Motivos más que suficientes para leerla y disfrutarla.

Ilustración de Tomas Muir (Octava, entornos de alienación)