Ilustración realizada por John Harris 

Espada auxiliar es la segunda parte de la Trilogía del Radch de Ann Leckie y continuación directa de una de las mejores novelas de ciencia-ficción de la actualidad. La parte intermedia de dicha trilogía está dominada por una narración omnisciente tirana, que impide un desarrollo natural de los muchos y buenos planteamientos, principalmente secundarios, que encierra.

Tras la extraordinaria Justicia auxiliar (Ediciones B, 2016) vuelve Ann Leckie (Ohio, Toledo, Estados Unidos, 1966) con el segundo tomo de su Trilogía del Radch: Espada auxiliar (Nova, 2017; originalmente publicada en inglés durante 2014). Esta vez nos sitúa temporalmente un poco más adelante de donde nos dejó al final del primer volumen: la Lord del Radch, Anaander Mianaai, sigue en guerra consigo misma y ello mantiene dividido, desconcertado y en vilo a su imperio. Mientras tanto, la nave Justicia de Toren ya no existe, y a la contienda sólo ha sobrevivido una de sus auxiliares, cuya lealtad y valía le han sido correspondidas por la Lord del Radch mediante la provisión de un falso pasado humano, un nombre nuevo y un vínculo directo con su familia: aquella auxiliar es ahora Breq Mianaai, capitana de flota al mando de la nave Misericordia de kalr y destinada al pequeño y aparentemente anodino sistema de la Estación Athoek. Pero cuando de la lucha por el poder imperial se trata, nada es tan anodino como pudiera parecer a simple vista.

A medida que Breq Mianaai va asumiendo sus funciones como capitana en mayor profundidad y, por ende, su autoridad militar ahonda más en la organización sociopolítica del sistema, va descubriendo distintos rasgos de ésta que la soliviantan en distintos grados. Por un lado, varios espacios de la Estación, viven en la clandestinidad administrativa: no cuentan con un reconocimiento oficial, ni por tanto con los servicios más básicos garantizados por la autoridad a la ciudadanía, si bien las fuerzas de seguridad (dirigidas por la capitana Hetnys, mando de la Espada de Atagaris) aplican aquí el orden más estricto.

Por otro lado, otros grupos sociales del sistema (las valskaayanas), no han conseguido moverse socialmente. De hecho, todas sin excepción, resultan ser trabajadoras agrícolas al servicio de las ricas familiar cultivadoras de té (la materia prima sostenedora de la economía local). La trama hace especial hincapié en la todopoderosa familia Denche a través de su matriarca, Fosyf Denche, y la hija de ésta, Raughd Denche. El tratamiento de este poderoso clan sirve también para tratar otros temas aparentemente más livianos, aunque también radicalmente contemporáneos, tales como el acoso psicológico y el abuso físico, los problemas de la educación familiar o los problemas inherentes a las relaciones interclasistas en distintos ámbitos.

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Iustración de
Lauren Saint Ronge

Iustración Kevin Mark (Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

Como podemos comprobar, la trama sigue optando por una abundante riqueza de hilos argumentales, desarrollados paralelamente, que acaban confluyendo en un clímax final capaz de aportar una emoción y una reflexión muy del gusto de la actual comunidad lectora de ciencia-ficción. Estas tramas aportan distintos valores, provenientes de diferentes géneros narrativos, por lo que en esta novela encontramos una mezcla bien llevada de space opera, bildungsroman y novela de intriga, aderezada con toques de humor y cierto romanticismo (bastante más simplón e inocente en su desarrollo de lo que es habitual en su fuente original de inspiración).

Sin embargo, aunque esta segunda parte de la trilogía siga los mismos trazos ya conocidos en la anterior Espada auxiliar, narratológicamente los hilos argumentales han experimentado un cambio profundísimo que afecta decisivamente a la trama.

Ilustración
de Jason Mejia
(Europa Settlement)

Ilustración de Kristian Llana

La polifonía característica de Justicia auxiliar ha sido sustituida en Espada auxiliar por una voz narradora única, la de Breq Mianaai, aparente narrador-testigo, pero verdadero narrador-omnisciente, que utiliza la capacidad de conectar cognitivamente con todas las personas de su entorno para hacernos ver dónde está cada cual y qué hace en cada momento. Este falso-testigo consigue engañar en un primer momento, aportándole un innegable dinamismo a la caracterización de las nuevas circunstancias, e inyectando originalidad en las primeras páginas a la hora de caracterizar a los personajes, pero a base de su insistente reiteración pronto queda desenmascarada como la técnica clásica que es. Incluso, hacia el final de la novela, resulta cansina: en medio de un discurso bien hilado y pertinente se utiliza esta técnica sin venir a cuento para introducir bastante artificiosamente otros hilos argumentales.

Con todo, tal uso abusivo del recurso al falso narrador-testigo se hace comprensible cuando, como en este caso, el hilo principal resultar ser tan ligero y de escaso interés. Así es como se consigue que otros hilos argumentales, de menor entidad, consigan complementar y enriquecer a una novela que, de otra forma, resultaría ser anodina e insustancial.

El caso es que, en primer plano, tenemos temas principales de enorme potencial pero fatalmente desarrollados. Los abusos sociopolíticos y socioeconómicos, doblemente presentados a través de las habitantes del subsuelo y de las valskaayanas, carecen por completo del dramatismo que tal contexto exige; máxime si tenemos en cuenta que estas tensiones tienen siglos de vigencia. Los personajes que deberían representar esta tensión, exponiéndola en la narración a base de actitud y compromiso, poseen un pulso casi plano, y son marionetas al servicio de una voz narradora que, en cuanto personaje, las maneja a su necesidad y antojo. Otro tanto pasa con los demás personajes sociopolíticos de la Estación Athoek, cuya principal responsabilidad y esperada o lógica participación, acaba siendo un hecho simplemente ocasional y anecdótico.

Ilustración
de John Harris

Ilustración de Kirill Khrol (Tormenta)

Igualmente podría decirse respecto a los temas secundarios. El personaje de Raughd Denche se reduce a un cliché, al estereotipo de niña-tirana cuya dejadez y permisividad materna respecto a su educación aparecen como las causas de una tendencia desarrollada al abuso físico y psicológico de los demás, incentivado mediante las diferencias de clase y de poder. Ante tal potencial, y encajando como lo hace a la perfección en otros temas tanto principales como secundarios de la novela, sorprende que su tratamiento sea tan tosco, tan superficial, desaprovechando de manera casi insultante un esquema narrativo que sí hubiese resultado innovador y enriquecedor dentro de los esquemas de la ciencia-ficción.

Por si esto fuera poco- también consecuencia del abuso del falso narrador-testigo-, los personajes quedan reducidos o bien a sus acciones o bien a la explicación que de ellas hace la interpretación omnisciente de la voz narradora. El perfil psicológico, al realizarlo un falso-testigo que se esfuerza por aparentar tal condición, se simplifica en exceso hasta resultarnos, prácticamente, una serie de características sin vida ni entidad propia, y que parecen listadas en el DSM-5 (edición actualizada del Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales [2013], compilado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría); el lector ni siquiera posee demasiado margen para decidir con libertad si la voz narradora le está engañando o no. En consecuencia, se deriva en personajes fríos, de moldes aparentes y resultones, pero sin personalidad: marionetas cogidas con las pinzas de una narración sostenida exclusivamente sobre el peso de Breq Mianaai, quien marca un ritmo exasperantemente lento para una trama excesivamente vaporosa e intrascendente.

Espada auxiliar opta por esquemas tradicionales, por dar un paso atrás en su osadía y originalidad, para presentarnos nuevos personajes y nuevas tramas, pero falla notablemente en el intento. Lo hace porque además de optar por esquemas tradicionales, lo hace también por técnicas tradicionales que acaban empobreciendo notablemente a una trama de planteamiento bastante más original y atrevido que su resultado final. Los temas y los personajes se diluyen en el cliché del que han surgido, la voz narradora se convierte más en una dictadora que en una constructora, con lo que se resiente la vitalidad de la novela tanto en su caracterización general como en el uso de la dimensión espacio-temporal. El resultado nos deja fríos, aunque consiga agradar a veces, sobre todo en sus primeras páginas. Se hace bueno aquel adagio de que, aunque entretenidas y disfrutables, segundas partes rara vez consiguen igualar o mejorar a sus primeras.

Ilustración realizada por Jan-Wes (Celsius 13)