Ilustración de Horacio Altuna para El último recreo

El último recreo (1982) fue la obra de debut en el mercado editorial español de Carlos Trillo y Horacio Altuna: recuerda a El señor de las moscas, pero a la vez es un clamor por una cierta esperanza desde una óptica desesperanzadora.

En un mundo ideal, las discusiones las zanjarían los niños. Su falta de prejuicios, su visión despreocupada del mundo tal y como es, y no como es condicionado a ser, sus ansias de compartir y de descubrir, y también un cierto egoísmo irreductible, típico de quien aún se cree eterno, solventarían cualquier problema con la más simple y directa de las soluciones. A su manera, los niños son sabios. Quizás por eso haya tantos cuentos morales con niños inteligentes. Quizás por eso, también, abunden los niños-reyes en los cuentos de Edith Nesbit, que tanto los conocía y comprendía.

Ser niño entraña crecer. Hay teorías sociológicas, y pedagógicas, que sostienen que la infancia es un estadio preparatorio para la adultez, el periodo en el que la persona forja su personalidad, sus miedos y preocupaciones. Sea como fuere, madurar es la maldición de todo niño. Por eso muchos soñaron, y sueñan todavía -soñamos-, con no escapar de Nunca Jamás. La aventura del crecer es el mayor desafío, la mayor odisea, el más peligroso cocodrilo devorador de relojes de tic tac. Crecer es dejar atrás para siempre Florin.

Hay una cierta nostalgia a tiempos pasados, y mejores, entre las páginas y viñetas de El último recreo (Astiberri, 2017), la reedición en formato integral de las trece historias independientes escritas por Carlos Trillo y dibujadas por Horacio Altuna en 1982 para la revista de ciencia-ficción y fantasía del grupo Toutain 1984. En aquellos tiempos en que España crecía a su manera, y seguía dando sus titubeantes pasos en el camino hacia la adultez democrática y social, imperaba una suerte de inocencia pesimista en las publicaciones “para adultos”, que básicamente eran todas aquellas que ocupaban el nicho no colmado por el humor blanco de Bruguera. El mercado editorial español maduraba con la vista puesta en un futuro incierto, ante el que aún se restregaba los ojos. Tal era su ingenuidad que todavía apostaba fuerte por las revistas de historietas.

Pero ni Trillo ni Altuna eran dos chiquillos en el momento de su desembarco, con este proyecto, en esta industria exploratoria. Tenían en su haber, por ejemplo, algunos de los éxitos más sonados, y también más críticos, de la moderna historieta argentina, como El loco Chávez (1975-1987), su exordio conjunto, Charlie Moon (1979), Las puertitas del señor López (1980), o Merdichesky (1981); títulos todos sin ningún ápice de concesión a la galería, ni a la historia, ni a la época. Trillo y Altuna aportaron a su nuevo país de acogida profesional (y vital y personal también en el caso del dibujante, afincado ya para los restos en Sitges) las cicatrices de un largo desencanto.

Iustración Kevin Mark (Corsario, ¡quiero mis galletas de vuelta!)

Entre los lectores de este rutilante debut se encontraba un veinteañero Antoni Guiral. Hoy, Guiral es una eminencia en lo relativo a historia del cómic, pero entonces contemplaba la vida de una forma “más dubitativa y crítica”, como señala a Fabulantes. A propósito del cómic que nos traemos entre manos, sostiene: “su lectura me impactó no por el tema sino por cómo lo trataban Carlos Trillo y Horacio Altuna. Digamos que los autores nos aportan una reflexión sobre la condición humana que, quizá, por representarla con niños, es muy clara y directa, y sobre todo muy dura”. Por eso su prólogo de dos páginas, insertado justo antes incluso de los créditos editoriales que introducen directamente la obra, a modo de compartimento estanco, de voz y mirada de un eco añorante, tiene un marcado acento sentimental. A través de él habla toda una generación. Precisamente por eso, la autorizada distancia de ese prólogo eleva El último recreo a la categoría de “clásico contemporáneo”.

Ilustración de Kristian Llana

Todo clásico es siempre aquello que nos habla de las cosas que todavían nos afectan. Y El último recreo las trata con puntillosa precisión profética. En un mundo en el que los adultos han sido exterminados por una afeción letal, sólo quedan los niños, los más jóvenes. Pero sobre ellos gravita el mismo estigma que ha matado a sus mayores, pues el despertar sexual, el ritual de iniciación a la adultez, supone su sentencia de muerte. Un gas silente, despiadado y latente, los fulmina en un espasmo atroz al mínimo atisbo de deseo. Las calles se llenan así de cadáveres abandonados. Las ciudades son cementerios, y también ruinas. La nueva civilización apenas posee esperanzas.

Los niños de El último recreo (un título que encierra en sí mismo una metáfora crepuscular) maduran a golpe de realidad y, como las criaturas de El señor de las moscas, se ven obligados a reproducir hábitos adultos para afrontar el nuevo y desgradable trago. Trillo y Altuna no se andan con contemplaciones a la hora de mostrar las dificultades extremas de sus muchachos. Los diálogos del guionista son concisos, bien pensados, hechos y estructurados para situaciones de miseria y también de angustia; los dibujos de Altuna, en elegante blanco y negro, sus viñetas dinámicas y a su vez profundamente expresivas, acompasadas a los avatares de los pequeños, magnifican esa sensación omnímoda de desamparo que recorre todo el cómic. Es cierto lo que dice Guiral: aquí se establece “una reflexión del comportamiento de los humanos, de esos tics que en ciertas condiciones nos retornan a sentimientos muy básicos”.

Ilustración de Kirill Khrol (Tormenta)

Los niños de El último recreo (un título que encierra en sí mismo una metáfora crepuscular) maduran a golpe de realidad y, como las criaturas de El señor de las moscas, se ven obligados a reproducir hábitos adultos para afrontar el nuevo y desgradable trago. Trillo y Altuna no se andan con contemplaciones a la hora de mostrar las dificultades extremas de sus muchachos. Los diálogos del guionista son concisos, bien pensados, hechos y estructurados para situaciones de miseria y también de angustia; los dibujos de Altuna, en elegante blanco y negro, sus viñetas dinámicas y a su vez profundamente expresivas, acompasadas a los avatares de los pequeños, magnifican esa sensación omnímoda de desamparo que recorre todo el cómic. Es cierto lo que dice Guiral: aquí se establece “una reflexión del comportamiento de los humanos, de esos tics que en ciertas condiciones nos retornan a sentimientos muy básicos”.

Aunque también es cierto que la inteligencia zorruna de Trillo y Altuna estriba en señalar que la maldición congénita de esos niños que, con todo, no pueden evitar jugar, reírse y creerse mujeres u hombres, es precisamente su destino inexorable. En El último recreo a los niños se les impide crecer, desarrollarse, albergar alguna clase de expectativa de futuro. Su principal esperanza es precisamente la pérdida de toda esperanza. Es hacerse mayores, volverse más cínicos y aprender a contemplar la vida básicamente en blanco o negro.