Ilustración realizada por Santiago Caruso (Pájaros de polvo)

¡Abajo, Satán! es uno de los relatos incluidos en la antología Libros de Sangre II, de Clive Barker, que Valdemar publica esta misma semana. Por cortesía de la editorial, lo reproducimos en toda su diabólica extensión.

Las circunstancias habían hecho a Gregorius más rico de lo que podía calcular. Era propietario de flotas y palacios, sementales y ciudades. En efecto, poseía tantas cosas que aquellos encargados de enumerar sus posesiones –cuando los acontecimientos de esta historia alcanzaron su monstruoso final–, en ocasiones consideraban que resultaba más rápido enumerar los bienes que Gregorius no poseía.

Era rico, pero estaba muy lejos de ser feliz. Había sido educado como católico y en sus años tempranos –antes de su vertiginoso ascenso a la fortuna– encontró consuelo en la fe. Pero la descuidó y no fue hasta la edad de cincuenta y cinco años, con el mundo a sus pies, cuando se despertó una noche y descubrió que Dios le había abandonado.

Fue un amargo golpe, pero inmediatamente tomó las medidas necesarias para sacar provecho de esta pérdida. Se marchó a Roma y habló con el Sumo Pontífice; rezó día y noche, financió seminarios y colonias de leprosos. Sin embargo, Dios no se dignó siquiera a mostrarle una uña del pie. Al parecer, Gregorius había quedado proscrito.

Casi a la desesperada, se le metió en la cabeza que sólo podría volver a ser acogido entre los brazos de su Hacedor si exponía su alma al más atroz de los peligros. La idea requería de cierto coraje. Supongamos, pensó, que consiguiera ser recibido por Satán, el Archienemigo; al verme in extremis, ¿no estaría Dios obligado a intervenir y hacerme regresar con el rebaño?

Era un plan ingenioso, pero ¿cómo llevarlo a cabo? El Demonio no aparecía simplemente llamándolo, ni siquiera si el que le llamaba era un millonario como Gregorius, y sus investigaciones pronto dejaron claro que todos los métodos tradicionales de convocar al Señor de las Alimañas –la profanación de los Sagrados Sacramentos, el sacrificio de bebés– no resultaban más eficaces de lo que lo fueron sus buenas obras para llamar la atención de Yahvé. No fue hasta después de un año de deliberación cuando dio con su plan maestro. Ordenaría la construcción de un Infierno en la Tierra, un infierno moderno tan monstruoso que el Tentador se sentiría tentado y acudiría para posarse allí como un cuco en un nido usurpado.

Iustración
Santiago Caruso 
(Disección del infanticida místico)



Iustración Santiago Caruso (Disección del infanticida místico)

Para promover su inventiva, se peinaron las grandes bibliotecas del mundo en busca de descripciones de Infiernos tanto seculares como metafísicos; se registraron las arcas de los museos para encontrar imágenes prohibidas de martirios. No se dejaba piedra sin levantar si se sospechaba que debajo se ocultaba algo perverso.

Los diseños acabados revelaban influencias de Sade y Dante, y algo más de Freud y Kraft-Ebbing, pero había mucho allí que ninguna mente había concebido jamás, o, al menos, nadie había osado antes de plasmar en papel.

Se eligió un lugar en el norte de África y las obras del Nuevo Infierno de Gregorius dieron comienzo. Todas las cifras del proyecto batieron récords. Sus cimientos eran más grandes, sus paredes más gruesas, su fontanería más sofisticada que cualquier otro edificio construido hasta el momento. Gregorius contemplaba su lenta construcción con un entusiasmo que no había experimentado desde sus primeros años de constructor de imperios. No es necesario mencionar que en general se pensaba que había perdido completamente la cabeza. Los amigos que le conocían desde hacía años se negaban a asociarse con él; varias de sus compañías quebraron cuando los inversores se asustaron al llegarles rumores de su locura. A él le daba igual. Su plan no podía fallar. El Demonio tendría que aparecer, aunque sólo fuera por la curiosidad de ver aquel Leviatán erigido en su nombre, y cuando lo hiciera, Gregorius estaría esperándole.

La obra duró cuatro años y Gregorius dilapidó la mayor parte de su fortuna en ella. El edificio acabado era del tamaño de media docena de catedrales y contaba con todos los servicios que el Ángel del Averno pudiera desear. Tras sus paredes ardían hogueras, de manera que andar por sus numerosos pasillos era una agonía casi insoportable. Las habitaciones que daban a esos pasillos estaban provistas de cualquier tipo de artilugio imaginable de hostigamiento –la aguja, el potro, la oscuridad– al que el ingenio de los torturadores de Satán daba un buen uso. Había hornos lo suficientemente grandes para incinerar a familias enteras; estanques lo suficientemente profundos para ahogar a generaciones. El Nuevo Infierno era una atrocidad a punto de cumplirse; una celebración de inhumanidad que sólo carecía de su causa primera.

Los constructores se retiraron, afortunadamente. Se rumoreaba entre ellos que Satán hacía tiempo que supervisaba la construcción de su domo del placer. Algunos incluso afirmaban haberlo visto fugazmente en los niveles inferiores, donde el frío era tan penetrante que helaba el orín en la vejiga. Había algunas pruebas que apoyaban la creencia de presencias sobrenaturales que habían convergido en la construcción a medida que llegaba a su término, por no hablar de la cruel muerte de Leopardo que, o bien se arrojó, o –según argumentaban los supersticiosos–, fue empujado por la ventana de su hotel de seis plantas. Lo enterraron con toda clase de lujos.

Y de este modo, solo en el Infierno ahora, Gregorius esperó.

Iustración
Santiago Caruso 
(Golpe a golpe)

Ilustración de Kristian Llana

No tuvo que esperar mucho tiempo. Llevaba allí sólo un día, no más, cuando escuchó unos ruidos en las plantas inferiores. Rebosando expectación, salió en busca de su origen, pero sólo encontró el burbujeo de los baños de excrementos y el rugido de los hornos. Regresó a sus aposentos en la novena planta y esperó. Los ruidos se repitieron; de nuevo salió en busca de su origen y de nuevo regresó decepcionado.

Sin embargo, los disturbios no cesaron. En los días siguientes apenas pasaban diez minutos sin que se escuchara algún sonido del intruso. El Príncipe de las Tinieblas estaba allí, Gregorius no tenía ninguna duda, pero se mantenía tras las sombras. Gregorius se conformó con seguirle el juego. Después de todo, era la fiesta del Demonio. Y él debía jugar a cualquier juego que eligiera.

Durante los largos y con frecuencia solitarios meses que siguieron, Gregorius se cansó de jugar al escondite y empezó a exigir a Satán que se mostrara. Sin embargo, su voz resonaba sin recibir respuesta por los pasillos desiertos hasta dejarse la garganta en carne viva de tanto gritar. A partir de ese momento, efectuaba sus búsquedas en silencio, esperando atrapar a su inquilino desprevenido. Pero el Ángel Apóstata siempre se escabullía antes de que Gregorius llegara a verlo.

Al parecer, jugaban a un juego de desgaste, Satán y él, persiguiéndose la cola el uno al otro a través de hielo y fuego y hielo otra vez. Gregorius se dijo que debía ser paciente. El Demonio había acudido, ¿no era así? ¿No era la huella de su dedo lo que había en el pomo de la puerta? ¿O su zurullo en las escaleras? Más pronto o más tarde, el Enemigo mostraría su cara y Gregorius le escupiría.

El mundo exterior continuó girando y Gregorius quedó relegado a ese grupo de otros reclusos arruinados por las riquezas. Sin embargo, a la Locura de Gregorius, como se conocía el lugar, no le faltaban algunos visitantes. Había unos cuantos que lo habían querido demasiado para olvidarle –unos pocos que se habían aprovechado de él y esperaban sacar de su locura un mayor provecho– que osaron traspasar las puertas del Nuevo Infierno. Estos visitantes hacían el viaje sin avisar a nadie de sus intenciones, temiendo la crítica de sus amigos. Las investigaciones sobre sus posteriores desapariciones jamás fueron más allá del norte de África.

Y en su Locura, Gregorius continuó persiguiendo a la Serpiente y la Serpiente siguió eludiéndolo, dejándole únicamente señales cada vez más terribles de su presencia a medida que fueron pasando los meses.

Fue la esposa de uno de los visitantes desaparecidos quien finalmente descubrió la verdad y alertó a las autoridades. La Locura de Gregorius fue sometida a vigilancia y por fin –unos tres años después de que terminaran su construcción– un cuarteto de agentes de policía reunieron el valor suficiente para traspasar el umbral.

Ilustración:
Santiago Caruso (El Despiadado)

Ilustración de Kirill Khrol (Tormenta)

Sin mantenimiento, la Locura había comenzado a deteriorarse considerablemente. Las luces fallaban en muchas de las plantas; las paredes se habían enfriado y los pozos de brea se habían solidificado. Pero a medida que los policías avanzaban a través de las oscuras cámaras en busca de Gregorius, encontraron suficientes evidencias de que, a pesar de su decrepitud, el Nuevo Infierno seguía funcionando perfectamente. Había cuerpos en los hornos con los rostros dilatados y negros; había restos humanos sentados y colgados de cadenas en muchas habitaciones, rajados, agujereados y rebanados hasta morir.

El terror de los agentes aumentaba con cada puerta que abrían, con cada nueva abominación en la que posaban sus miradas.

Dos de los cuatro que traspasaron la entrada jamás llegaron a la habitación situada en el centro del edificio. El terror se apoderó de ellos mientras se dirigían hacia allí y salieron huyendo, sólo para ser atacados en algún pasadizo sin salida, sumándose así a los cientos que habían perecido en la Locura desde que Satán fijara allí su residencia.

De los dos que finalmente descubrieron al perpetrador, sólo uno tuvo el suficiente coraje para contar la historia, aunque las escenas a las que se enfrentó en el corazón de la Locura eran demasiado terribles para poder relatarlas.

Por supuesto, no había ningún rastro de Satán. Allí sólo estaba Gregorius. El maestro constructor, al no encontrar a nadie que habitara la casa que tanto sudor le había costado, la ocupó él mismo. Junto a él vivían unos cuantos discípulos que habían ido sumándose a lo largo de los años. Ellos, como él, parecían criaturas comunes y corrientes. Pero no había aparato de tortura en el edificio que no hubieran empleado despiadadamente y con fruición.

Gregorius no se resistió cuando lo apresaron; en efecto, parecía alegrarse de contar con una plataforma desde la que pavonearse de sus carnicerías. Entonces, y más tarde durante el juicio, habló libremente de sus ambiciones y sus apetitos, y de cuánta más sangre derramaría si le dejaban en libertad para hacerlo. La suficiente para ahogar toda creencia y sus mentiras, juró. Y, aun así, no se sentiría del todo satisfecho. Porque Dios se pudría en el Paraíso y Satán en el Abismo, ¿y quién iba a poder pararle los pies?

Fue muy vilipendiado durante el juicio y posteriormente en el manicomio donde, bajo circunstancias un tanto sospechosas, murió apenas dos meses más tarde. El Vaticano suprimió toda información sobre él en sus archivos; los seminarios fundados en su infame nombre fueron disueltos.

Pero hubo algunos, incluso entre los cardenales, que no podían sacarse de la cabeza la maldad impenitente de aquel hombre y –en la intimidad de sus dudas– se preguntaban si, finalmente, aquel hombre no había tenido éxito en su estrategia. Si, al abandonar toda esperanza en los ángeles –caídos o no–, él mismo no se habría convertido en uno.

O cuántos de estos fenómenos podría soportar la Tierra.

Traducción de Marta Lila Murillo.

Ilustración de Santiago Caruso (The Boke of Divill)