Ilustración realizada por Russ Mills

Anticipamos en exclusiva, por cortesía de Satori Ediciones, el explícito relato Fauces salvajes, de Komatsu Sakyō, contenido en la antología Japón especulativo. Relatos asombrosos de ciencia ficción y fantasía, que se pondrá a la venta el próximo 11 de septiembre. Los instintos más bajos del hombre, del depredador, afloran en este visceral cuento de autodestrucción.

Después de todo, no existe ningún motivo.

¿Por qué debería existir un motivo? Las personas buscan explicaciones para todo, pero lo cierto es que las cosas nunca tienen explicación. La existencia: ¿por qué es cómo es? ¿Por qué es así y no de cualquier otra manera?

Un motivo de esta clase no tiene explicación.

 

La rabia bullía en su interior mientras permanecía en pie mirando por la ventana, apretando los dientes. Algunos días, de repente, le abrumaba esta cólera, anegando el centro mismo de su ser: una violenta e irracional urgencia por destruir, que no podría explicar a nadie. Corrió la cortina de un tirón. Respirando hondo, tensó los hombros y volvió al cuarto interior.

El mundo en que vivimos es absurdo, inútil. Seguir viviendo es algo absurdamente inútil. Por encima de todo, lo más intolerablemente absurdo es este personaje inútil: yo mismo.

¿Por qué tanto absurdo?

«¿Por qué?» Ahí está otra vez…

Absurdo, inútil, simplemente porque es inútil y absurdo. Todo. Prosperidad, ciencia, amor, sexo, subsistencia, gente sofisticada, la naturaleza, la Tierra, el Universo… todo asquerosamente sucio, frustrantemente estúpido. Por tanto…

No. «Por tanto», no, mejor de todas formas, voy a hacerlo realmente.

Lo haré. Mientras se masajeaba un calambre en el hombro, gritó en silencio: realmente quiero hacerlo.

Obviamente aquello sería una estupidez como cualquier otra. En verdad, de entre todo el surtido de estupideces, ¿quizá la más estúpida de todas? Pero al menos había cierta osadía en ello, un regusto a audacia. ¿Quizá era el resultado de un toque de locura en el centro de un esquema meticulosamente detallado?

Puede, pero al menos…

¡Nadie en su sano juicio ha intentado lo que voy a hacer ahora!

¿Destruir el mundo? ¡Cuántas decenas de miles de personas a través de la historia han acariciado esa fantasía! Pero esto no sería algo tan banal, en absoluto. Algo tan absurdo nunca podría aplacar su rabia. Las llamas de mi interior se avivan con una desesperación verdaderamente noble

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Ilustración de Russ Mills
Ilustración realizada por Russ Mills

Al entrar en la habitación interior, cerró la puerta con llave y encendió la luz. Ahora —el pensamiento iluminó su mirada—, ahora empieza.

Una tenue luz iluminaba la habitación. En una esquina había una estufa y un horno eléctricos, un quemador de gas, un cortafiambres, sartenes pequeñas y grandes, un surtido de cuchillos de cocina, y una alacena con todo tipo de salsas, condimentos y verduras. A su lado estaba una mesa de operaciones automatizada, programada y equipada por completo para realizar cualquier tipo de cirugía que pudiera ejercerse sobre un cuerpo humano, incluso como las que se llevan a cabo en los hospitales más avanzados, sin importar su complejidad o dificultad. Y junto a todo esto, un suministro de miembros prostéticos: brazos, piernas, y toda la variedad asequible de órganos artificiales ultramodernos.

Todo estaba dispuesto. Le había costado un mes entero preparar los planes en detalle, y otro mes más conseguir e instalar el equipo necesario.

Bien, comencemos.

Se quitó los pantalones, se subió a la mesa de operaciones, se colocó los electrodos de monitorización en diferentes puntos de su cuerpo y encendió la grabadora de vídeo.

Empieza.

Con gesto dramático recogió la jeringuilla que descansaba junto a la mesa de operaciones, comprobó el tensiómetro, ajustó el nivel —un poco alto, ya que era la primera inyección— y se inyectó la anestesia local en el muslo derecho.

Todas las sensaciones de la pierna habían desaparecido en apenas cinco minutos. Encendió la máquina de operaciones automatizada. Zumbido y chirrido de maquinaria, indicadores lumínicos parpadeando intermitentemente. Se tumbó de espaldas con aire reflexivo mientras diversas extensiones emergían de uno de los brazos de la brillante máquina negra.

Las correas que salieron proyectadas de la mesa inmovilizaron la pierna por la pantorrilla y el tobillo. Un gancho metálico sujetando una gasa desinfectante se acercó lentamente a la articulación del muslo.

El bisturí eléctrico cortó hábilmente la piel, cauterizando la carne a medida que se abría paso: apenas había sangre. Seccionó el tejido muscular… expuso la larga arteria… sujetó la herida abierta con fórceps… ligamentos… cortó y curó la superficie de los músculos contraídos… La sierra radial zumbó al acercarse al expuesto fémur.

Golpeó el hueso.

Parpadeó debido al impacto.

Apenas hubo vibración. El diamante incrustado en la sierra ultrarápida zumbó al seccionar el hueso. Al mismo tiempo curaba el exterior del corte con una mezcla de potentes enzimas. En seis minutos exactos su pierna derecha había sido separada limpiamente de la articulación.

La máquina le acercó un vaso con medicamentos, mientras con una gasa le secaba el rostro bañado en sudor. Se lo bebió de un trago y respiró profundamente. Su pulso estaba acelerado y no dejaba de sudar. Pero apenas había perdido sangre, y no sentía nada parecido al dolor. El tratamiento del nervio había funcionado muy bien. No sería necesaria una transfusión de sangre. Inhaló un poco de oxígeno para calmar el mareo.

La pierna derecha, separada del cuerpo, yacía inerte sobre la mesa. Un apósito de plástico transparente muy apretado dejaba ver un círculo contraído de tejido muscular rosado rodeado por grasa amarillenta y tuétano negruzco en el centro del blanco hueso. Apenas había sangrado. Se quedó mirando aquella cosa velluda con su rótula protuberante y sintió que estaba a punto de estallar en carcajadas histéricas. Pero no había tiempo para reír, todavía quedaba mucho por hacer.

Descansó un instante, lo justo para recuperar la energía y entonces introdujo los comandos para el siguiente procedimiento.

La máquina expulsó un brazo de acero, recogió una pierna artificial y la puso ante el corte de la amputación. La carne tratada se estaba curando sin vendar. La terminal de señales artificial del centro de sinapsis estaba conectada a un cable interminable que salía del corte. Finalmente, el soporte estructural estaba firmemente unido a los restos del fémur con correas y un agente adhesivo especial. Terminado. Intentó doblar la nueva pierna con cuidado.

Por ahora bien. Se levantó con cuidado. Se sentía mareado y débil, pero podía tenerse en pie y caminar despacio. La pierna artificial estaba hecha de algún tipo de metal ligero que producía un sonido de retintín al moverla. De acuerdo, suficiente. La mayor parte del tiempo iba a usar una silla de ruedas.

Levantó su propia pierna derecha de la mesa. Se tambaleó de lo pesada que era. Sintió de nuevo el paroxismo de una carcajada salvaje en su interior. Toda mi vida he estado arrastrando este peso. ¿De cuántos kilos se había librado al amputar aquel miembro?

Bien —farfulló para sí mismo entre risitas—. Suficiente. Ahora a drenar la sangre.

Acarreó la pesada extremidad hasta el banco de trabajo, arrancó el envoltorio de plástico y colgó la pierna del techo por el tobillo, estrujándola con las manos para drenar la sangre por el corte.

Después, al lavarla en el fregadero y ver los pelos apelmazados por el agua, le pareció la pierna de una rana gigante más que de cualquier otro animal. Miró la planta del pie asomando grotesca por encima del borde de la pileta de acero inoxidable.

Mi pierna. Rótula protuberante, el empeine del pie demasiado alto, talones infestados de pie de atleta. ¡Esa es mi pierna! Y finalmente se dejó llevar, doblado por un espasmo incontrolable de risa ponzoñosa. Por fin se acabó ese persistente pie de atleta maldito

Ilustración de Russ Mills
Ilustración realizada por Russ Mills

Toca prepararse para cocinar.

Usó el gran cortafiambres para seccionar la pierna en dos a la altura de la rodilla, después empezó a retirar la piel con un afilado cuchillo de carnicero. El fémur estaba rodeado de apetitosa carne. Por supuesto: es el jamón. Estaba cubierto de sudor por el esfuerzo de cortar los duros tendones con el cortafiambres, acumulando grandes piezas de carne recubiertos de tejido muscular. Puso a hervir pedazos de carne de la espinilla en una gran olla junto a hojas de laurel, clavo, apio, cebollas, hinojo, azafrán, granos de pimienta de cayena y otras especias y sabrosas verduras. Se deshizo del pie y se quedó con la carne del empeine. Ablandó los filetes de jamón y añadió sal y pimienta.

¿Tendré el valor de comérmelo? Se preguntó de pronto. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Sería realmente capaz de tragarlo?

Apretó los dientes, rezumaba un sudor aceitoso. Comeré. No había diferencia alguna con la manera en que la humanidad había cocinado y devorado a otros mamíferos inteligentes: vacas y ovejas, aquellos amables e inocentes come-hierbas de mirada triste. Los hombres primitivos incluso se comían entre ellos; algunos grupos han practicado el canibalismo hasta tiempos modernos. Matar a un animal para comer, eso quizá lo justificaba. Otros carnívoros también tenían que matar para sobrevivir.

Pero los seres humanos…

Desde el primer día de su existencia, y a través de toda la historia de la humanidad, ¿a cuántos billones de sus iguales habían matado sin comérselos? Comparado con aquello, ¡esto era incluso algo inocente! No voy a matar a nadie. No voy a sacrificar animales miserables. De esta forma, lo que como es mi propia carne. ¿Qué otro alimento podía estar más exento de culpa?

El aceite en la sartén empezaba a chisporrotear. Inseguro, cogió un generoso trozo de carne con manos trémulas y lo arrojó a la sartén. El olor de la grasa frita inundó el aire. Todavía temblando, se aferró a los brazos de la silla de ruedas con tanta fuerza que estuvo a punto de romperlos.

Está bien. Soy un cerdo. O mejor dicho, los humanos son mucho peor que los cerdos: más sucios, más asquerosos. Hay una parte en mi interior que es menos que un cerdo, y otra parte «noble» infinitamente furiosa y avergonzada por ser menos que un cerdo. La parte «noble» se iba a comer a la parte «menos que un cerdo». ¿Qué había que temer por ello?

El crujiente filete de carne crepitó en el plato. Untó mostaza sobre el filete, puso limón y mantequilla, y sirvió salsa por encima. Su mano temblaba tanto que al coger el cuchillo lo hizo repiquetear contra el plato. Sudando a chorros, pinchó con el tenedor, agarró el cuchillo con todas sus fuerzas, cortó, y entonces se lo llevó a la boca con temor.

El tercer día se amputó la pierna izquierda. Con tibia y todo, la ensartó como una brocheta, la untó con una generosa cantidad de mantequilla, y la asó en el espetón del enorme horno. Para entonces ya no tenía miedo. Había descubierto que estaba sorprendentemente delicioso. Con ese hallazgo, una mezcla de locura e ira se enraizó con firmeza en su corazón.

 

Tras la primera semana, las cosas se complicaron. Tuvo que amputar la parte inferior de su cuerpo. En el lavabo de la silla de ruedas pudo experimentar el placer de defecar por última vez en su vida. Se reía a carcajadas mientras evacuaba.

¡Mira este desastre! ¡Estoy excretando mi propio ser, embutido en mis propios intestinos y transformado en mierda! Quizá este fuera su último intento de autocontención, ¿o quizá el máximo de autoglorificación?

El gluteus maximus fue lo más delicioso de todo.

Ya no quedaba nada por debajo de las caderas, la necesidad de piernas artificiales había desaparecido, aunque por el momento las dejó en su sitio. Ahora que tocaba ir a por los órganos internos, consultó el cerebro electrónico de la máquina: Cuando me haya comido los intestinos, ¿todavía tendré apetito?

Todo irá bien —fue la respuesta.

Desechó el intestino grueso, puso el intestino delgado en un guiso con verduras, y usó el duodeno para hacer salchichas. Reemplazó el hígado y los riñones con órganos artificiales, salteó los originales y se los comió. Guardó el estómago para después, conservado sumergido en fluidos nutritivos dentro de un contenedor de plástico.

Al final de la semana, intercambió su corazón y sus pulmones por órganos artificiales, y finalmente se comió el que fuera su pulsante corazón, frito en finas lonchas; una hazaña que sobrepasaba incluso la imaginación de un sacerdote azteca en un sacrificio ritual.

Mientras preparaba un plato con su estómago, bañado en salsa de soja, con ajo y pimienta roja, comprendió con claridad que la gente era capaz de comer incluso sin la necesidad de alimentarse.

Del amplio abanico de productos variados y exóticos que las personas habían usado como alimento, ¿al fin y al cabo cuántos habían sido descubiertos por curiosidad y no por hambre? Mientras sigue habiendo furia, los humanos son capaces de comer las cosas más inimaginables, incluso cuando han satisfecho ya su curiosidad. En un arranque de ira, comer la carne de tu propia especie puede ser como masticar un vaso de cristal.

El manantial del apetito reside en los salvajes impulsos agresivos: matar y comer, machacar y masticar, tragar y absorber. Eso son las fauces salvajes.

Ahora, el final de su garganta estaba conectado a un desagüe. Los nutrientes para el resto de sus tejidos eran inyectados directamente en la sangre desde un contenedor de fluidos nutritivos; las funciones endocrinas se mantenían con la ayuda de órganos artificiales.

A finales de mes, se había comido ambos brazos por completo. Lo único que quedaba de él estaba del cuello para arriba. Y para el cuadragésimo día, había devorado casi todos los músculos de la cara, tan solo quedaban los labios para poder masticar con la ayuda de unos muelles adheridos. Solo quedaba un glóbulo ocular, el otro había sido chupado y masticado.

Lo que quedaba allí, sentado en un mecanismo laberíntico de tuberías y conductos, era una calavera viviente. En esa calavera solo la boca y el cerebro sobrevivían.

No…

Incluso ahora, un brazo de la máquina despellejaba el cuero cabelludo, y acercaba una sierra a la parte superior del cráneo separándola limpiamente.

Esparció sal, pimienta, y limón en el trémulo cerebro expuesto y se preparó para coger una buena cucharada. Mis sesos. Pensó el cerebro que era él. ¿Cómo puedo saborear algo así? ¿Puede un hombre vivir para probar su propia gelatina cerebral?

La cuchara se introdujo en la masa grisácea. No hubo dolor, no existen sensaciones en el córtex cerebral. Pero cuando el brazo alzó aquella cucharada de blanda y pálida pasta, la llevó a la boca del cráneo, y esta sorbió para tragar, el «sabor» ya no era algo reconocible.

Ilustración de Russ Mills
Ilustración realizada por Russ Mills

Homicidio —dijo el inspector a los periodistas que se habían hacinado en la entrada al salir de la habitación. —Incluso peor, un crimen sin precedentes, brutal y degenerado. El criminal es probablemente un psicópata experto en medicina. Parece que hubieran intentado llevar a cabo algún tipo de experimento macabro, el cuerpo ha sido desmembrado y sustituido por todo tipo de órganos artificiales.

El inspector terminó con la prensa, se pasó un pañuelo por la cara y volvió a la habitación.

Un detective regresó del incinerador y le interrogó con la mirada.

Las cintas ya están quemadas —dijo—. Pero ¿por qué dices que es un asesinato?

Por el bien de la paz y el orden —respondió el inspector respirando hondo—. Clasifícalo como asesinato, lleva a cabo una investigación oficial, y deja el caso envuelto en el misterio. ¡Este caso y todos los hechos que le conciernen contradicen cualquier cordura! No puedes dejar que los ciudadanos decentes atisben los pozos de locura y autodestrucción que se esconden en la profundidad de la mente de ciertas personas. Si hiciéramos tal cosa, si por un descuido permitiéramos al público echar un vistazo a la bestia salvaje que acecha dentro, bueno, puedes estar seguro de que alguien intentaría imitar el ejemplo de este tío. No hay manera de saber de qué pueden ser capaces este tipo de personas.

»Si el gran público descubriera repentinamente algo así, la gente empezaría a desconfiar de su propio comportamiento, comenzaría a mirar de cerca y atisbar la oscuridad en el interior de sus propias almas. ¡Se verían totalmente abrumados, completamente fuera de control!

»Mira, lo que está en la raíz de la existencia humana es la locura, la ciega compulsión de agresividad que yace en el corazón de todos los animales. Si la gente fuera consciente de esto, si un gran número de personas empezaran a expresar esta locura bajo consignas como liberación existencial o haz lo que te venga en gana, ¡estamos acabados! Es el fin de la civilización humana. Daría igual qué fuerza de la ley o el orden tratara de dominar la situación, ¡todo acabaría fuera de control!

»La gente se despedazaría a sí misma, asesinándose unos a otros, destruyendo y destrozando. Los síntomas están empezando a aparecer: este se suicida tragando dinamita con un detonador, el otro se echa gasolina encima y se prende fuego, otro jodiendo en medio de la ciudad a plena luz del día. Cuando no queda otra cosa razonable que atacar, el animal enjaulado empieza a destruir su propia cordura.

¡Aaah!

El joven detective gritó y se alejó del cráneo en descomposición. Había intentado quitarle la apestosa cuchara encajada entre los labios cuando la calavera hundió los dientes en su dedo, arrancándole de un mordisco un pedazo de carne de la punta.

Ten cuidado —dijo el inspector con cansancio—. El fundamento de toda vida animal son unas enormes y hambrientas fauces salvajes.

El cráneo, con el cerebro al descubierto, su único ojo empezando a deslizarse, y fuertes muelles sustituyendo sus músculos desaparecidos, estaba ahora masticando y triturando despacio el trozo de carne entre su hinchada lengua y sus duros dientes.

 

Publicado originalmente en el Hayakawa Mystery Magazine, Julio de 1969

Ilustración realizada por Russ Mills